La Elegida: 1. Dylan.
Desde pequeña sabía que estaba destinada a algo grande. No era popular, tampoco destacaba en la escuela, pero nunca me desesperé. Me quedé en mi rincón esperando mi momento. A los quince años no era físicamente atractiva; era delgada, desgarbada y tenía menos gracia que una fila en el banco. La gente no se daba la vuelta para mirarme en la calle, ni siquiera los pervertidos. Ocultaba mi cuerpo en ropa holgada, usaba capucha y, con suerte, usaba hidratante para los labios. Un día salí de la escuela y me dispuse a caminar a mi casa como lo hacía siempre. No vivía cerca, pero prefería caminar y perderme en mis pensamientos que usar el autobús de la escuela o cualquier otro.Mientras cruzaba un parque que me quedaba de paso, un chico se acercó a mí. Era de mi edad, moreno y tatuado. No era particularmente atractivo, pero vestía con estilo.
— ¿Tienes encendedor?
Me tomó de sorpresa. Metí la mano al bolsillo de mi campera y, sin despegar la mirada de la suya, se lo extendí.
— Me llamo Dylan.
— Hola, Dylan —respondí.
— ¿Y tú? —replicó devolviéndome el encendedor y dándole una calada a su cigarrillo.
— Avril.
— Pero si estamos en Octubre — Solté inevitablemente una risa, esa broma me la habían hecho toda mi vida pero me tomó desprevenida.— Te invito a uno —prosiguió, estirando un cigarro hacia a mí.
— No fumo —respondí al instante. Arqueó una ceja confundido.— No ese tipo de cigarros —sonreí.
— Pues también tengo de ese tipo.
Aquella tarde conocí a Dylan y durante mucho tiempo creí que era la persona más parecida a mí que iba a encontrar. Nos sentábamos en ese mismo parque después de clases y hablábamos durante horas. No hablábamos de amor, ni de música, ni de las tonterías que solían obsesionar a los adolescentes. Hablábamos de dinero.
Dylan fue la primera persona que conocí que hablaba de dinero sin vergüenza. La mayoría fingía que no le importaba. Decían que el dinero no daba la felicidad, que lo importante era estudiar, trabajar duro y ser buena persona. Dylan pensaba que todo eso eran estupideces.
—¿Sabes qué tienen en común los pobres? —me preguntó una tarde mientras fumábamos sentados en una banca.
—¿Qué?
—Que todos creen que algún día alguien va a venir a rescatarlos.
No respondí. Porque una parte de mí sabía exactamente a qué se refería.
—Nadie va a venir por nosotros, Avril.
Y tenía razón.
Nunca fuimos una familia adinerada. Tenía cuatro hermanos, todos de diferentes padres. Del mío apenas conservo una fotografía tomada en un parque de diversiones cuando tenía siete años. Tengo un hermano mayor, pero es casi como si no existiera. Se fue de casa apenas cumplió los dieciocho y nunca más supe de él. A veces llamaba a mamá, pero jamás envió un peso. Y yo odiaba esa vida. Mamá trabajaba todo el día. Comíamos prácticamente lo mismo todas las semanas y mis hermanos heredaban ropa unos de otros cuando les dejaba de quedar. Me negaba a seguir viviendo así, por eso Dylan y yo nos entendimos tan bien. Porque ambos queríamos escapar.
Empezamos haciendo pequeños negocios. Nada impresionante al principio. Después vinieron las fiestas, los contactos y el dinero fácil. Cuando me di cuenta, estaba ganando más dinero del que cualquier adolescente debería tener en los bolsillos. La primera vez que hicimos una suma importante, Dylan me observó contando los billetes.
—Das miedo a veces.
—¿Por qué?
—Porque mientras yo pienso en gastarlo, tú ya estás pensando en cómo duplicarlo— Sonreí. Era probablemente el mejor cumplido que me habían hecho en toda mi vida. Me iba estupendo.
A los pocos meses vendí mi primer kilo y gané dos mil dólares. Dos mil dólares en efectivo y me enamoré del dinero. No del lujo ni de las joyas. Tampoco de la ropa cara. Del dinero y lo que eso representaba; Libertad. Mi madre, obviamente, se preocupaba por mí. Aunque nunca supo exactamente a qué me dedicaba, la despensa llena, los regalos inesperados y mi independencia económica terminaron dándole suficientes pistas. Al principio escondía los fajos de billetes en cajas de zapatos en el ático. Después tuve que buscar escondites más grandes, y mientras más dinero acumulaba, más convencida estaba de que Dylan tenía razón. Nadie iba a venir a salvarnos. Tendríamos que hacerlo nosotros mismos. Pero Dylan y yo terminamos queriendo cosas distintas. Yo quería construir y él empezó a perderse.
La última vez que lo vi estaba borracho. Llevaba una chaqueta nueva, un reloj ridículamente caro y esa sonrisa arrogante que aparecía cada vez que cerraba un negocio grande.
—Estamos cerca, Avril.
—¿De qué?
—Del imperio.
Me reí.
—Llevas diciendo eso desde hace dos años.
—Y sigo teniendo razón.
Fue la última conversación que tuvimos.
Esa misma noche le dispararon cinco veces a la salida de un club. Cinco. Ni siquiera alcancé a llegar al hospital. Cuando entré, ya estaba muerto. Tenía diecinueve años. Y por primera vez entendí que el dinero podía comprar muchas cosas... Tiempo no era una de ellas.
Después de Dylan entendí dos cosas: La primera era que seguir en ese negocio significaba terminar exactamente igual que él y la segunda, era que ya no sabía hacer otra cosa. Tenía contactos, dinero ahorrado y experiencia suficiente para seguir creciendo, pero también tenía diecinueve años y ninguna explicación razonable para justificar de dónde salía todo lo que tenía. Así que hice lo único que se me ocurrió y entré a la universidad.
Usé parte de mis ahorros para matricularme en la universidad. Cuando llegué con los papeles, mi madre tardó varios segundos en entender lo que estaba viendo. Aquella fue su confirmación pero no preguntó de dónde había salido el dinero. Nunca lo hizo. Creo que tenía miedo de escuchar la respuesta. En lugar de eso me abrazó.
—Gracias —susurró.
—No agradezcas.
—Pudiste irte como Brandon.
Su voz se quebró apenas pronunció su nombre.
—Me preocupas, Avril. Pero sé que eres inteligente. Y sé que puedes cuidarte sola.
Finalmente entré a la universidad, no era tan terrible como creí, al contrario, disfrutaba ir y tomar apuntes en clases, algo que nunca me pasó cuando iba a la escuela, me la pasaba durmiendo o simplemente faltaba. Me resigné a terminar mis años de estudio sin saber que al segundo año conocería a quien cambió mi vida para siempre.
—No deberías desayunar cigarrillos —alegó Alisson, mi nueva amiga de la universidad.
— No me jodas —le respondí encendiendo el cigarrillo que tenía entre mis labios. Claramente mis hábitos habían cambiado con el tiempo. Alisson volcó los ojos molesta por el humo.
Ella era probablemente mi única amiga normal, si es que no la única. Tenía novio, planes para el futuro, problemas propios de una estudiante universitaria. A veces la escuchaba hablar y me preguntaba cómo habría sido mi vida si hubiera tomado decisiones distintas.
Esa mañana hacía frío, estábamos en pleno diciembre y éramos las únicas que seguían yendo a la universidad durante las vacaciones de invierno, Alisson y yo éramos especialmente malas en álgebra y estábamos repitiendo los exámenes. Salimos del campus y nos despedimos en la entrada, el novio de Alisson estaba esperándola estacionado al otro lado de la calle.
— ¡Escríbeme cuando llegues! —gritó ella antes de desaparecer detrás del vidrio polarizado. Siempre me ofrecía irme con ella después de clases pero yo me negaba, aunque mis hábitos hubieran cambiado con el tiempo, caminar a mi casa desde cualquier lugar de Nueva York no.
Dispuesta a caminar saqué del bolsillo de mi campera un cigarrillo, y justo antes de poder dar la primera calada, un auto gris se detuvo frente a mí. No era lujoso. No era llamativo. Era el tipo de vehículo que olvidarías apenas dejara de estar frente a tus ojos. Bajé la vista para encender mi cigarro.
—Avril Prichard.
Sentí que el estómago se me cayó a los pies.
Levanté la mirada. El copiloto era un hombre mayor, calvo y con un diente de oro. Sonreía. Y eso último fue precisamente lo que me hizo correr. Antes de que pudiera pronunciar otra palabra ya había corrido al menos cincuenta metros. Sin mirar atrás doblé por un callejón y me escondí detrás de un basurero. No me había metido en problemas hace años, y haciendo memoria mientras recuperaba el aliento, estaba segura de no deberle dinero ni favores a nadie de mi pasado. ¿Qué podrían querer de mí? ¿Cómo sabían mi nombre y mi apellido? Hacía tanto frío que me costaba respirar y cada bocanada de aire se sentía como una llamarada bajando por mi garganta. Pasaron cinco minutos y ni siquiera se oía algún auto cerca. Dos minutos más y me convencí de que los había perdido, pero el miedo que sentía me petrificó y no podía moverme. Saqué otro cigarro y lo encendí.
— No quiero hacerte daño —Dijo una voz profunda a mis espaldas. Pegué un brinco y en menos de un segundo estaba de pie frente al tipo calvo del auto. Ese fue otro cigarrillo que no alcancé a fumarme.
— No sé quién crees que soy pero...
— Sé quién eres —me interrumpió— Y como te digo, no quiero hacerte daño —replicó— Vengo a ofrecerte un trabajo.
— Esto es una equivocación —le interrumpí.
— Avril Prichard, tienes veinte años, estudias en la facultad de economía, segundo año. Dylan Myers era tu amigo, ¿verdad? —Sentí un escalofrío por la espina al escuchar su nombre. Habían pasado meses de la última vez que lo oí.— Por tu cara sé que sí.
— ¿Quieres matarme? —pregunté inmediatamente.
— No, quiero hacer negocios contigo.
— Yo no hago negocios con gente que se ve como tú.
— Lo sé, tu amigo no era para nada discreto.
— Créeme que tú tampoco —Abrió sus manos y se rió. Parecía un personaje del Escuadrón Suicida.
— Quizás mi forma de presentarme no fue la correcta.
— No, es que aparcar el auto al lado de un desconocido y decir su nombre completo no es una introducción amena —Soltó una carcajada.
— Si te interesa lo que tengo para ti, sígueme —Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la calle— Las paredes tienen oídos —sentenció con un susurro.
Recogí mi cigarrillo y mi bolso y le seguí el paso. No estaba segura de qué podría ser esa propuesta de trabajo pero estaba segura de que la necesitaba, el dinero nunca iba a venir mal. Además, por alguna razón, el tipo me daba confianza. Si hubiera querido matarme, un callejón cerrado sin cámaras hubiera sido el lugar ideal para ponerme un balazo con silenciador. Llegué a la avenida principal y ahí se encontraba el auto gris. El tipo ya se encontraba sentado de copiloto.
— Ni de broma me subo —me apresuré en decir apenas estuve lo suficientemente cerca. Miré al conductor y era un chico joven, de muy mal aspecto, parecía drogadicto.
— Lo supuse —respondió— Llámame por un teléfono público a este número — Me extendió una boleta con un numero escrito en azul. Antes de poder leer los números el auto había desaparecido.
En ese momento suspiré como nunca en mi vida. Seguí las instrucciones del desconocido y busqué rápidamente un teléfono público. Marqué los números en el teclado y al tercer tono contestó.
— Tienes el perfil perfecto —Dijo de inmediato una voz masculina, aquella no era la del tipo calvo— Nadie sospecharía de ti, por eso te busqué —Tragué saliva asustada, sentí como mi estómago se contrajo al oír esa última oración. Debía aceptar sí o sí, esto no era una propuesta, era un deber. El tipo sabía mi nombre, dónde estudiaba y cuándo encontrarme.
—¿Qué debo hacer?
Hubo unos segundos de silencio al otro lado de la línea.
—Primero vas a conocer a alguien.
—¿Quién?
La respuesta llegó tranquila, como si aquel nombre no significara nada. Como si no fuera capaz de cambiarme la vida para siempre.
—Miky Soto.
La llamada terminó. Y por primera vez en mucho tiempo, tuve miedo.
* 04/06: Voy a ser honesta, olvidé por completo esta historia ajajajaja así q creo que me dedicaré a terminarla ahora que no estoy tan ocupada con la universidad. Espero te guste
- Spiritual Savage.








