Prólogo
Dicen que la universidad es la mejor etapa de la vida.
No sé quién empezó ese rumor, pero me gustaría preguntarle cuántas horas pasaba en el transporte público, cuántas veces tuvo que elegir entre comer algo o guardar ese dinero para la semana, o cuántas noches llegó a su casa después de las diez solo para volver a despertarse antes de que saliera el sol.
Porque esa no ha sido mi experiencia.
Tengo veinte años. Estudio Ingeniería Ambiental en una universidad pública de México y trabajo por las mañanas atendiendo una lavandería. Mis días empiezan cuando todavía está oscuro y terminan cuando la ciudad ya casi duerme. Entre un punto y otro hay combis, metro, tareas, reportes, trabajos en equipo, clientes que preguntan si la ropa estará lista para mañana y una mochila que cada día pesa un poco más.
Dicen que soy inteligente.
Yo solo creo que aprendí a organizarme porque nunca tuve otra opción.
Mientras la mayoría aprovecha el trayecto para dormir, yo leo. Libros, artículos científicos, noticias, investigaciones... cualquier cosa que me recuerde por qué elegí estudiar lo que estudio. Siempre termino en el mismo lugar: el medio ambiente.
Hay días en los que siento que estudiar Ingeniería Ambiental es como intentar detener una inundación con las manos. Lees sobre ecosistemas, biodiversidad y justicia ambiental mientras, afuera, las noticias cuentan una historia completamente distinta. Proyectos aprobados sin escuchar a las comunidades, ríos contaminados, bosques desapareciendo y personas que arriesgan demasiado por defender un pedazo de tierra que ni siquiera les pertenece, sino que es de todos.
A veces me enojo.
Otras veces solo sigo estudiando.
Porque, siendo sincera, ¿qué puede hacer una estudiante de veinte años contra todo eso?
Supongo que esa era la pregunta correcta.
Lo que nunca imaginé fue que la pregunta que terminaría cambiando mi vida sería otra mucho más sencilla.
¿Y si... sí?








