Prólogo: La tormenta
6 de junio de 1999.
El cielo sobre la pequeña localidad no solo estaba nublado; estaba herido. Un manto de nubes negras, pesadas como el plomo, había borrado el sol desde el amanecer. Los relámpagos no eran simples destellos, sino grietas de luz blanca que rasgaban la atmósfera, seguidas de truenos tan profundos que hacían vibrar los cimientos de las casas de adobe.
En medio de aquel caos meteorológico, entre el estruendo de la lluvia que golpeaba los techos como una lluvia de piedras, nació él. Un niño sano, de llanto fuerte y ojos curiosos. Sus padres, Elena y Javier, lo observaron con alivio, ignorando el aura pesada que parecía envolver el hospital en aquel día profético. Le pusieron por nombre Kevin.
Durante sus primeros años, Kevin fue la viva imagen de la normalidad. Corría, reía y dormía como cualquier otro niño. Sin embargo, el destino parece tener formas crueles de marcar a quienes están destinados a algo distinto.
El día que cumplió tres años, una tarde sofocante, ocurrió el accidente. Kevin, impulsado por una curiosidad que sobrepasaba su edad, escaló una vieja barda de piedra en el patio trasero. Un resbalón, un grito ahogado y el sonido seco del impacto contra el suelo de concreto marcaron el fin de su infancia tranquila. Cuando su padre llegó a levantarlo, el niño no lloraba; estaba en silencio, con la mirada perdida en un punto fijo del cielo oscuro.
La sangre corría por su frente, pero lo que heló la sangre de Javier no fue la herida en sí, sino su forma. Sobre el lado derecho de su cabeza, justo arriba de la sien, la piel se había desgarrado dejando una marca indeleble: una cicatriz perfectamente definida, como un 7 invertido, grabada en su cráneo como un sello.
Desde ese momento, el niño que regresó a casa no parecía ser exactamente el mismo que había subido a la barda.








