El silencio de las páginas
Seúl es una ciudad que se construye sobre el ruido, pero Hana Seo vivía en los márgenes del silencio.A sus veintiún años, Hana no pasaba las tardes en los cafés temáticos de Myeong-dong ni buscando el mejor ángulo para una foto en Instagram.Su mundo eran las estanterías interminables de la Biblioteca Central de Seúl, un edificio de piedra que parecía resistir el paso del tiempo mejor que ella misma. Como archivista de textos antiguos, Hana se sentía más cómoda entre manuscritos de la era Joseon que entre personas de su propia generación.—Hana, vas a terminar convirtiéndote en papel si sigues encerrada aquí —le decía a menudo su jefa, pero ella solo respondía con una mirada firme y regresaba a su trabajo.Hana era delgada, de movimientos precisos y una piel clara que delataba sus largas horas bajo luces fluorescentes. Su cabello negro, largo y siempre impecable, caía sobre sus hombros como una cortina que la protegía del mundo exterior. No era una chica tímida; simplemente era alguien que no tenía tiempo para lo superficial. Su carácter fuerte, forjado por una independencia solitaria desde que terminó la secundaria, la hacía parecer inalcanzable para la mayoría.Sin embargo, ese orden perfecto comenzó a desmoronarse un martes de lluvia ligera.Mientras organizaba una caja de pergaminos sin catalogar, Hana notó algo extraño. La luz de la lámpara de escritorio parpadeó, pero su sombra no reaccionó al cambio. Se quedó estática sobre la mesa de madera, como si tuviera peso propio. Hana parpadeó, frotándose los ojos marrones, culpando al cansancio.Decidió que era hora de irse. Recogió sus cosas, se ajustó el abrigo y salió al aire frío de la noche. Caminó hacia la estación de Hongdae, rodeada de las luces de neón cian y violeta que bañaban el asfalto mojado. Fue entonces, al cruzar un callejón para acortar camino, cuando lo sintió: una presión en el pecho, como si alguien estuviera tirando de sus pies.Se detuvo. Bajo la luz amarillenta de una farola vieja, su sombra empezó a separarse del suelo. Los bordes negros se volvieron líquidos, elevándose por la pared de ladrillo hasta formar una figura humana que no imitaba sus movimientos.Hana retrocedió, pero la sombra fue más rápida. Una mano oscura y fría se materializó desde el muro, buscando su garganta.—No te muevas.La orden fue seca y cortante. De la oscuridad del fondo del callejón surgió una figura que parecía absorber la luz a su alrededor. Era un chico de una presencia abrumadora, vestido de negro absoluto, con el cabello oscuro rozándole el cuello y unos ojos azules que cortaban la penumbra como cuchillas.No había calidez en su rostro, solo una urgencia letal.—Si das un paso más, dejarás de ser dueña de tu propio cuerpo —advirtió él, dando un paso al frente mientras extraía un extraño objeto plateado de su abrigo—. Soy Ji-ho, y si quieres sobrevivir a esta noche, vas a tener que empezar a creer en lo que no puedes ver.








