CAP 3
Miraba la pared, acostado de lado y con la vista perdida en un mismo punto. No pensaba en nada. La alarma de mi celular sonaba sin parar. Intenté alcanzarlo, pero no podía. Era como si mi cuerpo estuviera pegado a la cama. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban para apagarla, pero fue inútil.
Solté un suspiro y me di por vencido. Mis ojos volvieron a cerrarse por sí solos. Me sentía tan débil, tan vacío, que lo único que pensé fue:
—Creo... que me llegó la hora... je.
Por un instante casi sonreí por la tontería que acababa de pensar, pero estaba tan cansado que ni siquiera fui capaz de hacerlo.
Entonces, de la nada, mi mente reaccionó de golpe. Abrí los ojos por completo y volví a mirar la pared. La alarma seguía sonando. Tardé unos segundos en reaccionar, hasta que mi mente me recordó que tenía que ir a la universidad.
Aún me sentía completamente agotado. No sé de dónde saqué las fuerzas para levantarme y apagar la alarma. Me senté en el borde de la cama y volví a mirar el suelo sin ninguna razón. Fue mi mente la que terminó obligándome a ponerme de pie y empezar a alistarme para ir a la universidad. No entendía por qué mi cuerpo seguía moviéndose si por dentro me sentía completamente vacío.
terminé de alistarme, tomé mis cosas y salí de mi casa. Sin embargo, tardé en darme cuenta de algo muy extraño: no estaba pensando en nada. Tampoco sentía nada. Ni siquiera el cansancio de mi cuerpo.
Recuerdo que, mientras iba en el autobús, solo miraba por la ventana. Veía pasar los autos, los edificios y a las personas como si todo siguiera su curso sin importar si yo estaba allí o no.
Y sé que, para la mayoría, eso puede parecer algo completamente normal.
Pero para mí...
Era algo nuevo.
Siempre que salía de casa, ya fuera en el autobús, caminando o esperando a algún familiar en la calle, mi mente nunca descansaba. Imaginaba historias, inventaba conversaciones o creaba escenarios que solo existían en mi cabeza. Era mi forma de mantenerla ocupada y, al mismo tiempo, distraerme de la realidad.
Lo hacía con tanta frecuencia que, muchas veces, ni siquiera me daba cuenta de cuándo empezaba. Solo sentía ese pequeño pellizco cuando la realidad volvía de golpe y me obligaba a abrir los ojos.
Pero aquel día fue diferente.
Mi mente estaba en blanco.
Y mi cuerpo, al borde del colapso, tampoco reaccionaba.
Tal vez estaba tan cansado...
Que ya no le quedaban fuerzas para alejarme de la realidad.
Ni siquiera por unos minutos.
Llegué al salón, me senté y me quedé mirando el tablero sin ninguna razón. Mi mente seguía en pausa, ignorando por completo todo lo que ocurría a mi alrededor. La clase comenzó. Saqué el cuaderno, pero ni siquiera lo abrí. Es más, ni quería hacerlo. Aun así, mi cuerpo parecía moverse solo, como si supiera exactamente qué hacer mientras yo seguía perdido en algún lugar de mi propia mente.
Los minutos comenzaron a pasar. Después pasaron las horas. Hasta que, de repente, mi mente despertó. Mi corazón se aceleró al darme cuenta de que estaba sentado en el salón. Me sentía confundido, un poco asustado. Lo último que recordaba era estar en mi cuarto intentando apagar la alarma y, de un momento a otro, estaba allí, como si el tiempo hubiera borrado todo lo que ocurrió entre esos dos momentos.
Me restregué las manos por la cara y bajé la mirada hacia mi cuaderno. Seguía cerrado. Volví a mirar el tablero y estaba completamente lleno con los apuntes de la clase. Rápidamente tomé el esfero y abrí el cuaderno, pero cuando levanté la vista para empezar a copiar, el profesor ya estaba borrando todo.
Cerré los ojos y solté un suspiro. Volví a cerrar el cuaderno, saqué el celular, me puse los audífonos e intenté perderme otra vez en mi propia mente. Necesitaba soñar despierto. Era la única forma que conocía de calmar el miedo y dejar de preguntarme cómo carajos había llegado hasta ese salón.
Pasaron las horas mientras imaginaba historias en mi cabeza con mi música favorita de fondo. La clase ya había terminado. Miraba cómo mis compañeros salían del salón como si nada hubiera pasado. Por unos segundos me pregunté:
—¿Será que, cuando estaba en ese estado, alcancé a hablar con alguno de ellos... o fueron ellos quienes hablaron conmigo?
Solté una pequeña risa para mis adentros. Una risa ingenua que, por un instante, me devolvió a la realidad. Tomé mis cosas y salí del salón. Subí al autobús para volver a casa. Mi mente volvió a crear sus historias, pero, de vez en cuando, eran interrumpidas por esa pregunta absurda que no dejaba de perseguirme.
“Nadie se dio cuenta...”
Cerré los ojos y dejé que mi imaginación me llevara de nuevo a ese lugar donde siempre encontraba refugio.
Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue encerrarme en mi habitación y dejarme caer sobre la cama, con el rostro hundido en la almohada. Entonces, ella volvió a aparecer en mi mente. Recordé aquella sensación tan difícil de explicar. Mi corazón latía entre la felicidad y la nostalgia... o, al menos, eso era lo que yo creía sentir.
Pasaron las horas y, sin darme cuenta, ya era de noche. Sonreía sin razón mientras me acostaba. Cerré los ojos pensando que esta vez sí volvería a soñar con ella. Pero, a diferencia de la noche anterior, no forcé a mi mente a recordarla. Dejé que fuera mi corazón, o lo que fuera que sintiera por ella, el que hablara. Quizá así mi cabeza no arruinaría todo otra vez.
Poco a poco empecé a quedarme dormido. Mientras el sueño me vencía, no podía dejar de sonreír al recordar aquella extraña, pero reconfortante, sensación que esa desconocida me había hecho sentir.
Y, en medio de la oscuridad...
Abrí los ojos.
Ya era de mañana.
La luz del día se colaba entre las cortinas de mi habitación. Tomé el teléfono y vi la hora.
7:14 a. m.
Apagué la pantalla y me quedé mirando el techo.
Esta vez mi mente no estaba en silencio.
No estaba en blanco.
Solo repetía una misma pregunta, llena de rabia, tristeza y frustración.
—¡¿Pero qué mierda pasó ahora?








