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Una potterhead en el mundo cuántico (historia isekai de Bolivia)

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Summary

una fanática de harry Potter, es transportada al mundo cuántico, uno de verdad, no la decepción de ant man 2

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Dos por el precio de uno

Una potterhead en el mundo cuántico

Capítulo 1: Dos por el precio de uno

La mañana despuntaba sin visos de traer novedad, el frescor no engañaba a nadie, todo el mundo sabía que el día sería caluroso con su sol implacable, todo el mundo se preparaba para una jornada mecánica, automática, eran autómatas, robots de carne y sangre de tareas repetitivas. Todos menos una joven mujer, sus labores no solo eran diferentes al resto, también extrañas, incomprensibles, acompasadas por el sudor que le recorría el cuello.

«Listo, ya terminé. Seguro resistirá mi peso», pensó la joven que se puso una especie de túnica negra.

Se sentó sobre un viejo asiento de bicicleta, sostenido este por gruesos cables para la luz; al otro extremo, muy cerca del techo, tales cables estaban sujetos a una polea que corría sobre un riel que servía para alzar y llevar de un lado a otro cajones pesados.

—¡Funciona! —exclamó al ver como se desplazaba de lado, yendo de pared a pared en un movimiento perpendicular de este a oeste—. Con esto voy a poder modificar el juego entero, no será al aire libre, se verá más como fútbol de salón, pero será popular.

Ana Rey era el nombre de la curiosa jovencita, sus manos sostenían con fuerza el control grueso como un ladrillo, sus cuatro botones, enormes, lucían desgastados colores que, bajo el temblor del pulso de la chica, se veían más borrosos.

«Hora de subir la apuesta. Se verá igual a un juego de futbolín que hay en las ferias, pero al menos ya no parecerá ridículo con todo ese correr con una escoba entre las piernas», pensó y tragó saliva.

—La suerte hay que hacérsela, la suerte hay que hacérsela —repitió un par de veces como un mantra para darse valor. Respiró hondo y pulsó uno de los botones.

No pudo evitar dar un chillido que no amedrentaría ni a los pocos ratones que la olfateaban desde una esquina de ese enorme galpón. Los cajones se vieron pequeños y pudo ver el polvo asentado en ellos.

Repitió la operación de antes y la polea en el techo la desplazó de izquierda a derecha, las cosas parecían funcionar bien, pero como todo en Latinoamérica, el mantenimiento de aparatos no era una prioridad.

Se llevó la mano a la cadera en plena caída, sostuvieron sus dedos lo que parecía ser una varita de hechicero, en microsegundos se dio cuenta de lo absurdo de su última intención, pero no hubo tiempo ni para esbozar una sonrisa.

.

.

Sintió su cuerpo inmaterial, no pudiendo discernir si ascendía o se desplomaba con la suavidad de una hoja otoñal. El calor y el frío tampoco parecían relevantes en esa blancura omnipresente.

Cuando su espalda percibió la textura de un suelo de loza y su característico toque helado, recién abrió los ojos.

Parecía el tanatorio, tal vez una morgue con escaso mobiliario, muy minimalista todo el entorno.

Giro la cabeza a los lados y se descubrió desnuda, se abrazó para darse calor y el miedo empezó a asomarse.

Antes de animarse a dar ánimos a su voz para preguntar dónde se encontraba, se abrió una puerta y por la misma entraron criaturas imposibles. Eran animalitos humildes, pero de un tamaño irreal, más altos que ella.

Ovejas, vizcachas, conejos entre otros, que la joven desnuda reconoció de sus textos escolares.

«Animales que nos visten», pensó, sin poder evitar poner una sonrisa nerviosa al darse cuenta que, en efecto, esa era la labor que realizaban tales criaturas.

La vistieron a la usanza de una campesina europea de la Edad media y a base de empujoncitos, la guiaron por un corredor donde se apreciaba la amalgama de estilos arquitectónicos y decorativos varios.

El arte del Antiguo Egipto iba acompasado del clásico griego y romano. Lo romántico del victoriano hacia curioso juego con el minimalismo de las estancias japonesas.

Llegó a unas puertas francesas de madera fina y entró a lo que pareció una soberbia oficina estilo victoriano.

Todo parecía muy pulcro y ordenado, salvo las torres de documentos puestas sobre un escritorio enorme de caoba fina estilo rococó, sus patas en forma de garra se veían exquisitas. Coronando por detrás de tal extravagante y lujoso mueble de oficina, estaba un sillón mullido de respaldar alto con reposa brazos.

«Pero que es esto, es tan grande como un león», pensó al ver al enorme gato blanco sentado tras el escritorio. Su presencia era de alguien digno, pero al mismo tiempo ocupado por el trabajo, siendo su característica más notable el hecho de poseer muchas colas, tantas, que no pudo contarlas.

—Buenas tardes, veo que llegó a tiempo —le dijo el gato gigante que la miro con cariñó al mismo tiempo que esbozó una sincera sonrisa—. Veamos su expediente…, Ana ¿Mamadísima? Rey, ¿así se llama, usted, señorita?

—Perdón, ¿quién o qué cosa es usted? ¿Cómo puede hablar?, es solo un gato, uno enorme.

—Mil perdones. Esto es el cielo y yo soy Neko Kamisama, para servirle.

—¿Neko kamisama?,… Espere, ¡espere un momento! ¡¿El dios gato?! ¡¿Acaso es usted Dios?!

—Un dios, sé que puede ser confuso, pero este problema se hubiera evitado si los humanos no hubieran renunciado al politeísmo, mala decisión, nyu.

—Pero ¿qué hago en el cielo…? ¡Me morí! ¡¿Acaso hice la automorición?! —grito al recordar su accidente.

Ana empezó a hiperventilar, sentía que le vendría pronto un ataqué de ansiedad, por fortuna, el dios gato ordenó a uno de sus asistentes, un gato alado, que la golpeara usando lo que parecía era un martillo para inflar con el soplo, de esos que se venden en las ferias para los niños pequeños.

No sintió ningún dolor, pero el rechinido le devolvió la calma y la cordura, sobándose la coronilla cubierta por su cabellera roja solo por reflejo.

—¿Retomamos mi pregunta o prefiere un resumen sobre su deceso?

—Yo, no, no es necesario, señor. Recordé qué fue lo que me pasó. Mi segundo nombre es María, pero me gusta el mote de Mamadísima, creo que es genial.

—Esa palabra tiene una connotación bastante negativa en el diccionario, pero en el lenguaje coloquial moderno tiene otro significado. Me parece que en la actualidad implica a alguien bastante musculoso —dijo el gato y vio con más atención a la chica, que ni de broma podía considerarse como alguien que pasó por el gimnasio para esculpir su cuerpo.

—Me hago llamar así por mi afición, modestia aparte, soy la mejor de mi ciudad.

—Sí, aquí leo que usted es una potterhead, incluso una fanboy de los libros de J. K. Rowling, puesto que siente antipatía por otras obras de literatura que pueden hacerle sombra a su saga de libros favorita, ¿me equivoco?

Aunque ni su mirada o tono tuvieron tintes acusatorios, Ana se puso muy nerviosa, tanto, que se arrodilló ante lo que creía era su juicio final en el más allá.

—¡Perdón, no fue mi intención ser una fanboy! Nunca trolee a nadie por las redes sociales. Una vez escribí que obras como Wendy, señora del desierto o la trilogía del Maullido y el Silencio, eran buenos libros.

—Según su expediente, sí hizo videos hater de algunos libros. Me temo que su tiempo en espera para que ingrese al paraíso no será de ciento veinticinco años, se extenderá más de trescientos años.

—¡Trescientos años, no puede ser! ¿No puede perdonarme, señor? ¡Ya sé! ¿Qué tal si me manda en alguna misión para traer al buen camino a una que otra oveja perdida? Vi ese tipo de cosas en algunas series de televisión.

—¿Tenemos programas así? —pregunto el dios gato a uno de sus asistentes alados, que se ajustó los lentes, hojeó las hojas que llevaba en su cartapacio para luego negar con la cabeza.

—Entiendo. Veamos, escribió buenas reseñas de algunos libros, los que citó, tal vez pueda planear algo. Veamos, veamos, ¡esto es! Sí, es justo lo que estaba buscando, serán dos por el precio de uno.

El gato se inclinó hacia lo que parecía ser un viejo intercomunicador, presionó un botón y se aclaró la garganta:

—Por favor, haga pasar al agente. El que culminó con éxito su periodo de prueba.

»Tome asiento, por favor, solo será cuestión de un par de minutos.

—¿Asiento? Dónde…

De la nada se materializo un sofá de dos asientos, parecía estilo rococó y sus patas, terminadas en garras, avanzaron hacia las corvas de la jovencita, forzando que la pelirroja se sentara.

El dios gato volvió a leer la pila de documentos, estampar su sello y firmar sobre aquellos. Se notaba que era bueno para tal labor, producto de haber repetido la misma tarea quién sabe por cuánto tiempo.

Al cabo de un par de minutos en los que Ana se la pasó ocupada viendo hacia los altos estantes de madera, tratando de leer los títulos de los amplios lomos de libros de apariencia seria y severa, que se abrió una de las puertas dobles e ingresó un gato.

—Bienvenido, agente. Por favor, tome asiento.

Así lo hizo el gato, parecía un felino del tipo azul ruso, su pelaje era un poco largo. Tanto la humana como el recién llegado se miraron con cortés atención por un par de segundos.

—Señorita Ana, permítame presentarle al agente Marco. Agente Marco, ella es la señorita Ana “Mamadísima” Rey.

—Un placer. —Extendió la pata el gato y Ana se la estrechó, parecía que se moría de ganas de abrazar al gato parlante azulado.

—Leí por su expediente que su periodo de prueba concluyó de manera exitosa. Su superior, el agente Fantasma, dice que usted es alguien que se ciñe por el libro, también menciona ciertas características; el viejo de Fantasma habla muy bien de usted, agente.

—Me siento honrado por las palabras de mi superior y le prometo Neko Kamisama, que daré lo mejor de mí en cualquier misión que se me asigne.

—Puede optar por permanecer en la misma sección y subsección. También, si lo desea, puede cambiar de oficina.

—Sí, me he estado planteando esa posibilidad.

—Entiendo, por tanto, hasta que se decida, le asignaré una misión rutinaria de vista.

—¿Una misión de vista?, eso por lo general se les da a los novatos y van siempre con un instructor, señor.

—En efecto, es una misión para novatos que apenas abren los ojos. Usted ya no lo es, es una agente hecho y derecho. El motivo para que le asigne la encomienda es para que lleve a la señorita y la tenga bajo su cuidado.

—¿Señor? —dijo el agente luego de mirar a Ana, no entendía nada de lo que estaba pasando.

—La encomienda es solo para efectos burocráticos. Con la misión usted tendrá el sello de primera misión oficial y la señorita un sustancial recorte en su tiempo de espera, ¿qué me dice, agente?

—No tengo ningún reparo, Neko Kamisama, es más, le agradezco su consideración.

—Seguro con esto tendrá tiempo para decidirse a que sección irá. Bien, señorita Ana, seguro usted y el agente se preguntarán a dónde planeo mandarlos.

—Sí, estoy un tanto nerviosa, pero me siento emocionada. Disculpe, este, neko kamisama, ¿me enviará a otro mundo como en las historias isekai?

—En efecto, será justo como dice.

—¡Genial! Cambiaré de apariencia y tendré montón de poderes. Como soy una potterhead, quiero tener todos los hechizos de los libros de Harry Potter. También quisiera crear todas las pociones y…

—Me temo que eso no podrá ser, por motivos legales.

El dios gato giró el rostro y uno de sus asistentes, el que le indicara que no tenían programas de asistencia angelical, se acomodó los lentes y recitó con tono monocorde unas líneas que se sabía de memoria:

—Por motivos de derechos de autor, no podrá usar ningún hechizo creado por la autora de los libros ni emplearlos con otra denominación.

—Pero si ese es el caso, ¿cómo podré usar hechizos que vengan de los libros? Soy una potterhead, ¡no puedo vivir de otra manera!

—No solo eso —continuó el gato de los severos lentes—, tampoco podrá mencionar cualquier elemento cuya naturaleza en específico haya sido originada en la mente de la autora, ergo, no podrá recitar cosas como insultos potterhead o similares. No obstante lo anterior, se le permite mencionar elementos de naturaleza universal que fueron empleados por J. K. Rowling en la creación de sus obras, por ejemplo, los términos varita mágica, sombrero de bruja y otros.

»De no obedecer, se aplicara por parte de su acompañante, en este caso, el agente Marco, la fuerza coercitiva pertinente.

Ana no entendió muy bien la terminología legal, pero una imagen vale más que mil palabras y enseñó con miedo los dientes al ver como la cola de Marco se alargaba y de su punta parecía salir una enorme chispa de electricidad. Si incumplía las reglas, la iban a electrocutar.

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