Un escritor y una ONG
Pa Pat
Capítulo 1: Un escritor y una ONG
“En las selvas bolivianas hay muchas leyendas macabras que relatan cómo los hombres se convierten en árboles” – CharmRing.
El clima caluroso, tan característico del oriente boliviano, brillaba por su ausencia; el surazo, el viento fuerte que acompañaba la tormenta, hacía caer la temperatura, la sensación térmica era desagradable y de nada servía arroparse en ese ambiente húmedo que helaba los huesos.
Varios adultos jóvenes se encontraban socializando, no era una fiesta, más bien parecía que estaban expectantes a algo.
Las puertas se abrieron y un grupo ingresó a la habitación. Se notaba que eran extranjeros por el tipo de mochilas que solo llevaría un mochilero errabundo.
Vino un encargado e hizo las presentaciones correspondientes, con lo que ambos grupos empezaron a socializar usando el lenguaje universal de la actualidad: el inglés.
—Tito, así se llama mi gato —le dijo Andrea a Ada, una noruega rubia y de ojos azules de generosas curvas bajo las ropas holgadas—. Lo llevaré conmigo a Noruega porque me da pena separarme de él.
—Es bonito, me recuerda al cuento que solía contarme mi abuela.
—¿Cuál cuento era ese?
—Era el del Gato con Botas.
—El peludito ese, español con florete.
—Estoy bien segura que ese cuento es de origen francés en vez de español.
—Cierto, me confundí porque lo hicieron español, seguro porque el que le daba la voz era Antonio Banderas en la película de Shrek.
—Exacto, pero yo me refiero a la fuente original del Gato con Botas, ese cuento se origina en Noruega. Claro que allí no tiene botas, es hembra y mata al ogro.
—¿Ogro? Yo pensé que en tu país, los que vivían allí eran los trols —dijo y Ada se rio.
—Orcos, ogros, trols, es lo mismo solo que les cambian de nombre dependiendo del país y a medida que pasó el tiempo les dieron características más y más diferentes. Se dice que esas cosas les tienen mucho miedo a los gatos.
—Mejor razón para llevarme a Tito a Noruega, me va a proteger de todas esas cosas.
—Dicen que incluso protegen de los hombres lobo.
—¡No te creo!, son solo gatos.
—Mi abuela me dijo que el abuelo de su abuelo, es decir, hace siglos, vivía en una cueva lejos del pueblo, que era un hombre lobo que quería mucho a su familia, pero le daban accesos de furia incontrolable, por eso vivía solo y cada vez que iban a visitarlo trayéndole comida, llevaban gatos con ellos, así lo controlaban.
—¿De qué hablan? —preguntó Gustav, un pelirrojo cuya calvicie empezaba a notarse.
—Le decía, mi cielo, respecto a la historia de mi familia con los gatos.
—¿Esa cosa sombría? Curiosas cosas los gatos, yo sé que los vampiros y los zombis les tienen miedo.
—¿Eso también es cierto? —preguntó la boliviana.
—Bueno, me baso más en lo que leí de un autor de tu país. Creo que se llama CharmRing, un seudónimo, el que escribió la trilogía de El Maullido y el Silencio.
—Ni idea de ese autor.
—Un escritor que publica en Amazon Kindle.
—Con razón, yo solo leo en físico.
—Como en Svalbard no encuentras libros bolivianos, pues tuve que recurrir al internet, lo mismo que todos los demás, casi todos venimos de allá.
—¿Qué es Svalbard?
—Una isla al norte de Noruega, todos, excepto mi cariñito, trabajamos allí, para la bóveda del fin del mundo.
—¿Perdón?
—Yo te explico —intervino Ada—. Es un lugar donde se almacenan varias semillas en caso de que una plaga barra con todas las semillas existentes.
—¿Algo así puede pasar?
—Ya lo creo —intervino el hombre—. Una plaga exterminó los plátanos que comían nuestros abuelos, se decía que eran más deliciosos y nutritivos que los que conocemos hoy en día.
—Yo no trabajo en la bóveda. Gustav y yo nos conocimos en el servicio militar en el continente, desde hace varios años que las mujeres pueden ingresar al ejército. Una vez ingresé a su trabajo, no me gustó para nada.
—Gracias, mi amor.
—Pensé que sería una instalación moderna con pasillos pulidos y cosas así, pero apenas entras unos metros y todo, todo, lo ves cubierto de hielo grumoso, igual a si estuvieras dentro del refrigerador para la carne.
—¿Fue amor a primera vista? Lo mío con Tito lo fue, apenas vi a mi peludito y lo adopté.
—Lo fue, quedó prendada por mi disciplina en las barracas.
—Sueñas. Para nada fue así, él era un cochino y yo muy limpia, éramos la pareja dispareja, no hubo de otra, en Noruega, en el ejército, hombres y mujeres comparten cuarto; cuatro literas por habitación.
—Espero que cuando vaya a Noruega las chicas no compartan cuarto con los chicos. ¿Cómo de frío serán los bosques al norte de tu país?
—Hará frio, no irás a Lofoten y estamos en julio que es la temporada en que hay montón de autos haciendo cola para los ferris, pero no te preocupes, que Tantawawa seguro reservó uno para llevarte a ti y tus amigos a los bosques del norte —le aseguró Gustav.
—Fue una gran suerte que me enterara de esa ONG, no sabía que existía, dicen que la jefa es una mujer gringa de ascendencia boliviana, una tal Wayra Hope, una mujer muy rica.
El gato se sintió inquieto, tal vez presentía que iría a un país de clima gélido o quizá el motivo de los bufidos y los intentos de lograr la ansiada libertad, se debían a que los instintos felinos le advertían del peligro mortal.








