La celda blanca
POV Elissa
Una presión brutal detrás de los ojos me parte la cabeza desde adentro, como si alguien hubiera metido los dedos en mi cráneo y luego se hubiera marchado sin molestarse en acomodar nada en su lugar. Intento tragar, pero la garganta me responde con una sequedad áspera, amarga, y la lengua se me siente pesada dentro de la boca. Mi estómago se contrae con una náusea lenta. No estoy borracha. He estado borracha antes, de tequila barato, de vino dulce, de mezclar cosas que no debía porque alguien dijo “solo una más” y yo fui lo suficientemente idiota para creerle. Esto no es eso. Esto es otra cosa. Mi cuerpo no se siente mío.
Abro los ojos con dificultad y la luz me golpea como una mano abierta. Suelto un quejido, vuelvo a cerrarlos y respiro una vez, dos, tres, obligándome a no vomitar. El aire entra helado, lleno de un olor quirúrgico que me raspa la nariz y se me pega al fondo de la garganta. Cuando consigo abrirlos otra vez, el mundo aparece en fragmentos: paredes blancas, techo blanco, suelo blanco. No un blanco de casa bonita ni de hotel minimalista ni de clínica privada con revistas carísimas en la sala de espera. Es un blanco enfermo, acolchado, diseñado para borrar los bordes del mundo hasta que una persona deja de saber dónde termina la habitación y dónde comienza su cabeza.
Estoy acostada sobre una colchoneta delgada, pegada a una de las paredes. La superficie cruje debajo de mi espalda cuando intento moverme. Es plástica, fría, rígida; huele a desinfectante y a humedad vieja. Tardó varios segundos en entender que la habitación no es una habitación. Es una celda.
No hay muebles. No hay ventanas normales. Solo una ranura rectangular cerca del techo, tan estrecha que ni siquiera un brazo podría pasar por ella. De ahí entra una luz pálida, amarillenta, apenas suficiente para dibujar las costuras de las paredes acolchadas y dejar el resto del espacio en una penumbra extraña. Una esquina, la más alejada de la puerta, permanece casi negra, como si la luz se negara a tocarla.
Me incorporo demasiado rápido y el mundo se inclina. Tengo que apoyar una mano en la colchoneta para no caer de lado.
—Ay, carajo…
La voz me sale rota, apenas un hilo. Me llevo una mano a la cabeza y me inclino hacia adelante mientras las náuseas suben con violencia. No sale nada, solo una arcada seca que me deja los ojos llorosos y una certeza horrible instalándose en el pecho.
Algo está muy mal.
Bajo la mirada, y entonces el pánico deja de ser una idea para convertirse en una cosa viva.
No tengo mi ropa. Mi suéter, mis jeans, mis tenis, mi chamarra ligera, la bolsita cruzada donde llevaba mi pasaporte, mi teléfono, mi cartera y los audífonos que siempre se enredan aunque los guarde con cuidado. Todo desapareció. En su lugar llevo una camiseta blanca, demasiado delgada, demasiado grande de los hombros y aun así demasiado reveladora donde se pega a mi piel por el frío. Debajo, unas bragas sencillas que no son mías.
La comprensión me atraviesa tan rápido que por un momento no puedo respirar. Alguien me desvistió. Alguien me tocó. Alguien decidió qué dejarme puesto mientras yo estaba inconsciente.
Me abrazo el torso con los brazos y doblo las rodillas hacia mí. Un temblor me sube desde los pies. No es solo frío. Es una alarma vieja, incrustada en los huesos, esa parte primitiva del cuerpo que entiende el peligro antes de que la mente pueda nombrarlo.
—No, no, no… —Mi voz rebota contra las paredes acolchadas y vuelve a mí más débil.
Intento recordar. El aeropuerto es lo último claro. Madrid. Una escala de una noche antes de tomar el vuelo a Irlanda. Yo caminando por la terminal con la mochila pesándome demasiado en un hombro porque, obviamente, decidí meter un libro extra “por si acaso”, como si en un viaje de diez días fuera a tener tiempo de leer tres novelas y media. Luego la chica del avión. Lucía. ¿Se llamaba Lucía? Cabello rubio oscuro, labios pintados de rojo, una risa fácil. Se sentó a mi lado en el vuelo desde México, me preguntó si viajaba sola y yo dije que sí, con ese orgullo tímido de quien intenta convencerse de que irse sola a Irlanda a punto de cumplir treinta es una aventura y no una forma elegante de huir de la sensación de estar quedándose atrás.
Hablamos de música, de libros, de lo horrible que es dormir sentada. Me dijo que también tenía escala en Madrid, que conocía un lugar cerca del hotel donde servían tapas decentes y vino barato. Yo dudé. Luego pensé: estás haciendo el viaje de tu vida, Elissa, no seas tan miedosa.
Qué gran momento para descubrir que mi intuición tiene el instinto de supervivencia de una polilla.
El bar regresa en destellos: una mesa pequeña, luces cálidas, la copa frente a mí. Lucía sonriendo mientras levanta la suya.
—Por las mujeres que se atreven a viajar solas —dice.
Después, la memoria se parte. Un baño con azulejos negros. Mis manos apoyadas en el lavamanos. La sensación de que el suelo respira. Lucía sosteniéndome del brazo, diciendo algo que no alcanzo a entender. Un coche. O quizá no. Una puerta cerrándose. El olor de alguien demasiado cerca.
Y luego nada.
Nada hasta esta celda.
Entonces recuerdo esa película donde secuestran a la hija mochilera de Liam Neeson y, después de cargarse a media mafia mundial, logra rescatarla. Recuerdo también cómo juré que yo jamás sería tan ingenua como para caer en algo así. Carajo. Qué ganas de que mi papá fuera el jodido Liam Neeson en este preciso puto momento.
Un sonido suave corta el silencio y el hilo de mis pensamientos.
Clin.
Me quedo helada.
Clin, clin.
El ruido viene de la esquina oscura. Metal pesado arrastrándose contra el suelo.
Mi corazón empieza a latir tan fuerte que por un segundo pienso que se escucha fuera de mi cuerpo. Giro la cabeza despacio hacia la esquina donde ahora es demasiado claro que hay alguien.
Al principio no veo una forma completa, solo una masa oscura contra la negrura. Grande. Demasiado grande para ser una silla, una camilla o un montón de mantas. Algo vivo ocupa el rincón más alejado de la celda. Mi espalda busca la pared por instinto y me arrastro hacia atrás sobre la colchoneta hasta que la superficie me detiene. Las costuras se hunden contra mis omóplatos mientras me abrazo las piernas con más fuerza.
—¿Quién está ahí?
La pregunta sale ridícula y pequeña. Como si hubiera tocado la puerta de una oficina.
La figura no responde, pero respira.
Es un sonido bajo, profundo. Una inhalación lenta que llena el cuarto entero. No suena humana. O tal vez sí, pero de una humanidad más antigua, más grande, una de esas que no necesitan hablar para recordarte que tú eres carne blanda y huesos fáciles de romper.
La sombra inclina apenas la cabeza y entonces los veo. Dos destellos entre la penumbra. No son amarillos. No exactamente. Son ojos dorados, sí, pero con algo verde debajo: verde musgo, verde bosque después de la lluvia, ámbar encendido en el centro como si alguien hubiera atrapado fuego detrás de unas pupilas imposibles. Me miran, y no precisamente como se mira a una persona, sino como mira un animal que ya calculó cuántos pasos necesitaría para alcanzarte.
La piel se me eriza desde la nuca hasta las piernas.
—¿Quién eres? —pregunto, aunque la voz me tiembla tanto que casi no reconozco mi propio sonido.
Los ojos no se apartan de mí. El silencio dura demasiado, hasta que una voz emerge de la oscuridad.
—Esa iba a ser mi pregunta.
Me quedo sin aire. Es una voz grave, ronca, profunda de una manera indecente, absurda, completamente fuera de lugar en una celda acolchada donde estoy medio desnuda, drogada y aterrada. Roza el suelo antes de llegar a mí. Tiene acento, una dureza extranjera en las consonantes, una cadencia lenta y peligrosa, como si cada palabra hubiera sido elegida para dominar el espacio.
—¿Quién eres? —repite.
Trago saliva.
—Yo pregunté primero —digo, intentando sonar más firme de lo que me siento.
La sombra parece quedarse quieta, y entonces, desde la oscuridad, llega un sonido que tardo un segundo en identificar como una exhalación. Casi una risa. No de las amables.
—Valiente —dice—. O estúpida.
Mis dedos se cierran sobre la tela de la camiseta.
—Asustada —corrijo, sin pensar.
Los ojos dorados se entrecierran. Bravo, Elissa. Excelente momento para ponerse ingeniosa con el posible asesino de la esquina.
—¿Dónde estoy? —insisto, porque si dejo de hablar voy a empezar a gritar—. ¿Quién eres? ¿Qué es este lugar? ¿Cómo llegué aquí?
—Respóndeme tú primero.
—No sé nada.
—¿Ni tu nombre?
Frunzo el ceño. Claro que sé mi nombre, pero dárselo no parece una decisión tan sencilla como debería. No aquí. No a esa voz.
La figura se mueve un poco, y las cadenas suenan otra vez, metal contra metal, un peso contenido, un cuerpo enorme cambiando de posición sin levantarse del todo.
—¿Estás… encadenado?
Los ojos dorados brillan con algo que puede ser burla o rabia.
—Muy perceptiva.
—No me hables así —digo, y odio el temblor que se cuela en la frase—. No sé qué está pasando. No sé dónde estoy. No sé quién me trajo aquí. Me desperté hace cinco minutos en una celda de manicomio y alguien me quitó la ropa. Así que perdón si no estoy siendo la rehén más cooperativa del día.
El silencio que sigue es absoluto. Durante un instante pienso que acabo de cometer el último error de mi vida.
Luego él inhala.
Su respiración cambia, y algo en la celda cambia con ella.
—Dime cómo te llamas —insiste, ya sin sonar burlón.
Eso me asusta más.
—Elissa.
Los ojos dorados se quedan fijos en mí.
—¿Elissa qué?
Mi apellido se me pega a la lengua. No sé por qué. Tal vez porque decirlo lo hará más real. Porque darle mi nombre completo a esa voz en la oscuridad se siente como entregarle una llave.
—Ponce —digo al final—. Elissa Ponce.
No hay gesto ni respuesta. Solo su mirada, tan fija que siento que me está desarmando por partes.
—¿Quién te envió?
Parpadeo.
—¿Qué?
—¿Quién te envió? —repite, y esta vez la voz pierde el poco control que tenía. Algo bajo, animal, vibra detrás de las palabras—. ¿Para quién trabajas?
—No trabajo para nadie.
—Mientes.
—No.
—Todos mienten aquí.
—Pues felicidades por tu estadística, pero yo no sé nada.
El sonido que sale de él no es una risa. Tampoco un gruñido. Es algo intermedio, grave y áspero, que me raspa por dentro.
—Conveniente.
La indignación atraviesa el miedo como una chispa.
—¿Conveniente? Me desperté medio desnuda en una celda con un hombre enorme encadenado en una esquina. ¿Eso te parece conveniente para mí?
—Podría ser parte del teatro.
—¿Qué teatro?
—El de ellos.
—¿Ellos quiénes?
No responde. Me paso una mano temblorosa por la cara. La piel está helada.
—Mira, no sé qué crees que está pasando, pero yo estaba en Madrid. Iba camino a Irlanda. Conocí a una chica en el avión, fuimos por una copa y después… —me detengo. La vergüenza y el terror me suben juntos por la garganta. Siento los ojos llenarse de lágrimas y me muerdo el labio para no dejarlas caer antes de terminar—. Después no recuerdo nada. Desperté aquí.
Él no habla.
—Mi turno —digo, porque necesito fingir que esto es una conversación y no el preludio de algo horrible—. ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Horas.
La respuesta llega seca y mi estómago se hunde.
—¿Cuántas?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No tengo reloj.
La obviedad me golpea con una violencia absurda. Miro a mi alrededor buscando cámaras, puertas, cualquier señal de que esto es una broma cruel o un escape room diseñado por psicópatas con demasiado dinero. La puerta está al otro lado de la celda: lisa, blanca, sin manija por dentro. Solo una línea vertical casi imperceptible y una pequeña placa metálica a la altura de los ojos. Luego veo el punto negro diminuto en una esquina del techo. Y otro cerca de la puerta. Cámaras. La náusea vuelve.
—Nos están viendo.
—Sí.
La calma con que lo dice me hace mirarlo de nuevo. Ya perdí la batalla con las lágrimas; corren por mis mejillas aunque me muerdo más fuerte el labio para contener un sollozo.
—¿Desde cuándo estás aquí?
Los ojos dorados no parpadean.
—Mucho.
—¿Mucho cuánto?
—Suficiente.
—Eso no es una respuesta.
—No pretendía serlo.
Apreto los dientes.
—¿Cómo llegaste aquí?
—Igual que tú.
—¿También conociste a una rubia sospechosamente amable en un avión?
Esta vez sí hay una pausa distinta. Me mira como si no supiera qué hacer con esa frase.
—No.
El miedo sigue ahí, pero debajo, en alguna parte absurda de mi cerebro, una parte de mí registra que hacerlo vacilar se siente como recuperar un centímetro de suelo. Un centímetro miserable, pero mío.
—Entonces no fue igual que yo.
—Te sacaron de tu mundo —dice—. Te trajeron a uno donde no entiendes las reglas. Eso es igual.
La forma en que lo dice me hiela más que la celda.
—¿Qué reglas?
Él se inclina un poco hacia adelante. Las cadenas responden con un sonido seco, y por primera vez distingo el contorno de un brazo en la oscuridad, grande, tenso, con la sombra de algo alrededor de la muñeca.
—Regla uno: no confíes en nadie.
—Incluyéndote.
—Especialmente en mí.
Una parte de mí quiere creer que es una amenaza. Otra, más estúpida, más vulnerable, escucha una advertencia.
—¿Vas a hacerme daño?
El silencio se vuelve tan espeso que siento que me cubre la boca. Los ojos ámbar bajan apenas, no a mi cuerpo, sino a mis manos apretadas contra mis rodillas, a mis dedos blancos por la fuerza, a la forma en que tiemblo aunque intento esconderlo. Cuando vuelve a mirarme, algo ha cambiado. No suavidad. Nunca eso. Pero sí una grieta mínima en la dureza.
—No si puedo evitarlo.
Y esa respuesta, por alguna razón, me asusta más que cualquier amenaza.








