Un C Hileno Un Peruano Un Argentino Y La Herencia De Mamá by Amarocarreno at Inkitt
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Un CHileno un Peruano un Argentino y La Herencia de Mamá

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Summary

Tres hombres. Tres países. Una madre que nunca les contó toda la verdad. La muerte de Mirta Conti reúne por primera vez en años a sus tres hijos: un chileno, un peruano y un argentino que crecieron odiándose por versiones distintas del pasado. Pero el funeral revela algo imposible de explicar. Políticos, empresarios y un gobernador argentino cruzan la cordillera solo para despedir a una mujer que, según sus hijos, llevaba años viviendo en una residencia de ancianos. La herencia será solo el comienzo. Porque descubrir quién fue realmente Mirta Conti cambiará para siempre todo lo que creen saber sobre su familia.

Status
Ongoing
Chapters
1
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n/a
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18+

CAPITULO I BENITO

PROLOGO

La obra se presenta a sí misma, escrita en pergamino y con tinta negra.

El escenario: la iglesia de la Divina Providencia.

La puesta en escena: el funeral de Mirta Conti.

Los personajes —protagonistas, antagonistas y secundarios— ya ocupan sus lugares. Aguardan a que se levante el telón para dar comienzo a la trama.

El ataúd cerrado frente al altar. La imagen de Cristo crucificado al fondo, las veladoras rodeándolo y un arreglo de crisantemos y gladiolos complementan el decorado.

¿Qué pensarías, Mirta, ante tamaño espectáculo?

Digno de una devota católica: tu ataúd cerrado, privándote de que contemplen por última vez ese semblante que, incluso en la muerte, conserva una irónica sonrisa.

La culpa es del cura, sin duda. Incapaz de administrarte la extremaunción y de arrancarte el arrepentimiento por algunos de tus pecados, decide calmar su conciencia organizando el funeral más cristiano que encuentra en el manual de ritos católicos.

¡Cómo debes estar puteando desde el purgatorio, Mirta!

Tu último acto entre los mortales transcurre lejos del esplendor y de las luces que marcan tu vida.

Pero cuántas historias dejas por contar.

Malvada hasta en tus últimos días, te encargas de seguir en el escenario. Actriz y directora de una trama que nace precisamente con tu propia muerte.

Damas y caballeros, ocupen sus asientos.

La función está por comenzar.

CAPITULO 1 BENITO

—Qué embole, ¿no? Parece un funeral —dice en voz baja un joven al acercarse a Benito.

—Está en una iglesia, muchacho —lo interrumpe Benito antes de que termine la frase.

—Sí, che. Tenés razón, discúlpame.

—Era importante la finada, por lo que veo —continúa el joven—. Yo traje al mismísimo gobernador de Buenos Aires. Perdón, pero no todos los días estás en una joda como esta. Mirá las minas, qué lomazo tienen.

El joven se acomoda la gorra de chofer y fija la vista en un grupo de mujeres vestidas de negro, cuyos trajes ceñidos al cuerpo atraen más de una mirada.

Benito sigue la dirección de aquella mirada por un momento, se acomoda los anteojos negros y vuelve su atención al altar.

—Era importante la finada, parece. Escuché que llamaron al gobernador desde Chile a asistir al funeral. Le inventó un verso a la mujer y nos venimos para acá, mira si será importante la finada para hacer semejante viaje.

—La discreción no es lo suyo, parece, joven —responde Benito sin apartar la vista del altar.

—¡Mirá que si hablara! —dice el joven, bajando la voz—. Estos políticos son todos iguales. Pero hay que laburar, no queda otra.

—Rodrigo Fernández, de Buenos Aires —se presenta, haciendo el gesto de extender la mano.

Benito permanece inmóvil.

—¿Sos pariente, entonces? ¿O el abuelo de alguna de estas minitas?

Rodrigo deja escapar una carcajada que interrumpe el silencio de la iglesia y atrae las miradas de algunos presentes.

Benito se quita los lentes negros con calma y gira la cabeza en dirección a Rodrigo.

—Soy el cura, hijo. El cura.

Benito camina recto hacia el altar, dejando a Rodrigo sin palabras.

Desde la tarima siente cómo todas las miradas se dirigen hacia él, si su sola presencia pusiera pausa al tiempo. Desde allí tiene el panorama completo.

A la izquierda del féretro: políticos, asesores y diplomáticos. El ámbito de la política en pleno. Benito reconoce a la mayoría; son rostros conocidos en el país. Junto a ellos distingue algunas caras familiares: hombres de negocios y habituales de las portadas de los periódicos.

A la derecha: el mundo de las artes. Actores, músicos, cantantes y gente del espectáculo. Todavía más reconocibles para Benito. Gigantografías y anuncios televisivos delatan sus rostros.

Benito percibe que los presentes esperan que comience el responso. Pero su mirada, aun detrás de los anteojos negros, recorre cada rincón de la iglesia intentando encontrar a alguien.

Faltan personas.

Individuos que deberían estar allí.

—Benito, Benito.

La voz de una dama lo alcanza junto al altar y lo arranca de su trance.

Benito reacciona. Mira a la mujer y le entrega los anteojos y el abrigo. La túnica blanca y la estola quedan a la vista.

—¿Qué dejamos en las personas una vez que morimos? —pregunta Benito al comenzar el responso—. ¿Los recuerdos que sembramos en quienes comparten la vida con nosotros? ¿Hechos? ¿Actitudes? ¿O el reflejo de lo que somos, que se desvanece con lentitud con el paso del tiempo hasta desaparecer?

Su voz resuena en la iglesia.

—Dejamos un domingo cualquiera para que visiten nuestros restos mortales en un cementerio. Quizás dejamos simples placebos: flores en agua que apenas intentan aliviar nuestro dolor.

Benito permite que el silencio se extienda unos segundos.

—¿Qué le deja Mirta a cada uno de ustedes?

La última pregunta profundiza el silencio.

Pero es un silencio distinto.

Benito observa cómo el gobernador aprieta los puños. Otros se arreglan una prenda, ajustan sus gafas o carraspean con cuidado. Como si aquellas palabras hubieran tocado algo que todos intentan ocultar.

—Tomen lo que les deja y úsenlo para aliviar el dolor de esta pérdida.

Con esas palabras concluye el responso y baja despacio del altar para rociar agua bendita sobre el féretro.

Entre la multitud emerge una figura que hasta ese momento pasa inadvertida.

Un hombre vestido casi por completo de negro, con un traje de confeccion europeo y una boina gris sobre la cabeza.

Camina con pisadas cortas y firmes hacia el ataúd.

Benito lo reconoce de inmediato. A pesar de que han pasado diez años desde la última vez que ve su rostro, sus facciones permanecen grabadas en su memoria.

Un escalofrío le recorre la espalda.

Sin analizarlo demasiado, sale a su encuentro.

—Supongo que no imaginaste que no vendría a despedirla —comenta el hombre.

—Tus tratos eran con Mirta. Y ella ya está muerta —responde Benito con la voz apenas audible.

—Me gusta la escena. Una muerte. Mucha gente poderosa reunida. Pero faltan piezas en este juego de ajedrez.

El hombre sonríe apenas.

—La pregunta, Benito, es: ¿qué trebejos no están en este tablero? ¿Peones? ¿Reyes? ¿Quizás una dama?

—Mirta ya está muerta. No hay tratos, juegos ni deudas pendientes.

Esta vez la voz de Benito sale con más firmeza.

—Me gusta el teatro. Simples mortales interpretando la inmortalidad de personajes escritos sobre papel. Los funerales son lo que más me recuerda al teatro. Los dolientes ocultan sus verdaderos sentimientos bajo un personaje, recitando siempre el mismo libreto: «Ya está en un lugar mejor», «Ahora ya no está sufriendo».

—Mirta ya está con Dios. No tienes espacio aquí.

Benito fija la mirada en el Cristo crucificado.

—¿Seguro, padre? ¿Seguro que no está conmigo?

Benito siente que aquellas palabras no se refieren a religión.

Hablan de algo mucho peor.

Benito no puede responder. Sus cuerdas vocales parecen incapaces de reproducir sonido alguno. Solo observa como el hombre de la boina gris se da media vuelta y lo deja sin palabras.

—¡Me lo dejaron flasheado, eh, padrecito! —dice Rodrigo, apareciendo de pronto a su lado—. Tiene cara de funeral, le diré —remata.

Benito aparta la vista del hombre de la boina gris.

Todavía permanece descolocado por el encuentro.

—Padre, el gobernador Valentino Russo desea hablar con usted —añade Rodrigo.

Tarda un instante en reaccionar.

Al darse vuelta, se encuentra frente a un hombre elegante de cabello canoso.

—Valentino Russo —se presenta el hombre, extendiéndole la mano.

—Me gustaría intercambiar unas palabras con usted, si es posible. Después del funeral —indica el gobernador de Buenos Aires—. Mi chofer estará a su disposición apenas tenga la oportunidad. Solo dígale dónde y cuándo.

El gobernador dirige una mirada discreta hacia Rodrigo.

—Él lo llevará a mi hotel.

—Claro —responde Benito.

Benito intenta procesar la situación. Esperaba a la mayoría de los asistentes, pero la presencia de una figura como el gobernador altera por completo el escenario que imaginó al organizar el funeral de su tía.

Respira profundo.

Quiere comenzar a saludar a los presentes cuando distingue a un hombre que entra tímidamente en la iglesia, tratando de ocultarse tras uno de los pilares.

Lo reconoce de inmediato.

Apresura el paso y va a su encuentro.

—Felipe. Qué gusto verte.

Lo saluda con un abrazo.

—¿Por qué hay tanta gente, Benito? —pregunta Felipe, apenas respondiendo al gesto.

—Bueno, tu madre era una mujer muy conocida. Es natural que venga mucha gente a despedirla.

Benito sabe que Felipe, por distraído y disperso que pueda parecer, no puede pasar por alto la escena frente a sus ojos.

Algo no encaja.

Al menos eso cree Benito al observar la expresión de desconcierto de su primo.

—¿Benito... y esas mujeres?

Felipe señala hacia uno de los grupos de asistentes.

—Y ese no es el actor que sale en las teleseries...

—Felipe, vamos a mi oficina y conversamos.

Benito le toma el brazo con suavidad.

Felipe continúa observando todo cuanto lo rodea mientras Benito lo conduce hacia una pequeña oficina ubicada al interior de la iglesia.

A medida que camina junto a su primo, Benito intenta armar un rompecabezas con piezas faltantes. ¿Qué digo? ¿Qué no digo? ¿Y cómo lo digo? Las preguntas se agolpan en su mente durante los pocos metros que los separan de la oficina.

—¿Quieres un café? —le ofrece Benito apenas entran, tratando de ganar segundos antes de explicarle lo que ocurre en la iglesia.

—Sin azúcar, por favor —responde Felipe.

—Ha pasado tiempo sin verte —dice Benito mientras prepara el café.

—Me estaba separando. No podía con todo —responde Felipe.

Benito observa de reojo cómo Felipe examina las fotografías colgadas en la pared. La expresión de su primo se vuelve cada vez más confusa.

Benito imagina que Felipe no ve a la anciana vulnerable de la casa de reposo. En esas imágenes aparece una Mirta elegante, sentada en lujosos restaurantes y rodeada de una vida muy distinta a la que él conoce.

—Fueron momentos duros para ti. Me contó tu madre... —comenta Benito, intentando apartar su atención de las fotografías.

—Mirta —lo corrige Felipe.

Benito guarda silencio unos segundos.

—Pensé que no llegarías —prosigue.

—Me demoré porque pensé que había anotado mal la dirección. Una iglesia en pleno barrio pudiente de Santiago, una ceremonia privada... Esperaba una capilla, algo más humilde.

—Haber sido compañero de seminario del Obispo tiene sus ventajas —indica Benito.

Le entrega la taza.

—Sin azúcar.

Mientras Felipe recibe el café, Benito estudia su expresión.

La confusión en su rostro parece aumentar a cada minuto.

Entiende que ya no puede seguir postergando la conversación.

Ha llegado el momento de explicarle lo extraño de aquel funeral.

—Che, padre, lo buscan.

La voz de Rodrigo lo interrumpe antes de que pueda decir una palabra más.

El argentino entra sin llamar. A su espalda aparece un hombre vestido con un impecable traje negro.

—Este señor preguntó por usted —indica Rodrigo, haciéndose a un lado.

—¡Alberto! Qué sorpresa —exclama Benito al reconocerlo.

—Se maleó el vuelo, pe —responde Alberto sin cruzar el umbral de la puerta.

Por un instante, Benito intenta ordenar la situación.

A su espalda está Felipe, el segundo hijo de Mirta.

En la puerta espera Alberto, el hijo mayor de su tía.

Dos hombres que no deberían encontrarse todavía.

Al menos, no antes de que pudiera hablar con cada uno por separado.

—Pasa, adelante —dice Benito.

Comprende que el encuentro ya es inevitable.

Observa cómo las miradas de los hermanos se cruzan.

Felipe detiene la taza a medio camino de los labios.

Alberto frunce el ceño.

Ninguno dice una palabra.

—Rodrigo, ya puedes retirarte. Gracias —le indica Benito al joven chofer, rompiendo la tensión que se instala entre ambos.

—Sí, padre. Estoy a su orden —responde Rodrigo antes de abandonar la oficina.

—¿Y este de dónde salió, pe? —pregunta Alberto, rompiendo el silencio.

Levanta la cabeza, proyecta el mentón hacia adelante y mantiene la mirada fija en Felipe.

—Yo lo llamé, Alberto —responde Benito—. Después de todo, es el velorio de su madre.

Mientras habla, se interpone entre los hermanos.

Todavía recuerda que la última vez que se encuentran están a punto de llegar a los golpes.

—¿Y qué hace un senador peruano en el funeral de la vieja? —Pregunta Alberto.

—Pues verán, primos. Su madre conoce a mucha gente importante. No olviden que vive en Perú y Argentina antes de establecerse definitivamente en Chile. En noventa años de vida conoce a muchas personas.

Benito dirige la mirada hacia Felipe.

Su primo ya deja la taza sobre el escritorio. También aparta la vista de su hermano y ahora lo observa, esperando respuestas.

Luego Benito mira a Alberto.

Acaba de dar media vuelta y cerrar de golpe la puerta que permanece abierta desde la interrupción de Rodrigo.

—Mirta era una empresaria que tenía algunos negocios importantes en el país y vínculos con gente muy influyente —dice finalmente Benito, dejando salir las palabras que tiene atoradas en la garganta desde que comienza el responso.

—¡¿Empresaria?! —exclama Felipe.

—Empresaria de pañales para adultos, pe —interviene Alberto con una sonrisa.

—No exactamente, Alberto —responde Benito con calma.

—Ya pues, primo. ¿De qué estamos hablando? —insiste Felipe.

—Mirta era dueña de un club para caballeros, entre otras cosas —confiesa Benito, mirando a cada uno de los hermanos.

La oficina queda en silencio.

—Tienes que revisar la fecha de vencimiento de las hostias, Benito. Creo que están malas.

—Esta vez le doy la razón al chilenito, pe. Algo debe tener ese vino de misa.

—Verán, muchachos. La realidad es que su madre no pasa los últimos años de su vida en una casa de reposo. Durante ese tiempo, y desde mucho antes, dirige un club nocturno y una agencia para caballeros —explica Benito.

A medida que habla siente cómo parte del peso que carga desde el inicio del funeral comienza a disiparse.

—¿Una agencia para caballeros? —pregunta Alberto.

—¿Un club nocturno? —murmura Felipe.

Benito siente que las paredes de un laberinto se cierran sobre él desde todos los frentes.

Conoce mejor a Alberto que a Felipe.

Sabe, por algunas conversaciones que mantienen a lo largo de los años, que el abandono de su madre cuando tenía diez años lo marcó profundamente.

Antes de que Mirta lo dejara al cuidado de su abuela paterna, vivía junto a ella y a su padre en Cusco.

Benito cree que el hecho de que Alberto ya fuera un niño consciente de su entorno hace que el abandono resulte mucho más doloroso.

Por eso mismo considera que será más difícil discutir con él los asuntos pendientes que deja Mirta.

—Benito, ¿nos estás tratando de decir que Mirta nos ocultó durante no sé cuánto tiempo que tenía ese tipo de negocios? ¿Y nos hizo creer que pasaba sus días en una casa de reposo? —pregunta Felipe.

—Sí, Felipe. Mirta era dueña de un club nocturno muy conocido en Santiago —responde Benito.

Y descubre que cada respuesta le produce un inesperado alivio.

—¿Y por qué no me sorprende? Con el viejo de este seguro armó todo el negocio, pe —dice Alberto, apuntando a Felipe mientras camina hacia la mesa donde está el café.

—Esto parece una teleserie —murmura Felipe.

—Falta la hermana ciega y completamos el culebrón, pe —responde Alberto.

—¿Y el cuentero de Diego sabe algo? —pregunta Alberto.

—No conoce nada. Quedó en viajar desde Argentina, pero no he podido comunicarme con él. Y quizá sea mejor así. Si llega y se encuentra con el español, ahí sí que esto termina pareciendo una teleserie mexicana —responde Benito.

Alberto da un sorbo a su taza de café.

Benito lo observa de reojo, intentando encontrar alguna pista de lo que pasa por su cabeza.

Luego gira hacia Felipe.

Su primo examina las fotografías de la pared con más atención.

Ahora observa las fotos de otra manera.

Benito conoce poco a Felipe. Por algunos comentarios de Mirta sabe que es un hombre introvertido y poco flexible.

En una ocasión ella le comenta que Felipe es todo lo contrario a ella.

—Bueno, muchachos. Hay muchos asuntos legales que resolver. Un testamento que revisar. Decisiones que tomar. Y gente que depende de lo que ustedes decidan.

—No me digas, Benito, que las mujeres de afuera trabajan para ella —pregunta Felipe, apartando la vista de las fotografías.

—Algunas sí, Felipe. Otras imagino que son clientas.

—¡¿Mujeres también?! —exclama Alberto.

Felipe deja escapar una carcajada sonora.

Benito lo mira sorprendido.

Luego observa a Alberto.

Su expresión permanece inmutable.

—Y pensar que con este cholo nos peleábamos por quién pagaba la casa de reposo —dice Felipe sin poder contener la risa.

—No te rías, pe, mapochino. Igual soltaste tu plata —replica Alberto.

Benito escucha cómo la risa de Felipe se extingue poco a poco.

Alberto permanece en silencio.

Por primera vez, Benito tiene la impresión de que ambos hermanos comprenden la misma verdad.

Su madre los manipula durante años.

—¿Y la plata? —interroga Felipe—. ¿Y la casa de reposo era un chamullo? —vuelve a preguntar.

—Benito, ¿sabías todo esto? —pregunta Alberto, elevando la voz.

—Sí, Benito. ¿Estabas enterado de todo esto? —añade Felipe.

Benito guarda silencio unos segundos.

—Muchachos, no olviden que antes de ser sobrino de Mirta y primo de ustedes soy sacerdote. Y debo respetar el secreto de confesión. Mirta solo compartía lo que decidía compartir.

—Con esa te la sacai fácil —recrimina Felipe.


Benito no responde.

Observa a Alberto acercarse a una de las sillas de la oficina.

Se adelanta y retira unas carpetas para que pueda sentarse.

—Felipe, dos años son los que estuviste ausente. ¿Cuántas veces llamaste para preguntar por Mirta? ¿Te preocupaste de saber si estaba enferma o si le faltaba algo? ¿Cuántas veces dejó ver a sus nietos?

Felipe baja la mirada.

Benito gira hacia Alberto.

—Y tú, Alberto. Seis años sin venir a Chile. Un llamado de vez en cuando y tres cuotas de la casa de reposo. Eso fue todo lo que le diste a Mirta.

Hace una pausa.

Toma aire para continuar.

Pero Alberto lo interrumpe.

—Mirta nos dejó a mi viejo y a mí cuando yo tenía diez años.

La oficina queda en silencio.

—Volvimos antes de un viaje a Lima. La encontramos en la cama con otro hombre.

Alberto aprieta la mandíbula.

No añade nada más.

Benito tampoco pregunta.

—Bueno, muchachos, me hubiera gustado que Diego estuviera presente, pero ya que no está, tengo que decirles algo...

—Ese hombre va a traer su arroz con mango, Benito —lo interrumpe Alberto.

—Salgamos de esto de una vez por todas, Benito. ¿Qué pasa ahora? —pregunta Felipe.

—Mirta deja un testamento abierto. Expresa su voluntad sobre el destino de sus bienes y exige que su entierro sea en privado. Por eso, cuando termine el velorio, tenemos que ir al club nocturno de Mirta. Allí nos estará esperando el notario para revisar los documentos.

—¡¿Al club de Mirta?! —exclama Felipe.

—Esa es su voluntad, Felipe. Mirta no es una mujer tradicional.

—Eso ya quedó clarísimo, pe —comenta Alberto.

Benito observa a los hermanos.

Todavía percibe la incredulidad en sus rostros.

Y sabe que lo peor aún está por venir.

—Es su decisión, primos. Siguen la última voluntad de su madre y descubren quién fue realmente... o dejan todo en el olvido.

Ninguno responde.

La oficina queda en silencio.

Por primera vez desde que comienza el velorio, Benito siente que ya no está en sus manos decidir qué ocurrirá después.

Ahora les corresponde a ellos.

A los hijos de Mirta.

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