The End by Devon at Inkitt
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The End

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Summary

Las máscaras de falsedad de los seres humanos finalmente se derrumban, y los líderes de todo el mundo muestran sus verdaderos intereses. Convencidos de que Estados Unidos representa la oscuridad, las naciones del mundo se unen para combatir lo que consideran un gran mal. Como consecuencia, estallan una serie de conflictos que desencadenan una devastación sin precedentes, llevando a la humanidad a perder el mayor regalo que Dios le ha brindado: el planeta Tierra.

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Chapter 1 Capítulo Uno: Pánico mundial

Diecinueve de marzo de 2035. El mundo entero se encontraba en graves aprietos: el conflicto más grande de toda la historia de la humanidad estaba a punto de estallar. Las relaciones entre Estados Unidos y Rusia se habían deteriorado hasta volverse irreparables. Ambos gobiernos habían perdido toda esperanza de una salida diplomática. El diálogo había muerto, y el mundo se preparaba para presenciar la guerra más feroz de la historia, una guerra que muy probablemente involucraría el uso de armas nucleares; armas con el poder de aniquilar no solo a las dos naciones en conflicto, sino a gran parte de la vida en la Tierra.

El planeta entero estaba preocupado por una posible y terrorífica guerra que podría causar innumerables muertes. Todas las naciones vivían atemorizadas: algunas preferían tomar partido, buscando estar del lado del vencedor, mientras que otras optaban por mantenerse neutrales. En todas partes, organizaciones internacionales y movimientos civiles salían a las calles, clamando por la paz. Pero el miedo ya se había apoderado del mundo: cada país temblaba ante lo que estaba a punto de ocurrir.

La Unión Europea, una de las organizaciones políticas más grandes del planeta, aún no había decidido apoyar a ningún bando, pues había intentado detener el conflicto por medios pacíficos. Sin embargo, la Federación de Rusia y los Estados Unidos, con su enorme poder militar, hicieron caso omiso a las declaraciones de paz provenientes desde Europa.

Pero una persona decidió tomar la iniciativa que podría cambiar el destino del mundo: la canciller de Alemania, Betina Müller. Tras haber esperado largo tiempo una respuesta de los dos países protagonistas del conflicto, y sin recibir contestación alguna a sus múltiples intentos de comunicación, decidió actuar por su cuenta. Convocó una reunión en Bruselas con todos los países miembros de la Unión Europea, cuyo tema principal sería el conflicto ruso-estadounidense y las posibles estrategias para evitar que el enfrentamiento se hiciera realidad.

Dos semanas después, todos los países miembros de la Unión Europea decidieron acudir a la reunión. Los líderes de cada nación tomaron diferentes vuelos hacia Bruselas para estar presentes. Al llegar, se dirigieron directamente a la sala de reuniones del edificio Berlaymont, donde la canciller Müller los esperaba con semblante serio. La reunión dio inicio con un saludo cortés, pero pronto toda la tensión se centró en el asunto que realmente importaba: cómo frenar el conflicto entre Rusia y Estados Unidos.

Tras el cordial saludo, la canciller expuso ante sus homólogos todo lo que ya conocían: los detalles del conflicto entre los dos gigantes y las posibles acciones que deberían tomar al respecto. Sin embargo, algunos líderes mostraban signos de molestia hacia Müller.

Benjamín Chevalier, mandatario francés, se pronunció, afirmando que la reunión era una pérdida de tiempo y que Europa ya no debería intentar frenar el conflicto entre las dos potencias. Su opinión se basaba en que, si ambos países ignoraban los llamados al alto el fuego, habría que dejarlos enfrentarse como "King Kong contra Godzilla".

Tras la intervención del mandatario francés, otro líder manifestó su apoyo a Chevalier: Vicente Aznar, presidente del Reino de España, enviado a la reunión por la Reina.

— !Benjamín tiene toda la razón! Ya intentamos todo y nada funcionó. Deberíamos dejar que esos dos monstruos hagan lo que quieran y simplemente apartarnos.

Pero la canciller les exigió a ambos que se callaran y les recordó que no debían expresarse de manera negativa ni dar opiniones tan pesimistas en una reunión que podría decidir el destino de la humanidad.

— No tienes derecho a decirnos cómo debemos expresarnos —replicó Benjamín con firmeza—. Sí, convocaste la reunión, pero eso no te hace diferente de ninguno de nosotros aquí presentes en esta sala.

Al percatarse de su error al intentar imponer su punto de vista, Betina se disculpó con los presidentes de Francia y España. Luego retomó el control de la reunión y, con la mirada firme, preguntó si algún líder tenía alguna idea que pudiera solucionar el problema que amenazaba a la humanidad.

El líder francés volvió a tomar la palabra, esta vez con evidente irritación. Se desabrochó el saco y, con voz firme, anunció que ya estaba harto de la persistencia de la canciller en intentar resolver el conflicto ruso-estadounidense. Criticó su falta de apoyo a la postura de la mayoría de los presentes y sostuvo que lo más sensato sería dejar que ambas potencias se aniquilaran entre sí con todo su armamento. La reacción de varios asistentes pareció coincidir con la postura del mandatario francés.

El presidente del Reino de España volvió a intervenir, afirmando que lo más prudente para Europa era no involucrarse en un conflicto que no le concernía. Asimismo, señaló que ya se habían realizado todos los esfuerzos posibles para prevenir una eventual tercera guerra mundial.

La canciller alemana, irritada por las palabras de los líderes de francia y España, les advirtió que el uso de armas nucleares por parte de Rusia y Estados Unidos tendrían consecuencias que afectarían no solo a los países involucrados. Explicó que la radiación liberada sería tan intensa que podría aniquilar la flora y la fauna del planeta, además de provocar la desaparición de una gran parte de la humanidad.

Luego, en un intento de hacerlos reflexionar, los invitó a imaginar el mundo tras la detonación de todas esas armas nucleares: niveles de radiación capaces de borrar de la faz de la Tierra al noventa por ciento de los seres vivos.

— Una posible repoblación total de los habitantes de la Tierra tardaría al menos quinientos años —concluyó Betina con voz grave.

El presidente francés, visiblemente aburrido, bostezó y se estiró en su asiento durante la intervención de la canciller. Ya estaba harto de escuchar el mismo discurso una y otra vez. Se inclinó hacia delante y dijo:

— Entrances, en Europa debemos centrarnos en encontrar soluciones para frenar esas radiaciones nucleares, y no enfocarnos en detener conflictos que no nos pertenecen.

— Más vale prevenir que curar, Benjamín —dijo Betina—. Si nos enfocamos en detener el conflicto, no tendríamos necesidad alguna de preparar o crear materiales para protegernos de las posibles radiaciones.

— ¡Y tampoco sabemos si los materiales preparados para frenar las radiaciones funcionarían! Sería la primera vez que se ponen a prueba.

El presidente de Italia, Andrea Draghi, le preguntó a la canciller

— Entonces, ¿cuál es tu propuesta?

La canciller relató que, en Berlín, había conocido a un joven informático nacido en Estados Unidos, pero con nacionalidad canadiense, que trabajaba en un proyecto revolucionario: una inteligencia artificial capaz de desactivar cualquier arma nuclear del planeta.

En ese instante, la incredulidad llenó la sala. Todos los líderes se miraban entre sí, pensando que, si realmente existiera un programa capaz de desactivar armas nucleares, o si alguien lo estuviera desarrollando, ya habría trascendido —y no solo dentro del círculo de poder, sino al mundo entero.

Sin embargo, la canciller permanecía firme, insistiendo.

— ¡Vamos chicos! No veo que nadie aquí tenga una opción mejor jajaja.

— Solo tenemos esta solución, y estoy segura de que el programa funcionará.

— Créanme, el joven es un genio

Los líderes reunidos, irritados por el tono tan despectivo de su homóloga alemana, comprendieron que no contaban con otra alternativa: la única salida era aceptar. Sus pensamientos giraban en torno a una sola idea: ceder.

No se puede dejar la vida de los ciudadanos europeos en manos de un joven inexperto —dijo Benjamín—. ¡Por favor, señores! ¿Vamos a dejar el futuro de Europa en manos de un mocoso que no tiene ninguna reputación destacable como informático?

Y después se levantó y alzó la voz, preguntando:

— ¡Si hay un solo líder aquí presente, aparte de nuestra homóloga de Alemania, que conozca al muchacho, que se pronuncie ahora!

Después de la réplica de Benjamín, un silencio tenso se apoderó de la sala durante casi doce segundos. Nadie conocía al joven, excepto Betina. Fue entonces cuando se levantó para rescatar su propuesta y dijo:

— ¡Nadie conocía a Elon Musk, y aun así creó una de las empresas más importantes de la actualidad!

De repente, se puso de pie. Su voz resonó con autoridad ante los demás; venía dispuesta a pronunciar unas palabras decisivas.

— Líderes europeos, créanme: yo también tengo mucho que perder si el programa elaborado por este muchacho no funciona.

— Pero díganme, ¿alguno de los aquí presentes tiene una solución mejor?


— Lo que estoy ofreciendo es la única alternativa que tenemos para salvar este planeta.

— Prefiero fracasar intentando hacer algo, que fracasar sabiendo que no hice nada por intentar triunfar.

— Por favor, señores... ustedes tienen en sus manos la decisión sobre el destino de la humanidad. Hagan lo que consideren mejor, no solo por sus países, sino por el mundo entero.

Luego de las palabras de Betina, los líderes quedaron pensativos. En ellos se había desvanecido el egoísmo y la cobardía de no intentar nada, de limitarse a observar cómo su planeta se desmoronaba.

Fuera de la sala de reuniones, el joven informático permanecía sentado en el pasillo tras cuatro largas horas de espera, aguardando a que los líderes terminaran. Tres días atrás había tomado un vuelo a Bruselas por petición de la canciller alemana.

Pero, de tanto esperar, se levantó y empezó a caminar de un lado a otro, recorriendo el pasillo en círculos. Su paciencia se estaba agotando, y ya quería saber qué sucedía en el interior de la sala. Por eso decidió acercarse a la puerta y poner la oreja, intentando escuchar lo que se decía en la reunión.

Mientras tanto, en el interior, uno de los secretarios de los líderes quiso salir de la sala de reuniones. Al abrir la puerta, justo donde el joven se apoyaba y escuchaba, este se vio empujado sin querer hacia el interior de la sala, cayendo al suelo de rebote y armando un gran jaleo que hizo que todos los líderes se pusieran de pie de inmediato, girándose para ver qué había pasado.

La canciller, sorprendida, no esperaba presentar al chico en ese momento, ya que seguía intentando convencer a los demás. Pero, al no quedarle otra opción, le ordenó levantarse de inmediato y, después, le pidió que se presentara.

El joven obedeció y rápidamente se incorporó del suelo, con muy poco equilibrio; su cuerpo se veía inestable, y sus pupilas estaban exageradamente dilatadas mientras miraba a todos los líderes de forma extraña. «Todas esas personas tienen un aura muy grande», pensó el muchacho.

Al notar que estaba nervioso, la canciller le repitió que debía presentarse de inmediato. Cuando volvió a decirlo, el joven se concentró, dejó de tambalearse, fijó su mirada en Betina y, con mucho respeto, bajó la cabeza, saludó a todos los líderes presentes y finalmente se presentó:

— ¡Mi nombre es Devon Smith!

Benjamín, después de que el muchacho se presentara, quiso aprovecharse de la entrada torpe del chico para menospreciarlo ante los demás líderes y, de paso, poner en duda la idea de Betina. Preguntó:

— ¿En serio vamos a dejar la vida de todos los ciudadanos europeos en manos de un joven tan torpe como este chico?

La canciller, consciente de las intenciones del presidente francés, respondió con firmeza:

— Sí lo haré, porque conozco al muchacho y sé que él es el único capaz de salvar a la humanidad de una catástrofe.

Esa reacción de la canciller causó un impacto aún mayor en la sala, dejando claro que ni Benjamín ni ningún otro líder podrían cuestionar su decisión.

La confianza en el resto de los líderes empezó a surgir. De sus rostros comenzaron a aparecer sonrisas después de las palabras de Betina, y entonces se convencieron.

Si lo desean, señores, puedo explicarles cómo va a funcionar el programa de inteligencia artificial que he creado —dijo Devon.

— ¡Gran idea, muchacho! —le respondió Betina.

— ¡Sí! Eso ayudará mucho, ya que quisiera saber cómo funcionará el programa en el que voy a dejar la vida de los ciudadanos italianos.

— ¡No se preocupe, señor Andrea! Se lo voy a explicar ahora.

A Devon no le costó nada, y en menos de quince minutos les explicó todo a los europeos. Sin embargo, algunos miembros quedaron con dudas, y el joven se encargó de responder a cada una de sus preguntas.

La reunión estaba llegando a su fin, y se acercaba el momento decisivo: la votación a favor o en contra del programa de desactivación de armas nucleares. El representante del Reino Unido hizo la pregunta final:

— ¿Quiénes están a favor del plan de la canciller alemana? ¡Por favor, alcen la mano!

La mayoría votó a favor del programa. Solo dos líderes votaron en contra: Benjamín y Vicente Aznar. Al finalizar la votación, el resto de los líderes felicitó a Betina, dándole apoyo y deseándole suerte con el proyecto, que se realizaría en Berlín, además de reconocer que la idea había sido suya.

Pero antes de que se levantara la sesión, Benjamín se incorporó y se marchó del lugar muy molesto, dando un portazo a su salida. Todos los presentes se sorprendieron, ya que no esperaban esa reacción.

Todos los presentes se sorprendieron; no esperaban esa reacción del líder francés, y menos solo por perder una votación.

— ¿Qué le pasa a tu amigo? —preguntó Betina a Vicente Aznar.

— A mí... déjame tranquilo, Betina —respondió Aznar, algo molesto.

Tras ese momento tan desagradable, se levantó la sesión y la reunión que salvaría a la humanidad de la extinción llegó a su fin.

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