El cristal
El laboratorio, a esas horas, no era más que un eco de ventiladores zumbando y el olor acre a polvo de sílice. Afuera, el campus de Orono llevaba horas vacío; solo aquella sala seguía encendida, una isla de luz fluorescente en medio de la noche húmeda del verano de Maine. John se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando una mancha blanquecina sobre la piel, y ajustó el volumen de la radio; una vieja grabación de jazz llenaba el hueco entre el silencio y su propia respiración.
Se tomó un momento para observar la unidad de excavación: un bloque de matriz compacta de la era pérmica, llegado meses atrás desde la cuenca del Karoo, en Sudáfrica, como parte de una colaboración internacional que él había aceptado sin dudarlo. Cuadriculado con hilo de nailon, el bloque parecía no tener fin. Sus dedos, entumecidos por el movimiento repetitivo, buscaban cualquier anomalía. El látex de los guantes le maceraba la piel; sentía las yemas arrugadas, como después de un baño demasiado largo. Al inclinarse, el borde de la mesa de trabajo le presionó la barriga; instintivamente se la tocó, notando esa curva que había ganado en los últimos años, un recordatorio de que su metabolismo ya no era el de un atleta. Sacudió la cabeza, quitándose de encima la distracción de su propio cuerpo, y se obligó a retomar la concentración.
Se puso de pie, estirando la espalda hasta que sus vértebras soltaron un chasquido seco. Las rodillas protestaron con él. Caminó hacia el fregadero del rincón y dejó que el agua fría le golpeara las muñecas; el alivio le subió por los antebrazos como una corriente. Mientras se secaba, se miró de reojo en el cristal empañado del armario: sus ojos, de un azul grisáceo que a veces parecía acero y otras veces hielo fundido, estaban inyectados en sangre por el esfuerzo de las últimas semanas.
El hambre era una punzada sorda en la boca del estómago, pero el trabajo tenía esa inercia que no permitía interrupciones. Volvió a la mesa, sacó un sándwich envuelto en papel de aluminio y, mientras masticaba sin registrar el sabor, retomó el estilete de madera.
Fue entonces, en el centro de la matriz volcánica, donde la luz se quebró de una forma errónea.
John se detuvo. Un destello en medio de las cenizas compactadas le llamó la atención: un cristal transparente, aparentemente ordinario.
Se inclinó, dejando el sándwich a medio terminar. Con una paciencia mecánica fue retirando el polvo que rodeaba la anomalía, pincelada a pincelada, conteniendo el impulso de apurarse. Cuando finalmente liberó la pieza, la luz de la lámpara golpeó el cristal y, en lugar de dispersarse, se curvó hacia adentro, como si la piedra estuviera devorando el espectro luminoso en un baile de refracción variable que desafiaba cualquier mineral conocido. Había manipulado incontables piedras a lo largo de su carrera, desde cuarzos vulgares hasta gemas de colección, pero esta se comportaba diferente.
Se quedó inmóvil, con el aliento contenido. Sintió cómo el frío del objeto se filtraba a través del látex, una vibración casi imperceptible que le recorrió el brazo y le erizó el vello de la nuca. No era un hallazgo extraordinario en su mente; era un error. Un error físico que pesaba en su palma con una densidad que no pertenecía a ese estrato geológico.
Sacudió la cabeza de nuevo, como intentando reiniciar su propia lógica. Solo es una impureza de sílice, se mintió. Sin llamar a nadie, sin siquiera pensar en las implicaciones académicas, John lo envolvió en el papel de aluminio de su sándwich y, ya en casa, lo guardó en una caja de madera en el ático: un objeto que se negaba a aceptar como extraordinario.
Pensó en Elías. Le debía unos cuantos favores y, además, dirigía el Departamento de Física de la Universidad de Maine. Estaba en esas cavilaciones cuando sonó el celular. Era su madre, Eleanor, con ese tono que no admitía negociación: lo esperaban en la celebración del Cuatro de Julio, en la casa de las afueras de Bangor. John odiaba ir. Allí estaría el atlético Silas, el preferido de la familia, y entre hamburguesa y hamburguesa le recordarían su propio fracaso.
Su madre nunca le perdonó el divorcio, hacía ya unos veinte años. Elena nunca tuvo que competir contra otra mujer; compitió contra dos títulos universitarios. Primero fue la arqueología, con sus campañas de verano que se comían las vacaciones familiares. Y cuando parecía que la casa por fin recuperaría a su marido, John se matriculó en geología, porque leer el pasado humano ya no le alcanzaba: quería leer el planeta entero. Elena se cansó de esperar su turno. Se llevó a la hija de ambos a dos estados de distancia y dos años después volvió a casarse, esta vez con un militar llamado Vance Sterling. Para John, hasta el nombre era pomposo.
A regañadientes se dio un largo baño para relajarse antes de enfrentarse a su familia. Se secó y, entre la ropa desordenada, encontró algo que le pareció adecuado: una camisa de algodón, pantalones cortos y unas viejas sandalias que nunca se molestó en renovar porque, según él, todavía cumplían su propósito.
Subió a su camioneta azul. El aire acondicionado se había dañado hacía meses, pero John simplemente decidió manejar así, con las ventanillas abajo, dejando que entrara el aire tibio con olor a asfalto caliente y a pino. La carretera hacia Bangor desfilaba entre casas de tablones blancos con banderas colgadas en los porches y parrillas humeando en los patios; todo el estado parecía haberse puesto de acuerdo en oler a carbón encendido.
Al llegar a la casa de su madre lo recibió el aroma de las hamburguesas asadas y del pasto recién cortado. Bajó de la camioneta, espantó un mosquito de un manotazo y caminó hasta su padre, que mantenía la mirada impasible en el horizonte, como si solo su cuerpo estuviera presente. Después de unos segundos que a John le parecieron una eternidad, el hombre reaccionó.
—Estás gordo, John.
—Gracias, papá.
Su madre se apresuró a llegar hasta ellos, alcanzando a escuchar parte de la conversación.
—Sabes que es por el alzhéimer, hijo. Te recuerda joven.
Él no respondió. En realidad, tampoco recordaba que su padre hubiera sido amable en el pasado. Siempre prefirió a Silas, que no se enfermaba, que era atlético y que podía llevar con orgullo el apellido Smith. Sí, un apellido de lo más común, pero que su padre trataba como si fuera un blasón.
—Oye, John, te crees muy importante porque enseñas en la universidad. Ven a ayudarme con las hamburguesas —gritó Silas desde la parrilla, girándolas con la espátula.
El calor era pegajoso, de esa humedad de julio que se adhiere a la espalda. John sacó su pañuelo, se secó la nuca y fue junto a su hermano. En el brazo grueso de Silas, un pez enorme y furioso se retorcía ensartado en un tridente; cada vez que flexionaba los músculos, el animal parecía cambiar de expresión, y eso, muy a su pesar, divertía al arqueólogo.
Se sentó junto a la parrilla y miró a su hermano.
—¿Quieres que te ayude con eso?
—Qué va. Quemarías un lado y el otro quedaría crudo. Solo quería librarte de las interminables quejas de mamá.
John sonrió. Todos la conocían: se quejaba de lo difícil que era cuidar a papá, pero rechazaba cualquier solución que le propusieran. Su especialidad era quejarse.
Viendo que a las hamburguesas todavía les faltaba, se levantó y sacó de la conservadora unas cervezas baratas que, por fortuna, seguían frías entre el hielo a medio derretir. La lata le empañó los dedos de condensación; el primer trago le bajó por la garganta como un pequeño acto de justicia en ese día horrible, húmedo y caluroso.
Afuera, unos niños corrían jugando con unos espejos que habían encontrado, rebotando la luz del sol en todas las superficies, empujándose entre gritos, mientras su hermana Lea los retaba porque el reflejo del astro rey los iba a dejar ciegos.
Las cosas en esa casa no habían cambiado mucho, salvo que la madera del porche se veía más deteriorada y mamá parecía más ansiosa que nunca.
—¡Ya están las hamburguesas! ¡Vengan por ellas!
Acomodaron sobre la mesa hamburguesas, hot dogs, mazorcas de maíz, ensalada de col y ensalada de papas; de estas últimas casi nadie se servía, o lo hacían en cantidades mínimas para disimular. Papá seguía ocupando la cabecera, ajeno a todo; a veces hablaba, pero le hablaba a una familia de décadas atrás.
—John, ¿a qué hora llega Elena?
No supo qué decir.
—Enseguida viene, papá.
—Cuídala, John. No hay viejos bonitos.
Un silencio incómodo pasó volando sobre la mesa. John lo espantó como a los mosquitos.
—Oye, Silas, ¿me pasas aquellos hot dogs?
—Deberías cuidarte más, John. Estás con algo de sobrepeso —dijo mamá.
—Déjalo. La buena vida de académico le viene mal al cuerpo. No como yo, que hago trabajos de verdad —espetó Silas.
El almuerzo siguió así hasta que se levantaron y cada uno se fue por su lado. John escogió una hamaca a la sombra y abrió sus redes sociales para matar el aburrimiento. Lo primero que le saltó fue un video.
Unas cámaras seguían a un hombre apuesto, alto, de ojos azules, vestido con remera gris y jean, que se detenía ante una empleada que limpiaba el piso.
—María, ¿qué haces en Antrogénesis?
—Construyo el futuro, señor.
—Gracias, María.
Luego el CEO seguía caminando hasta encontrar a una mujer hindú inclinada sobre un microscopio.
—Priya, ¿qué haces en Antrogénesis?
—Construyo el futuro, señor.
Corte de cámara, y el CEO aparecía sentado en una oficina transparente de cristal, rodeada de selva tropical.
—En Antrogénesis todos trabajamos por el futuro, porque creemos en la humanidad.
Dios, esta gente de Silicon Valley es cada vez más descarada. John bloqueó el celular y se levantó a caminar por los alrededores. A veces se preguntaba si había hecho bien las cosas. Él, realmente, estaba solo.
Los niños seguían jugando con los espejos, hasta que uno de los reflejos atravesó sus anteojos y lo deslumbró por unos segundos. El fogonazo blanco le quedó flotando en la retina, y ahí lo recordó: el cristal. Necesitaba cobrarle unos favores a su antiguo alumno, porque aquello le dejaba un presentimiento, la certeza incómoda de que algo no cuadraba








