#1 - Sirius
Durante la Guerra Santa, el caos reinó como un monarca absoluto. La luz del sol se convirtió en un recuerdo lejano, una leyenda borrada en un mundo que estaba siendo devorado por la penumbra y el dolor ciego. Sin embargo, en medio del deicidio y los miles de decesos celestiales, ciertas estirpes angelicales lograron persistir. Al quedar huérfanas tras la caída de sus dioses superiores, estas huestes tomaron una decisión sin precedentes: se independizaron del control de los creadores y fundaron su propio destino.
Lejos de los reinos conocidos, construyeron una utopía oculta. Allí, los ángeles sobrevivientes alcanzaron una hermosa y extraña mortalidad divina. Dejaron atrás la monótona mitosis celestial —aquella reproducción conceptual que los hacía tan idénticos, fríos y desechables— para comenzar a multiplicarse como mortales. Aprendieron a amar, a sangrar y a engendrar vidas únicas. Cada infante que nacía en la villa era un milagro irrepetible.
Entre todos ellos destacó 𝐒𝐢𝐫𝐢𝐮𝐬. Una pequeña infante que, desde su más tierna edad, demostró una afinidad asombrosa con la energía cósmica. Su mente era un canal abierto al conocimiento oculto del universo y al poder de las estrellas; de ahí su nombre, elegido con devoción por su madre.
Los días transcurrían cobijados por la calidez comunitaria, y las noches eran un manto de silencio pacífico. Sirius crecía, su conocimiento aumentaba y su energía brillaba con el candor de una chispa estelar. Todo marchaba bien. El mañana parecía seguro.
Hasta que el cielo se tiñó de traición. Un
Era una tarde cualquiera. Los niños de la villa jugaban en las praderas y Sirius corría entre ellos, riendo con la pureza que solo pertenece a los inocentes.
De pronto, la noche se avecinó demasiado pronto, cayendo como un hacha sobre el horizonte. Sirius sintió un escalofrío helado erizarle la piel. Al alzar la mirada, descubrió el firmamento completamente ennegrecido: un eclipse antinatural, una corona de fuego pálido atravesada por una línea de luz cegadora, devoraba el día. Antes de que alguien pudiera reaccionar, comenzó a llover.
— Lluvia sin nubes?... ¿Qué está pasand- —el murmullo de Sirius se transformó en un alarido de agonía pura cuando la primera gota tocó su piel.
Aquello no era agua; era un llanto ácido de un nivel corrosivo aterrador. La más mínima partícula quemaba profundamente la carne divina, derritiendo las plumas y perforando los cuerpos de los habitantes. En cuestión de segundos, la utopía se transformó en un matadero. Los gritos de agonía se extendieron por toda la villa. Sirius cayó de rodillas, llorando y suplicando por la ayuda de sus padres mientras veía a sus amigos de la infancia consumirse vivos en el suelo.
De pronto, el dolor cesó. Cuatro majestuosas alas blancas se desplegaron sobre ella, creando un escudo protector. Eran su padre y su madre. Ambos la abrazaron con fuerza, mientras sus propios cuerpos goteaban y se derretían bajo el castigo de la lluvia ácida.
— Aquí estamos, mi amor. No llores, aquí estamos... —susurraron con una serenidad desgarradora.
Sirius permaneció atónita, refugiada en el pecho de sus protectores. Los rostros de sus padres reflejaban una calma absoluta, como si un peso inmenso acabara de caer de sus hombros. La pequeña no lo comprendió en ese instante, pero lo que abandonaba aquellos cuerpos no era una culpa, sino sus almas, dejando el plano mortal para siempre.
La lluvia cayó durante horas. Sirius pasó todo ese tiempo en un silencio sepulcral, observando con horror y una tristeza infinita cómo las facciones de sus padres se volvían rígidas y vacías. Cuando la tormenta ácida finalmente se detuvo, el llanto de la niña rompió el silencio de las ruinas. Al salir del cobijo de los cadáveres de sus progenitores, el paisaje que la recibió fue devastador: todo lo que conocía —su familia, sus amigos, sus calles— había sido reducido a carne sanguinolenta, osamentas humeantes y escombros.
Ella misma estaba cubierta de cicatrices frontales, marcas frescas del ácido que logró colarse en su refugio. ¿Por qué? ¿Qué mal habían cometido? Sus sollozos se detuvieron en seco cuando sintió una presión física aplastante.
En lo alto, suspendido en el aire, lo divisó. Un ser alado, recortado contra la penumbra del eclipse. No era una criatura común; su silueta parecía estar hecha del mismo vacío primordial, y dos ojos blancos y brillantes la observaban con una indiferencia absoluta.
— ¿Quién eres?... —preguntó Sirius entre hipos y lágrimas.
— ¿Por qué sigues viva? —la voz del ente resonó, fría como el espacio profundo.
— ¿𝐐-𝐪𝐮é?...
— Se supone que todos debían morir... ¿Por qué sigues viva?
— Tú... tú causaste esto... ¿verdad? —acusó la pequeña, apretando los puños con la fuerza de la desesperación.
— ¡𝐑𝐄𝐒𝐏𝐎𝐍𝐃𝐄! ¿Por qué sigues viva? —bramó la entidad, provocando que la realidad misma vibrara.
— Mis padres... mis padres me salvaron.
— ¿Padres?... Ustedes no tienen padres. Son ángeles, no mortales. Son herramientas, no seres vivos. Por eso es que yo los extermino. ¿Cómo osas decir que tienes padres?
— ¡¿Exterminas?! ¡Tú eres el... por qué?! ¡No te hicimos nada! ¡𝐍𝐎 𝐄𝐒𝐓Á𝐁𝐀𝐌𝐎𝐒 𝐇𝐀𝐂𝐈𝐄𝐍𝐃𝐎 𝐍𝐀𝐃𝐀 𝐌𝐀𝐋𝐎, 𝐓𝐎𝐍𝐓𝐎! —gritó Sirius, derramando lágrimas de rabia infantil.
— Pero lo harán. Siempre lo hacen. Por eso los extermino... y no puedo dejar a ningún restante.
— ¡¿𝐄𝐒𝐏𝐄𝐑-?!
No hubo tiempo para una súplica. Un destello brutal y ensordecedor barrió el campo de visión de la niña. El impacto directo destrozó el pequeño cuerpo de Sirius, empapando su pecho de sangre por la parte frontal y tiñendo sus alas de un color rojo tan profundo, denso e hipnotizante que parecía el fin de una estrella. Su energía cósmica se apagó y la conciencia la abandonó mientras caía al suelo texturizado de cenizas.
Pasó una eternidad antes de que Sirius volviera a abrir los ojos. El golpe del deicida había sido letal, diseñado para borrar un corazón biológico; sin embargo, en ese momento de agonía, la infante descubrió la verdadera y aterradora naturaleza de su poder: su esencia cósmica no necesitaba de algo tan rudimentario como un corazón físico para mantenerse en el plano de la existencia.
El dolor era un infierno constante que quemaba sus nervios, y el ente se había marchado, creyendo haber terminado su limpieza. Sola, con el pecho abierto en una herida eterna y las alas totalmente inservibles debido al ácido y al impacto, Sirius se dio cuenta de que no tenía fuerzas para huir ni un lugar a donde ir.
Obligada por la geografía de la muerte, la pequeña se arrastró de vuelta y se vio forzada a sobrevivir durante el resto de la Guerra Santa bajo el cobijo putrefacto de los cuerpos de quienes alguna vez la amaron. El linaje de los ángeles independientes había muerto, y Sirius se convirtió en el único testigo de su evolución rota.
— 𝐒𝐢𝐫𝐢𝐮𝐬, 𝐞𝐥 𝐚𝐧𝐠𝐞𝐥 𝐜ó𝐬𝐦𝐢𝐜u𝐨, 𝐥𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐞𝐯𝐢𝐯𝐢ó 𝐚𝐥 𝐝𝐞𝐢𝐜𝐢𝐝𝐢𝐨 𝐬𝐢𝐧 𝐜𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧.
By-Fredman Dark_fantasy








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