PRÓLOGO
—Habla con Jack Greco, hijo del gran Jared Greco, futuro alfa y joven promesa con un gran futuro en la Fórmula 1.
Recuerdo bien aquel día, el mismo monólogo de presentación de siempre, esa sonrisa ensayada y la seguridad inquebrantable con la que me habían criado toda la vida. En aquel entonces creía que mi vida era perfecta: mi familia, mis amigos y Rody. Tenía la certeza absoluta de que todos mis deseos se me iban a ser otorgados, como siempre lo habían sido.
Pero aquel día...
—Seguro, vengo a entregar los resultados de los análisis de los hermanos Greco.
Era un sobre blanco. Sin nada de especial, el típico sobre de aquellos que se utilizan en los laboratorios para el envío de resultados clínicos. Recuerdo bien el papel liso, el membrete azul y mi nombre impreso en letras mayúsculas.
GRECO, JACK — ANÁLISIS DE GÉNERO SECUNDARIO.
Muchas cosas pueden pasar en un segundo. Aquel día tan cotidiano lo comprobé. Recuerdo a Rody, colgado en mi espalda con los brazos alrededor de mi cuello, su barbilla apoyada en mi hombro mientras leía el sobre por encima de mí. A mi lado, Jake, mi hermano gemelo, sostenía sus propios análisis en la mano, pero no los había abierto. Sabía que él no lo haría hasta que yo lo hiciera primero. Como siempre lo había hecho.
Mis padres permanecían distraídos en la puerta junto con el mensajero, ajenos a lo que estaba a punto de ocurrir. Sus voces llegaban apagadas, como si hablaran desde otro mundo.
—Ábrelo ya —dijo Rody, impaciente, apretando un poco más su agarre alrededor de mi cuello—. ¿O es que acaso tienes miedo?
Su risa cálida cerca de mi oído me hizo esbozar una sonrisa.
—No tengo prisa por ver un resultado evidente, cariño. Pero tú, ¿estás ansioso de confirmar mi género antes de tu primer celo, verdad?
Me golpeó el hombro con suavidad. Su rostro se había teñido de un rojo ligero y reía nerviosamente mientras yo le devolvía una sonrisa pícara. Entonces rasgué el sobre. Automáticamente desdoblé el papel y, marcado con letra negra, ahí estaba el resultado que lo destruyó todo.
El mundo que conocía se derrumbó en mis manos. Todo a mi alrededor seguía igual: mi madre seguía hablando en la puerta, Jake seguía en silencio, Rody seguía con sus brazos alrededor de mi cuello. Pero yo ya no era el mismo.
—¿Jack? —la voz de Rody se escuchaba tan lejana a pesar de tenerlo tan cerca—. ¿Jack? ¿Cuál es el resultado?
Miré el resultado nuevamente para confirmar que no era ninguna equivocación. Sin embargo…
Resultado: Beta.
—Jack —la voz de Rody sonaba preocupada mientras aflojaba sus brazos de mi cuello para poder ver mi rostro—. ¿Pasó algo, Jack?
Fue Jake quien me sacó del letargo. Seguía de pie, con sus propios resultados sin abrir entre los dedos. Me miraba fijamente, con su cotidiana expresión serena, pero esta vez sus ojos tenían algo distinto que nunca le había visto antes: una preocupación genuina que hacía que su habitual quietud pareciera frágil.
No llegué a responder, y en ese instante mi padre arrebató aquel papel de mis manos.
Fue un lapso de tiempo eterno. El eco de la respiración de mi madre, que se había detenido en seco. El sobre de Jake resbalándose de sus dedos y cayendo al suelo con un crujido sordo. Los dedos de Rody aferrándose con más fuerza a mi camisa. Y luego, la expresión de mi padre.
Recuerdo perfectamente cómo sus ojos recorrieron esas dos palabras. Cómo su mandíbula comenzaba a tensarse. Cómo me miró —solo un pequeño instante, apenas un segundo— antes de que algo en su mirada se apagara para siempre. Como si hubiera decidido que ya no valía la pena verme.
Estrujó el papel entre sus manos con fuerza.
—Un beta.
Se giró hacia el pasillo.
—Es una pena.
La puerta de su habitación se cerró tras él con un golpe seco que retumbó en mi pecho.
Rody fue el primero en reaccionar. Sentí sus manos sobre mis hombros, girándome hacia él. Sus labios se movían, pero yo solo podía escuchar un pitido agudo en mis oídos, mientras mi cuerpo seguía rígido, la mirada fija en la puerta cerrada de mi padre.
Jake también trataba de sacarme del trance. Buscó mis manos temblorosas y las apretó con fuerza, como lo hacía de niño cuando tenía miedo.
Pero nada de eso me ayudó. Sus voces me llegaban distorsionadas, sus rostros se difuminaban como manchas de color. A partir de ese punto, mis memorias de aquel día solo son recuerdos fugaces.








