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Summary

Hace tres meses, Elena la dejó. Esta noche, un mensaje de tres líneas acaba de reducir nueve años a una caja de cosas olvidadas. Esta noche, el tren que llega al andén no es el de siempre. Sus paradas no aparecen en ningún mapa: Primavera, Verano, Otoño, Invierno. En cada una, Adriana encontrará a Elena viviendo su historia junto a otra mujer. Una extraña que no se le parece en nada. Una extraña que se comporta exactamente como ella. Hay cosas que solo pueden verse desde afuera.

Genre
Lgbtq
Author
Lira Mael
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Andén

La oficina quedó en silencio mucho antes de que Adriana levantara la vista del monitor. Primero desaparecieron las conversaciones al otro lado de los cubículos; después dejó de escucharse la lista de música que sonaba cada tarde; más tarde, las luces se apagaron una a una, hasta dejar iluminada únicamente la fila de escritorios donde ella seguía trabajando.

Alguien dejó una taza de café a su lado. Adriana murmuró un “gracias” sin apartar la vista de la pantalla ni detener el movimiento de los dedos sobre el teclado. Nunca alcanzaba a ver quién era. Algunos días pensaba que era su jefe; otros, alguien del personal de limpieza. Nunca le dio demasiadas vueltas. Lo importante era que el café seguía caliente.

Cuando el reloj de la esquina inferior marcó las nueve en punto, guardó por fin la última corrección. El documento todavía podía pulirse un poco más, pero no quedaba nadie conectado para revisarlo esa noche. Enviarlo a la mañana siguiente no cambiaría gran cosa.

Cerró el archivo y apagó el monitor.

Se puso de pie despacio. La espalda protestó con un crujido que apenas registró. Guardó la laptop en el compartimento acolchado del maletín, comprobó que el cierre estuviera bien asegurado y se acomodó la correa sobre el hombro.

Era una jornada larga como tantas otras.

Tampoco tenía nada de extraordinario. Si quería ascender antes de los treinta, alguien tenía que hacer el esfuerzo que los demás preferían dejar para el día siguiente. Las oportunidades no aparecían por quedarse mirando el reloj.

Bajó en el ascensor. Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, el eco de sus tacones acompañó el silencio del edificio casi vacío.

El guardia levantó una mano apenas la vio acercarse.

—Buenas noches, licenciada —dijo con su alegría habitual—. Hace mucho frío esta noche, ya se siente que el invierno está a la vuelta de la esquina, ¿verdad?

—Buenas noches. Es cierto, ya estamos cerca. Hasta mañana —respondió Adriana sin detener el paso, mientras sacaba el celular del bolsillo para revisar los correos del día.

Tres correos nuevos.

Dos eran de clientes particulares a quienes asesoraba fuera de su horario en la oficina.

Uno podía esperar.

El segundo también.

El tercero no.

Era una consulta sencilla. Un cliente quería confirmar un par de cambios antes de aprobar la propuesta de campaña. Si respondía de camino a la estación, mañana el proyecto podría seguir avanzando. Apenas le tomaría un minuto. Adriana cruzó el umbral y un escalofrío le erizó la piel bajo la blusa fina.

El guardia tenía razón; debió traer la gabardina. Ignoró el frío que le crecía en las manos y sus dedos comenzaron a moverse sobre la pantalla mientras el edificio quedaba atrás.

Las personas caminaban deprisa por las calles, algunas hablaban por teléfono; otras conversaban entre ellas. Adriana apenas levantó la vista para incorporarse a la corriente de gente.

El mensaje quedó enviado cuando el semáforo seguía en rojo.

El teléfono vibró casi de inmediato.

“Gracias por responder tan tarde”.

Esbozó una sonrisa apenas perceptible.

Un pendiente menos para mañana, para ella y para el cliente. Eran esas pequeñas respuestas las que evitaban retrasos innecesarios y hacían que el trabajo de todos siguiera avanzando.

Cuando cruzó la calle, el teléfono volvió a vibrar.

Dos correos más.

Eran personas interesadas en contratar sus servicios por recomendación. Bastaba con saludarlas y enviarles el formulario inicial, no le tomaría ni un minuto.

Después de todo, todavía no llegaba a la estación de tren.


Adriana caminaba lo bastante despacio para revisar el teléfono sin chocar con nadie y lo bastante deprisa para seguir el ritmo de la multitud que regresaba a casa, y cuando bajó las escaleras hacia el andén, las puertas de su tren acababan de sellarse. Se quedó ahí, con la pantalla aún encendida en la mano, frente al muro de cristal que la separaba de su viaje a casa.

El próximo tren tardaría un poco en llegar.

Se apoyó contra una de las columnas, aprovechando la espera para abrir la aplicación de reparto en el celular. Si hacía el pedido ahora, la comida llegaría poco después que ella. No tenía ganas de cocinar.

Deslizó el dedo por la pantalla, pasando de un restaurante a otro sin detenerse demasiado en ninguno, pero tenía que decidirse pronto, y justo cuando estaba por abrir el menú de un restaurante cualquiera, una notificación descendió desde la parte superior de la pantalla, cubriendo parte de la aplicación.

Sus ojos tardaron apenas una fracción de segundo en reconocer aquel nombre.

Elena.

Hacía tres meses que no aparecía en su pantalla.

El pulgar dejó de moverse.

Adriana permaneció inmóvil, con el aire atrapado en los pulmones, incapaz de completar la exhalación. La notificación seguía ocupando la parte superior de la pantalla, y alcanzaba a leer el inicio del mensaje.

“Encontré cosas tuyas en la casa…”

Durante unos segundos no hizo nada. Ni apartó la vista ni deslizó la notificación para ocultarla. Permaneció allí, observando aquellas pocas palabras como si, al demorarse lo suficiente, fuera a llegar otro mensaje.

Finalmente lo abrió.

“Encontré cosas tuyas en la casa, las voy a poner en una caja. ¿Cuándo puedes venir por ellas?”

No respondió.

Se limitó a bloquear el teléfono y a apretarlo contra su muslo.

Recostó la cabeza contra la columna, cerró los ojos y suspiró.

Era increíble. No. Increíble no: indignante.

Un sabor agrio le subió por la garganta, como si hubiera mordido una fruta echada a perder.

Tres meses.

Tres meses de silencio para escribirle eso.

Una caja.

Después de todo lo que habían construido juntas, después de los planes, de los ahorros, de las noches haciendo cuentas para ver cuánto más necesitaban antes de poder casarse, Elena decidía reaparecer únicamente para avisarle que había encontrado sus últimas cosas.

Como si fueran objetos olvidados en cualquier rincón.

Como si nueve años pudieran reducirse a una caja.

Los dedos se cerraron con fuerza alrededor del teléfono.

¿Eso era todo?

¿Ni una disculpa?

¿Ni una explicación?

¿Ni un miserable ‘lo siento’?

Apenas un mensaje práctico, frío, escrito con la misma naturalidad con la que alguien avisa que llegó un paquete.

Le quemó el impulso de responderle que tirara todo a la basura, que lo tirara igual que la había tirado a ella

Total, ya no importaban.

O eso debía de pensar Elena.

Porque mientras Adriana aceptaba un cliente más, una jornada más, una noche más de trabajo para sacar adelante el futuro que habían planeado juntas, Elena había encontrado tiempo para escribirse mensajes con otra mujer.

Mensajes de texto. No un chat cualquiera: mensajes de texto, donde ninguna notificación los delatara.

Y después pretendía hacerle creer que no significaban nada.

La mandíbula se le tensó.

Golpeó la columna con el puño antes de darse cuenta de lo que hacía.

Nueve años.

Nueve años entregándolo todo para terminar convertida en una caja olvidada al fondo de una casa que ya no era la suya.

Elena no tenía vergüenza.

Y ella...

Ella seguía sintiendo que bastaba ver su nombre para que todo volviera a doler.

No más.

Nunca más.

No pensaba dejarla entrar de nuevo.

Un pitido agudo atravesó el andén, seguido por la voz metálica que anunciaba la llegada del próximo tren.

Adriana cerró los ojos un instante y se frotó el rostro con ambas manos. Respiró hondo hasta que el nudo de la garganta aflojó un poco.

Ya estaba.

No iba a resolver nada allí parada.

Cuando levantó la vista, el tren ya se acercaba por las vías.

Frunció el ceño.

No era el de siempre.

La carrocería azul, atravesada por líneas doradas que brillaban bajo las luces de la estación, le recordó los vagones temáticos que alguna vez había visto en internet. Quizá alguna empresa lo había decorado para una campaña publicitaria.

El tren se detuvo frente a ella y las puertas se abrieron con un suave siseo.

Adriana subió. A esas alturas, lo único que quería era sentarse. Necesitaba llegar a casa, darse una ducha caliente y dormir unas horas antes de que volviera a sonar el despertador. Apenas cruzó la puerta alcanzó a notar que el interior también era distinto: la madera, los asientos tapizados y una iluminación cálida que no correspondía a un tren de transporte público, pero fue otra cosa la que terminó por llamar su atención.

El vagón estaba completamente vacío.

Volvió la vista hacia el andén por encima del hombro, convencida de que en cualquier momento alguien cruzaría las puertas antes de que se cerraran.

No apareció nadie.

Tal vez el resto de pasajeros estaba en otro vagón, o quizá había subido al final del tren sin darse cuenta.

Sí, debía de ser eso.

El cansancio empezaba a jugarle malas pasadas.

Se dejó caer en el asiento más cercano, acomodó el maletín sobre las piernas y, casi por inercia, volvió a desbloquear el teléfono. El mensaje seguía allí, ocupando la pantalla como si hubiera estado esperándola.

Lo leyó una vez más.

“Encontré cosas tuyas en la casa. Las voy a poner en una caja. ¿Cuándo puedes venir por ellas?”

El pulgar descendió hasta el borde de la pantalla, sobre el ícono rojo del tacho y permaneció allí unos segundos. Quería borrarlo, sacarlo de la pantalla, dejar de encontrarlo cada vez que desbloqueara el teléfono.

Pero no lo hizo.

Soltó el aire despacio, bloqueó el teléfono y lo dejó dentro de su maletín. Sentía los párpados pesados y la cabeza le latía con ese cansancio sordo que ya conocía demasiado bien. Ya pensaría en la caja al llegar a casa.


El traqueteo constante del tren se fue mezclando con el cansancio. Adriana no recordaba en qué momento había empezado a cabecear, pero la voz del sistema de a bordo la arrancó de ese sueño ligero.

—Hemos llegado a nuestro destino. Por favor, desciendan con cuidado.

Abrió los ojos despacio y parpadeó un par de veces antes de incorporarse. Se acomodó el cabello detrás de la oreja, tomó el maletín y esperó a que las puertas se abrieran.

Le sorprendió no escuchar el nombre de la estación.

Pensó que quizá el anuncio se había cortado antes de terminar.

Tampoco le dio demasiada importancia.

Bajó del tren.

Las puertas se cerraron a su espalda y el tren volvió a ponerse en marcha casi de inmediato.

Adriana permaneció quieta unos segundos mientras terminaba de despejarse, inspiró hondo por puro reflejo. El aire era tibio.

También había un perfume dulce que no supo identificar. Le recordó a flores recién abiertas después de la lluvia. Frunció apenas el ceño.

Hacía un momento que el frío le había mordido hasta los huesos al salir de la oficina.

Ahora… Ahora el aire se sentía distinto.

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