¿Efectivo o Tarjeta?
Era una noche de viernes y, como siempre, el aburrimiento reinaba en mi departamento. Navegaba por foros de internet y veía tonterías hasta que un video captó mi atención: “Cosas que todo hombre debería saber hacer”. Era el típico contenido tonto sobre cocinar, doblar ropa o cambiar un neumático, pero casi al final apareció lo que parecía ser una lata envuelta en algo extraño. El video terminaba justo ahí.
Movido por la curiosidad, bajé a los comentarios. Solo veía a gente riéndose del "juguete para solteros". Tras una búsqueda rápida en Google, finalmente entendí de qué se reían. Encontré un tutorial titulado “Cómo fabricar un juguete para solteros”. Era estúpidamente fácil. Me pregunté: “¿Realmente se sentirá bien…?”.
Dejé el teléfono a un lado e intenté dormir, pero la idea no salía de mi cabeza. Di mil vueltas en la cama, luchando contra la curiosidad, hasta que la "Utilidad" de aquel invento casero me venció. Me levanté, tomé mi cartera, mi chaqueta y salí hacia la tienda de abarrotes más cercana.
Con las manos hundidas en los bolsillos, di un par de vueltas erráticas por los pasillos hasta que reuní todo lo necesario. Al dirigirme a la caja, vi a la única empleada: una chica de aspecto desarreglado, con ojeras profundas y maquillaje oscuro, que cabeceaba frente al mostrador. Tragué saliva, me acerqué con paso falsamente firme y dejé los objetos sobre la madera. En un último intento de distracción, tomé un paquete de chicles y lo añadí al montón.
La chica, desganada y de manera casi mecánica, comenzó a pasar los artículos.
— Un par de esponjas, chicles de fresa, guantes de látex… —repetía en voz alta con un tono monótono, sin despegar la vista de la pantalla.
Pero al tomar la lata de Pringles, se detuvo. Volteó a verme con una sonrisa pequeña y cínica. Mi corazón empezó a latir a mil por hora; el sudor me perleaba la frente y las manos me temblaban. Bajé la mirada para evitar ese juicio visual, pero podía sentir cómo sus ojos me apuñalaban. Cuando finalmente abrió la boca, mi mente entró en shock instantáneo.
— ¿Sabor original? ¿En serio? —soltó con aquel tono automático y carente de alma mientras pasaba la lata por el escáner—. ¿Viste que las de queso y las de crema de cebolla están en oferta al dos por uno, cierto? Si vas a hacer esta tontería, al menos disfruta las papas.
Me quedé completamente mudo.
— Te haré el favor de darte una bolsa —añadió ella con indiferencia—. Son cincuenta con treinta y uno. Y no olvides la propina ¿Efectivo o tarjeta?.
Sin mediar palabra, saqué la tarjeta para pagar y dejé un billete de veinte en el bote de las propinas como si fuera un soborno por su silencio. Tomé la bolsa blanca con el logo de la tienda y salí de allí a paso apresurado. No me detuve hasta entrar en mi departamento, donde tiré las cosas en el sofá y me acosté en posición fetal hasta que el sueño, por fin, me rescató de la vergüenza.








