Capítulo 1: El eco de una promesa olvidada
Arco 1: Las cadenas del orgullo
El segundo periodo del primer año en la universidad había comenzado con el mismo bullicio de siempre, pero para Hiroto, el ambiente se sentía extrañamente denso. Sentado en los asientos del fondo del salón, observaba el pizarrón con la barbilla apoyada en su mano. A solo unas filas de distancia, la espalda recta y la postura impecable de Aoi dictaban el orden de la clase. Como delegada escolar, ella siempre se cargaba el mundo a los hombros. Sin embargo, Hiroto, quien la conocía desde que usaban mochilas de primaria, notaba el sutil cansancio en sus hombros y la rigidez de su cuello. Aoi estaba sufriendo, y él sabía perfectamente el nombre del causante: Kaito.
Al terminar la clase de Cálculo, el salón se vació rápidamente. Aoi se quedó rezagada, organizando con excesiva minuciosidad unos reportes del consejo estudiantil. Hiroto se levantó sin prisa, caminó hacia su escritorio y dejó una lata de café frío sobre la madera.
—Estás sumando mal la columna de asistencia, delegada estricta —dijo Hiroto con un tono suave, rompiendo el silencio—. Tu mente está en otra parte.
Aoi dio un respingo, parpadeando con sorpresa antes de clavar sus ojos en él. Intentó componer su habitual expresión de orgullo y severidad, pero sus ojos delataban una profunda tristeza.
—Hiroto... No molestes. Solo es un error milimétrico —respondió ella, desviando la mirada mientras tomaba el café—. Además, tengo muchas cosas en la cabeza. El festival deportivo del segundo periodo requiere mucha planeación.
—No es el festival lo que te tiene así, Aoi —replicó Hiroto de pie frente a ella, cruzándose de brazos. Su voz no era de reproche, sino de genuina preocupación—. Es Kaito. Otra vez no almorzó contigo, ¿verdad?
El silencio que siguió confirmó sus palabras. Aoi apretó los puños sobre las hojas de papel. Kaito había entrado al instituto hace unos meses como un joven tranquilo, retraído y dedicado a los estudios. Fue esa honestidad lo que atrajo a Aoi, naciendo un romance rápido y sincero. Pero la presión social de la universidad es un monstruo silencioso. Kaito, buscando encajar, cambió los lentes por lentillas, se metió de lleno al gimnasio y su físico se volvió atlético. De la noche a la mañana, se convirtió en la estrella del equipo de fútbol y el centro de atención de las chicas populares. Y con su nuevo estatus, el Kaito atento y estudioso se desvaneció, dejando a Aoi en las sombras de su nueva y ruidosa vida de popularidad.
—Él... está ocupado con los entrenamientos, Hiroto. Es normal —excusó Aoi, aunque su voz tembló ligeramente—. Ahora es popular, tiene responsabilidades con el equipo... y con sus nuevos amigos.
—Aoi, eres mi amiga de la infancia. Te he visto resolver los problemas matemáticos más complejos con una sonrisa, pero estás permitiendo que te traten como si fueras invisible —dijo Hiroto con suavidad, manteniendo una distancia respetuosa—. No te digo esto para molestarte, sino porque sé cuánto vales. No tienes que fingir que todo está bien conmigo.
Aoi se levantó de golpe, el orgullo brillando por un segundo en sus ojos, intentando ocultar la vulnerabilidad que la carcomía por dentro.
—¡Es mi relación, Hiroto! ¡Yo puedo manejarlo! —exclamó, aunque una lágrima rebelde traicionó su máscara, resbalando por su mejilla—. Kaito va a volver a ser el de antes... solo está deslumbrado por el momento. Él me quiere.
Hiroto no se alteró por el tono de su amiga. Con la madurez y la paciencia que lo caracterizaban, dio un paso al frente, sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo extendió con calma. Aoi se congeló por un segundo, mirando el trozo de tela antes de aceptarlo en silencio para limpiarse el rostro.
—Sé que quieres creer eso, y respeto tu decisión —dijo Hiroto mirándola fijamente a los ojos, con una voz que transmitía una paz inquebrantable—. Solo recuerda que no estás sola. Si alguna vez la carga es demasiado pesada, siempre puedes contar conmigo. Como siempre ha sido.
Las palabras de Hiroto resonaron en el aula vacía. Aoi bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos, pero sintiendo un ligero alivia en el pecho. Por primera vez en semanas, el peso de su orgullo cedía un poco.
De repente, la puerta del salón se abrió, interrumpiendo el momento. Era uno de los compañeros del equipo de fútbol, que buscaba a Aoi para la entrega de presupuestos de la cancha. La máscara de delegada volvió a colocarse en el rostro de la chica, pero antes de salir del salón, miró a Hiroto por encima del hombro.
—Gracias por el café, Hiroto... y por el pañuelo —susurró, antes de desaparecer por el pasillo.
Hiroto se quedó solo en el aula, suspirando mientras guardaba sus cosas. No tenía intenciones de interferir a la fuerza ni de armar un escándalo; él conocía el valor de la paciencia. Sin embargo, en el fondo de su corazón, esperaba que Kaito reaccionara antes de que fuera demasiado tarde para Aoi.








