Capítulo 1: El Despertar de la Nada
El dolor no era una línea recta; era una espiral ascendente que nacía en el centro de sus huesos y se ramificaba hacia la superficie de su piel.Cuando el joven abrió los ojos, la transición entre la inconsciencia absoluta y la vigilia no fue un despertar limpio, sino una colisión violenta contra la realidad. Lo primero que registró su cuerpo fue el frío. Un frío húmedo, grasiento y con sabor a hierro viejo que se filtraba a través de sus ropas harapientas. Se encontraba tendido boca arriba sobre una superficie de rejilla metálica, cuyos eslabones oxidados se habían clavado en su espalda durante horas, quizás días, dejando una marca simétrica de su postración.Por encima de él, el panorama era desolador. No había un cielo azul, ni nubes, ni el sol que las crónicas antiguas —aquellas que aún no recordaba— describían con nostalgia. En su lugar, la inmensidad gris de la parte inferior de la Ciudad Autónoma de Ouroboros se extendía como un techo de proporciones titánicas. Era una masa suspendida de placas de acero remachado, tuberías de condensación que lloraban fluidos químicos de color verdoso y reactores térmicos que zumbaban en una frecuencia tan baja que hacía vibrar los dientes del joven dentro de su boca. Ouroboros era una de las pocas metrópolis flotantes que aún resistían en el continente fragmentado de Eldoria, una fortaleza para los privilegiados que flotaba sobre la miseria del subsuelo.Intentó incorporarse, apoyando las palmas de las manos en el suelo. Un gemido seco, rasposo, escapó de su garganta. Sus cuerdas vocales se sentían como arena seca. Fue en ese instante de esfuerzo cuando lo vio.Sus brazos no eran normales. Debajo de la mugre y el hollín pegajoso de los suburbios, su piel estaba surcada por intrincadas cicatrices concéntricas. No eran quemaduras, ni marcas de látigo, ni el resultado de una cirugía tosca. Eran líneas geométricas perfectas, canales rúnicos que parecían haber sido grabados desde el interior de su cuerpo. Lo más perturbador era su comportamiento: las líneas latían con un brillo azul celeste, opaco pero constante, sincrónico con el ritmo acelerado de su propio corazón. Cada pulsación de luz iba acompañada de una punzada de calor abrasador, como si por sus venas corriera metal fundido en lugar de sangre.No apareció ninguna pantalla ante sus ojos. No hubo un texto flotante que le dijera qué significaban esas marcas o cuántos puntos de vitalidad le quedaban. El conocimiento, o la falta de él, se manifestaba de forma puramente física: el dolor era el único indicador de que seguía vivo, y la luz celeste era la prueba de que su cuerpo albergaba una anomalía que no comprendía.Se llevó las manos a la cabeza, hundiendo los dedos en su cabello enredado. Intentó forzar los engranajes de su memoria. Buscó desesperadamente un rostro, el calor de una infancia, un nombre de pila, una ciudad de origen, o el evento traumático que lo había arrojado a ese callejón de chatarra. Nada. Su mente era una vasta llanura de ceniza blanca donde el viento había borrado toda huella. El vacío en su memoria era tan denso que provocaba una náusea física. Sabía cómo hablar, reconocía la estructura de las cosas a su alrededor, pero su identidad civil había sido extirpada con precisión quirúrgica.Sin embargo, en mitad de ese páramo mental, una sola palabra resistió el olvido. No era un recuerdo difuso, sino una certeza absoluta, pesada y grabada a fuego en su conciencia: Aethelgard.¿Era su nombre? ¿El nombre de un lugar? ¿Una maldición? Al pronunciarlo en voz baja, las cicatrices de sus brazos destellaron con mayor fuerza, provocando un espasmo en sus muñecas. Aethelgard. Decidió aferrarse a esa palabra como un náufrago a un madero astillado. Si no tenía pasado, esa palabra sería su punto de partida.








