Capítulo 1
Capítulo 1
La noche que conocí a mi compañero
Miriam cumplió dieciocho años bajo una luna llena enorme, blanca y silenciosa.
No hubo fiesta para ella.
No era hija de un alfa, ni de un beta, ni de ningún guerrero importante. Era una loba de rango bajo en la manada Viento del Norte; una chica acostumbrada a ayudar en silencio, a vestir de forma recatada y a no llamar demasiado la atención.
Llevaba el pelo castaño recogido en un moño tirante, con algunas mechas rubias escapando junto a su rostro. Sus ojos verde claro, grandes y brillantes, parecían demasiado vivos para una chica que se había pasado la vida intentando parecer pequeña.
Aquella noche estaba recogiendo bandejas en el patio trasero de la casa principal. La celebración no era para ella, pero la luna sí. La luna llena brillaba sobre los tejados, sobre los árboles oscuros, sobre las mesas llenas de copas vacías y platos a medio retirar.
Miriam apiló una bandeja sobre otra y suspiró.
No esperaba nada especial.
No regalos.
No discursos.
No miradas.
Las chicas como ella aprendían pronto a no esperar demasiado.
Entonces el aire cambió.
Primero fue un aroma.
Pino.
Cuero.
Tormenta.
Miriam se quedó inmóvil.
La bandeja tembló entre sus manos.
Su loba, que hasta ese momento había permanecido tranquila en su interior, se levantó de golpe con un aullido emocionado, profundo, imposible de ignorar.
Compañero.
El mundo pareció detenerse.
Miriam levantó la mirada lentamente.
Mike, el beta de la manada, estaba frente a ella.
Durante un segundo, él también se quedó inmóvil. Lo había sentido. El vínculo los había golpeado a ambos al mismo tiempo, tan claro como la luz de la luna sobre la piel.
Miriam apenas pudo respirar.
Mike era el segundo hombre más importante de la manada. Fuerte, elegante, admirado por todos. Los guerreros lo obedecían, las lobas lo miraban con deseo y los ancianos hablaban de él como del futuro brazo derecho perfecto para cualquier alfa.
Que la diosa de la luna la hubiera unido a él parecía imposible.
Un honor.
Un milagro.
Una locura preciosa que Miriam no se habría atrevido ni a soñar.
Pero Mike no sonrió.
No dio un paso hacia ella.
No pronunció su nombre como si fuera un regalo.
Solo la miró como si la luna acabara de burlarse de él.
—No puede ser —murmuró.
La emoción se congeló en el pecho de Miriam.
—Mike…
Él soltó una risa seca, sin alegría.
—La diosa debe de estar tomándome el pelo.
La frase la atravesó como una cuchilla.
Miriam bajó la mirada, avergonzada sin saber de qué. Como si su existencia fuera una falta. Como si haber sido elegida para él fuera culpa suya.
El vínculo seguía latiendo entre ellos, cálido y doloroso. Su loba gemía dentro de ella, confundida, incapaz de entender por qué su compañero no la abrazaba, por qué no la reclamaba, por qué la miraba como si hubiera recibido una condena.
Mike respiró hondo y se acercó un poco.
Miriam contuvo el aliento.
Durante un instante creyó que quizá todo cambiaría. Que tal vez él estaba sorprendido, nada más. Que daría otro paso, que le tomaría la mano, que le diría que no importaba su rango, que la luna sabía lo que hacía.
Pero Mike no la tocó.
Se detuvo a una distancia prudente.
Demasiado prudente.
—No voy a rechazarte —dijo.
Miriam levantó los ojos con esperanza desesperada.
Mike apretó la mandíbula.
—El dolor sería demasiado fuerte para los dos.
La esperanza se rompió antes de nacer.
No voy a rechazarte.
No porque te quiera.
No porque te elija.
No porque seas mía.
Solo porque dolería.
Miriam sintió que algo dentro de ella se hacía pequeño.
—Necesito tiempo —añadió él—. Y no quiero que nadie lo sepa todavía.
Ella lo miró.
Quiso preguntar por qué.
Quiso preguntarle si se avergonzaba de ella.
Quiso decirle que también era su cumpleaños, que también era la primera vez que sentía el vínculo, que también tenía miedo.
Pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.
Miriam asintió.
Porque las chicas como ella siempre asentían.
Porque había aprendido que ser fácil, silenciosa y comprensiva era la única forma de no molestar.
Porque todavía creía que, si era paciente, si era dulce, si no lo presionaba, Mike acabaría mirándola como se mira a una compañera.
Mike soltó el aire despacio, como si ella acabara de quitarle un peso de encima.
—Gracias —dijo.
Gracias.
Ni siquiera sonó como amor.
Sonó como alivio.
Miriam apretó la bandeja contra el pecho y volvió a asentir.
—No diré nada.
Mike la observó un segundo más.
Sus ojos bajaron fugazmente a sus labios, luego volvieron a apartarse, incómodos. Como si incluso reconocer que ella era una mujer le molestara.
—Será mejor así —murmuró.
Después se fue.
Sin tocarla.
Sin despedirse.
Sin mirar atrás.
Miriam se quedó sola en el patio trasero, bajo la luna llena que acababa de darle un compañero y arrebatárselo en el mismo instante.
Durante varios minutos no se movió.
El ruido de la casa principal llegaba apagado desde dentro: risas, música, copas, pasos. La vida seguía al otro lado de la puerta, indiferente a que el corazón de Miriam acabara de partirse en silencio.
Su loba gimió.
Compañero.
Miriam cerró los ojos.
—Lo sé —susurró.
Pero Mike no había querido que nadie lo supiera.
Así que ella hizo lo único que sabía hacer.
Se limpió las lágrimas antes de que cayeran.
Recogió las bandejas.
Y volvió a trabajar.
Pasaron cinco meses.
Cinco meses en los que Mike no la marcó.
Cinco meses en los que no la presentó ante la manada.
Cinco meses en los que, a solas, a veces parecía a punto de decir algo amable, pero en público volvía a tratarla como si apenas existiera.
Miriam aprendió a vivir de migajas.
Una mirada rápida.
Una pregunta fría sobre si había comido.
Un “ten cuidado” antes de que ella saliera al bosque.
Y con eso alimentaba a su loba, aunque cada día le doliera más.
Lo peor no era la espera.
Lo peor era darse cuenta, poco a poco, de que quizá Mike no necesitaba tiempo.
Quizá solo necesitaba valor.
Y quizá ella no era la compañera que él habría elegido si la luna le hubiera dado elección.








