CAP 1
Cariño y lástima.
Eso era lo que la menor sentía.
La familia Vega era muy unida. Como cualquier familia funcional, se apoyaban mutuamente y siempre daban lo mejor de sí para evitar problemas. Pero ella era diferente, no solo emocionalmente, sino también físicamente.
La menor de los Vega, Lía, nació con una condición que nadie notó al principio. Sus padres pensaban que era una bebé tranquila y feliz. No lloraba demasiado y, en ocasiones, no respondía cuando la llamaban por su nombre, pero aquello no llamó mucho su atención.
Hasta que cumplió dos años.
Aquella tarde, Lía jugaba en el patio con su hermano Ben, que tenía siete años. La pelota se escapó rodando hacia la carretera.
Cuando Ben se dio cuenta, su pequeña hermana ya estaba en medio de la calle.
—¡Mamá! —gritó, asustado, corriendo tras ella.
Su madre salió presa del pánico.
—¡Lía!
Un automóvil se acercaba a toda velocidad.
Pero Lía no lo escuchó.
Estaba concentrada en recoger la pelota.
Su madre corrió desesperada. El conductor giró el volante bruscamente y terminó chocando contra un poste para evitar atropellarla.
La niña salió ilesa.
—Dios mío, Lía, ¿estás bien? —preguntó su madre mientras la abrazaba con fuerza.
El hombre salió del vehículo apresuradamente, pidiendo disculpas y preguntando si la niña estaba herida.
Fue en ese momento cuando su madre supo que algo no estaba bien.
La llevaron al médico. Al principio pensaron que podía ser autista debido a ciertos comportamientos, pero después de numerosos estudios llegaron a una conclusión:
Lía no podía escuchar.
Y tampoco hablar.
Esta ha sido mi vida desde entonces.
Mi familia buscó la manera de comunicarse conmigo. Aprendieron lenguaje de señas y, con el tiempo, lograron conseguirme un aparato auditivo para ayudarme a escuchar.
La primera voz que escuché fue la de mi madre.
Aún recuerdo ese momento.
Sentí el cariño que me tenían.
Me sentí protegida.
Cómo cada mañana sentí que sentí que alguien tomaba mi brazo.
Era mi madre despertándome.
Es hora del desayuno - dijo mi madre en señas
Asentí con la cabeza para indicar que había entendido.
Te esperamos abajo.
Salió de la habitación y yo me quedé mirando el techo unos segundos.
Me había graduado de la secundaria hacía varios años. A mis veintiún años todavía seguía intentando descubrir qué hacer con mi futuro, pero por el momento continuaba con la rutina de siempre.
A pesar de ser adulta, mi familia seguía tratándome como si fuera de cristal.
Me sentía prisionera dentro de la familia que tanto amaba.
Aunque no todo era malo.
Había logrado entrar a clases de pintura, y aquello era lo único que me alejaba de mi realidad. Era la única forma en la que podía expresarme sin decir una sola palabra.
Pintar era mi refugio.
No necesitaba emitir sonidos.
No necesitaba mover las manos para que me entendieran.
Con solo mirar una pintura, era capaz de expresar sentimientos.
Bajé a desayunar todavía en pijama.
¿Todo bien? - preguntó mi padre en señas.
Bien - respondí.
¿Irás a la tienda para ayudarnos con los paquetes?
Iré después de terminar mi habitación.
Mi madre colocó unas tiras de tocino en mi plato.
Me gusta que hayas entrado a esas clases. Te veo feliz.
Le sonreí.
Después del desayuno regresé a mi habitación. Puse música para concentrarme y continué con mi pintura: un hermoso paisaje con el que había soñado varias veces.
Ese sueño se repetía de vez en cuando.
Y siempre me dejaba pensando el resto del día.
Era como si estuviera buscando algo o a alguien.
Como si me faltara una parte de mí.
Una notificación me sacó de mis pensamientos.
Gracias al aparato auditivo podía escuchar el sonido de los mensajes.
Era Alice.
¿Salimos esta tarde?
Sonreí y respondí:
Iré a la tienda para ayudar.
Su respuesta llegó casi al instante.
Vendré para rescatarte. Nos vemos luego :)
Volví a pintar y perdí la noción del tiempo.
Cuando miré el reloj, ya era casi mediodía.
Me puse unos jeans y una camiseta holgada, recogí mi cabello castaño en una cola, tomé mi mochila y mi pequeño reproductor de música antes de salir apresurada de casa.
Corrí hacia la parada de buses.
Para cualquiera, tomar el autobús podía parecer algo normal.
Para mí era un privilegio que había conseguido después de mucho esfuerzo.
Antes, mi hermano Ben me llevaba a todas partes. Aunque a él nunca parecía molestarle, yo sentía que le estaba robando una parte de su vida.
Llegué jadeando a la tienda de mis padres y me disculpé por la hora.
En ese momento sonó la campana de la entrada.
Era el repartidor.
Un joven que venía cargando varias cajas.
Buenas tardes - saludó con una sonrisa.
Yo solo levanté la mano para responder.
Mi corazón siempre se aceleraba un poco cuando lo veía.
Déjalas por ahí. En un momento las ordenaremos - dijo mi madre.
Claro, señora.
Me quedé observándolo mientras descargaba las cajas.
No me atrevía a acercarme.
Seguramente no conocía lenguaje de señas.
Y no quería que me mirara con lástima por no poder conversar con él.
Cuando terminó, empecé a ordenar los productos mientras escuchaba música.
La tarde llegó rápidamente.
Sabía que Alice vendría por mí, así que llamé la atención de mis padres con un pequeño golpe sobre el mostrador.
Alice viene y saldremos a comer - le dije a mis padres en señas.
Mi madre reaccionó enseguida.
¿Quieren que las lleve? ¿Llamo a tu hermano?
No, iremos solas - le dije rápidamente
Cariño, tranquila. Estarán bien - intervino mi padre.
Él entendía cómo me sentía.
Aunque nunca lo dijera en voz alta.
La campana volvió a sonar.
Era Alice al rescate.
¡Buenas tardes!
Como siempre, irradiaba energía.
Era hermosa: cabello rubio, buen sentido de la moda y una sonrisa imposible de ignorar. Llevaba un vestido ajustado, botas y una chaqueta de cuero negro. Se quitó las gafas de sol aunque el atardecer ya comenzaba.
Hola, Lía. ¿Nos vamos?
Le dije que SI con la cabeza
Me quité el delantal, solté mi cabello y prácticamente arrastré a Alice fuera de la tienda antes de que mis padres cambiaran de opinión.
¿Qué quieres comer? ¿Pizza? ¿Pasta?
Le mostré el número uno con los dedos.
Alice sonrió al instante.
¿Pizza? Pues allá vamos.
En la pizzería, Alice pidió la comida mientras yo buscaba una mesa, me gustaba salir con ella, no me trataba como si fuera frágil.
Aunque a veces sentía que no pertenecía a su mundo, se sentó frente a mí y comenzó a hablar del mismo tema de siempre:
Su novio.
Un idiota.
Sé que es un idiota, pero no sé cómo dejarlo ir.
Le lancé una mirada que claramente decía: ¿En serio?
Ella soltó una risa.
Bueno, sí. Pero lo amo, Lía. Ya sabes cómo es nuestra relación.
Asentí, aunque alcé una ceja con evidente desaprobación.
Después de escucharla un rato, hice señas:
¿Nos vamos?
Está bien. Vámonos.
Salimos a caminar.
El trayecto hacia mi casa era largo.
¿Cómo va el tema de la independencia?
No muy bien - respondí en señas - Voy sola en bus.
Lía... - dijo de pronto con seriedad - ¿Nunca has pensado en hacer algo solo para ti?
La miré confundida.
¿A qué te refieres?
Siempre estás en la tienda, en tu casa, con tus padres... No es justo. Cada vez que te invito a salir en grupo, rechazas la invitación o simplemente no te dejan ir.
Bajé la mirada.
Ellos se preocupan…
Lo sé - me interrumpió - pero creo que a veces exageran.
Seguimos caminando en silencio.
Las casas comenzaron a ser menos frecuentes y la naturaleza se volvió más abundante.
Entonces Alice señaló hacia la distancia.
¿Has visto ese bosque?
Levanté la vista.
A lo lejos, una masa de árboles se extendía bajo la luz del atardecer.
Es hermoso - continuó - Hay un lago escondido allí. La gente suele ir a caminar.
¿Un lago?
Sí. Es precioso. Podrías ir a pintar allí.
Negué con la cabeza.
Mis padres no me dejarían.
Alice sonrió de lado.
No tienes que decirles que está tan lejos.
No añadí nada más a la conversación.
La idea despertó algo dentro de mí.
Curiosidad.
Libertad.
Un deseo que no sabía que tenía.
Llegamos a la parada del bus y nos sentamos a observar los árboles.
Nuestro pueblo era hermoso.
La mezcla perfecta entre naturaleza y modernidad.
Aquí la gente respetaba el entorno, aunque algunas casas fueran extravagantes.
Mi autobús llegó.
Me voy - le dije en señas.
Nos vemos luego - dijo Alice mientras subía.
Durante todo el viaje, la idea del bosque no abandonó mi mente.
Caminar sola, sentarme junto al lago, pintar…
Solo yo.
Cuando llegué a casa, dejé las llaves en la cómoda de la entrada.
Mis padres estaban viendo una película.
¿Cómo te fue? - preguntó mi padre.
Bien. Fuimos a comer y caminamos un poco.
Sonreí.
Me voy a mi habitación.
Subí las escaleras y abrí mi laptop.
Busqué imágenes de bosques y lagos.
Quería explorarlos.
Verlos.
Sentirlos.
Y entonces tomé una decisión.
Iba a hacerlo.
Preparé una mochila con una manta, agua, mi reproductor de música y algunos materiales para pintar.
No sabía exactamente qué necesitaba llevar.
Pero parecía suficiente.
A la mañana siguiente desperté emocionada.
Le tomé una foto a la mochila y se la envié a Alice.
Seré una aventurera solitaria.
La respuesta llegó enseguida.
Suerte. Mándame fotos. Y si quieres compañía, llámame.
Solo faltaba un detalle.
Mentirles a mis padres.
Bajé a la cocina todavía en pijama y llamé su atención.
Ambos me miraron con una sonrisa.
Hoy saldré con Alice.
¿A dónde irán? - preguntó mi madre en señas.
Solo a caminar.
¿Llegarás tarde?
Probablemente sí.
Mi madre asintió.
Solo quiero que tengas cuidado.
Lo tendré - respondí.
Eso significaba que aceptaban.
Suerte, cariño - dijo mi padre antes de besarme la frente.
Ambos se marcharon a la tienda.
Yo regresé a mi habitación a esperar la hora perfecta.
Me puse unos shorts, botas cómodas y una camiseta sencilla, también me maquillé un poco, planeaba tomarme muchas fotos.
Al observarme en el espejo, noté lo pálida que estaba por pasar tanto tiempo lejos del sol, pero había algo que siempre me gustaba de mí, el pequeño lunar junto a mi ojo derecho. Después de revisar mi apariencia una última vez, respiré hondo.
Las dos de la tarde.
Era una buena hora para comenzar la aventura.
Tomé mi mochila con las pinturas, me puse la gorra y, con el cabello suelto, emprendí el camino hacia el bosque.








