Viaje a la necrópolis
Wendy, señora del desierto
Capítulo 1: Viaje a la necrópolis
“Cuando crees que estás sola, te das cuenta que tienes a tu familia apoyándote en todo momento, sea en este mundo u en otro” – CharmRing.
Las recientes ruinas precolombinas encontradas en Oruro, muy cerca de la capital, despertaron el interés de autoridades gubernamentales. Nunca antes se encontró vestigios de toda una necrópolis, la mayor hallada en Bolivia hasta la fecha.
Un hecho de tal envergadura debía promocionarse, por lo tanto, una de las varias cosas que se hizo a parte de divulgar la noticia en todos los medios televisivos y de prensa, fue el invitar a varios colegios del país a ver los trabajos que realizaban los arqueólogos bolivianos.
Uno de aquellos colegios, el Copacabana, aprovechaba aquella oportunidad para que sus estudiantes vieran de primera mano la labor de los profesionales nacionales en la excavación, tal vez alguna de las alumnas decidiera optar por ser una futura arqueóloga y así ayudar al país a descubrir más maravillas autóctonas.
El Copacabana es un liceo para mujeres, aunque por ley nacional eso es algo que pronto iría a cambiar, en aquel viaje asistirían damas, salvo el conductor de la flota que las llevaba y un padre de familia, encargado junto a una de las profesoras del establecimiento educativo, de la seguridad de las jovencitas.
Oriundo de Potosí, el señor Timoteo Achacollo vivió la mayor parte de su vida en la ciudad de La Paz donde contrajo nupcias con su esposa María, una mujer de pollera. Fue él, el encargado por la junta de padres de familia de acompañar a la profesora Flores para ver que las revoltosas alumnas no se pasaran de curiosas y con ello tener una que otra situación peligrosa que atentara en contra de su seguridad.
―Ya vamos a llegar al sitio, le voy a avisar a la profesora ―dijo Timoteo.
―La pobre sigue durmiendo. Debe ser bien cansador tener que vigilar a todas las chicas, menos mal que vinieron otros profesores en los otros buses o la pobre no se iba a dar abasto, lo mismo que tú ―dijo María, la esposa, decidió darse un descanso de sas actividades de ama de casa y acompañar a su compañero de por vida y a sus dos hijas a la visita a la necrópolis subterránea.
―Iré a despertar a la profesora, avísale a Wendy.
La hija, Wendy, iba en uno de los asientos frontales, hablaba con su amiga Carla; tan distraídas estaban, que no se percataron que el bus estaba por llegar a destino.
―¿Sigues sin señal? ―le preguntó Wendy a su amiga, ambas miraron con el ceño fruncido a los celulares que marcaban el aviso de señal inexistente.
―Qué raro, ni que estuviéramos tan lejos de la ciudad, debería haber señal en el celular.
―Tal vez este sea uno de esos puntos muertos.
―Sí, lo mismo que en esas películas de miedo que tanto te gustan. Por cierto, ¿cómo sigue tu hermana?
―La pobre de Viviana ni podía ir al baño sola, es tan miedosa.
―Qué raro que sea así, solo es dos años menor que tú.
―De hecho, es más valiente que yo, pero no aguanta las películas de terror. Puede con todo lo real, pero la fantasía le mete miedo.
―Entonces, ¿por qué le permitiste mirar la película?
―¿Y qué opción tenía? Siempre se pone de insistente si se trata de ver películas de terror, después se arrepiente... Hola, mamá.
―Chicas prepárense, vamos a llegar.
―¿Qué hay de papá?
―Está por despertar a la profesora Flores, guarda tu celular.
De la parte de atrás del bus interprovincial, surgió un rebudio que nada tuvo que envidiar al de un jabalí salvaje. Era la profesora Flores, se despertó de improviso y con susto pese a que Timoteo la despertó con cuidado.
Varias chicas empezaron a reírse, la mujer rolliza y con rostro rubicundo, miró a los costados y con una sonrisa como si no estuviera despierta del todo.
―Profesora Flores, llegamos.
―¿Qué?... ¡Ya veo! Bueno, hay que ver que las niñas se alisten ―dijo despertándose del todo y acomodándose los anteojos, agregó―: A ver, chicas, silencio por favor. ¡Silencio! Alístense de una vez, pónganse los guardapolvos y nada de poner en vergüenza el nombre del colegio Copacabana, estén bien atentas que tengo la libreta de desempeño en disciplina, cualquier infracción y les voy a poner notas rojas.
―¡Sí, profesora Flores! ―fue la respuesta grupal de las alumnas, que guardaron sus cosas en las mochilas y se pusieron los guardapolvos obligatorios.
Unos tres buses contratados para llevar a las estudiantes y profesores, así como a algunos padres de familia, llegaron al área asignada para estacionarse y pronto todas bajaron ansiosas y miraron a los alrededores con gestos de curiosidad. Después de un breve momento de caos, las estrictas profesoras pusieron todo en orden y las alumnas formaron filas ordenadas, conforme a los cursos que tenían en el colegio de señoritas.
El bonísimo de Timoteo se quedó junto a la profesora Flores. María fue al grupo donde se hallaba Viviana.
El campo era inmenso y se podía observar que una malla olímpica cercaba una enorme extensión, aquí y allá se veían coches, algunos de la gobernación y de la universidad estatal, así como maquinaria de excavación, no pesada, aquel no era un simple trabajo de remoción de escombros, debían ayudar de manera delicada al grupo de arqueólogos.
A una señal de los profesores fueron a una edificación la cual oficiaba como un pequeño museo donde se mostraban algunos de los descubrimientos hechos los cuales consistían en cerámica varia, telares con sus característicos tonos monocromáticos y lo más impresionante: un par de momias humanas en posición fetal, envueltas ambas en lo que parecían ser envoltorios funerarios. También se podían apreciar algunas muestras de joyería hechas con piedras semipreciosas e inclusive unas diminutas muestras de plata y oro.
―Profesora Clotilde, ¿puede estar Vivianita en el grupo de su hermana? Queremos sacarles fotos juntas mi esposo y yo, por favor.
―Bueno, supongo que está bien ―dijo una mujer delgada con rostro muy severo de mejillas fofas, se acomodó los lentes con gesto de enojo―. No vayan a sacar fotos en lugares prohibidos. ¡Achacollo, acérquese!
―Dígame, profesora Clotilde. ¿Qué sucede?
―Acompañe a su madre, se va a reasignar al grupo de su hermana.
―Gracias, profesora.
―Descuide, señora Achacollo. El resto, guarde silencio; vamos niñas, no me hagan enojar que aquí tengo listo el bolígrafo rojo.
María tomó a su hija por el hombro y la condujo donde se hallaba su hermana mayor, algunas de sus amigas cuchicheaban entre ellas o se despedían con la mano.
―Nos vemos luego, Vivianita ―dijeron al reírse.
―Mamá, te he dicho mil veces, que dejes de llamarme Vivianita cuando estoy con mis amigas, llámame Viviana, por favor.
La madre no le prestó atención, le sonrió a su esposo y a Wendy al acercarse. Una vez reunidas, comenzó el recorrido por el improvisado museo.
A Timoteo le hubiera gustado tomarse unas cuantas fotos con sus hijas, pero los letreros de Prohibido Tomar Fotografías estaban omnipresentes en todas las muestras de la exposición.
Las ansiadas fotografías tuvieron que reducirse a unas pocas frente a la entrada del museo, una vez terminada esa parte del recorrido educativo, también tomó algunas frente a un par de kioscos donde las jovencitas se abastecieron de dulces y la típica comida chatarra de rigor.
Algunos padres de familia pidieron cigarrillos normales y una de las profesoras preguntó por cigarrillos sin filtro, puesto que aquellos se acabaron tuvo que conformarse con los otros.
En un rincón, los Achacollo compartieron los emparedados de cerdo y pollo que trajo María; Timoteo tuvo que comprar unos refrescos personales.
Las hermanas Achacollo estaban en su propio mundo, hablaban de la falta de señal del celular sin prestar atención a la conversación de sus padres respecto a una noticia que escucharon en el noticiero nocturno respecto a las desafortunadas declaraciones de un político con respecto a armar a las mujeres y que tal cosa evitaría más casos de violencia intrafamiliar.
―Yo quería usar el chat, pero con esto de la falta de señal no se puede ―dijo Viviana, se acomodó coqueta el cabello a un costado de su rostro con una elegancia que pocas en el colegio tenían―. Deberían poner una torre satelital para tener señal.
―Con lo del satélite Tupac Katari, debería haber buena recepción en este sitio; es muy raro, no estamos rodeados de cerros para que no haya señal ―dijo Wendy―, es como dije con mis amigas, este es un punto muerto. Igual a la película de ayer en la noche, ¿recuerdas?
Viviana le devolvió una mirada de reto, sabía muy bien que su hermana quería asustarla, pero a pleno día, era algo que no iba a suceder.
La hermana mayor, Wendy, no era tan bonita de la misma manera que su hermana, pero tampoco era fea, solo nació con un curioso defecto: la mirada.
Los ojos de Wendy siempre se veían como queriendo retar a los demás o pensando cosas malas de la gente, cosa que no era tal, la joven tenía siempre una buena predisposición hacia las demás personas, pero siempre tenía la desgracia de causar una mala primera impresión.
Una vez terminado el descanso, los grupos de nuevo fueron puestos en ordenadas filas por las malhumoradas profesoras que se quejaban que el sol del altiplano iba a dañar la piel de sus rostros.
Tocaba ir al subsuelo, donde podrían ver una sección del complejo arqueológico recién excavado.
―Las niñas se van a ensuciar los guardapolvos, tan bien que se los lavé ayer ―dijo María, después de bajar por la entrada.
El resto del complejo bajo tierra lo componían corredores estrechos y con techos no muy altos; de hecho, se veía que en varias secciones tendrían que andar inclinados un poco para así no chocar sus cabezas.
―Con razón pidieron los guardapolvos de Física y Química. Mejor que las chicas se ensucien los guardapolvos que la ropa.
La madre aceptó resignada aquel hecho, igual tendría que ver su ropa sucia una vez salidos del interior de la necrópolis. De aquella manera comenzó la visita subterránea; puesto que no podían ir todos en grupos compactos, se decidió que irían en pares y respetando una buena distancia del par que les precedía o que vendría después.
Tanto Wendy y Viviana se vieron desilusionadas con lo que veían, se imaginaron por tantas películas que vieron, que contemplarían cada dos pasos a arqueólogos tipo Indiana Jones, examinado varias cosas súper interesantes, según ellas; no obstante, solo vieron sitios apostados de cartelitos con numeraciones, que indicaban qué era lo que se descubrió con anterioridad.
Los corredores no iban en línea recta, presentaban curvas y algunos estaban prohibidos al público mediante cintas amarillas.
Justo al pasar por uno de esos sitios negados a los visitantes, que los teléfonos de las hermanas se prendieron y emitieron señal de notificaciones varias.
―Oye, Wendy, ya hay señal.
―¿Cómo puede haber señal acá abajo cuando no había arriba?
―La señal se hace más nítida al venir de aquel corredor.
―¿Segura?
―Sí, mira.
Viviana acercó el celular al corredor y vio con claridad que las barras de recepción aumentaban, lo mismo hizo Wendy. Ambas se sorprendieron al comprobar que, al alejar sus teléfonos del corredor, la recepción de señal disminuía.
―Entremos, Wendy.
―¿Estás loca? ¿No ves la cinta que prohíbe el paso?
―No va a pasar nada, vamos ―dijo y jaló la cinta hasta romperla.
―Viviana, te vas a meter en problemas.
―Tú te vas a meter en problemas, entra antes de que los demás se acerquen.
La mayor se mordió el labio, pudo más la curiosidad y ambas entraron al corredor prohibido.
El pasaje estaba iluminado de la misma manera que los demás, pero se dieron cuenta de que no era muy extenso, terminaba para dar paso a un recinto con techo lo bastante alto como para que ambas dejaran de avanzar dobladas.
―Woa, aquí hay señal completa, ¿qué hay de ti?
―Señal a un ciento por ciento. Vámonos de aquí, Viviana.
―Solo déjame mandar un mensaje y nos vamos, porfis ―dijo, puso su típica mirada de súplica que usaba con los chicos cada vez que salía con sus amigas a la calle los fines de semana.
―No seas tonta, ni que fuera un chico para creer en esa mirada y ese porfis.
―Vamos, sé buena.
La jovencita de quince años puso carita de pena, pero en vez de convencer a su hermana mayor, solo hizo que se riera.
―Oye, no te rías, es mi carita de gato con ojazos de súplica.
―No eres linda así, te ves más como payaso.
―Pues tus ojos no son para lucirlos de ninguna manera. Uy, perdón, Wendy.
―Descuida, no hay problema.
―No, lo siento, fui una tonta, perdón, hermanita, ¿sí?
―Ahora sí pones tus ojitos gatunos.
―Será porque es de verdad, lo siento, mi miedosa hermana.
―¡Miren quien habla! Tú no soportas las películas de terror, ¡auch!
La madre estaba al lado de las chicas y le jalaba de la oreja a la pobre de Wendy. Viviana retrocedió un par de pasos para que no le pasara lo mismo, pero su madre adivinó su intención y estiró el brazo, la alcanzó y ahora ella era la que tenía cara de dolor.
―¡¿Qué hacen aquí?! Sabía que iban a causar problemas.
―Mamá, por favor deja eso, duele.
―Mama, ¿cómo nos encontraste?
―La cinta de prohibido el paso estaba en el suelo y escuché su señal de celular. En cuanto se lo cuente a su padre, ya van a ver.
―¡María! ¡Chicas!, ¡están aquí!
―Mira, Timoteo, hasta aquí vinieron, bien las tienes reñir.
―No hay tiempo para eso. Chicas, ¡las profesoras están furiosas! ¡Están que se suben a las paredes! Regresemos pronto antes de que las cosas se pongan mucho peor.
Las hermanas intercambiaron miradas de susto, el jalón de orejas y la futura reprimenda de sus padres no se veía tan mal ante la perspectiva de tener que sufrir el castigo que les impusieran aquel par de solteronas amargadas, y si el castigo se reflejaba en sus notas, ya podían ir despidiéndose de sus paseos los fines de semana o del celular.
Cada uno de los padres tomó con más fuerza de la necesaria los brazos de sus hijas y se dirigieron hacia al corredor, en eso, el piso cedió bajo el peso de los cuatro.
―María, niñas, ¿están todas bien? ―preguntó apenas dejó de toser debido al polvo.
―Yo estoy bien. ¿Wendy, Viviana?, ¿cómo están?
―Estoy bien.
―Viviana reportándose: sin heridas y sin novedad... Se me cayó el celular.
―Allá veo tu celular.
―Qué bien.
El hombre le sacudía el polvo a su esposa y en eso oyeron que no solo el celular de la hija, también el de la hermana y el de ellos, emitía un ruido sordo, similar al de una maquina eléctrica cuya batería interna se sobrecargaba, de hecho, todos sintieron la electricidad estática llenar el ambiente donde estaban en ese momento, pero, ¿en dónde con exactitud se encontraban?
Al asentarse el polvo, no solo vieron el celular de Viviana y el de Wendy, cuyas pantallas táctiles emitían un fuerte destello, también notaron que estaban en una especie de recinto similar al templete semisubterráneo de Tiwanacu, pero de una dimensión mucho menor. Al centro se divisaba una estela con una figura grabada en bajo relieve: un gato o, mejor dicho, varios de ellos, todos ellos con siluetas difuminadas como si fueran hechos de agua, fuego, arena u hojas.
Un brillo surgió de las profundidades del piso, lo último que oyeron antes de perder el conocimiento, fueron los llamados de las iracundas profesoras, así como el de las estudiantes que las acompañaban.
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Sintió un sabor metálico adhiriéndose a su paladar superior y tragó con disgusto la saliva, abrió con dificultad los ojos y tuvo que restregárselos con los nudillos.
Un desierto sin fin se extendía alrededor. Al girar la cabeza para poder apreciar mejor los alrededores, vio tres figuras boca bajo sobre la caliente arena.
―¡Papá, mamá, Viviana! ¡Despierten! ¡¿Están bien?! ¡Por favor díganme que están bien!
Se puso a llorar, pero para su alivio, tanto los padres y la hermana menor se despertaron al sentir sus cuerpos sacudidos con insistencia.
Al igual que Wendy, los otros Achacollo miraron con sorpresa a los alrededores. Luego de frotarse los ojos, estallaron todos formulando varias preguntas, pero ni Wendy ni nadie tenía idea de dónde estaban y cómo llegaron a lo que se veía era un desierto de esos con dunas iguales a las que se veían por la televisión.








