El Destino
El despertador sonó a las seis y yo ya llevaba media hora mirando el techo. No es insomnio. Es una ceremonia diaria: convencerme de que levantarme tiene algún sentido. Esta mañana perdí.
Me duché con agua fría porque el calor me da sueño y eso es un lujo que no puedo permitirme. Café quemado, dos tostadas que supieron a cartón, y la mochila con los apuntes del semestre. Nadie me esperaba en la cocina. Nadie me preguntó si había dormido bien. Eso es lo que la gente llama “libertad”, supongo. Yo lo conozco como ausencia de excusas.
El andén del metro huele a humedad y a pis de paloma. Los vagones llegan cada cuatro minutos, pero yo siempre estoy antes para ver las vías. No es que quiera saltar. Es que me gusta la sensación de borde, de que todo podría detenerse si yo decidiera dar un paso. Una zancada nada más. Pero nunca lo hago. No por valor. Por cobardía. Porque mi madre estuvo nueve meses rezando para tenerme y no voy a escupirle en la cara con un suicidio que ella ni siquiera vería.
Ese es mi pecado: la culpa. Y la culpa pesa más que la tristeza.
Llegué a la facultad con el sol en la nuca y salí con la luna sobre los edificios. Diez horas de apuntes, profesores que hablan sin mirarte, compañeros que no te reconocen aunque te hayan visto ayer. Eso no es soledad. Es rutina.
En la vuelta, el metro estaba atestado. Un retraso, dijeron. No es raro. Me abrí paso entre hombros y codos, sintiendo el sudor ajeno contra mi nuca, hasta arribar al filo del andén. La luz del túnel parpadeó. El tren llegaba.
No vi quién me empujó. Tal vez fue un hombro desafortunado. Tal vez fue alguien que también quería subir. Incluso fui yo mismo, sin darme cuenta, inclinándome un milímetro de más. Da igual. El caso es que el vacío se abrió bajo mis pies y el riel estaba a medio metro, y la locomotora venía con su estruendo metálico y su olor a freno quemado. Cerré los ojos.
No creí en Dios. No pensé en mis padres. En mí solo estaba Lila. En su risa cada vez que se ríe de algo tonto. Su costumbre de morderse el labio cuando duda. Nunca le dije nada. Ni siquiera tuve el valor de cruzar el pasillo de la biblioteca, ella había tomado el libro que me interesaba. Y la vi robárselo. Hermosa y con coraje. Pensé en eso: en todas las veces que pude y no quise hablarle. Y en cómo el arrepentimiento es más agudo que el dolor.
El tren no me aplastó.
Sentí algo detenerme. No un golpe. No un frenazo. Una presión cálida en la palma de la mano derecha, como si alguien hubiera apoyado contra mí desde el otro lado del metal. Abrí los ojos y vi mi brazo extendido, la yema de los dedos tocando la parte frontal de la locomotora. El tren se detuvo, pero no de forma habitual: se había contraído, arrugado sobre sí mismo como una lata aplastada, y su cuerpo se elevó en el aire antes de caer con un estrépito que hizo temblar el andén.
Polvo. Gritos. Silencio después. Miré mi mano. No tenía ni un rasguño. Ni enrojecida. Ni caliente. Solo allí, intacta, abollando el frente del tren.
Entonces las vi. Dos alas, brotando de mi espalda, tan blancas que dolían mirarlas, tan luminosas que la gente a mi alrededor empezó a taparse los ojos. No suponían plumas de ave. Eran como vidrio líquido, una luz solidificada. Cuando intenté mover un hombro para verlas mejor, un aleteo involuntario me lanzó por el camino de rieles. El viento me arrancó el aliento. Los postes de señalización pasaban a mi lado como rayas borrosas. El túnel se abrió y salí disparado. En la oscuridad de las estaciones siguientes, fui un leve destello. Mi temor solo hizo que me moviera más rápido, hasta que atravesé el techo. Una noche estrellada me esperaba.
Volaba. Sin avión, sin alas mecánicas, sin nada que no fuera mi propio cuerpo y dos apéndices de luz. Me elevé tan alto que vi toda la ciudad como un tablero de luces diminutas. No supe frenar. Me estrellé contra un ventanal de un edificio de oficinas, atravesé el vidrio como si fuera papel, y rodé por el suelo de una sala vacía hasta chocar contra una columna. No me hice daño. Me desmayé del susto.
Desperté rodeado de oficinistas con caras de pánico. Estando aturdido, solo pensaba en irme. Una mujer de traje rojo me ofreció agua. Un hombre calvo repetía “¿estás bien?” Como si fuera un mantra. Les di las gracias, me levanté, y bajé por las escaleras porque el ascensor estaba lleno. Mientras descendía, me di cuenta de que las alas habían desaparecido, me quedé pensando en que mierda sucedió. Mire mis brazos y manos, busque tocar mi espalda. Solo tenía la camisa rota. Tal vez la falta de sueño me hizo alucinar, tal vez me drogaron sin darme cuenta. En la recepción, dos periodistas hablaban con la secretaria. Los esquivé como pude. Salí a la calle y caminé.
No sentía fatiga. No tenía hambre. Solo una náusea ligera, como de haber dado vueltas en un tiovivo demasiado rápido.
Llegué a mi casa de madrugada. La luna llena entraba por la ventana sin cortinas y teñía la cocina de plata. Calenté unas pastas que habían quedado de dos días atrás. Las puse en un microondas. Me embobé mirando el plato girando. Al sacarla la comí sin reposo, parado, sin pensar.
Me acosté y cerré los ojos. La oscuridad de mis párpados, se rodeó de gritos, miedo. Nunca me sentí normal, este día fue la prueba: las alas inexplicables. Imaginé qué me observaba desde fuera. Como si mi cuerpo estuviera acostado en la cama y yo permaneciera estático frente a él. Mirándome dormir. No parecía reconocerme. Quisiera que todo esto fuese una alucinación. Pero aún huelo el óxido sobre mis dedos. Recuerdo volar, la sensación de la brisa en mi rostro, tomé aire y me relajé.
Intenté apagar todo pensamiento sintiendo el aire en mis pulmones, una respiración consciente, una luz tenue se proyectó en mis retinas. Mi mente pedía dormir, demasiado que procesar. De forma inconsciente me visualicé en un paraíso blanco. Una neblina que llegaba hasta mi abdomen. Estaba parado desnudo y noté alas en mi espalda otra vez. Me encontré soñando. Algo dentro de mí, sabía que era más que eso, observe un vacío blanco donde la neblina no me dejaba ver más allá. Un susurro inquietante indescifrable. Ya no encontraba el miedo en mí. Sentía que tenía el control, mi cuerpo se relajó como si estuviera en casa, que he estado aquí muchas veces.
—Hijo —Una voz interrumpió y resonó con fuerza, un viento me estrelló el rostro. Me paralizó. Parte de la neblina empezó a brillar y unificarse enfrente de mí
Observé confundido la luz que se acercaba, sentí que ella me era familiar. Me reflejé en una vida pasada, tal vez como masa cósmica, tal vez una estrella, algo más allá de lo que había entendido nunca.
El universo se reveló, una nebulosa negra, que parecía devolverme la mirada y yo me sentí indigno. Indigno de tener tanto peso.
Desperté. Me asfixié con mi propia respiración. Estaba perdiendo la cordura. Me levanté y corrí al baño a vomitar en el lavado. Alce la mirada al espejo. Sentí que esto era apenas el inicio. El reflejo me devolvió la incertidumbre, estoy renaciendo.








