The World: Wunder Arc by Naafets at Inkitt
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The World: Wunder Arc

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Summary

Un mercenario apático e inmortal, lastrado por veinte sellos rúnicos que asfixian su verdadero poder, vaga por los continentes vendiendo su acero al mejor postor. Su monótona existencia se fractura cuando un contrato lo cruza con Claire, la arrogante y letal Hija de la Luna. Juntos, se verán arrastrados al epicentro de una guerra a escala global en la dimensión de Wunder. Mientras ejércitos son evaporados, y reyes y deidades mueven sus piezas en un tablero bañado en sangre y traición, el mercenario deberá decidir si seguir ocultando el abismo que reside en su alma o desatar la aniquilación absoluta. En un mundo donde el poder dicta quién vive y quién muere, la verdadera oscuridad no se esconde en las sombras, sino en los secretos que llevan un siglo enterrados.

Genre
Fantasy
Author
Naafets
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Peso del Oro y la Sangre

Dimensión de Wunder, Emegla, capital de Liari, 1034 DA.

La noche sobre la capital de Liari era inusualmente fría; el viento aullaba arrastrando un presagio de muerte. Un carruaje destartalado se detuvo frente a las imponentes murallas del castillo real. De él descendió una figura envuelta en una túnica oscura.

—Serán tres monedas, señor —pidió el conductor, un hombre de rostro curtido, gran bigote y una mirada peculiar.

—Sí, claro. Ten —respondió la figura. Su voz carecía de cualquier inflexión o emoción. Sacó tres monedas de cobre de su bolsillo y las dejó caer en la áspera mano del cochero.

Sin mediar otra palabra, el encapuchado se giró y, en un parpadeo que desafió la gravedad, comenzó a escalar la torre fortificada del castillo. Sus movimientos eran como los de una sombra fundiéndose con la piedra.

El conductor se quedó petrificado, con la boca abierta, viendo cómo su pasajero trepaba un muro vertical como si caminara sobre llano. —Bueno... dinero es dinero. ¡Arre!

Los aposentos del rey se ubicaban en la última planta, fuertemente custodiados por una guardia de élite que patrullaba cada pasillo. Sin embargo, para un depredador de ese calibre, la seguridad humana era un simple trámite.

En el interior, el monarca leía un interesante tomo a la luz vacilante de unas velas. Un golpe sordo resonó contra el cristal. —¿Se habrá chocado un pájaro? —murmuró el rey, alzando la vista un segundo antes de volver a sumergir la cabeza en las páginas.

El silencio reinó durante unos minutos más. Cuando el cansancio venció al monarca, cerró el libro y se levantó para apagar las llamas que pobremente alumbraban la gran estancia. Al acercarse al extremo opuesto de la habitación, un escalofrío le recorrió la columna.

La ventana estaba destrozada. Los cristales yacían esparcidos sobre la rica alfombra, crujiendo suavemente bajo sus pies, sin que él hubiera escuchado el momento exacto de la rotura.

El rey dio un salto hacia atrás, presa del pánico. Con un movimiento desesperado, agarró la pesada mesa de roble más cercana, usándola como un escudo inútil.

—No me compliques el trabajo, vejestorio. Puedo partir esa mesa y a ti en dos con un solo movimiento. Simplemente entrégame tu cabeza y nos facilitas la noche a todos —dijo una voz gélida. La misteriosa figura encapuchada estaba sentada en el alféizar, con una pierna colgando hacia el abismo, fundida con la penumbra.

—¿Quién eres? ¿Has venido a matarme? —preguntó el rey, con la voz temblorosa pero intentando mantener la poca dignidad que le quedaba—. ¿Cuánto te pagan?

—El rey de Falmia te quiere muerto. Un encargo rutinario. Solo no me lo compliques, anda.

El dinero de Falmia siempre había sido frío, pero el del Reino de Liari pesaba exactamente igual. El monarca, aferrándose a su instinto de supervivencia, señaló con un dedo tembloroso hacia un rincón oscuro de la habitación.

—Falmia te paga por mi cabeza, pero yo te ofrezco el doble por las suyas —dijo, la desesperación tiñendo cada palabra—. Ahí está el cofre. Mi reino tiene oro; ellos solo tienen ambición.

El mercenario giró el rostro lentamente hacia el metal precioso. Lo observó sin un atisbo de emoción, calculando el peso en silencio.

—No me importa el reino, solo el peso de la bolsa. Tu oferta es mejor. Considera el contrato de Falmia rescindido —respondió con una frialdad que heló la sangre del rey más que el propio acero de las espadas enemigas.

El mercenario bajó su capucha, revelando un rostro joven, de cabello oscuro y ojos oscuros cargados de una apatía milenaria. Se acercó al cofre y sopesó el oro.

—Mira, si consigues ganarnos la guerra, te pagaré tres mil monedas más. ¿Qué opinas? —El rey respiró de forma errática, aliviado al ver que el asesino relajaba su postura y la amenaza de muerte inmediata desaparecía.

—¿Tres mil monedas? Claro. Solo he de masacrar al ejército de Falmia, ¿no?

Estrecharon las manos ahí mismo, pactando la salvación de una nación en medio de los cristales rotos. Para cuando la guardia real irrumpió en la habitación alarmada por el frío, el rey simplemente les comentó, pálido como un fantasma, que un pájaro gigante se había estrellado contra su ventana.

Al amanecer del día siguiente, el mercenario fue asignado a la Séptima División del ejército real de Liari, bajo las órdenes directas del general Gref.

—Así que tú has de ser el nuevo, ¿eh? —El general lo miró de arriba abajo, frunciendo el ceño ante su túnica desgastada—. ¿No llevas armadura? ¿Sabes que morirás sin ella en la vanguardia, insensato?

Con una mirada vacía, el mercenario se limitó a responder: —La armadura me molesta. No es mi estilo.

Dicho eso, avanzó hacia la línea de batalla con un caminar perezoso, pero a una velocidad incomprensible para el ojo de los soldados regulares.

La primera vez que el ejército de Liari lo vio en acción, comprendieron que no habían contratado a un guerrero, sino a un desastre natural. El frente sur era una pesadilla de barro rojo, gritos de agonía y acero chocando bajo un cielo encapotado. Las vanguardias del Imperio de Falmia avanzaban como una apisonadora implacable, masacrando a los reclutas.

El protagonista entró caminando al campo de batalla sin prisas, con las manos metidas en los bolsillos. Todo lo que el ejército imperial había conquistado a base de sangre durante la campaña, estaba a punto de retroceder por la simple presencia de un solo individuo.

En el tercer día de asedio, un joven e inexperto soldado de Liari resbaló en el fango, quedando a merced de tres infantes enemigos que bajaron sus lanzas para empalarlo. En un parpadeo que rompió la barrera del sonido, el mercenario se interpuso.

Con un movimiento seco, brusco y desprovisto del más mínimo esfuerzo, le arrebató la espada de las manos al muchacho aterrado y le propinó una patada brutal en el pecho. El impacto no buscaba matarlo, sino sacarlo de la trayectoria letal; el soldado voló diez metros por el aire, rodando por el barro hasta quedar a salvo detrás de las líneas aliadas.

Solo frente a la marea carmesí de Falmia, el mercenario soltó un largo suspiro, genuinamente aburrido por el panorama.

Lo que siguió no fue una pelea, fue una carnicería coreografiada. En apenas unos segundos, la hoja mellada y corriente que había tomado prestada se transformó en una guadaña plateada e invisible. Saltaba, giraba sobre su propio eje y cortaba carne y hueso con una precisión quirúrgica. Las pesadas armaduras del Imperio se abrían como si fueran de papel mojado. Cien hombres de la vanguardia cayeron desmembrados antes de que el resto del batallón pudiera siquiera alzar sus escudos para defenderse. La sangre tiñó la tierra de oscuro.

En los rostros de los generales de Liari, que observaban la escena desde la seguridad de la colina, no se dibujó alivio, sino un pánico absoluto: aquel hombre no era un aliado, era un monstruo indomable.

La segunda batalla del día, horas más tarde, calcó la monotonía del terror. Cuando la espada prestada finalmente no soportó la presión, mellándose y partiéndose por la mitad tras chocar contra la gruesa maza de un oficial enemigo, el mercenario ni siquiera alteró su expresión apática. Simplemente continuó caminando entre los cadáveres y los charcos de fango. Mientras los soldados de Falmia retrocedían tropezando entre sí, aterrorizados ante la inminencia de la muerte, el mercenario arrancó una espada ensangrentada de las manos rígidas de un soldado caído, sacudió el carmín de la hoja con un movimiento seco de muñeca y reanudó su danza mortal, masacrando a la siguiente fila sin la menor pizca de piedad.

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