Capítulo 1 El día en el que acabó todo. Parte 1
El día comenzó como cualquier otro, o, al menos, tan normal como podía serlo para la princesa de Féeryta, una joven que llevaba toda la vida luchando contra la oscuridad que habitaba en su interior.
Apenas amanecía cuando Corvina abrió los ojos sobresaltada por un estruendo al otro lado de la puerta de su habitación, haciendo que se incorporara de inmediato.
Al pasar junto al escritorio, tomó una de sus finas dagas gemelas antes de acercarse a la puerta en silencio.
Entonces escuchó susurros y maldiciones.
Corvina tensó el cuerpo y colocó la daga en posición, preparada para defenderse si era necesario.
Abrió la puerta de golpe y suspiró aliviada cuando vió a la responsable del barullo.
Liora estaba agachada en el suelo, recogiendo lo que, unos segundos atrás, probablemente habían sido unas preciosas galletas de almendra rellenas de chocolate.
Ahora no eran más que migas y trocitos esparcidos por el umbral de la puerta.
Su cabello rubio, recogido en un moño que seguramente había empezado la mañana perfecto, estaba lleno de mechones sueltos y pequeñas hojas enganchadas.
Cuando alzó la vista y vio a Corvina con la daga en la mano, frunció el ceño con frustración.
La princesa soltó una carcajada.
— ¿Se puede saber qué hacías aquí a estas horas con una bandeja de dulces? —preguntó mientras se agachaba para ayudar a su amiga.
— ¿No es obvio? Intentaba darle una sorpresa de cumpleaños a mi mejor amiga. Lo que, por cierto, ha salido fatal por culpa de esa alfombra asesina.
Señaló la alfombra roja del pasillo, doblada por una esquina y Corvina volvió a reír.
— Por poco te llevas un tajo de regalo por esa “sorpresa”.
Liora bajó la mirada hacia la daga y luego clavó sus llamativos ojos dorados en la princesa, con una expresión claramente acusadora.
— También podrías decir “gracias, Liora”.
— También podrías haber esperado al desayuno y dejar que alguien menos torpe trajera la bandeja.
Liora puso los ojos en blanco mientras recogía los últimos restos de galleta.
— Quería ser la primera en felicitarte.
Le tendió la bandeja sonriendo dulcemente.
— Las he hecho yo.
Después miró el desastre de galletas rotas y su sonrisa se desinfló.
— Seguro que aún están buenas —dijo Corvina intentando animarla—. Entra.
La princesa dejó la daga sobre el escritorio junto a su gemela mientras ambas entraban en la habitación.
Liora dejó la bandeja sobre la mesa central y sacó un pequeño bote de cristal lleno de polvo rojizo.
— Feliz cumpleaños.
Corvina frunció ligeramente el ceño antes de coger el frasco.
— ¿Para qué sirven?
Liora evitó mirarla directamente mientras hablaba.
— Bueno, sé que últimamente vuelves a tener esas horribles pesadillas y he conseguido hacer una fórmula que no sea mala para tú salud y puedas dormir algo mejor.
Corvina observó el polvo rojo en silencio. Si supiera que ya nada consigue apartar las pesadillas.
Se obligó a sonreír.
— Gracias.
Y abrazó a su amiga. Liora le devolvió el abrazo enseguida.
— Menos de media cucharada en el té antes de dormir —advirtió—. No más.
— Entendido.
Corvina se separó de ella y tomó un trozo de una de las galletas destrozadas.
— ¿Puedo probarlas ya?
— Estoy esperando que lo hagas.
La princesa se llevó el trozo a la boca.
Masticó y intentó mantener una expresión neutra.
Falló miserablemente. Liora la conocía demasiado bien.
— Están horribles, ¿verdad?
— No. Están… aceptables.
— Vina. —advirtió Liora.
Corvina terminó escupiendo el trozo en una servilleta.
— De acuerdo. Están espantosas.
Liora se tapó la cara con las manos antes de echarse a reír.
— Ya está. Me rindo. A partir de ahora me limitaré a las medicinas y las plantas, lo dulce te lo dejo a tí.
— Sí, definitivamente es lo mejor.
Las dos rieron y, durante un rato, todo pareció normal.
Más tarde, Trina, la doncella de la cocina, apareció con el desayuno: tortitas cubiertas de sirope y té de amapola.
La joven doncella se quedó charlando con ellas hasta que alguien la llamó desde el pasillo y salió corriendo escaleras abajo.
Después del desayuno, Liora se marchó a la enfermería prometiendo volver antes de la celebración.
Corvina, por su parte, decidió salir del castillo.
Necesitaba despejarse antes de la fiesta. Antes de la multitud y de los susurros. Y antes de que la oscuridad encontrara una excusa para apoderarse de ella.
Se vistió con pantalones negros, un corsé cómodo y unas botas de montar.
Después tomó el arco y el carcaj de su estante encima del escritorio.
Mientras caminaba hacia los establos, comenzó a trenzarse el largo cabello castaño sobre un hombro.
Sus dedos se detuvieron un instante sobre el mechón morado que destacaba entre el resto, otro recordatorio de que jamás había sido normal.
Cuando llegó a los establos, estaba colocando la montura sobre su yegua blanca cuando unos pequeños brazos rodearon su cintura.
Corvina se giró.
Bellina le sonreía, con una sonrisa a la que le faltaban dos dientes, entusiasmada. Su vestido rosa estaba arrugado y lleno de paja pese a que aún era temprano, y el semi recogido de su cabello castaño amenazaba con deshacerse por completo.
— Bell, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Y cómo has conseguido desarreglarte tanto en tan poco tiempo?
La niña sonrió todavía más.
— Llevo un rato jugando con las ratas mientras te esperaba.
Corvina parpadeó.
— Claro que sí.
— Sabía que vendrías —continuó Bellina—. Siempre sales a montar por las mañanas.
— ¿Y eso cómo lo sabes?
La pequeña señaló a la yegua.
— Me lo dijeron ellos.
Corvina decidió no profundizar en aquello.
— Bien… pero Bell, deberías estar en tus habitaciones esperando a tu profesora.
— Pero quiero ir contigo a disparar flechas.
Corvina le tapó la boca rápidamente y miró alrededor para asegurarse de que nadie la hubiera oído.
— No puedes decir esas cosas tan alto.
Bellina ladeó la cabeza sin entender.
La princesa suspiró.
— Además, hoy es mi cumpleaños. ¿Qué hace la gente en tú cumpleaños?
— ¡Todo lo que una quiera! —exclamó la niña
— Correcto. Y yo quiero montar a caballo sola.
Bellina bajó un poco la cabeza decepcionada.
— Oh.
Corvina sonrió con suavidad.
— Aún así, como eres mi hermana favorita, luego te dejaré elegir una tiara de mi colección para esta noche.
Los pequeños ojos marrones de Bellina brillaron.
— ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
Corvina observó divertida cómo su hermana salía corriendo hacía el castillo, desapareciendo de su vista.
Después terminó de ajustar la montura, subió a la yegua y salió al galope.
El viento y el sol de la mañana golpeó su rostro mientras el bosque se abría ante ella y por un instante, se sintió libre.
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Después del desastre de las galletas, Liora se refugió en la enfermería para atender a los pacientes del día y preparar nuevos remedios y tónicos que empezaban a escasear.
Estaba organizando varios frascos cuando escuchó abrirse la puerta.
Y luego aquella voz. Una voz demasiado conocida.
— ¿Está la señorita Liora?
El corazón se le aceleró de inmediato.
Debieron de indicarle dónde estaba, porque al segundo Gideon apareció al otro lado del muro que dividía la estancia.
Sonrió de medio lado al verla.
— ¿Y bien? —preguntó ella, fingiendo desinterés mientras volvía a los frascos—. ¿Qué necesitas?
— Buenos días a ti también.
La burla en su voz consiguió exactamente el efecto que él pretendía.
Liora lo ignoró.
— Estoy ocupada. Si no necesitas nada importante, tengo que pedirte que te vayas.
Llevaban tantos años conociéndose que las formalidades desaparecían cuando estaban solos.
— Estoy herido.
Eso hizo que Liora levantara la vista de inmediato y le recorriera con la mirada de arriba abajo, buscando la herida.
No llevaba armadura, solo una camisa beige pegada al cuerpo por el sudor del entrenamiento.
Entonces Gideon levantó una mano. Los nudillos ensangrentados.
— ¿Otra vez? —suspiró la curandera mientras cogía gasas y desinfectante de otra mesa— Siéntate.
Gideon obedeció sin protestar. Se sentó en la silla que ella acababa de abandonar mientras Liora tomaba su mano entre las suyas para inspeccionarla.
— ¿Cómo ha sido esta vez?
— Le pegué demasiado fuerte al maniquí de entrenamiento.
— ¿No puedes tener más cuidado? Algún día vas a quedarte sin nudillos.
— ¿Eso es preocupación en tu voz, Liora?
Ella levantó la vista.
Gideon tenía la cabeza inclinada ligeramente hacia un lado, el cabello rubio húmedo le caía sobre la frente y aquella sonrisa insolente que tanto le irritaba y le gustaba al mismo tiempo.
Liora apartó la mirada antes de que él notara el leve rubor que le había subido al rostro.
— Siempre estás dándome más trabajo, ya tengo suficiente, no me hace falta que vengas día si y día también por ser descuidado.
Vertió desinfectante sobre la gasa y limpió la sangre de sus nudillos.
Gideon soltó una breve carcajada para después guardar silencio.
— Cuando entreno… pienso demasiado —admitió al cabo de unos segundos—. Y dejo de prestar atención a lo que estoy golpeando.
Liora frunció ligeramente el ceño.
— No deben de ser pensamientos muy agradables si siempre terminas magullado. ¿En qué piensas?
No obtuvo respuesta. Ella alzó la vista y lo encontró observándola con sus ojos marrones extrañamente tristes. Parecía cansado.
— ¿Ha ocurrido algo?
El caballero apartó la mirada hacia su mano herida durante unos instantes. Cuando volvió a mirarla, la sonrisa había regresado. Una sonrisa demasiado ensayada.
— ¿Cuál es el diagnóstico?
Liora dudó. Algo iba mal, lo sentía, pero decidió no insistir.
Cogió un pequeño bote de cristal con tapón de corcho y se lo ofeció.
— Mi diagnóstico es que eres idiota. Ponte esta pomada dos veces al día y sobrevivirás.
Gideon se puso de pie. La diferencia de altura entre ambos era absurda. Él casi le sacaba dos cabezas a ella.
Cuando fue a coger el bote, Liora lo apartó ligeramente.
— Gideon. —dijo frunciendo el ceño— ¿Va todo bien?
Él sonrió de nuevo con suavidad. Entonces se acercó lo suficiente como para quitarle el bote de entre los dedos con una delicadeza que contrastaba demasiado con alguien como él. Demasiado cerca.
Liora percibió el olor a hierro, cuero y sudor que desprendía tras el entrenamiento y odió el efecto que tenía sobre ella.
— Estoy bien, enfermera —murmuró él—. Te veré en la fiesta, ¿no?
Ella asintió lentamente.
— Hasta luego entonces.
Gideon se marchó sin apartar la mirada de ella hasta desaparecer por la puerta.
Y Liora permaneció inmóvil unos segundos más, con el corazón latiéndole demasiado rápido para alguien que insistía en que aquel hombre solo le daba problemas.
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Corvina llevaba horas practicando con el arco cerca de la cabaña de Nymé.
Había encontrado aquel lugar por casualidad tiempo atrás y había seguido regresando porque la compañía del hada le aportaba una paz difícil de encontrar en cualquier otro sitio. Y esa paz era justo lo que Corvina necesitaba casi todo el tiempo.
La flecha salió disparada y se clavó en el centro de la diana colocada sobre un árbol.
— Creía que hoy estaríais ocupada, alteza.
La voz serena de Nymé sonó detrás de ella.
— No esperaba encontraros aquí el día de vuestro cumpleaños.
Corvina se volvió hacia el hada.
La primera vez que la vio pensó que parecía salida de un sueño. Su cabello azul caía suelto más abajo de su pecho, la piel clara parecía brillar bajo la luz y las alas de un color lila claro casi parecían transparentes..
Pero lo más llamativo de Nymé no era su belleza etérea, sino su mirada firme e inteligente en sus ojos que parecían una mezcla de colores entre morado, amarillo y verde.
—Por esa razón hoy más que nunca prefiero estar aquí —respondió Corvina con una mueca—. Al menos hasta la hora de la celebración de la cual es imposible que me escape.
Tomó otra flecha y tensó el arco.
—Sabéis que siempre sois bienvenida. Además, tengo un regalo para vos.
Nymé movió la mano y unos pequeños destellos aparecieron entre sus dedos.
Una cajita de madera surgió frente a ella.
Corvina dejó el arco a un lado y tomó la caja. La madera oscura estaba decorada con lunas y estrellas talladas.
—¿Qué es?
—Abridla.
Corvina levantó la tapa y una pequeña figura hecha de ramitas diminutas salió de la caja y comenzó a sonar una melodía suave.
La muñeca bailaba al ritmo de la música.
No, no era una muñeca, ya que salió de la caja y revoloteó alrededor de la cabeza de la princesa mientras cantaba con una voz diminuta y cálida
Corvina la observó fascinada.
Un minuto después, la pequeña criatura volvió al interior de la caja y la tapa se cerró sola.
— ¿Era una pixie? —preguntó volteando la cajita sin mecanismo alguno.
Nymé sonrió.
— No. Solo ramas encantadas.
Después añadió con más suavidad:
— Pensé que la melodía podría ayudaros a calmar aquello que portáis dentro.
Corvina bajó la mirada hacia la cajita.
Le había contado a Nymé la verdad sobre la oscuridad porque nunca se sintió juzgada por ella. Y porque, en el fondo, deseaba desesperadamente que ella supiera cómo salvarla.
— Gracias, es preciosa.
— ¿Seguiréis practicando?
Corvina dejó la cajita sobre una roca plana.
— Claro.
— Entonces os haré compañía si no os importa, alteza.
La princesa resopló.
— Nymé, deja de llamarme “alteza” y de tratarme de “vos”.
El hada sonrió con diversión.
— Quería comprobar cuánto tardabas en perder la paciencia.
Después empezó a mover las manos tatuadas y el agua del lago se elevó en el aire formando figuras.
Corvina rodó los ojos, divertida y siguió disparando mientras Nymé practicaba magia a su espalda.
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Horas después, Corvina regresó al castillo.
No sin antes pasar a saludar a los pequeños gnomos del jardín los cuales exclamaban ‘’¡Felicidades alteza!’’. Aquello consiguió hacer sonreír a la princesa.
Quizá no todo estuviera mal en ella si esos seres puros la adoraban tanto.
Desmontó de la yegua y dejó que el mozo de cuadras se hiciera cargo del animal.
Mientras se dirigía a sus aposentos, pasó frente a la habitación de Nikolai y pensó en entrar, pero unos sonidos poco apropiados, no precisamente de dolor, la hicieron cambiar de idea. Siguió caminando.
El castillo entero parecía un caos; sirvientes corriendo de acá para allá con flores, bandejas de comida y demás preparativos para la fiesta.
Cuando al fin llegó a su habitación y entró, encontró a Liora rebuscando en el armario.
— ¡Al fin apareces! —exclamó la curandera sosteniendo dos vestidos—. Elige rápido.
— ¿Por qué tanta prisa? La fiesta es esta noche.
— Ya no. La reina ha cambiado la hora.
Liora levantó uno de los vestidos inspeccionando en busca de manchas.
— Los padres de Gideon y su hermana no podrán venir más tarde y tu madre ha decidido reorganizar medio castillo para que puedan asistir.
— Fantástico.
La ironía en la voz de Corvina hizo resoplar a su amiga.
— Es tu cumpleaños. Intenta mostrar un poco de entusiasmo.
Le enseñó ambos vestidos. Uno era azul verdoso, ajustado con una cola de sirena. El otro combinaba tonos morados y negros, con mangas de encaje y una falda amplia.
Corvina apenas dudó.
— El morado.
Liora sonrió satisfecha.
— Sabía qué elegirías ese.
Dejó el vestido sobre la cama.
— Voy a bañarme —anunció Corvina.
Se encerró en la sala de baño y se hundió lentamente en el agua caliente de la bañera que Liora le había preparado.
Intentó prepararse mentalmente para la celebración. Para las miradas, los murmullos… y para el miedo.
Cerró los ojos y se sumergió por completo en el agua.
«Mata a uno o dos delante de todos.»
La voz surgió en su cabeza como un susurro venenoso.
«La gente siempre respeta más aquello que teme.»
Corvina salió del agua bruscamente, jadeando.
«Sabes perfectamente que deseas hacerlo.»
— No.
La risa oscura resonó en su mente antes de desvanecerse.
Entonces unos golpes en la puerta la sobresaltaron.
— ¡Corvina! ¿Cuánto tiempo más vas a esconderte ahí dentro?
La voz de Liora consiguió devolverla a la realidad.
— ¡Ya salgo!
Solo tenía que sobrevivir esa noche. Mañana todo volvería a la normalidad.
Se levantó de la bañera enrollándose en la toalla y saliendo del baño para que Liora y ella pudieran comenzar a prepararse.
Sin saber que aquella sería la última noche en la que su vida tendría algo parecido a la normalidad.








