La carretera
Prólogo del autor
Siempre me gustaron las historias de terror, recuerdo con nostalgia las tardes en que iba al Cine Universo, allá en la Calle Pando. Sin embargo, algo faltaba, nunca pude ver en la pantalla grande (o chica) material basado en costumbres y tradiciones bolivianas, pero aplicadas al género del terror.
Al pasar los años mi curiosidad fue satisfecha. Quise poner mi granito de arena y, al ser un fanático de combinar géneros, algo de seguro influencia de los mangakas japoneses, les traigo estas historias cortas donde, por supuesto, abundan los gatos, después de todo, ¿qué otro animal puede ser más gótico y al mismo tiempo un adorador del sol?
Tantawawa
Capítulo 1: La carretera
De las muchas historias acerca de migrantes que viajaron a los Estados Unidos, la de Wayra Mamani no destacó del resto. Lo mismo que muchos antes que ella y que vendrían después, trabajó en muchas y variadas ocupaciones, aplicándose a ella el estatus de inmigrante ilegal, según el gobierno de Estados Unidos de Norte América.
La joven mujer tuvo la fortuna de encontrar el amor en la persona de William Hope, un ciudadano norteamericano que trabajaba de contratista en trabajos de construcción medianos, ganándose de aquella honesta manera el pan diario de cada día.
Una corta relación romántica desembocó en una boda humilde ante un juez de paz y, más pronto que tarde, trámites burocráticos de por medio, Wayra se convirtió en una flamante ciudadana del país del norte.
La familia de Wayra, que permanecía en Bolivia, se reducía a madre y abuela; Mamani nunca conoció a su progenitor, el irresponsable abandonó a la esposa apenas un año después que naciera. La madre murió tan solo dos años antes de que conociera a Hope, por lo tanto, le preocupaba mucho la situación anímica de la abuela, lo mismo que la salud.
La pareja de esposos viajó a Bolivia e hizo todos los trámites pertinentes para que la anciana mujer los acompañara. Una vez en el país del norte, completaron todo trámite burocrático que se debía realizar para que la anciana no tuviera problemas con las oficinas de inmigración norteamericanas.
La anciana se aburrió mucho en una ciudad desconocida, sin nadie con quien conversar o siquiera una voz amigable en su propio idioma cada vez que la hija fue a trabajar, pero pronto vio los días alegrarse con la llegada de un bisnieto, al que le siguieron gemelos y después trillizos. La familia también fue bendecida con una niña que llevaría el mismo nombre de la madre.
La pequeña Wayra creció rodeada de amor, a los siete años cumplidos viajó con toda la familia a un rancho propiedad de los difuntos padres de William. En tan remoto lugar, presenció una costumbre ancestral que venía del país de la madre.
―Abuelita Rosa, ¿por qué no pueden venir mis hermanos? ―le preguntó al ingresar a un viejo granero, el cual no fue frecuentado desde hacía mucho tiempo por los abuelos paternos.
―Te voy a enseñar algo maravilloso ―le dijo la anciana mujer, cuyo rostro estaba hundido y conformado por innumerables arrugas―. Esto es algo que solo las mujeres de nuestra familia pueden realizar, debes prometer guardar el secreto.
―¿Sabe de esto la mamá?
―Me temo que tu madre no tiene lo que se necesita para esto; bueno, eso suele suceder, por lo general es algo que se transmite de abuelas a nietas en nuestra familia.
―¿Y mis...?
―No, nada de hombres, tampoco tus hermanos. Solo tú, tú eres especial, Wayra.
―¿Soy especial?
―Sí, mi pequeñita, lo eres. Vamos, espero que no les tengas miedo a las arañas. Seguro eres valiente y no les tienes asco a las telarañas.
Asintió y tomada de la mano de la abuela, llegó hasta un rincón del viejo granero, donde la mujer preparó un mesón con los implementos necesarios para celebrar la festividad de todos los santos, entre los que se encontraban extrañas figurillas que parecían bizcochuelos, pero estos tenían forma humanoide y por rostro lucían pequeñas máscaras que emulaban rostros humanos.
―Es una mesa con tantawawas ―dijo la pequeña Wayra―. Esto lo hace mamá todos los años.
―Sí, pero tu madre no sabe hacer lo que te voy a mostrar ―dijo la abuela y sonrió con dulzura a la nieta.
Un maullido apagado captó la atención de la pequeña, giró el rostro en todas direcciones para saber de dónde provino el ruido, pero el eco hizo imposible discernir la localización exacta del maullido.
La abuela soltó la mano de su bisnieta y se dirigió a una esquina del polvoriento lugar, se inclinó un poco y Wayra pudo escuchar cómo crujieron las viejas articulaciones de la anciana. Pasado un momento, vio a la mujer traer una gran jaula oxidada para pájaros; no obstante, no contenía ave alguna, un gato pequeño de un pelaje beige claro maulló, anticipó el peligro.
―¿Qué vas a hacer con ese gatito, abuelita? ―le preguntó la niña, pero por única contestación recibió la sonrisa desdentada de la anciana.
.
.
La pequeña Wayra se despertó, se llevó los nudillos a los ojos y vio que iba en la casa rodante del padre. Este conducía el vehículo y a su lado se encontraba la abuela.
La anciana se dio vuelta y la miró directo a los ojos, le lanzó un guiño de complicidad y la niña supo lo que significaba aquel gesto, debía guardar silencio acerca de lo que vio en el viejo granero.
Llovía mucho y William accionó el limpiaparabrisas a cada momento.
―Va a estar así todo el día ―dijo Wayra al esposo.
―Pronto va a pasar, los truenos suenan lejos.
Los niños miraban con aburrimiento los cambios del paisaje en ese camino que daba continuos zigzagueos por estar enclavado en terreno montañoso.
Un giro más brusco que los anteriores hizo que todos los niños fijaran la vista hacia adelante. La razón para que el padre hiciera una maniobra tan imprudente fue que una enorme roca se dirigía al parabrisas, la piedra era del tamaño de un coche pequeño.
La mole pétrea hundió el asiento del conductor y el vehículo salió disparado hacia un costado del camino, atravesó las barandas metálicas de protección como si estuvieran hechas de papel y se precipitó al vacío.
La pequeña Wayra creyó escuchar el grito de uno de los hermanos, pero todo se volvió confuso cuando el coche empezó a dar vueltas sin control para detener la caída de improviso gracias a un recio árbol que frenó el avance hacia las profundidades de la muerte misma, no obstante, aquella no se dio por satisfecha, cubrió con su manto negro los ojos de Wayra que se rindió al sueño, provocado por los golpes en su cabecita.








![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)