El Espía De La Montaña Sagrada 2: Invocación (Historia Isekai De Bolivia) by Noel Mollinedo, escritor boliviano at Inkitt
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El espía de la montaña sagrada 2: Invocación (historia isekai de Bolivia)

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Summary

Segunda entrega del libro: El espía de la montaña sagrada. Ante la amenaza de los humanos y su deseo de invocar al héroe de otro mundo, el enemigo busca invocar su propio héroe

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12
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16+

Un rayo de sol

El espía de la montaña sagrada: Invocación

Capítulo 1: Un rayo de sol

.

El cielo en la mañana se mostró gris, las nubes bajas cubrieron las montañas circundantes de aquel valle estrecho y zigzagueante, largo, que trató de emular a una serpiente descomunal, El paso de la mordedura de la serpiente.

Aquel no era el nombre original, en ambos lados de la frontera se lo conocía como El paso de la serpiente debido a la particular forma que cortaba en dos la cordillera norte, no obstante, el ramal de montañas elevadas que descendía hacia sur hasta encontrarse con la hermana gemela que marcaba el límite con los reinos de sur, desde hacia cien años que vio en las faldas la insensatez de la guerra.

¿Cuántas almas, sueños o simple tozudez vino a morir en el infame paso? Solo la lluvia de sangre y los cantos al dolor o la impotencia ascendían: el incienso de la guerra.

Con cada año, los puestos de avanzada cambiaban de posición, lamían el borde exterior para al siguiente retroceder hasta el límite contrario, así durante cien años.

Los tambores de guerra anunciaron un pronto enfrentamiento que en nada saldría de lo habitual. La misma rabia, la misma agonía, los mismos estertores, ¡la locura de emprender siempre la misma carnicería!

Los hombres al apronte lucieron disciplinados, las armaduras laqueadas no brillaron por estar el sol cubierto por las nubes, no tuvieron una estética occidental, más bien asiática por estar formada de placas. Se notó también por la falta de escudos, botas de combate de hierro y la presencia de sables muy similares a las katanas japonesas.

Un ejercito multicolor que revistió un toque fantástico porque donde quiera que se viere, aditamentos no humanos, excrecencias animales, resaltaron entre las armaduras: orejas y colas animales. El ejército del Conglomerado.

Notorio fue el caso de las monturas, sacadas de relatos de fantasía pues criaturas no aptas para la domesticación fungieron de monturas sumisas, y, lo que, es más, hubo otras que a todas luces se vieron ajenas al mundo real como ser de tipo arácnido.

El viento dejó de ulular, no habría aguanieve aquel día, solo caerían las plumas de la muerte.

Los tambores, aquel heraldo del derramamiento de sangre legalizado, anunciaron el arribo pronto del enemigo.

Una vista más familiar. Los típicos caballeros medievales de Europa del tiempo de la Edad Media Tardía. Armaduras de cuerpo completo de estilo gótico portaron enormes escudos, era el ejército del Imperio.

Las cabalgaduras no salieron de lo común, al menos en lo que concernió a la avanzada: caballos de guerra. Lo que sí varió fueron las monturas de los comandantes que mostraban en los cascos el airón rojizo o de otro color para distinguir regimientos: grifos.

Los tambores dejaron de sonar, al fin y al cabo, a causa del terreno, cosas como formaciones complicadas de batalla no fueron posibles, lo que si vino fueron mandos por medio de instrumentos de viento.

Cornetas por el lado de los humanos y cuernos de guerra por el lado de los que usaban armaduras muy similares a las usadas en el Japón feudal. Comenzó la matanza.

—¡A la carga! —gritaron los humanos. Solo eso, cien años de lucha los profesionalizaron, no imitaron a los bárbaros de las estepas orientales que siempre iban aullando o inclusive cantando tanto en la marcha como en medio de la batalla.

—¡Resistan, hasta la muerte! —fue el grito del bando contrario, disciplinados como un ejército salido de los cuentos de fantasía.

Solo las bestias: comunes, exóticas e imposibles, se mostraron caprichosas ante el ambiente de tensión, se necesitó de mucha habilidad por parte de los jinetes de ambos ejércitos. Lo mismo que formaciones especializadas de batalla, no se las podría usar en todo su potencial, solo eran bazas a usar de manera singular y para distinguir con facilidad a los comandantes entre tanto mogollón de filos, mazas y ordenes caóticas, el airón por sí solo no bastaba.

Fue el choque de la ola imparable ante la barrera inamovible, produjo un ruido de mil demonios y, en efecto, así lucieron los combatientes.

La psicología de guerra por parte de los humanos no varió mucho en cien años: armas y armaduras impresionantes, choque frontal y avance sea con formaciones al estilo tortuga como el Imperio Romano o usando las falanges griegas. No necesitaban otra cosa en aquel terreno tan desventajoso.

Los del Conglomerado, llamados La Confederación por parte de los humanos, siempre tuvieron desventaja en El Paso de la Mordedura de la Serpiente, siendo una fuerza hábil para la montura a caballo que el terreno lo complicaba todo; la mayor baza: el tiro al arco, valía poco. Por eso el uso de las bestias, en especial las exóticas que, a diferencia de los caballos, podían pegarse a las faldas de las montañas avanzando con relativa facilidad con la ilusoria esperanza que, de alguna manera, flanquearían al rival protegido por las paredes de la cordillera como si fueran los brazos de una madre sobreprotectora.

De tal táctica que los humanos emplearon el uso de los grifos que, al principio de la guerra casi los auparon a la victoria, no obstante, los del conglomerado fueron astutos y emplearon a las arañas gigantes. No fue necesario el uso de bestias voladoras, los monstruos arácnidos solo lanzaban las redes pegajosas y todo imposible plumífero leonino caía al suelo rompiéndose los huesos con facilidad pasmosa; para ser bestias tan imponentes, tenían huesos frágiles.

Solo la disciplina marcial evitó que los humanos les pasaran por encima, al menos en aquel día, las técnicas con las espadas aunada la movilidad de los nou, pusieron las cosas parejas, lástima que tal movilidad no pudiera usarse para flanquear a los humanos.

Era una guerra de desgaste que no necesitaba usar las trincheras para mermar fuerzas y causar igual mortandad.

Los cinco sentidos de hombres y bestias estuvieron afinados en matar al contrincante; solo una criatura, pequeña, no prestó atención a tal objetivo mortal, solo a que no la aplastaran o fuera alcanzada por un tiro perdido.

El gato hizo uso de reflejos felinos y la suerte de su raza le acompañó en todo momento, hizo el quite a la muerte por milímetros a cada momento, nadie le prestó atención, pero igual casi lo aplastaron en multitud de ocasiones.

Llegó tras las líneas enemigas y se disimuló con las sombras que parieron los escarpados pedregosos. Para los vigías humanos sería fácil no dejar que un espía los burlara, no contaron con que el gato pesaba tan poco y el paso fuera tan ligero y subrepticio, que no dejó rodar ni una sola roca.

A salvo en terreno llano, lo llano que puede ser el paso por la cordillera, se camufló en la fauna escasa de perros y gatos callejeros que miraban ansiosos a los humanos por un poco de comida.

Tuvo que transitar mucho terreno hasta salir de la cordillera. Una vez la barrera natural le vio la cola, el gato continuó la marcha hasta el pueblo más cercano, en aquel lugar tendría descanso y algo de comida.

Se dice que los desesperados son los que más atenciones tienen para con los animales famélicos y la zona de las rabizas era frecuentada por animales en busca de un hueso o sobras malolientes.

El hedor en el barrio rojo tenía siempre el mismo efecto, hacia fruncir narices por los perfumes baratos que se aplicaban las furcias, hasta los animales se mostraban incómodos, pero roer algo era una necesidad vital.

El gato que atravesó el campo de batalla no fue inmune al aroma acentuado y frunció el hocico, pero no le quedó de otra, caminó por el barrio rojo de calles laberínticas con confianza, no era la primera vez que estuvo ahí.

Fue a un callejón sin salida y se detuvo en la entrada trasera de un prostíbulo, allí se puso a maullar con insistencia.

Quien abrió la puerta no fue el típico cocinero gordo de axilas sudorosas y camiseta grasienta; en primer lugar, tal tipo de vestimenta sería un suicidio con el invierno interminable que desde hacía dos años martirizó a todo ser viviente; en segundo, las cosas no eran las que parecían.

Una mujer, prostituta, abrió la puerta, se vio que estuvo atenta a la llegada del felino. Miró a ambos lados antes de dirigirse al gato:

—Pasa, pobrecito, te daré algo de comer. —La criatura peludita no se dejó de rogar.

Una vez dentro hasta se dejó alzar por la mujer, la única muestra de descontento que tuvo fue por el hocico arrugado a causa del perfume penetrante.

No fueron a la cocina, subieron graderías y llegaron a la habitación de la mujer.

Debió tratarse de una prostituta cara porque tenía un cuarto para ella sola, lo mejor: puerta y paredes eran gruesas, aseguraron la privacidad ante oídos curiosos.

Dejó al gato en el piso y el animalito fue hacia la cama y acaeció una maravilla imposible.

Donde hubo un felino escuálido se materializó la figura de un niño desnudo que de inmediato se cubrió con las sábanas, no por vergüenza ante la mujerona, el frío le incomodó una vez dejó el pelaje atrás.

—Por favor, Cicliolina, abre la ventana, incluso sin tener nariz de gato siento que se me irrita la nariz y me lloran los ojos.

—Lo siento, Couta, pero sabes que no puedo hacerlo cuando vienes a visitarme —dijo y cerró las cortinas.

La mujer dejó los rasgos típicos de los humanos del mundo: tez oscurecida, cabello rojizo y ojos verdes, para asumir la forma verdadera de chica gato.

La caderona era rubia de piel bronceada y ojos azules, contrastó con el niño de cabello café y ojos naranjas, solo compartieron el bronceado de piel.

—¿Tienes algo de comer? Hay que viajar ligero y en ayunas para atravesar el paso.

—Sí, espera un momento. Mientras, coge algo de ropa que te guardé, ¡no abras a nadie la puerta a menos que escuches la contraseña!

—Sí, mami —dijo ceñudo al escuchar lo obvio, no era la primera vez que vino a ver a Cicliolina ni tampoco era bisoño en lo de fingir que era el hijo de una prostituta.

La mujer le pasó la ropa porque no quería que Couta se desprendiera de las sábanas, volvió a asumir el rol de mujer humana y salió del cuarto.

En la cocina cruzó palabras con el cocinero y otra prostituta:

—Mi hijo acaba de llegar —dijo, no fue necesario añadir más, al fin y al cabo, los tres eran no humanos que trabajaban en el burdel, no eran los únicos espías ni tampoco el establecimiento la única casa que se ofrecía para aquello.

Subió con el plato de comida caliente, se detuvo frente a la puerta y dio la contraseña que fue una combinación de palabras y un toque en la madera basta.

El niño, le abrió la puerta y Cicliolina entró de prisa, cerró con seguro, volvió a asumir su forma original y se sentó en el catre al lado de Couta que, antes de ponerse a comer le entregó una especie de esfera:

—Es molesto cargar con esto en el estómago —dijo y se puso a comer.

Puaj, al menos lo hubieras secado antes —se quejó y abrió la esfera que contuvo un papelito que en vez de letras tuvo marcas como si se tratara de un lenguaje braille para ciegos, tan diminutas, que fue a la mesita de noche y sacó una lupa enorme para ver mejor a la luz de la lámpara de aceite.

—¿Qué dice? —preguntó una vez terminó de comer. Se sintió tan renovado de energías que volvió a transformarse, asumió la apariencia de un niño humano: piel oscurecida con los ojos verdes y el cabello pelirrojo.

—Los filósofos de la naturaleza dicen que el invierno sin fin pronto terminara, pero que no lo saben los humanos, son unos bárbaros.

—Eso es maravilloso, por fin podremos desprendernos de toda la ropa tan abrigada, bueno, en el paso siempre hace frío, pero será bueno que el invierno termine, ¿crees que podremos ver de nuevo el azul del cielo?

—No son buenas noticias, una vez que regrese el sol las cosechas volverán a la normalidad. Sí, podremos comer mejor, pero también los humanos y lo que es peor, por fin van a poder usar esa magia tan extraña…

»Podrán invocar al héroe de otro mundo.

Las nubes dejaron pasar un rayo de sol, duro poco, pero en el pueblo todos vitorearon, menos Cicliolina y Couta, se tomaron de la mano ante el destino incierto de su raza.

CONTINUARÁ…

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