Pies descalzos
El espía de la montaña sagrada: La maldición de Casandra
Capítulo 1: Pies descalzos
La superficie parecía acuosa, se asemejó a la tinta china, tembló y de aquella manera anticipó olas que no mostraron el blanco de las crestas, lo que mostraron fueron varios puntos de luz, parecieron luciérnagas bajo la superficie, eran muchas e iluminaron un patrón geométrico que no podía ser natural.
La ilusión se desvaneció de la misma manera en que lo hace la nieve con el calor, no obstante, el calor que vio en las calles de la ciudad estuvo lejos de ser reconfortante.
Un incendio, desde las alturas de la noche vio que la conflagración se puso a devorar toda estructura.
Desde la vista de pájaro no se pudo apreciar mucho, no obstante, pudo notar la tensión en el ambiente, el olor a madera quemada, a cabellos chamuscados, a carne carbonizada, y los gritos, los terribles gritos, se escucharon apenas.
Forzó la vista y pudo observar los puntos negruzcos recorrer las calles hasta detenerse prendidos en llamas.
—¡Ay! ¡¿Qué fuego es este que me quema las entrañas?! —gritó alguien en la oscuridad, por el tono se podía intuir que era una mujer, una niña.
En el pozo oscuro donde apenas se podía distinguir algo, lo único visible fueron los ojos, enormes, la esclerótica pareció pertenecer a una criaturita de la noche, ese blanco buscó algo al tantear en la oscuridad.
—¡Auch! Que daño —se quejó al caer del catre. Dando tropezones, fue a la pared y abrió las contraventanas interiores.
Esta vez no se quejó, pero se cubrió los ojos con la palma de las manos cuando toda la negrura fue profanada por la luz blanca del nuevo día.
En efecto, fue una niña, delgaducha, pero que prometía toda esa frágil y poca cosa de apenas diez años, transmutar de un patito feo a un cisne hermoso.
—¡Me quedé dormida! ¡Me va a matar! —gritó una vez se acostumbró a la luz. El blanco de los ojos se agrandó debido al miedo y con chapuceros reflejos se cambió de ropa. Nada ostentoso, obvio, por el aspecto humilde del cuarto, seguro no podría alardear de tener ropa fina, de todas maneras, no le serviría de nada en el invierno interminable. Se abrigó con ropajes grises y abultados para salir al y enfrentar la mordedura del frío.
No se lavó la cara en la palangana, tampoco miró el reflejo en el espejo gastado, no podía darse el lujo de perder más tiempo; abrió la puerta y salió a un pasillo que se vio bizarro, no era que las paredes estuvieran recubiertas de madera, lo pintoresco resultó, por lo visto, que todo el interior de la casa lo conformó una única pieza de madera.
Apresuró los pasos, no subió o bajo graderías, vivía en la planta baja porque llegó a la puerta de calle en pocos pasos.
Nada de aceras, encintados o calles, solo nieve, el blanco cubrió un bosque marchito, un invierno que insistió en permanecer años, negándose a dar paso a la primavera y al mismísimo sol.
—¡Ay! —exclamó al dar el primer paso fuera de la casa.
Miró hacia abajo, a diferencia del resto del cuerpo, los pies no calzaron medias ni botas para la nieve, piel desnuda, solo eso.
Frunció el ceño y corrió lo más rápido que pudo, a un par de metros se dio cuenta que se olvidó cerrar la puerta y no le quedó de otra que dar media vuelta.
No fue una casa de estilo ecléctico, de hecho, ningún estilo. Era un árbol, la niña vivía dentro de un enorme árbol fofo, de ahí la curiosa apariencia del interior.
—¡Vamos, apúrate! —gritó para darse ánimos a sí misma y corrió sin dar importancia a la mordedura de la nieve.
No vio a nadie en plena carrera, no le preocupó, supo que en aquella sección del bosque no la sorprenderían ni salteadores ni bestias ni monstruos.
Llegó a lo que pareció ser una bocamina, vio en la entrada y sentado sobre una gran caja de madera a un gordo con papada y cachetes a medio rasurar, el careto del hombre fue avillanado, pese a aquello, la niña fue hacia la bocamina sin disminuir la marcha.
—¡Ea, niña! Vienes con prisa. ¿Acaso tienes un encargo de la bruja?
—¡Sí, jefe! ¡Adiós! —se despidió y entró a la mina. Aunque el gordo tuvo la pinta de ser un leñador o un trampero, Casandra escuchó el sonido de la cota de malla y la espada dentro de las abrigadas pieles.
Solo la entrada de la mina pareció común y corriente, un gran hueco horadado en el somonte de manera chabacana, no obstante, después de descender un par de metros se notó la diferencia.
La entibación de la mina fue robusta y cuidada, demasiado, más un trabajo prolijo que se vería para sostener las fundaciones de un castillo que una mina abandonada en lo profundo del bosque.
La idea de recorrer un complejo subterráneo sin gente dejó de ser al ver aquí y allá a personas que acarreaban cosas, estibadores subterráneos, nadie prestó atención a la niña.
Un hombre tropezó, no porque estuviera caminando entre tanta oscuridad, nada de eso, a distancias equidistantes la luz iluminó el corredor subterráneo, no fueron antorchas, sino enormes clavos que salían de las paredes, alguien les impuso un potente hechizo de luz continua.
Por el rabillo del ojo vio la carga, no se trató de ningún mineral, aunque dorado, no fue oro. Las mazorcas se desparramaron y el hombre se agachó para recoger todas.
Pese a las prisas, se detuvo y se acercó para ayudar.
—¡Aléjate, bestia! ¡No quiero que me toques con tus sucias manos! —gritó el hombre, aunque él mismo no era la imagen de la pulcritud.
La niña no le respondió, recordó que iba tarde y volvió a bajar niveles de la mina.
Llegó a destino, no importó cuántas veces vio la misma escena, siempre la impresionaría.
Una iluminada caverna enorme, lo bastante para que un pueblo entero cupiera dentro, quizá un grupo de aldehuelas. Lo más impresionante aparte de la iluminación mágica: los campos de cultivo.
Un vergel subterráneo lleno de árboles frutales y campos de hortalizas, verduras y tubérculos varios, la variedad le pareció infinita.
Las primeras quejas de la mañana de aquellos campesinos del subsuelo le recordaron que no podía seguir de pasmarote, continuó con la carrera. Los trabajadores, apenas verla, agriaron el rostro y hubo uno que otro que escupió al suelo para mostrar descontento y quitarse las flemas mañaneras, todo al mismo tiempo.
No disminuyó el paso, el imposible campo de cultivo pareció infinito a los ojos, pero lo logró, llegó al objetivo.
La mujer vistió las prendas clichés de lo se esperaría de una bruja; fue la apariencia física lo que desentonó, para nada la imagen de una vieja arrugadísima, encorvada y con rostro de goblin.
Solo con verla se podía notar que algo no cuadraba: los ojos, cansados, fueron lo único que reveló la edad, en cuanto el resto, si bien el rostro no era de una adolescente, algo luchaba para que las líneas del carácter no siguieran proyectándose por el rostro. El cuerpo insinuó curvas de proporciones muy generosas, un poco caídas, eso sí, pero todavía gloriosas; el cabello, morado, no compaginó con los ojos amarillos. En lo único que la mujer se asemejó a los hombres fue en el tono oscuro de la piel.
—Jefa, jefa Maya, perdón por llegar tarde.
El enorme trasero dejó de darle la cara y la mujer vio con severidad a la niña que empezó a resollar.
Alzó el báculo y por un momento Casandra pensó que la golpearía, pero nada de eso pasó, la bruja apuntó a los pies de la niña y una sensación de calidez y alivio le recorrió la planta de los pies hasta las canillas y el talón.
—Listo con esto tus pies están como nuevos —dijo después de aplicarle la magia de sanación—. Mueve los dedos, sí, todo se ve lozano, pero no te aseaste en la mañana.
—¿Por qué tengo que lavarme tanto los pies si al fin y al cabo debo de ir de un lado al otro sin siquiera ponerme unas abarcas?
—Ya te lo dije, tonta. Todavía no eres una aprendiz de bruja, primero tu maná interno debe de surgir como una fuente a flor de tierra; tener los pies descalzos ayuda a sentir el flujo de magia que viene desde el interior de la tierra. Basta ya, dime por qué llegaste tarde.
—Tuve una pesadilla acerca de…
—¡Un mal sueño! De ser el caso te hubieras levantado más temprano, niña atolondrada, ¿acaso debo disminuir tus raciones para que seas más avispada y dejes de ser tan bisoña?
—Basta, Maya, no atormentes a la niña. Mírala, pobrecita, está en los huesos —dijo alguien y por lo visto debió tratarse de una persona de muy baja estatura porque la niña bajó la mirada.
Ninguna persona, lo que salió de las sombras fue un gato azulado; lo más sorprendente o, mejor dicho, inverosímil, fue el hecho de que la criaturita fue la que habló.
—Cordel, gato blandengue, sabes bien que para que Casandra despierte poder mágico debe someterse a un estricto ayuno. Nada de carne, solo un par de vasos de jugo, ni siquiera leche o queso.
—Me da pena. No te preocupes, cuando me toque la hora de comer, te convidaré de mi lechita y mi quesito —dijo y la bruja resopló enojada.
—No te preocupes, Cordel, estoy bien. Perdone, jefa Maya, pero la pesadilla que tuve me pareció tan real.
—¿En serio? —dijo la bruja, esta vez con expresión de interés, incluso cruzó miradas con Cordel, su familiar—. Dime qué fue lo que soñaste.
—Era de noche, estaba volando y vi una ciudad, era enorme y, y…
—¿Y bien? No me dejes en ascuas, prosigue niña, continúa.
—Tuve mucho miedo, por alguna razón me asusté muchísimo.
—¡La ciudad, dime! ¡¿Qué viste en la ciudad?!
—No pude ver la gran cosa, volaba muy alto, pero noté algo. La ciudad se estaba incendiando, toda ella. —No hubo duda alguna, tanto la bruja y el gato cruzaron miradas significativas—. Apenas pude ver a la gente en las calles, todos corrían y se quemaban. Los gritos, creo que escuché gritos, entonces me desperté, por eso vine tarde.
—Ven —dijo lacónica la bruja. Miró a todos lados y guio a la niña por el campo imposible hasta una cabaña donde administraba todo el lugar.
»Vete —ordenó al guardia de la entrada. A diferencia del gordo en la bocamina, el hombre vistió a plena vista la indumentaria completa de un soldado.
No dijo nada, solo se alejó con paso marcial, como si estuviera al resguardo del portalón de una fortaleza y no así protegiendo una miserable cabaña.
Lo mismo que el resto del complejo subterráneo, el interior de la cabaña estaba iluminado con un hechizo de luz continúa solo que aplicada a figuras de yeso.
La niña se frotó el hombro del cual le sostuvo la bruja con más fuerza de la necesaria. En cuanto a Maya, se sentó a la mesa y también se frotó el cuerpo, más en específico, las rodillas.
—Antes que nada, tráeme el ungüento de eucalipto y frótame los hombros.
—¿Tan temprano en la mañana? —dijo Cordel, el gato.
—No se puede evitar. La magia estética te hace ver más joven, pero no te rejuvenece, no existe tal tipo de magia.
—Existía —dijo Cordel, el gato parlante. Casandra, ante tal revelación, miró con atención a Maya.
—Sí, tienes razón… ¡El ungüento, niña, aplícalo sobre mi hombro derecho! Maldito invierno sin fin.
Ayudó a desvestirse a la bruja, el hombro desnudo no mostró carne caída, aunque el olor a viejo se pudo percibir. La niña le frotó con fuerza el hombro hasta que maya gimió de dolor y luego le aplicó el ungüento; otro gemido, esta vez de alivió, salió de los labios de la bruja.
—¿Es cierto eso, jefa Maya? ¿Eso de que antes existía una magia para rejuvenecer?
—Sí, y ya que mencionas el tema, te diré más cosas con respecto a tu pesadilla. Tuviste el sueño de Mora.
No dijo nada más, ocupada en relajar el cuerpo para absorber mejor el ungüento de eucalipto. Casandra miró a Cordel y el gato le devolvió una mirada significativa, supo que fuera lo que haya sido el susodicho sueño, significaría un gran paso en la aspiración de ser una aprendiz de bruja.








