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El precio del cuerpo.

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Summary

Mateo ha cargado toda su vida con un dolor que no sabe nombrar. Marcado por la violencia, el abandono y una necesidad inexplicable de rendirse, encuentra en la sumisión no solo placer, sino una forma de callar el caos que lleva dentro. Cuando conoce a Sebastián, un hombre frío, dominante y despiadado, descubre un mundo donde el deseo se mezcla con el peligro, y el cuerpo se convierte en el precio a pagar por un poco de control... o de libertad. Pero nada es simple en un universo donde los límites se difuminan, el amor se confunde con la obsesión, y el poder puede ser tan adictivo como el dolor. Una historia oscura y visceral sobre lo que estamos dispuestos a entregar para no sentirnos rotos. ⚠️ Contenido explícito. BDSM. Psicología cruda. Relaciones de poder. No es una historia de amor. Es una historia de entrega.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El primer encuentro.

⚠️ Contenido sensible: abuso, suicidio, prácticas BDSM y sexualidad explícita. Lectura sugerida para mayores de 18.

El sonido de las campanas, seguido de esos chasquidos metálicos, acompañaban al féretro que descendía lentamente a la tumba mientras arrojaban flores y luego tierra. Su padre quedaba enterrado bajo una lápida barata e insulsa que rezaba: “Buen esposo, gran padre”.

Mateo la leyó con odio y escupió en el suelo.

—Mentiroso —murmuró, y se alejó a paso lento, arrastrando polvo con los pies.

Aquel que tenía por padre era un apostador compulsivo, uno muy malo. Perdía más de lo que ganaba, pero eso no lo detenía. Su madre se suicidó porque no soportaba la vida miserable que él le había dado, ella era la única contención que tenía Mateo y siempre lo odió por llevarla a ese límite, y él se odiaba a sí mismo por no poder ayudarla.

tuvo una infancia miserable, golpeado por su progenitor borracho y por los abusivos compañeros de la escuela, pero lejos de crearle un complejo o un trauma, algo más oscuro creció en su interior.

En su adolescencia empezó a notar un comportamiento extraño en sí mismo: no evitaba a los bullies, al contrario, los esperaba donde sabía que iban a pasar. Al principio se excusaba con razones tontas, pero con el tiempo no pudo mentirse más. Le gustaba que lo sometieran, que lo humillaran; encontraba un placer extraño en eso.

Tenía un recuerdo vívido de una broma, tal vez la más pesada. Le hicieron tropezarse delante de todo el curso y le arrojaron agua manchada con pintura dejándolo sucio mientras todos se reían. Estar ahí, en el piso siendo objeto de burlas y miradas, le provocó una sensación que no pudo descifrar en ese momento: no era odio, ni siquiera vergüenza. Era placer.

No tardó en caer en páginas pornográficas, y descubrir los fetiches, específicamente el Bondage y BDSM. Comprendió que pertenecía a ese grupo de personas que disfrutaban ser atadas por un hombre dominante.

Recordó la primera vez que entró en esa sección. Había hombres atados, vendados, algunos lloraban, otros gemían. Se escuchaban golpes, gritos. La violencia era evidente. Mateo frunció el ceño.

Quiso cerrar la ventana. El mouse temblaba en su mano. No lo hizo.

Algo extraño se escondía en esas imágenes. Algo que no entendía. El asco le recorría el estómago, pero también otra cosa... una punzada, en el pecho y en la entrepierna.

En la pantalla, un chico joven era sujetado del rostro, atado e indefenso, jadeando. El video seguía.

Mateo apretó los dientes. No era placer. No del tipo habitual. Era algo más crudo, más vergonzoso. No podía explicar lo que sentía, y eso, precisamente eso, lo atrajo más.

Miró sus manos que le temblaban. El cuerpo no le pedía permiso.

Entonces entendió.

No era que le gustara el dolor. Era que le gustaba rendirse, dejar de resistirse. Como si el cuerpo le pidiera ser de otro. Como si así, finalmente, pudiera dejar de cargar con todo.

Lloró un poco mientras se masturbaba. Ni siquiera sabía si era placer o derrota. Solo sabía que no podía parar.

Ahora, de adulto, el morbo lo consumía. Deseaba poder satisfacer su necesidad.

Entre tantas páginas que visitó, llegó a una en particular: todos los videos eran grabados por un mismo hombre, era musculoso, con unos ojos grises y fríos semejantes a los de un depredador. Sometía a hombres sin piedad, ni respiro.

Al final de la página había un número de teléfono seguido del mensaje “Si llamás, sabes para qué es”.

Dudó por semanas, incluso meses, en llamar. A pesar de sus ganas, tenía cierto temor en lo significaba dejarse atar por un desconocido. Pero cada día la ansiedad crecía.

No pudo aguantar más.

Miró la pantalla, sacó su celular y con las manos temblorosas marcó el número.

El tono sonó.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Al fin alguien atendió, una voz masculina distinta al del hombre de las grabaciones.

—¿Quién habla?

—Hola... soy Mateo Díaz... vi este número en... la página y...

—Edad.

—¿Qué?

—Tu edad.

—20.

—Te enviaré la ubicación. Vení mañana a las 18:00. No llegues tarde.

Colgó.

Un mensaje llegó con la dirección, en las afueras de la ciudad.

⊱─━━━━⊱༻●༺⊰━━━━─⊰

Mateo llegó a unas puertas negras, sin carteles ni edificios cerca. La construcción era vieja y desgastada, de no ser por las luces podría estar abandonada.

Tocó timbre y esperó, con las manos en los bolsillos de su campera y las piernas temblando sin control. La puerta se abrió y un hombre mayor apareció.

—Nombre —dijo sin saludar. Reconoció la voz: era con quien habló por teléfono.

—Mateo... Díaz—respondió casi susurrando.

Lo dejó pasar. Adentro era un lugar elegante, con adornos dorados y muebles nuevos. Estaba oscuro, con la luz justa para no tropezar.

—Seguime.

Mateo caminó detrás de él por pasillos con paredes tapizadas de verde y piso de cerámica negra que resonaba con cada paso. De vez en cuando se escuchaban ecos de gritos de dolor y placer. Eso lo excitaba.

Llegaron a una oficina con estanterías llenas de libros y armarios con papeles. En el centro se encontraba un escritorio y dos sillas.

—Espera acá —dijo, dejándolo solo.

Mateo se quedó de pie, sin atreverse a moverse o tocar nada. Como si todo a su alrededor fuese una fruta prohibida.

Entonces se abrió otra puerta y apareció aquel hombre de los videos. Era más alto de lo que imaginó, vestido con un traje sin corbata, camisa con los primeros tres botones desabrochados y mangas arremangadas hasta la mitad del antebrazo, podían verse varios tatuajes en su cuerpo. Se sentó en el escritorio y le hizo señas para que haga lo mismo.

—Soy Sebastián —comenzó con una voz profunda y gruesa.

—Yo soy...

Sacó una carpeta y la abrió sin dejarlo hablar. —Mateo Díaz... veinte años —le lanzó una mirada lasciva —te ves bien...

Frotaba sus manos sudorosas—Gracias...

—No me interrumpas, no hables a menos que te lo diga. —Mateo asintió y tragó saliva. —¿Por qué viniste?

—Por... quiero saber qué se siente...

—Interesante, ¿Es solo morbo o planeas hacer de esto un estilo de vida?

—No estoy seguro...

—Como sea, no hace falta que decidas ahora. ¿Tenés alguna pregunta?

—Sí... —su voz temblaba —¿Qué es lo que... me harías?

—Todo lo que me dejes hacer... —lo observó esperando una respuesta.

—Lo que sea...

—No, no querés eso... —hubo un silencio. Sebastián no le apartaba la mirada, como si lo saboreara con los ojos. —¿Cuántos hombres te han tocado?

Mateo apretó los labios. Dudó. —Unos... diez.

—¿Siendo pasivo?

Mateo asintió.

—Respondé en voz alta.

La vergüenza lo aplastó, pero obedeció. —Sí.

— ¿Tenés experiencia con BDSM o bondage?

—Solo me han esposado y vendado los ojos, no más que eso.

—Bien... lo que yo hago es más doloroso que eso ¿Lo sabes?

Mateo tardó un momento en responder —Sí.

—¿Estás bien con que te grabe y tome fotos?

Tomó aire —¿Para la página?

—Sí me das permiso de subirlas sí; si no, no.

—Prefiero que no se publiquen.

—¿Pero no te molesta que lo haga para mí? —No... no tengo problema con eso.

—Excelente —se reclinó en su asiento mientras anotaba en un cuaderno —¿Seguro que querés hacer esto?

—Sí, muy seguro.

—Párate —Mateo obedeció —ve al centro de la habitación y sacate la ropa.

Lo miró nervioso —¿Todo?

Sebastián prendió un cigarrillo —Sí, todo y no quiero volver a escucharte a menos que te lo ordene.

Mateo se quitó la campera y la arrojó al suelo.

—¿No te enseñaron modales, niño? —lo miró confundido —Levántala, dóblala y déjala en el asiento.

Cumplió la orden, hizo lo mismo con sus pantalones, la remera y los zapatos. Sentía que con cada prenda entregaba una parte de sí mismo. Se quedó en calzoncillos dudando de si continuar.

Sebastián dio la vuelta y se apoyó en el escritorio mientras daba pitadas profundas y lo observaba sin perderse ni un detalle.

—No me gusta repetir las cosas.

Mateo lo miró, Sebastián le daba una sensación extraña, como si inspirara una autoridad absoluta e incuestionable. Sabía que esto estaba mal. Pero se sentía más vivo que nunca.

Se sacó la ropa interior y cruzó sus manos sobre su entrepierna instintivamente, con vergüenza.

—De rodillas y las manos en la nuca.

Hizo lo que pedía. Sentía frío, estaba expuesto y vulnerable.

Sebastián apagó su cigarrillo en un cenicero y comenzó a caminar alrededor de él, como un depredador acechando a su presa. Sus pasos sonaban contra el suelo, marcando su presencia.

Mateo temblaba, y no sabía si era por miedo, por frío o por esa electricidad que le recorría el pecho y bajaba hasta la entrepierna. Quería escapar. Quería quedarse. Quería rendirse, aunque no entendía del todo por qué.

—No estás mal, chico, me gustas.

Se volvió a sentar en el escritorio, sacó un papel y se lo pasó.

—Eso es para que te hagas una prueba de ETS —Mateo lo miró desde el suelo sorprendido —Ese laboratorio trabaja para mí, tendrán los resultados en el día.

—Pero...

—Te dije que no quiero escucharte. No voy a tocarte si tenés algo y no pienso arriesgarme —se agachó para verlo —Hoy fue una prueba, para ver si sos capaz de obedecer. Mañana te quiero acá a la misma hora, sabés lo que te espera. ¿Entendiste?

—Sí...

—Bien, vestite y vete.

Salió por la puerta, dejando a Mateo solo y desnudo.

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