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Oops! Toys

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Summary

Oscar no odia su vida. Lo jura. Pero perdió su trabajo hace tres meses y no sabe que hacer ahora. ¿Las cosas siempre se vieron tan mal o es solo su mente cayéndose a pedazos? Lo que sí sabe es que, después de semanas de rechazos laborales y entrevistas fallidas, terminó aceptando el único empleo que nadie más quiso: atender una tienda de juguetes para adultos ubicada entre una panadería que siempre olía demasiado bien y una veterinaria con el nombre mas tonto que jamás había escuchado. Entre cajas incómodas, clientes aún más incómodos y turnos eternos que lo hacían sentir en un infierno temático, Oscar empieza a resignarse a su nueva realidad.

Genre
Romance
Author
Miinseiid
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1. Lo que es, será.

Salir de una entrevista de trabajo es mucho más devastador que entrar. Principalmente porque Oscar sabe que la respuesta siempre será la misma: “No eres lo que estamos buscando.” 

Oscar sabe que es mentira. Por supuesto que él es lo que están buscando. Se graduó con honores de la universidad en finanzas, está especializado en gestión de riesgos, tiene 5 años de experiencia de la última empresa en la que trabajó, habla dos idiomas y puede resolver problemas antes de que los demás siquiera noten que existen.

Sabe que no se trata de lo que buscan o lo que no. Se trata de quien es y en donde estuvo. Se trata de esa mancha en su historial que no puede borrar sin importar cuanto lo desee.

No hay nada que pueda hacer. No hay ninguna empresa a la que pueda acercarse para solicitar un trabajo, porque ese hombre se encargó de que todos supieran quien es y porque el resto no debe darle la oportunidad.

Ni siquiera lo entiende. No comprende porque debe cargar con toda la responsabilidad. Pero la gerente del área lo miró como si fuera basura, y en menos de una hora tenía sus cosas en una caja y una advertencia clara del CEO: “No vuelvas aquí”.

No solo lo habían despedido. Habían arruinado toda su vida, porque a partir de ese momento, el sector financiero de la ciudad sabia su nombre y la versión más sucia de la historia. Oscar se convirtió en el tipo que nadie quiere cerca.

Ahora, cada vez que termina una entrevista y escucha “No eres lo que estamos buscando”, sabe que es mentira. Ellos saben lo que se dice de él. Y prefieren no arriesgarse.

Oscar se queda mirando el tráfico. Los autos pasan rápido, uno detrás de otro. Piensa en lo fácil que sería dar un paso adelante. Un segundo de valentía y todo terminaría. Pero luego imagina al conductor: un padre de familia, una mujer de camino al trabajo, alguien que no tiene la culpa de los problemas que hay en su mente. No es justo cargarle su muerte a un desconocido.

Así que suspira y continúa caminando por las calles de la ciudad que se niega a abandonar, porque alejarse seria dar su brazo a torcer en una guerra que perdió desde el momento en que comenzó.

Tiene hambre, pero el ánimo de detenerse a comprar algo no lo acompaña. Tampoco quiere gastar el poco dinero que le queda comprando comida en la calle.

Camina y camina, no sabe a dónde va, no tiene a donde ir, no hay nadie esperándolo en ninguna parte. Pero cuando entiende que sus pies han tenido suficiente, decide tomar asiento en el lugar más cercano.

Oscar sabe que podría volver a casa, está a una llamada de distancia de obtener ayudar, de volver con sus padres a la comodidad de su hogar, con su madre, sus hermanas y… su padre. No quiere pensar demasiado en la expresión que pondrá su padre si le cuenta todo lo que ocurrió.

Sí, por eso no quiere irse. No quiere tener que enfrentar las consecuencias de actos que ni siquiera fueron culpa suya. No quiere sentir la mirada decepcionada de su familia sobre él. ¿Eso seria peor que morir? Probablemente sí. Seguramente su madre llorará si le cuenta todo, sus hermanas lo miraran con lastima y su padre… no quiere pensar en la expresión que pondrá su padre.

Oscar no cree en el destino. Le gusta pensar que es él quien toma las decisiones y que su vida no está escrita por alguna fuerza cósmica empeñada en arruinarle los planes. Pero cuando levanta la mirada y ve, justo al otro lado de la calle, el letrero fluorescente con la palabra “VACANTE”, empieza a preguntarse si alguien, en algún lado, se está burlando de él. Porque esa sería la única respuesta a lo que está presenciando.

La tienda es… peculiar. Ese tipo de peculiar que grita “no entres” con más fuerza que cualquier alarma antisísmica que alguna vez haya escuchado. Hay luces rosas, maniquíes provocativos en posiciones que ningún maniquí debería estar, y un letrero luminoso parpadeante en forma de corazón que parece estar a punto de explotar.

Incluso el nombre de la tienda es estúpido ¿Quién pensó que Ooos! Toys es un buen nombre para ese tipo de tienda? Definitivamente es un lugar al que Oscar jamás ha entrado, en realidad, es un lugar al que Oscar jamás ha querido entrar. Nunca, porque ese lugar no encaja con él. Y él definitivamente no encaja con ese lugar.

Baja la mirada, como si ignorar la existencia del anuncio pudiera hacerlo desaparecer. Por supuesto que no lo hace. El letrero sigue ahí, llamándolo, ofreciéndole algo que ya ni siquiera esperaba: una oportunidad. Aunque sea la menos digna que puede imaginar.

Duda, mucho más de lo que debería, dada su lamentable situación.

Todo trabajo es digno. Se dice a sí mismo. Cualquier cosa que te haga ganar dinero sin profanar tu integridad física es un trabajo digno. Se repite. Pero en yuxtaposición con esos pensamientos, imagina lo que diría su madre. Lo que dirían sus hermanas cuando se enteren que su hermano, el que “se esforzaba más que nadie en la escuela”, ahora trabaja en… eso. Lo que diría su padre. No. No quiere pensar en lo que diría su padre.

Pero la alternativa es seguir caminando sin rumbo, seguir aplicando en empresas corporativas y acumulando “no eres lo que buscamos”, seguir evitando llamadas que no quiere hacer. Seguir sin dinero hasta que no pueda continuar y tenga que recurrir a volver con sus padres.

Y preguntar no compromete a nadie, ¿verdad?

Preguntar no es lo mismo que aceptar.

Preguntar no denigra a nadie, y eso no lo hace raro por entrar a esa tienda ¿Cierto?

Respira hondo, casi como si fuera a tirarse de un precipicio. No lo hará, no es un maldito precipicio. Solo es una puerta. La puerta de una tienda con un nombre ridículo y un anuncio que parpadea como si estuviera a punto de incendiarse.

—No tiene nada de malo preguntar —murmura para sí mismo, como si necesitara escucharse para creerlo.

Se levanta de donde está sentado, está listo, tan listo como si estuviera a punto de ir a la guerra. Nunca ha ido a una guerra y espera nunca ir. No cree que sea justo arriesgar tu vida por ideologías políticas que no compartes. Pero también sabe que hablar de política en voz alta es incómodo, así que suele evitar el tema.

Cruza la calle y cada paso pesa más que el anterior. Pero se repite a si mismo que debe poner un pie delante del otro y mantenerse de esa manera hasta estar dentro de la tienda.

“¡Oscar, no eres un maldito cobarde!” repite en su mente una y otra vez. Trata de imaginar la voz de su padre diciendo esas palabras para obligarse a continuar caminando y casi funciona. Pero después recuerda que su padre le daría una paliza por entrar a esa maldita tienda y tiene que volver a su propia voz diciéndoselo.

Sus manos sudan y su corazón late como si fuera a tener otra entrevista fallida. Y tal vez sea verdad, pero por primera vez desde que su vida de desempleado comenzó, desea con todas sus fuerzas que le digan; “No eres lo que estamos buscando”

Y cuando finalmente está frente a la puerta, cuando su reflejo se ve deformado por el vidrio teñido de rosa, Oscar aprieta los dientes, traga su orgullo hecho añicos y empuja con fuerza.

El tintineo de la puerta es más intimidante de lo que pensó y, si es completamente honesto, tenía una idea diferente de lo que vería dentro de la tienda, porque todo alrededor luce… ¿agradable? No, agradable no es la palabra. Agradable nunca seria la palabra correcta para describir esa tienda.

Limpio y seguro. Si, esas dos son las palabras correctas. Aunque ahora que lo piensa ¿Qué esperaba? ¿Un maldito calabozo con dildos enormes colgando del techo? Tal vez. Si, no va a mentir, esperaba encontrar trabajadores en poca ropa ofreciendo juguetes sexuales como si se tratara de dulces y videos pornográficos reproduciéndose en bucle de fondo. O tal vez, un lugar similar a un calabozo con poca luz y personas frotándose indebidamente en los pasillos.

Pero, contrario a la imaginación de Oscar, el lugar tiene una buena iluminación, tan buena que lo hace entrecerrar los ojos. Aparentemente, los colores extraños son solo parte de la decoración exterior, no hay fotografías indebidas en ningún lugar y, gracias a todos los Dioses en los que no cree, no hay ni una sola persona con comportamiento indebido.

De hecho, hay algunos clientes bastante normales mirando. Dentro hay diversas repisas blancas que seccionan toda la tienda y sobre ellas letreros de colores con títulos extraños que Oscar no quiere descifrar. Incluso hay una sección de libros.

La verdad, no esperaba que la tienda fuera tan normal. Pero antes de que fuera siquiera capaz de cuestionar toda la estructura mental con la que había sido criado. Siente que el rostro se le pone caliente cuando presta atención a los productos exhibidos en las repisas, la mayoría de ellos ni siquiera sabe cómo funcionan exactamente, y tampoco quiere saberlo.

Oscar hace lo posible para evitar que sus ojos se desvíen hacia la mercancía de la tienda, y por primera vez desde que se atrevió a entrar se pregunta “¿Quién en su sano juicio querría tener una tienda con este tipo de productos? ¿Por qué? ¿Cuál es el maldito propósito?”

Pero antes de que pueda responderse a sí mismo esas hipotéticas preguntas. Escucha la amable voz de alguien que no había reconocido hasta ahora.

—¡Hola! Bienvenido ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? ¿O te gustaría echar un vistazo a la tienda primero? — pregunta un hombre alto y rubio que se acerca a él. Está usando el que, supone, es el uniforme de la tienda: un chaleco color rosa con el logotipo de una chica enseñando las bragas mientras levanta un lápiz labial. Oscar cree que es asquerosa la burla y cosificación femenina en ese maldito logo. Sus hermanas estarían asqueadas.

—Yo… —comienza Oscar, pero por más que lo intenta, su boca no logra formular las palabras que quiere sacar de su mente. No puede dejar de ver el logotipo de ese maldito chaleco. Cree que es de mal gusto.

—¿Estas buscando algo en específico? — pregunta el hombre y eso pone alerta a Oscar. No quiere que piense que está ahí para comprar sus productos. Parece que el hombre comprende algo porque su sonrisa crece aún más. —No te avergüences. Si necesitas algún producto especifico o una recomendación, pregunta sin problemas.

Oscar siente que la sangre le sube a la cara tan rápido que podría morir por una acumulación masiva de sangre en sus oídos. ¿Es siquiera eso posible?

—No —balbucea como una respuesta a su pregunta interna. Después, agrega: — No estoy aquí por… eso.

El hombre tiene una sonrisa demasiado amable y genuina como para trabajar en un lugar así, se ve muy normal. Aunque ahora que lo piensa ¿Qué tipo de persona imaginaba? “Oh, no ¿Estoy siendo prejuicioso? No quiero ser prejuicioso”

—¿No? Digo, todo bien si sí. Aunque si no necesitas una recomendación siempre puedes mirar y preguntar si tienes alguna duda. También puedes revisar si algo te gusta y hacer tus compras en la tienda online después. Entiendo que algunos clientes son tímidos.

—¡No! —exclama esta vez, más fuerte de lo que pretendía. Algunas personas en la tienda se vuelven a verlos y Oscar desea golpear su frente contra el piso. Tal vez así, logre salir de su realidad y traspasar a una en la que no perdió su trabajo. Aunque sabe que eso no es posible, pensarlo le genera una falsa sensación de tranquilidad.

Se aclara la garganta e intenta recuperar algo de dignidad. Si es que queda.

—Estoy… aquí por la vacante. La del letrero afuera.

El cambio en la expresión del rubio es inmediato. Pasa de “me estoy riendo de ti amablemente” a “No puedo creer que estas aquí por la vacante”

—¿En serio? Oh, perfecto. ¡Yo soy Max, el dueño! —dice con una sonrisa que no hace nada más que generarle un poco de molestia a Oscar, lo cual no tiene sentido ¿Cuándo se convirtió en ese tipo de persona? En esas que odian ver felices a los demás si ellos no lo son.

Max extiende la mano, pero Oscar tarda unos segundos en reaccionar porque su cerebro está colapsando un poco.

Finalmente, Oscar estrecha su mano de manera torpe. Siempre que saludaba a alguien, intentaba hacerlo con un agarre firme. Leyó por ahí que eso deja una buena impresión en las personas. Pero esta es la primera vez que no le importa mucho si deja una buena impresión o no.

—Oscar —responde en voz baja.

—Bien, Oscar, ven conmigo. Podemos hacerte una entrevista rápida ahora mismo, si tienes tiempo.

“Tiempo es lo único que tengo” piensa, pero solo asiente.

Max lo guía hasta el área de cobro de la tienda, pasando por estantes que Oscar evita mirar como si fueran minas explosivas. Justo al final del pasillo, pasan a través de una puerta de madera color rosado y del otro lado, hay una pequeña oficina improvisada: un escritorio, dos sillas, una computadora, y una planta falsa colocada en unas estanterías repletas de cajas envueltas.

En el escritorio hay un hombre sentado trabajando en la computadora que levanta la mirada en cuanto ambos entran a la habitación. Sus ojos se iluminan cuando los ve.

—Hazte cargo de la tienda, el chico viene por la vacante. — dice Max al hombre que asiente sin decir nada más. Inmediatamente, supone que se trata de un trabajador, por la forma en la que Max le habla. —Siéntate en donde quieras Oscar.

El hombre del escritorio es más bajo que Max, pero tiene una presencia tranquila, firme y casi intimidante. Hay algo en él que hace que Oscar enderece la espalda sin entender el motivo.

—Bien. Si tienes tiempo revisa el inventario antes de que se lo envíe a Paola —dice el hombre, con una voz cálida que no coincide con lo imponente que se ve.

El hombre se levanta, dándole espacio a Max para que se siente. Oscar no se pierde la manera rápida en la que las manos de ese hombre se colocan en los hombros de Max antes de salir por la puerta. No piensa demasiado en eso porque para Max ese contacto resulta ser nada. Además, cuando Oscar estaba en la universidad, algunos de sus compañeros eran así de táctiles después de un partido de futbol especialmente difícil. Así que no lo sobre piensa.

—Es Sergio —explica con una suavidad que lo hace preguntarse si son familiares. Seguro lo son. — Todos lo llaman Checo. Luce intimidante pero no lo es. No te preocupes.

No sabe a dónde mirar, tampoco sabe porque se le está otorgando esa información. Lo único que sabe, es que no puede ser grosero, así que asiente como idiota.

Quiere irse de ese lugar, de eso está seguro. Esa pequeña oficina que al mismo tiempo cumple función de almacén, lo intimida. Hay tantas cajas a su alrededor y algunos posters en las paredes que Oscar no se atreve a mirar con detenimiento. Siente que sería descortés e intrusivo mirar demasiado. Como si estuviera haciendo algo incorrecto… tal vez es porque está en un lugar incorrecto. Pero no puede irse.

Oscar es respetuoso y Max solo se ha mostrado amable con él. No puede arrepentirse, así como si nada y salir de ese lugar corriendo, como si le hubieran dicho algo malo. Intenta actuar como si no estuviera debatiéndose entre correr o simplemente pedir el baño prestado y ahogarse así mismo en el inodoro.

Ahora que observa a Max con más detenimiento, no parece el tipo de persona que tendría una tienda como esta. Sergio tampoco parece el tipo de persona que estaría involucrado con una tienda tan… desagradable.

Max se sienta derecho, entrelaza las manos sobre la mesa y adopta una postura tan profesional que Oscar casi olvida dónde está. Casi.

—Bien —empieza Max— Cuéntame de ti. ¿Por qué quieres trabajar aquí?

Esa es una muy mala pregunta. Una pregunta imposible. Una pregunta que él NO quiere responder con la verdad: “Porque nadie más me quiere” No puede decir eso y esperar que no lo saquen de ahí a patadas.

—Yo… necesito un empleo —dice primero, con sinceridad, antes de caer en cuenta de cómo sonó. Añade rápido—: Tengo experiencia en manejo de clientes, organización, administración, inventario, finanzas… todo eso.

—¿Finanzas? — pregunta el hombre como si no pudiera creer que alguien con conocimientos en finanzas estuviera solicitando un empleo en su tienda.

Oscar toma su teléfono, no tenía otro CV en físico para ofrecerle al hombre, el ultimo lo había dejado en la empresa anterior. Tampoco es como si Oscar estuviera deseoso de obtener el trabajo, así que no importa si no lo toman enserio por mostrar su CV en digital.

Extiende su teléfono y cuando Max lo toma, casi se arrepiente de hacerlo. ¿Por qué se lo está tomando tan enserio? Debió salir corriendo desde el principio, debió fingir que estaba ahí por un error, que estaba intentando entrar a la veterinaria de alado que también tiene un nombre estúpido y no ahí.

Max lo lee por un largo rato, uno demasiado largo. Tan largo que Oscar se siente con ganas de pedirle el teléfono devuelta y simplemente irse, pero no quiere parecer grosero. Aunque, si lo piensa detenidamente, la mayoría de sus problemas se han desencadenado por eso, porque no quiere ser grosero.

—¿Estudiaste finanzas? — pregunta Max.

—Sí —responde, y la palabra se siente pequeña e insignificante, como si perteneciera a alguien más.

Antes, amaba contarle a todos lo que había estudiado y explicar detalladamente sus logros académicos, pero esa emoción se fue evaporando poco a poco, porque rápidamente entendió, que no era nada impresionante. No como su hermana Mae que está estudiando medicina, Eddie que se convirtió en una artista increíble o Hattie que vive de la música. Nada en Oscar es impresionante.

—¿Y tienes cinco años de experiencia de tu antiguo empleo? —Max repasa las palabras con el dedo por la pantalla como si revisara la lista de compras de un supermercado y no el currículo de un hombre desesperado por huir.

—Sí. —Oscar traga saliva— Empecé como auxiliar, después me promovieron. También estuve encargado de presupuestos, control de gastos y auditorías internas…

Max lo mira como si acabara de decirle que es un astronauta. Uno que, inexplicable e hilarantemente, está pidiendo trabajo en una tienda donde venden lubricantes de sabores.

Oscar siente cómo la humillación le aplasta el estómago.

—Wow —dice Max, genuinamente sorprendido, deja caer el teléfono de Oscar sobre el escritorio y lo empuja suavemente lejos de el— No sé si deba decir esto porque suena mal… pero estás un poquito sobrecalificado para este trabajo.

“Si, lo sé”. Piensa Oscar. Ahora solo quiere salir corriendo de ahí. Bien, quiere salir corriendo de ahí desde que entro. Y mucho más ahora que sabe que no obtendrá el trabajo ¿Qué tan jodido tiene que estar para que lo rechacen en un lugar como ese? Entrar ahí solo fue un maldito error. Tal vez solo debe volver con sus padres y rogar por ayuda. O volver a esa maldita empresa, arrodillarse y pedir perdón, pedir una segunda oportunidad.

—Pero eso no es malo —añade Max de inmediato, como si pudiera sentir la urgencia de Oscar por huir— Al contrario. Tener a alguien con tu experiencia sería increíble para la tienda. Checo suele encargarse de la parte contable, pero no es su área y la mayor parte del tiempo está ocupado, así que no se lo toma tan enserio. Y yo… soy un desastre con los números, honestamente.

Oscar levanta un poco la mirada, sorprendido. Porque no tiene sentido, la tienda está posicionada en un buen lugar de la ciudad, puede apostar que la renta no es nada barata y mantener el lugar abierto requiere de alguien que sabe mínimamente algo sobre números.

—¿En serio?

—Sí, claro. Mira… —Max gira el monitor hacia él. Una hoja de cálculo se despliega, llena de colores, columnas desordenadas, celdas sin fórmula, totales que no cuadran ni por accidente. Eso es un maldito crimen fiscal, no, eso es un atentado contra Excel.

Ni siquiera se ve como los libros de cálculo desastrosos que solía hacer cuando estaba aprendiendo macros. No. Eso luce peor. Max se ríe al ver su expresión.

—Te lo dije. Soy terrible. Checo intenta ayudar, pero no tiene cosas que hacer en su trabajo, me ayuda con la tienda tanto como puede. Y no habíamos pensado en contratar a alguien externo porque no me da confianza dejar que cualquiera maneje nuestras cuentas.

Oscar quiere preguntar algo, quiere saber porque Checo suena tan involucrado en la tienda, pero al mismo tiempo tan distante de todo lo que resulta importante en ella. Pero está intentando procesar la última frase. No quiere que cualquiera vea sus cuentas, pero… está considerando confiar en él. En Oscar. En un desconocido que entro con el rostro en el suelo de vergüenza. Oscar no sabe qué hacer con esa información.

—¿Por qué dejaste tu antiguo empleo? —pregunta con suavidad.

Oscar cierra los ojos un segundo. La peor pregunta. La única que no quiere responder y lo persigue desde hace meses sin descanso.

—Tuve un… desacuerdo con un empleado —miente a medias. — No es algo de lo que quiero hablar. Si eso es impedimento para contratarme… entonces solo me queda agradecerte.

Max asiente, no parece juzgar la respuesta de Oscar, simplemente está escuchando y aceptando toda la información.

—Entiendo, perdón por preguntar. —dice Max. Parece que no tiene intenciones de continuar cuestionándolo, porque toma un cuaderno, pasa un par de páginas y señala unos números. —La paga sería esta.

Oscar se inclina para ver, esperando una miseria. Pero cuando sus ojos aterrizan en la cifra, cree que se trata de una especie de error. Es demasiado para un trabajo como este.

—¿Esto… es por semana? —pregunta, sin poder creerlo.

—Sí —responde Max, como si no fuera nada del otro mundo— Y tenemos bonos. Días de descanso rotativo, pero puedes pedir turnos fijos si prefieres trabajar horas extras o turnos dobles. Todo depende de ti. No expongo a mis empleados a horarios exagerados.

Oscar siente una especie de alivio y vergüenza. Alivio, porque esa cantidad le permitiría pagar la renta, comida y quizá hasta el internet que le cortaron el mes pasado. Vergüenza… porque esa estabilidad vendría de un lugar que él desearía poder mirar sin sentir rechazo.

Max, sin embargo, no parece notarlo. Y si lo hace, parece lo suficientemente amable como para evitar señalarlo.

—También pagamos la capacitación. Necesitas conocer lo básico sobre los productos de la tienda. Duraría una semana aproximadamente, pero eso depende de que tan rápido te adaptes.

Oscar se atraganta con su propia saliva y tose. Max le da una botella de agua como si fuera algo común que los candidatos casi mueran en medio de la entrevista. O simplemente está intentado aliviar la vergüenza de Oscar actuando con naturalidad.

—Entonces —dice el dueño, apoyándose en el escritorio— ¿Qué dices, Oscar? ¿Quieres el trabajo?

La cantidad de dinero sigue brillando en su mente y Oscar siente que el corazón le golpea el pecho, como si intentara escapar de él. Siente el peso del prejuicio que no quiere tener. Siente la voz de su padre diciéndole que es una vergüenza. Siente a su madre murmurando que ese no es lugar para un “muchacho decente”.

Y siente la realidad más desagradable: No tiene nada. Se quedo sin opciones.

Pero Max… Max le está dando una. Por primera vez en meses, alguien no lo ha rechazado. Tiene la oportunidad de quedarse, de pagar la renta y comprar comida. De no tener que volver a casa de sus padres.

—Yo… creo que sí. —Dice por fin, con una voz que no parece suya.

Max sonríe, y es una sonrisa tan luminosa que Oscar casi siente que la habitación cambia de temperatura.

—Perfecto. Comienzas mañana.

Oscar se queda inmóvil.

Mañana.

Mañana.

Mañana.

Mañana es muy pronto, ni siquiera se ha preparado mentalmente para la catástrofe que se avecina. ¿Qué está haciendo? Max se levanta y busca unos papeles.

—Solo necesito tu identificación y firmamos contrato.

Oscar asiente. Y entonces pasa algo absurdo: Max le da una palmada suave en el hombro, como si felicitara a un amigo por un gran logro. El toque resulta cálido y Oscar siente como le traspasa cada capa de la piel. Por alguna razón, le entran unas ganas enormes de llorar. Y no sabe si es por alivio u otra cosa.

—Bienvenido. Te vas a acostumbrar rápido. — dice Max cuando los documentos de contrato están firmados.

Oscar no está tan seguro de eso. O al menos, no quiere que esas palabras se conviertan en algo real. Siempre ha sido muy bueno adaptándose, mezclándose a todo, pero no sabe si podrá hacerlo aquí.

En realidad, espera no hacerlo.

Irónicamente, descubre que, de todas las cosas que podría sentir en ese momento, la que lo sorprende es… alivio. Un alivio enorme pero incómodo que crece en su estómago hasta asentarse en todo su cuerpo.

El primer alivio que siente en mucho tiempo. Y proviene del lugar que menos hubiera esperado.

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