Capítulo 1: El piso 47, el Templo del Hielo
La sala de reuniones del piso 47 del edificio Shinohara Center en Hong Kong era un templo del poder corporativo. Paredes de vidrio ahumado, piso de mármol negro pulido y una mesa de cristal que reflejaba el cielo gris de la tarde. Desde allí se podía ver la bahía, pero nadie miraba hacia afuera. Todos los ojos estaban fijos en Shinohara Kanata.
Sentado en la cabecera, con su traje De sastre italiano de corte impecable, Kanata irradiaba una calma que helaba la sangre. Sus dedos largos y pálidos giraban obsesivamente un anillo de tungsteno —pesado, frío, perfecto— alrededor de su dedo índice. Un movimiento hipnótico. Un ritual.
A su lado derecho se encontraba Takeshi Yamamoto, su mano derecha desde hace quince años. Yamamoto era el contrapeso perfecto: donde Kanata era hielo, Yamamoto era acero templado. Sus ojos negros y penetrantes recorrían los documentos con exactitud milimétrica. Gafas de marco delgado. Anillo de matrimonio de platino. Era el único al que se le permitía susurrar recomendaciones al oído de Kanata sin que este lo mirara con desprecio.
A la izquierda se sentaba Javier Fuentes, el patriarca de la familia Fuentes. Su imperio textil español no era una víctima agonizante; era un rival que aún tenía garras. Sí, había deudas. Sí, la competencia china era feroz. Pero lo que Kanata había calculado —con precisión matemática— era exactamente esto: que Fuentes vendría no por desesperación, sino por oportunidad. Que vería en Kanata lo que Kanata veía en él: complementariedad, sinergia, poder.
Fuentes llevaba un traje de lana merino de la más alta costura europea —discreto, caro, perfecto—. Sus manos descansaban sobre la carpeta de negociación sin temblar. Sus ojos azul grisáceo, heredados de generaciones de comerciantes vascos, estudiaban a Kanata con la misma frialdad con la que este estudiaba al mundo. Treinta y dos años en el negocio textil. Tres generaciones de la familia tejiendo poder en Barcelona. No venía a rendirse; venía a vender porque Kanata había orquestado cada movimiento para que así fuera.
Frente a ellos estaban tres ejecutivos de Fuentes Textiles: el CFO, de sesenta y dos años, con cabello plateado perfectamente peinado, presentando proyecciones de crecimiento que Kanata ya había anticipado hacía meses; la directora de operaciones, María Vasquez, de cuarenta y cinco años, con cicatrices de quemaduras en el antebrazo izquierdo, quien hablaba con la autoridad de quien construyó la infraestructura desde cero; y un abogado joven, tranquilo y competente, cuyos documentos eran impecables.
Kanata había estudiado a Fuentes Textiles durante seis meses. Sabía exactamente lo que quería: no era solo adquirir una empresa textil, sino obtener acceso a la red de distribución europea de Fuentes, sus relaciones con proveedores de materias primas y, lo más importante, sus patentes en fibras sintéticas biodegradables. Aquella era la tecnología que necesitaba para su verdadero proyecto: textiles inteligentes integrados con semiconductores de próxima generación.
El mundo creía que Kanata era un simple magnate de chips. Era verdad, pero la verdadera revolución no estaba en los procesadores. Estaba en la convergencia: ropa que monitoreaba, que transmitía, que controlaba. Ropa que era, en esencia, una computadora portátil. Y para eso, necesitaba a Fuentes.
Fuentes lo sabía. Kanata sabía que Fuentes lo sabía. Y Fuentes sabía que Kanata sabía que él lo sabía. Era un juego de ajedrez donde todos los movimientos ya estaban calculados.
—Sus números son impresionantes —comenzó Kanata, con una voz que sonaba como vidrio molido—. Pero están basados en un modelo de negocio que ya está muerto. Textiles sostenibles. Muy noble. Muy... europeo.
Javier Fuentes sonrió. No era una sonrisa defensiva.
—Con respeto, Presidente Shinohara, el mercado de textiles sostenibles crecerá un 23% anualmente en los próximos cinco años. Nuestras patentes en fibras de algas marinas y proteína de insecto ya tienen contratos con Reconocidas firmas de lujo ecológicas, prestigiosas marcas europeasy tres marcas de lujo asiáticas que no puedo mencionar por confidencialidad.
Kanata estaba enterado. Había visto los contratos. Los había analizado. Había calculado que Fuentes mencionaría exactamente eso.
—Interesante —continuó Kanata, girando el anillo con precisión—. Pero la sostenibilidad es una tendencia. Lo que nosotros ofrecemos es el futuro.
—Exactamente Presidente Shinohara —respondió María Vasquez, inclinándose ligeramente—. Por eso estamos aquí. Nuestras fibras son conductivas. Pueden transmitir señales bioeléctricas sin degradarse. Hemos estado esperando al socio correcto.
El anillo de tungsteno continuó girando al mismo ritmo perfecto. Kanata ya conocía cada detalle de esas fibras. Había infiltrado sus laboratorios. Había reclutado a tres de sus ingenieros principales. Conocíaexactamente qué podían hacer y cuánto creía Fuentes que valían.
Yamamoto deslizó un documento hacia él. Kanata lo leyó sin sorpresa. Patentes, pruebas de concepto, prototipos de tela que mantenían la integridad estructural incluso con circuitos integrados. Todo exactamente como lo había predicho.
—Precio —dijo Kanata.
—Trescientos cincuenta millones de dólares —respondió el CFO—. Más una participación del 12% en cualquier producto comercial que derive de nuestras patentes en los próximos diez años.
Kanata no parpadeó. Había anticipado esa cifra. Había anticipado el 12%. Había incluso anticipado cada palabra que saldría de la boca de Fuentes.
—Inaceptable —dijo—. Ciento ochenta millones. Participación del 3%.
—Doscientos millones. Participación del 8% —contraatacó Fuentes—. Y queremos un asiento en el consejo de administración de Kanata Holdings para supervisar el desarrollo.
Eso era audacia. Pero no era una sorpresa. Kanata ya lo había calculado. Se levantó lentamente. Sus dedos seguían girando el anillo con precisión matemática. Yamamoto no se tensionó; conocía el guion a la perfección.
—Ustedes no entienden su verdadera posición —dijo Kanata, girándose desde la ventana con lentitud depredadora. Sus ojos negro profundo se clavaron en Fuentes—. Sus patentes son valiosas solo si pueden escalarlas. Y para eso necesitan un capital que no tienen. En dieciocho meses, cuando venza su financiamiento de maquinaria en Cataluña, ningún banco les refinanciará. Porque sin mi integración tecnológica, sus proyecciones de crecimiento son ficción. Entonces quebrarán. Y yo compraré sus patentes por treinta millones en una subasta de bancarrota, junto con toda su infraestructura.
El silencio en la sala fue absoluto. Javier Fuentes no se movió, pero por sus ojos grisáceos algo oscuro pasó.
—Eso es verdad —dijo Fuentes, con la voz ahora más baja, más peligrosa—. Pero entonces nunca sabrá si nuestras fibras pueden realmente hacer lo que creemos que pueden hacer. Porque nosotros somos los únicos que sabemos cómo fabricarlas a escala. Y si quiebro, esa información muere conmigo. Mis empleados, mis ingenieros, mis científicos... todos firmarán acuerdos de no competencia tan restrictivos que no podrán trabajar en textiles inteligentes para nadie más en veinte años.
Fuentes se reclinó en su silla. Era su última carta. Su única defensa: el conocimiento tácito que no podía ser comprado, solo robado. O destruido.
Kanata sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una mueca de triunfo más bien.
—Señor Fuentes —comenzó, caminando lentamente hacia la mesa—, sus empleados no son guardianes de secretos. Son empleados. Y los empleados tienen familias, hipotecas, tienen precios. Yo ya pagué el de tres de ellos. Los otros... bueno, cuando quiebren, estarán desesperados. Entonces vendré con ofertas que no podrán rechazar.
El rostro de Fuentes se congeló. Kanata se sentó de nuevo en la cabecera.









La familia Todoroki infernal
Es lo mejor que e leído espectacular 👌 una historia única y original