En El Lienzo by Ángeles at Inkitt
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En el lienzo

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Summary

¿Qué hace un Dios cuya función es ver morir a todo el mundo? ¿Qué tipo de artista sería el Dios de la muerte? Hemos visto el mito de Hades y Perséfone ser reescrito una y otra vez a lo largo de la historia. Pero ¿y si hay una versión que aún no conocemos? No la de dos dioses, sino la de dos artistas completamente opuestos. Ella sabe que una flor va a morir. Él vive rodeado de aquello que ya murió.

Genre
Romance
Author
Ángeles
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo I

Los mitos nos cuentan que el Olimpo es una vasta inmensidad de brisa celestial, por encima de las nubes e inaccesible para los simples mortales, a quienes los dioses consideraban seres tan inferiores que no podían percibir la grandeza del cielo reflejado en el agua de un lago, y todo cuanto existía tras esa simple visión. 

 Allí no nieva, truena, ni hace viento. Todas las bondades de la naturaleza se concentran en un solo punto para glorificar a los dioses. 

Hefesto, el dios de la artesanía, el fuego y la metalurgia, construyó palacios para todos ellos, quienes no podían creer que alguien tan feo pudriera crear cosas tan exquisitas. 

Comenzando por la casa de Afrodita, repleta de rosas rojas cayendo hasta del techo con una ingeniería que no parecía probable. 

La diosa había conseguido que Poseidón le obsequiara una cascada de agua salada en su jardín, no de agua dulce, como cualquier charco de montaña. Y la misma tenía peces que ella nunca entendió como seguían vivos, siempre los mismos, porque ya se había aprendido sus rostros.

O al menos eso pensaba.

Y nos detendríamos a observar la exquisitez arquitectónica de cada hogar del Olimpo, pero perdemos el tema central. 

Casi colindando con los campos, se alzaba un robusto palacio cubierto por enredaderas de aspecto salvaje. Más abajo, unos cactus se inclinaban por toda la entrada, con las espinas siempre puntiagudas, listas para pinchar. Solo podías entrar si las dueñas de la casa las apartaban para ti, y si ese era el caso, considerate muy afortunado. 

Si te asomabas un poco entre los barrotes, desde afuera podías ver cientos de sauces llorones, haciendo una especie de cortina entre los ojos curiosos y la vivienda real. 

Y detrás de toda esa maraña verde, vivían Perséfone y su madre, Demeter. 

A la deidad de la primavera le hacía gracia como los humanos hablaban de ella, como una doncella soreprotegida por su madre. Pintaban a Demeter como una señora capaz de plantarle hiedra venenosa en las orejas a cualquiera que tocara el cabello de su hija, y era cierto, pero a Perséfone no le importaba en lo más mínimo. 

Detrás de todos esos sauces llorones, se alzaban los muros de la casa de ambas diosas. Se suponía que eran de piedra, pero no podía distinguirse bajo todas las plantas y flores que abrazaban los muros, tan fértiles y salvajes que superaban el tamaño del techo aunque colgaran. Y, si a un tal Pegaso se le ocurría echar a volar cerca de la propiedad, terminaba siempre con las patas enredadas en un montón de hierba y raíz, con el pelaje blanco adornado por la tierra húmeda.

Y dentro de todo eso, columnas tan largas que Hermes, con sus sandalias aladas, seguía chocando con esa zona del tránsito aéreo cuando iba volando; más por distraído que por otras razones. 

A mi querido lector, debo informarle que si su imagen de nuestra diosa de la primavera era la de una doncella flotando sobre los campos, suspirando lirios y con una perpetua expresión de frágil melancolía resignada… nada podría estar más alejado de la realidad. 

Perséfone había escuchado de Hermes, quien siempre estaba dispuesto a hablar hasta con las esculturas, que había mortales que morían por los nervios. 

—¿Nervios, dices? ¿Y qué cosa es esa? —le había preguntando, con una ceja enarcada, convencida de que se estaba inventando los supuestos nervios para conseguir que hiciera una flor a su conveniencia, como había sucedido otras veces.

—Están como… rojos, o pálidos, o inquietos, o a veces tan tranquilos que parecen muertos —respondió Hermes, convencido de lo que contaba, logrando que la diosa casi le estrellara el libro de semillas en la cabeza. 

—Nada de eso tiene sentido, es todo contrario ¿rojos y pálidos? —casi floto con esa gracia lánguida hasta sentarse sobre la escalera de madera, en la biblioteca del palacio. Un lugar tan lleno de libros como de flores, y una que otra pera de cuando aparecía su madre por la sala. 

—No, de verdad —defendió Hermes, frenético, revoloteando a su al rededor, ella movió las manos como si espantara una mosca —ah, y con el corazón acelerado, aceleradísimo. Así dicen los muertos que llegan al inframundo por los nervios. 

—La última vez que confié en ti, creé esos hongos que los hicieron marearse y alucinar —insistió ella, con los brazos cruzados. 

—Pero esto es verdad, bueno, eso también era verdad —finalmente él se detuvo, quedándose de pie sobre una de las largas mesas de madera oscura, los ojos de Hermes luciendo más amarillos aún bajo la luz cálida, porque la biblioteca de este palacio parecía estar siempre bajo un perpetuo atardecer dorado —si no me crees, te llevo con Hades, él mismo te lo contará. 

A Perséfone esa idea no le parecía terrible, pensó en las posibilidades. Si bajaba al inframundo, podría hablar con distintos muertos para saber sus afecciones antes de morir, entonces. Se encerraría dos días en su biblioteca, que en tiempo humano tal vez serían dos meses, y crearía flores para esas dolencias. 

Pero tenía que hacerse de rogar, por ninguna razón en especial, solo disfrutaba verlos insistir de vez en cuando. Pasaba muchas horas encerrada entre esas estanterías, alguna gracia tenía que encontrarle a los dioses cuando venían. 

—¿Y qué me dará Hades a cambio de ese gran favor? —dijo, arrugando la nariz en un gesto inconsciente, una flor de narciso brotó de las oscuras ondulaciones de su cabello, delatandola. Ella la tomó entre sus dedos y la metió entre los libros. 

—¿Qué que te dará? Eres tú la interesada —Hermes alzó la barbilla en un gesto digno. —además, tienes un montón de intentos de flores ahí, sin ninguna utilidad, podrías… 

Se calló de pronto cuando observó como la diosa volteó hacia él de golpe, como si hubiese dicho una barbaridad. 

—Me refiero a que evidentemente son muy útiles esas, solo siguen buscando su talento oculto —lo remedió, o eso intentó. 

Perséfone tenía meses encerrada intentando crear una planta que se le había metido en la cabeza, de la que deseaba que su madre sacara un fruto rojo, con mucho jugo y semillas pequeñitas; pero no conseguía dar con la fórmula exacta. 

—Hades también debería estar interesado. Si creo unas flores para esos supuestos nervios, morirá menos gente y tendrá menos carga de trabajo de golpe —refutó ella, encogiéndose de hombros. 

—Yo no negociaré con el Rey del Inframundo, dile tú si crees que tus inventos valen tanto —la deidad mensajera asentía varias veces mientras hablaba, como reafirmándose a sí mismo. 

—Ah, es que le tienes miedo… —lo provocó, como si de pronto entendiera todo. 

—Miedo no es exactamente lo que me inspira —pensó, mirando a un punto de la habitación, como si de pronto recordara algo, finalmente sacudió la cabeza antes de seguir —Pero sigue siendo el rey del inframundo. Además, últimamente es francamente insufrible. 

—¿Y eso por qué? ¿se le perdió la correa a Cerbero otra vez? 

—Que va, una ola de poetas ha muerto y todos entran preguntando por un tal Homero. La gestión administrativa se hace peor cada vez —Perséfone no pudo evitar que se le fuera la risa imaginando la escena.

—Si no vas a negociar con él, al menos anúnciame; y asegúrate de que mi madre no se entere de que bajaré al inframundo. —le pidió finalmente, bajando de las escaleras de madera y acercándose a su lugar de trabajo.

Hermes se había quedado pasmado, con los ojos abiertos y, si los dioses sudaran, él lo hubiese hecho. 

En cambio, las sandalias echaron a volar con ese leve sonido de las alas pequeñas rompiendo el viento, haciéndolo revolotear de nuevo al rededor de ella.

—¿Cubrirte de Demeter? —preguntó, asegurándose de no haber oído mal, sabiendo que no podría negarle una segunda petición. 

-—Bueno, si, Hermes ¿cuántas madres tengo? —respondió la diosa, el cabello cayendo como una cascada mientras se inclinaba adelante, diseccionando una flor —No me digas que le tienes miedo.

—Bueno, a esa si —admitió finalmente. 

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