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Tabú

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Summary

TABÚ Lazos que debían ser intocables, confianzas que se rompieron en la cama, miradas que nadie debió ver. Historias distintas, de familiares, amigos, personas que se suponía que debían respetarse… pero que terminaron cruzando todas las líneas. Lo prohibido no tiene una sola cara: se esconde en cada rincón, en cada secreto que nos quemamos dentro, y en cada vez que nos atrevemos a tomar lo que no es nuestro. ⚠️ AVISO Contiene temas tabú que pueden herir tu sensibilidad. Es solo ficción, no valida conductas reales. Si te afecta, no leas.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

16__

Hace unos años, cuando era mucho más joven, empecé a desarrollar un interés extraño, intenso y nuevo hacia mi abuelo. Siempre supe que no era como las demás niñas: lo que para ellas era entretenido y natural, a mí me resultaba vacío, aburrido y sin ninguna gracia.

El juego con muñecas, por ejemplo, no tenía ningún atractivo para mí. Recuerdo una tarde en la que estábamos en casa de mi tía, mientras mis primas se entretenían con sus juguetes; yo, sin darme cuenta, me quedé clavada mirándolo fijamente durante minutos interminables, recorriendo con la vista cada centímetro de su cuerpo, cada gesto, cada movimiento. Cuando se sentaba en la silla y cruzaba las piernas con calma, bajo su ropa se dibujaba una silueta prominente en su entrepierna, que crecía y se marcaba con claridad; para mí era algo desconocido, curioso y provocador, que despertaba sensaciones que no sabía explicar. También me llamaba la atención, de una forma que me aceleraba el pulso, cuando mojaba sus dedos con saliva para pasar las hojas de un libro o un periódico: un acto sencillo y cotidiano para cualquiera, pero que a mí me resultaba íntimo, excitante y me hacía sentir un calor suave subiendo desde el estómago.

Mis días fueron transcurriendo así, dejándome llevar por esas miradas furtivas, saboreando cada instante en silencio. Lo observaba mientras comía, con sus movimientos tranquilos y firmes; cuando hablaba, con esa voz grave y profunda que se sentía en el pecho; cuando algo le gustaba o le disgustaba, su expresión cambiaba de forma tan clara que era fácil leerlo todo en su rostro, y eso me encantaba.

Pero había algo que nunca hacía: reír. Desde que murió mi abuela, su compañera de toda la vida, su otra mitad, la alegría desapareció por completo de su mirada. No voy a mentir: en ese momento hasta llegué a sentirle rencor a ella, porque era la única que había logrado calmarlo y compartir su intimidad. Ahora, con el tiempo, entiendo que su ausencia abría un espacio nuevo, y hasta lo agradezco.

Mi abuelo seguía siendo un hombre lleno de fuego, con el cuerpo todavía firme y la libido en su punto más alto; era mi abuela quien siempre había sabido contener y satisfacer todo ese deseo que llevaba dentro. Y yo, en esa etapa de despertar, era una chica joven, llena de curiosidad, con ganas de descubrir, de sentir, de experimentar sensaciones nuevas y de dejarme llevar por unos deseos que crecían cada día con más fuerza.

Esa tarde me quedé pegada a la pared, con el corazón a punto de salírseme del pecho, mirando por la rendija de la puerta entreabierta. Él era un hombre alto, de espaldas anchas y, aunque ya tenía sus años, tenía una libido que no se le apagaba, un fuego interno que se le notaba en cada gesto.

Cuando se desvistió por completo, vi su cuerpo: firme, con piel marcada por el tiempo, y abajo su verga ya dura, gruesa y erguida, tiesa y palpitante por sí sola con solo el calor del momento. Entró a la ducha y el agua tibia le resbalaba por todo el pecho ancho, bajaba por su cintura fuerte y se le acumulaba en la base gruesa y velluda. Se enjabonó despacio, recorriéndose todo con las manos ásperas, y cuando agarró su verga con firmeza, empezó a moverla de arriba abajo con fuerza y ritmo lento. La veía brillar entre sus dedos, ponerse más dura, más hinchada y caliente, mientras él respiraba hondo, soltaba gemidos graves y profundos, y movía las caderas como si ya estuviera metiéndose en algo suave y húmedo. Me quedé ahí, inmóvil, sintiendo cómo mi chochita se iba mojando sola, empapándose sin que yo la tocara, un calor húmedo que me subía desde las piernas hasta el vientre, sin poder apartar la vista de nada.

Cuando terminó y salió envuelto en la toalla, me escondí justo a tiempo, pero yo ya no podía pensar en otra cosa más que en ese cuerpo y ese tamaño enorme.

Llegó la noche, y aunque en la casa dormía más gente —todos en sus cuartos, con paredes muy finas— solo se escuchaba silencio. Sabía que si nos descuidábamos, cualquier gemido, cualquier respiración agitada o el sonido de piel contra piel podía oírse con claridad. Pero ese riesgo, esa prohibición, solo me ponía más nerviosa y mucho más excitada. Me levanté descalza, caminando sin hacer ni un solo ruido, entré despacio a su cuarto y me metí en su cama con mucho cuidado. Él dormía profundamente, y yo, que soy mucho más bajita que él, me acomodé pegada a su cuerpo de modo que mi cabeza quedaba justo apoyada contra su pecho ancho y caliente, sintiendo su respiración pesada y el latido fuerte de su corazón.

Empecé a tocarlo con suavidad, y en seguida noté que su verga ya estaba dura, caliente y rígida, lista para entrar. La tomé con mis manos pequeñas, que apenas podían rodearla, la acaricié desde la base hasta la punta ya húmeda, y bajé mi boca para lamerla entera, despacio y con ganas, sintiendo su sabor salado y su tamaño que me llenaba la boca. Él empezó a moverse dormido, a gemir bajito y ronco, y de pronto susurró con voz entrecortada:

— Amor…

Seguía pensando en su mujer, pero a mí me daba igual. De un movimiento rápido y firme me atrajo contra él, me tomó la cara con ambas manos y me dio un beso profundo, metiéndome la lengua hasta el fondo de mi boca, tan hondo que yo la sentía rozarme hasta la garganta, húmeda y caliente, mezclando nuestros sabores y dejándome sin aliento. Al mismo tiempo, sus dedos grandes y fuertes me apretaban con fuerza los muslos y las caderas, sujetándome como si no quisiera que me escapara.

Sin soltarme, abrió mis piernas y metió dos dedos gruesos y largos dentro de mi chochita, que ya estaba bien húmeda y chorreando, pero muy estrecha, porque nunca había estado con nadie antes. Al principio sentí un estiramiento fuerte, una sensación intensa que dolía un poquito, pero se mezclaba con un placer ardiente que me hacía arquear la espalda. Él lo sentía y me decía bajito, con voz ronca y llena de deseo:

— Amor… qué rica chochita tan jugosa…

— Sí… así… se siente bien… aunque duela un poco… —le respondía casi en un susurro, mordiéndome fuerte el labio y apretando la almohada contra la boca para no gritar, sabiendo que en la casa había más gente y cualquier ruido nos delataría.

Cuando sintió que ya estaba más suelta y lista, sacó sus dedos húmedos y resbaladizos, todavía medio despierto y llamándome “amor”, y puso la punta ancha y caliente de su verga justo en la entrada de mi chochita que ya chorreaba de tanta humedad. Empujó despacio al principio, pero al ser tan gruesa me costó muchísimo que entrara del todo. Solté un quejido ahogado, aguantando la respiración con fuerza: dolía, sí, pero al mismo tiempo sentía que me llenaba por completo, que no quedaba ni un espacio vacío dentro de mí, como si me estuviera abriendo por primera vez.

Una vez que entró hasta el fondo, volvió a besarme con más furia, metiéndome de nuevo la lengua hondo en la boca, mientras sus manos seguían apretando con fuerza mis muslos y mis caderas, sujetándome bien pegada a él. Empezó a mover las suyas con un vaivén profundo, rápido y constante, embistiendo con ganas: entraba y salía sin parar, su verga rozando todas mis paredes internas húmedas y calientes, llenándome hasta lo más hondo, y con cada movimiento se escuchaba ese sonido húmedo, pegajoso y fuerte que intentábamos tapar con nuestros besos y gemidos ahogados.

Yo también movía mis caderas al mismo compás, empujando hacia él para que entrara aún más hondo, sintiendo cómo se ponía más dura y palpitante dentro de mí, cada vez más caliente. Él seguía repitiendo bajito “qué rica… qué jugosa…”, sus embestidas se hacían más profundas y salvajes, y yo sentía cómo todo mi cuerpo se me estremecía, mezclando ese dolor inicial con un placer que no sabía que existía, intenso y ardiente. No importaba que hubiera más gente en la casa, ni que tuviéramos que contenernos a cada instante: en ese momento solo existíamos él, su verga llenándome hasta el fondo, mi chochita mojada apretándolo fuerte y resbalando con cada embestida, sus manos apretándome con fuerza y ese beso profundo que no me dejaba respirar, llevándonos cada vez más lejos hasta que todo empezó a temblarme por dentro y sentí que me deshacía en sus brazos, empapada y completamente llena.

En cuanto terminó de soltar todo, se dejó caer pesadamente a mi lado, sin fuerzas, y en cuestión de segundos ya estaba profundamente dormido, roncando bajito del cansancio. Yo me quedé quieta, feliz, sintiendo toda su leche espesa y caliente sobre mi cara. Despacio pasé la punta de mi lengua por las comisuras de mis labios, recogiendo lo que había chorreado, saboreándolo despacio y con ganas, mientras me quedaba ahí pegada a él, llena de su calor y su sabor.

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