I. La lista
La lista estaba pegada en el tablón de anuncios del pasillo principal, donde no había forma de evitarla.
Alba se dio cuenta de que algo iba mal por la forma en que la gente dejó de hablar cuando ella se acercó. En Colegio Santa Cecilia el silencio nunca era casualidad. Era un arma, y todos sabían usarla.
Buscó su nombre en la lista de honor, donde llevaba tres años apareciendo primera. No estaba ahí.
Estaba en la otra.
Alumnos con tutoría académica obligatoria — Segundo trimestre.
Leyó su nombre cuatro veces, como si repetirlo fuera a cambiar las letras. Alba Ferrer. Entre un chico que se había pasado el curso durmiendo en clase de Química y una chica que acababa de mudarse desde otro país sin hablar bien el idioma.
—Tiene que ser un error —dijo, más para sí misma que para nadie.
—No lo es.
Reconoció la voz antes de girarse. La reconocería en cualquier sitio, después de un año entero aprendiendo a odiarla en silencio.
Nico Beltrán estaba apoyado contra la pared de enfrente, con esa forma suya de ocupar espacio sin parecer que le importara ocuparlo. Llevaba el blazer del colegio con las mangas subidas, como siempre, como si las reglas fueran para los demás.
—¿Y tú qué sabes? —le preguntó Alba, aunque ya se estaba arrepintiendo de haberle dado la satisfacción de una respuesta.
—Sé que la lista la ha hecho el consejo esta mañana. Y sé que tu nombre no estaba ahí ayer.
Algo en su tono la hizo mirarlo con más atención. No sonaba a burla, que era lo único que Nico Beltrán sabía ofrecerle desde que su apellido dejó de significar dinero y empezó a significar escándalo.
—¿Y cómo sabes tú lo que había o no había ayer en una lista del consejo?
Nico se despegó de la pared. Por un segundo pareció que iba a contestar algo real. Después la mirada se le cerró, como una puerta.
—Porque mi padre está en el consejo, Ferrer. Entérate de una vez de cómo funciona este sitio.
Y ahí estaba. El motivo por el que lo odiaba, servido otra vez en bandeja: la facilidad con la que él podía convertir cualquier frase en un recordatorio de que ella ya no pertenecía del todo a ese mundo, y él sí, siempre, sin esfuerzo.
—Genial. Entonces también sabrás quién es el tutor que me han asignado.
Nico no contestó enseguida. Y esa fue la primera señal de que algo estaba muy mal.
—Sí —dijo, al fin—. Lo sé.
Alba tardó tres segundos en entenderlo. Tres segundos en los que vio, con una claridad que le dolió físicamente, la lista de nombres de tutores voluntarios en la otra columna del tablón, y el suyo junto al de ella.
—No.
—Alba...
—No pienso pasar ni un minuto contigo fingiendo que esto es normal.
—No es que a mí me haga especial ilusión —dijo él, y por primera vez en un año sonó cansado en vez de cruel—. Pero si no cumplo las horas de tutoría, pierdo la recomendación para Derecho. Y si tú no las cumples, pierdes la beca.
Ahí estaba. La trampa perfecta, cerrándose despacio.
Alba pensó en su madre, en la mesa de la cocina llena de papeles que no dejaba que ella viera del todo. Pensó en la única frase que se había prometido no decir jamás en ese colegio: no puedo permitírmelo.
—¿A qué hora? —preguntó, con la voz más plana que pudo fabricar.
Nico la miró un segundo de más, como si la pregunta le hubiera sorprendido. Como si esperara pelea, no rendición.
—Los martes y jueves. Biblioteca. A las cuatro.
—Ahí estaré.
Se dio la vuelta antes de que él pudiera ver que le temblaban las manos, y caminó por el pasillo con la espalda recta, porque eso era lo único que le quedaba: que nadie viera lo que le costaba.
Detrás de ella, oyó que Nico no se movía. Y por una razón que no supo nombrar todavía, eso la inquietó más que si se hubiera reído.








