INICIO
Mi madre dijo que el amor era odioso, imposible y horrible.
No podía ser amor algo que dolía,
como el retumbar de un corazón inexistente que no la dejaba respirar por la melancolía.
Ese corazón que ya había dejado de latir tiempo atrás,
pero que, por alguna razón, volvió a latir sin control aquel día.
¿Dime, madre, nunca creíste en el amor hasta el final de tus días?
Un juguete, dos juguetes, tres juguetes, cuatro, cinco...
Tengo más de los que puedo contar.
Verte fabricar juguetes era mi anhelo, mi diversión y mi felicidad.
Papá me dijo que el hombre barbudo no deja juguetes para seres como nosotros.
Pero aun así, mamá... eso no te detuvo, ¿verdad?
Cada vez tenía más, sin siquiera pedirlos.
Te encantaba fabricarlos, y a mí, recibirlos.
¿Pero toda esta felicidad... solo para mí?
No, madre, todos debían tener esta felicidad que yo sentía.
Eras muy sabia, y lo sabías:
la cantidad de niños que te adoraban, incluyéndome.
Pero es triste saber que ese era el único amor que recibías...
¿No es así, madre mía?.
Era 23 de diciembre un dia antes de noche buena y el aniversario número 89 de tu muerte, y aun así me dolía como el primer día. Aunque solías desvanecerte en noches eternas, siempre regresabas para envolverme en tus cálidos abrazos, contándome aquellos cuentos que me hacían feliz y a los que me aferraba día tras día. Ahora, lo único que tengo de ti son los juguetes y el libro que era especial para mí.
La luz del sol se filtraba a través de las ventanas del auto, y mientras me preparaba para el día, el sonido del teléfono rompió el silencio. Miré la pantalla.
“Era el”. Activé el micrófono y su voz se escuchó en todo el auto.
—Dime, tío Ben —conteste de forma cortante, no quería hablarle.
—Hola, Cass... ¿Esas son formas de hablarle a tu tío? —me respondió de forma dramática con el tono de voz altisonante, el era ese tipo de persona, una sin una pizca de vergüenza que a veces me hacía querer estrangularlo.
—Por favor, solo dime qué quieres —respondí, mientras me pasaba una mano por el cabello.
—Solo quería preguntarte si ya te llegó mi libro Las crónicas de un vampiro mayor. —Mientras se mofaba de su propio libro, me llegó un claro recuerdo de una caja enorme obstruyendo la entrada de mi casa. “Con que era eso”, fruncí el ceño mientras él seguía hablando—. Está teniendo muchas ventas. ¿Viste? Tu tío ya es un hombre famoso, jajajaja —menciono mientras se carcajeaba.
Ese hombre sinvergüenza había publicado un libro, literalmente gritándole al mundo que es un vampiro. Aunque la gente se lo tome como ficción, me parece increíble cómo puede hacer eso. Me pongo a pensar si ese hombre es inteligente o muy idiota; la verdad, no sé.
A pesar de todo, es de los pocos familiares con los que aún tengo comunicación, aunque sea irritante y un sinvergüenza. Nunca se ha olvidado de llamarme en el aniversario de mamá. Nunca toca el tema, solo menciona cualquier cosa,
Arranque el auto y me dirige hacia mi destino, al llegar a casa, Rosa mi gran amiga y nana desde que tengo memoria, me recibe en la entrada.
—¿Las cajas? —pregunté sin desdén, esperando una respuesta corta y dulce.
—En el taller, señor Cassian.
Al entrar al taller, dejo el libro de mi madre sobre la mesa y comienzo a trabajar. Trabajar no es un problema: podría pasar días y noches enteras sin sentirlo…
—Cric, cric... —Los cortes en la madera llenan el aire, acompasados, como un corazón que no se detiene.
—Scrrr... —La lija raspa sin pausa, áspera y constante.
El taller está iluminado por una lámpara amarillenta que proyecta sombras largas sobre la mesa, donde cada mueble guarda su propia historia.
Al final, doy forma a un lindo barco de madera, con unas velas hechas de tela bordadas a mano y un mástil alto que invita a soñar. Es para una niña que ama los piratas. Solía salir al mar con su padre, en un viejo bote.
Ahora está sola. Su padre murió en un accidente. La salvo a tiempo, pero la dejo atrás... en una habitación blanca, en silencio, rodeado de dolor.
Este barco seria su regalo. Una fantasía y quizá un escape.
Uno más en la larga lista de juguetes por entregar.
Reviso el siguiente nombre: Rafael
—Le gusta lo sobrenatural—murmuro.
Me detengo. No porque sea extraño —aunque lo es—, sino porque no sé de inmediato qué hacer para él.
—Qué interesante... —sonrío. Una risa breve se escapa, pequeña y honesta. Estoy intrigado.
Sigo leyendo el archivo de información sobre ese niño donde al final del archivo solo había una nota con el nombre de su autor favorito.
—Benjamin Art.
¿Ese tipo era su favorito? Nada más podría sorprenderme hoy —pensé mientras inclinaba mi silla—. Al menos ya sé qué regalo darle, concluí, mirando la caja de libros que el tío Ben me había dejado en la entrada.
Antes de dormir, dejo el libro y los demás regalos en el taller, listos para llevarlos en cuanto despierte. No sin antes encargar a Rosa que termine de envolver los regalos.
♠♠♠
Era 24 de diciembre. Me desperté temprano, me vestí sin demasiada prisa y puse los juguetes en el coche. Desde que salí, era imposible no notar qué día era.
Se escuchaban campanadas lejanas que parecían anunciar algo solemne. Las calles estaban bellamente adornadas con luces de colores, y la nieve cubría los techos y las aceras como un velo blanco que hacía brillar todo con un aire irreal. Mientras me acercaba a mi destino, el Hospital Santa Emilia, traté de mantener la mente en silencio. Hasta que…
—Ruuum…
Frené de golpe. Sentí cómo mis dedos se clavaban en el volante, como si aferrarme con fuerza pudiera detener el tiempo.
—No lo vi venir… —murmuré, con la voz temblorosa. Estaba completamente seguro de que esa moto se había metido de repente.
Mire por la ventana cómo la moto rojiza desaparecía poco a poco en la distancia. Inspiré profundo antes de retomar el camino, esperando que el resto del día fuera menos accidentado.
Al llegar al hospital, pasé por los cuartos repartiendo regalos. Todo transcurrió sin contratiempos, entre los agradecimientos dulces de los niños y sus sonrisas que, por un momento, parecían borrar el olor a desinfectante.
Finalmente, llegué a la habitación 104. Antes de tocar la puerta, una enfermera salió al pasillo.
—Señor Cassian, vino otra vez este año —comentó en un tono tranquilo. Aunque no la conocía, me habló con una familiaridad desconcertante.
—Buenos días —respondí, bajando la mirada.
—Sigue siendo un hombre de pocas palabras —dijo con una sonrisa, mientras me miraba de reojo—. Parece que no es el único que hace todo esto por hacer felices a los niños —añadió con una pequeña risita, antes de hacerse a un lado.
Empujé la puerta despacio. Una canción infantil inundaba el cuarto con un ritmo alegre y algo chirriante. Dos niños uno más grande que el otro pero que igual bailaban con entusiasmo, dando pequeños saltos al compás de la música.
Junto a ellos, un joven disfrazado de payaso tenía el rostro pintado de blanco. Llevaba un maquillaje exagerado que apenas dejaba ver sus rasgos, el pelo teñido de un morado delicado junto a un traje tan colorido que hería un poco la vista y con un sobrero de copa clásico con estrellas que lo adornaban, me parecía tan familiar que me perturbo.
Los niños lo miraban con una mezcla de fascinación y de ganas de reír.
—¡Miren niños! —dijo, con una sonrisa cómplice mientras agarraba la mano de uno de los niños—El pañuelo va a desaparecer ante sus ojos.
Los niños lo miraban atentamente como si su vida dependiera de ello y tras un pequeño chasquido de sus dedos el pañuelo había desaparecido de las manos del niño.
−wouuu¡¡−la sala se lleno con los gritos de sorpresa de los niños.
Era un simple truco barato que cualquiera podría hacerlo, Sin querer, nuestros ojos se cruzaron. Fue un momento breve, pero sentí que me encogía por dentro. Era obvio lo que intentaba hacer. Aunque me hubiese gustado escabullirme, ya no había dónde huir.
Levantó la mano y me señaló con teatralidad. Contuve la respiración, como si eso pudiera hacerme invisible.
—¡Tú! —exclamó, alargando la sílaba con un entusiasmo insoportable—. ¡Tenemos un nuevo invitado, niños!
Hizo un chillido agudo que me crispó la nuca. Antes de que pudiera reaccionar, los niños corrieron hacia mí.
—¿Qué tienen que hacer los invitados cuando entran? —preguntó el payaso, alzando una ceja pintada.
—¡Bailar! —gritaron los niños, con esas vocecitas que no admitían un no por respuesta.
Sí… debí saltarme esta habitación, la música subía de volumen hasta retumbar en el pecho.
Sentí cómo sus pequeñas manos me agarraban con fuerza, cálidas y decididas. Formaron un círculo a mi alrededor. El olor a globos nuevos, a polvos de talco y a medicinas se mezclaba con la melodía infantil.
Y allí, atrapado en medio de aquel cuarto de paredes blancas y dibujos pegados con cinta, empezó mi pesadilla.
Treinta minutos duró esa pesadilla. Treinta interminables minutos en los que la música no dejó de sonar y el payaso se empeñó en señalarme cada vez que podía.
Cuando por fin se marchó a otra habitación, el silencio que quedó se sintió como un alivio físico, como si me quitaran un peso del pecho.
Mientras los niños tomaban su taza de chocolate caliente —un olor denso, dulce, que se mezclaba con el aroma de los medicamentos— aproveché para entregarles los juguetes que había traído.
—¡Wow! ¡Un barco real! —exclamó la niña. Su entusiasmo era tan puro que, por un momento, me hizo olvidar el cansancio. Sus pequeñas manos recorrían el relieve de la madera con curiosidad, tocando cada detalle como si temiera que fuera a desaparecer.
—Ojalá pudiera ponerlo en el agua —proclamó el otro niño, con un brillo de asombro en los ojos.
—¿Y qué te dio a ti? —preguntó con curiosidad, señalando el regalo aún envuelto que su amigo sostenía con cuidado contra el pecho.
—Lo abriré cuando vuelva mi hermano —respondió el niño, con un tono tranquilo que se me quedó grabado.
Era normal que un niño quisiera compartir sus regalos con su familia… pero al mismo tiempo, había algo extraño en esa calma. La mayoría de los niños se abalanzarían sobre el papel de regalo en cuanto lo tuvieran en las manos.
Tras una breve charla, me despedí. Antes de salir de aquella habitación blanca, iluminada por la luz tenue del pasillo, escuché sus voces llamarme a coro:
—¡Muchas gracias, señor! —gritaron con una sonrisa que me desarmó un poco.
Parecía que había pasado una eternidad allí dentro. Después de todo lo ocurrido, era comprensible sentirme agotado… pero todavía me quedaban varios regalos por repartir.
Esto será eterno, pensé, mientras cerraba la puerta con cuidado. Definitivamente sería un día largo para mí.
Cuando por fin terminé de entregar todos los juguetes, ya eran las nueve de la noche. El hospital estaba más tranquilo. La mayoría de los pasillos se habían vaciado, aunque algunos enfermeros seguían caminando de un lado a otro con pasos cansados.
Fue una jornada relativamente pacífica, salvo por los múltiples encuentros con aquel payaso. A veces entraba a una habitación y me lo encontraba allí, repitiendo la misma dinámica absurda de la primera sala. Qué molesto.
Incluso cuando yo llegaba antes que él, parecía encontrar la forma de aparecer detrás de mí, como si lo hiciera a propósito. Me sorprendió verlo también en las habitaciones de los ancianos, repartiendo globos con el mismo entusiasmo exagerado.
—Haaaaaah… —suspiré profundamente al salir finalmente por la puerta principal del hospital. El frío de la noche me golpeó la cara, despejando un poco mi cansancio.
—¿Por qué ese suspiro? —escuché una voz detrás de mí.
Tocó mi hombro.
—¿Estás cansado? —preguntó mientras me miraba a los ojos con una sonrisa.
Era un chico pálido, con dos lunares bajo el ojo. Su cabello morado sobresalía en la penumbra. ¿Morado...?
—¿El payaso? —pregunté. Era obvio quién era. Era aquel payaso de antes, pero esta vez sin todo ese maquillaje ni la ropa colorida.
—¿Payaso? —respondió, casi ofendido—. ¡Era un payaso-mago! ¿Acaso no viste mi sombrero? —añadió con una sonrisa ladeada que parecía esconder un toque de orgullo.
—Por cierto… —su voz bajó apenas un tono, como si no le diera tanta importancia—, a mi hermano le gustó mucho el regalo.
Así que uno de los niños era su hermano, pensé mientras me dirigía hacia mi auto. Él seguía caminando detrás de mí, como si nada.
—No eres un hombre de muchas palabras, ¿verdad? —dijo sin rodeos.
Llegamos al coche. Aún se sentía el frío de la noche. Las luces de los edificios se reflejaban sobre la capa fina de hielo que cubría parte del asfalto.
—Las enfermeras me dijeron que vienes cada año —comentó entonces.
Las luces navideñas del hospital se encendieron de repente, iluminando todo el estacionamiento. La claridad lo envolvió por completo: su rostro pálido, los ojos color café claro, un leve resto de polvo blanco aún pegado a su piel, casi imperceptible bajo su palidez. Llevaba puesta una chaqueta de cuero y unos pantalones rasgados. Todo en él parecía destacar, como si no terminara de encajar con el lugar.
—Es increíble lo que hace. Muy lindo, señor Cassian —terminó diciendo, en un tono que me dejó sin saber qué responder.
Se dio cuenta al instante. Parecía avergonzado por lo que había dicho.
—Lo siento… no me malinterprete —continuó mientras levantaba las manos en señal de disculpa—. Digo… es muy lindo lo que hace, no… usted. —Se detuvo un segundo, probablemente deseando desaparecer—. No digo que usted no sea lindo, de hecho lo es… y mucho.
—¿Gracias? —respondí al final, intentando no reír. Era igual de chiflado que su personaje, que resultaba gracioso.
—Que tenga una feliz Navidad —dijo con amabilidad, bajando un poco la mirada.
—Igualmente —respondí, antes de subir al coche e irme.
Al llegar a casa, Rosa me recibió como de costumbre. Aunque nosotros no solemos celebrar estas festividades, ella siempre se esfuerza por preparar una cena digna. Tras terminar, fui directo al taller para limpiar el desastre que había dejado. Después de todo el ajetreo, me senté en mi silla. Ya eran la 1:00 a.m.
Ya era Navidad.
Un día feliz para las familias que se tienen… y un día doloroso para quienes no tienen a nadie.
Tras un suspiro que se me escapó sin querer, me puse a buscar el libro de mamá. Quería leerlo otra vez. Abrí el cajón donde siempre lo guardaba, tomé el libro entre mis manos y...
—¿Qué? —solté en voz alta, genuinamente desconcertado.
No era el libro de mamá. Era Crónicas de un vampiro mayor.
—El libro del tío Ben...
Mi corazón se aceleró. Lo solté como si me quemara y comencé a buscar frenéticamente por todos los rincones del escritorio.
Nada.
Ni una señal de aquella vieja tapa de cuero negro.
—¡ROSA! —grité desesperado. El miedo me atravesaba el pecho como una lanza. El libro… no podía haberlo perdido.
—¡ROSA! —corrí a su habitación sin pensarlo dos veces.
Ella abrió la puerta medio dormida, asustada por el alboroto.
—¿Qué pasa, señor Cassian?
—¡EL LIBRO! —la sujeté por los hombros. Estaba temblando. Yo también.
—¿Qué libro? —preguntó con voz temblorosa—. ¿El de su tío? Lo puse en el cajón de su escritorio…
—¡No! —la interrumpí—. No ese. El de tapa de cuero negro… el de mi madre.
Vi cómo su expresión cambiaba. Rosa bajó la mirada y arrugó con nerviosismo el borde de su bata entre las manos.
—Lo envolví —susurró, apenas audible—. Pensé que ese era el libro que me pidió que envolviera…
Me quedé helado.
Una mezcla de rabia, angustia y culpa me ahogó.
—¡Aaarrgh! —rugí frustrado, llevándome las manos a la cabeza.
—Lo siento, señor Cassian… —dijo con un hilo de voz.
Pero… ¿cómo podía enojarme con Rosa? Nunca le especifiqué cuál libro era. Y, pensándolo bien, nunca se lo mostré. ¿Cómo iba a saberlo? No era su culpa.
—No fue tu culpa —murmuré, y me di la vuelta.
Caminé hacia mi habitación en silencio. El corazón me pesaba. Respiraba como si cargara toneladas de recuerdos en el pecho.
“Es sencillo”, me dije. Envolvería el regalo correcto, se lo daría al niño a primera hora y le explicaría que todo fue una confusión. Después de todo, ¿para qué querría un niño un libro tan personal como ese?
Por la mañana, con todo en orden —el taller limpio, el regalo correcto envuelto—, me dirigí al hospital con la esperanza de recuperar el libro de mamá.
Al llegar, fui directamente a la habitación. Llevaba el regalo en las manos, casi como si el libro me fuera a estar esperando allí, esperándome a mí.
Pero… Rafael no estaba.
La cama vacía.
Parecía una broma cruel del destino. Un castigo irónico.
“Debe haber salido a tomar aire”, pensé con rapidez, intentando calmarme.
—¿Buscas a Rafael? —una voz suave me habló desde el fondo del cuarto.
Era Lucy, la niña que había conocido el día anterior, a quien le había regalado un barco.
—Sí… ¿sabes dónde está?
—Su hermano se lo llevó hace media hora —respondió con dulzura.
—¿Se lo llevó…? —repetí. Claro. Era Navidad. Todo tenía sentido, incluso si dolía.
—¿Sabes a dónde fueron? —le pregunté, aún con algo de esperanza.
Lucy negó con la cabeza.
—Gracias —le dije, forzando una sonrisa. Salí de la habitación.
Tal vez volverían más tarde. No debía entrar en pánico todavía.
Caminé hacia el pasillo. El hospital tenía ese silencio incómodo de los días festivos, donde todo parece detenido en el tiempo.
—¡Señor Cassian! Qué sorpresa verle por aquí otra vez —me saludó una enfermera con una sonrisa amable—. ¿Vino a visitar a alguien?
—Sí… —respondí.
Ella miró hacia la habitación que acababa de dejar.
—¿A Lucy o a Rafael? Porque si era a Rafael, su hermano Nat se lo llevó esta mañana, apenas despertó.
—¿Sabes si van a volver? —pregunté sin dudar.
—No lo creo. Al menos, no por ahora. Su enfermedad está algo más estable. Puede recaer, claro… pero con los cuidados y la atención de ese payasito, seguro estará bien.
Soltó una pequeña risa.
—¿Payaso? —pregunté, algo confundido.
—¿No lo sabía? —me miró con sorpresa—. Nataniel Santos, el hermano de Rafael… es el payaso que vino ayer.
—¿Era su hermano?
—Sí, pensé que lo sabías —respondió, sonando sorprendida por mi comentario.
—¿Lo conoces? ¿Sabes dónde vive? —pregunté. La miré fijamente. Ella retrocedió un paso, un poco incómoda por mi insistencia. —Lo siento… por equivocación le di el regalo equivocado a Rafael. Solo quería cambiárselo —le hablé, bajando la mirada al regalo en mis manos, intentando calmar mi propia voz.
—Ya veo… —pareció más tranquila—. Los conocí hace una semana. Fue Nataniel quien trajo a su hermano al hospital y ha venido todos los días a visitarlo. Es un buen chico. No sé dónde vive, pero sé que tiene muchos trabajos de medio tiempo en el centro de la ciudad.
—Gracias… Supongo que no tengo nada más que hacer aquí —me despedí.
Al entrar al auto, golpeé el volante con impotencia.
Era increíble cómo era capaz de perder ese libro. El libro de mamá.
No quería creerlo… pero era frustrante.
Aun así, no me rendía. Solo me quedaba una opción.
Encendí el auto y me dirigí a la juguetería. Ya hacía dos días que no iba.
La juguetería era el único espacio que realmente me pertenecía. La abrí para intentar vivir una vida normal, lejos de esa horrible familia.
Era todo lo que tenía. Mi forma de honrar a mamá.
No era una tienda común. Tenía un estilo clásico, con juguetes artesanales, pero también modernos, para que cualquier niño pudiera encontrar algo que lo hiciera sonreír. En ese pequeño mundo de colores y madera, dejé a cargo a mis únicos dos empleados.
Mientras conducía, tomé el teléfono y marqué a Julian. Al sonar el tono, puse el altavoz para no quitar las manos del volante.
—Hola, Cass… qué milagro —contestó una voz ronca.
—Quiero que busques a alguien. Se llama Nataniel Santos. Su dirección, su trabajo… todo lo que puedas.
Un breve silencio.
—¿Julian?
—Primero que nada, hola, y sí, estoy bien por si te lo preguntas —respondió con sarcasmo.
—¿Por qué quieres que lo busque? —añadió, intrigado.
—Es un asunto personal —dije sin rodeos.
—Eso sí que es raro viniendo de ti. No suena como uno de esos niños que ayudas… Tú normalmente sol solo me pides que investigue los pasatiempos, gustos, o qué tipo de juguetes les gustaría recibir.
No recuerdo que me hayas pedido nunca una dirección o información privada de alguien.
¿Ya no juegas a hacer Santa Claus?.
—La verdad es que… —fue entonces cuando una moto roja se cruzó abruptamente en mi camino. Frené de golpe, mis manos se clavaron al volante.
¡Era la misma de ayer!
Esa vieja y horrible moto roja. Imposible no reconocerla.
De pronto, alguien golpeó la ventana de mi lado. Bajé el vidrio, aún temblando.
Era el
El mismo motociclista. Esta vez sin casco.








