CAPÍTULO 1. Detrás del cristal
La habitación de Helena estaba bañada por una luz cálida y suave. Se había preparado siguiendo el protocolo: un camisón de algodón ligero y color crema que caía con naturalidad sobre su cuerpo. Era una prenda cómoda, aunque el roce constante de la tela sobre sus pezones, que ya empezaban a despertar ante la anticipación, la mantenía en un estado de alerta sensorial constante.
Frente a ella, la pantalla mostraba la interfaz de la plataforma. Un pequeño icono parpadeó.
«Cliente: Jorge ha entrado en la sala».
Helena respiró hondo, alisó el dobladillo de su camisón y activó el micrófono.
—Buenos días, señor Jorge —dijo, con una voz profesional pero con un matiz de timidez—. Es un placer atenderle hoy, mi nombre es Helena. He preparado el conjunto que solicitó para la prueba virtual.
En la pantalla, el mensaje de Jorge apareció de inmediato, firme y elegante.
«Jorge: Buenos días, Helena. Encantado de conocerte. Gracias por recibirme. Estoy impaciente por ver tus sugerencias. Por favor, tómate tu tiempo».
Helena sintió un calorcito en el vientre al leerlo. Se levantó, tomando una percha con un conjunto de seda azul cobalto. Se acercó a la cámara, dejando que el encuadre captara su rostro y la suave curva de su cuello.
—Aquí lo tengo, señor —murmuró, su voz bajando un tono—. Es un tejido de seda de la más alta calidad. Me cambio enseguida.
Antes de que pudiera continuar, un nuevo mensaje apareció en el chat, haciendo que Helena se detuviera un segundo.
«Jorge: Por favor, Helena... tutéame, ¿quieres? Me gustaría sentir y que sientas que estamos en confianza».
Helena se sintió instantáneamente reconfortada. El tuteo le sonó a una invitación, a un permiso para sentirse más ella misma frente a la mirada de aquel desconocido. Una sonrisa curiosa curvó sus labios.
—¡Vaya! —respondió en voz alta—. Te lo agradezco, yo también lo prefiero así —dejó que su voz sonara más suave, más relajada.
Con un movimiento decidido, Helena bajó la intensidad de la luz de la estancia y se desplazó fuera de plano manteniendo el micrófono encendido. Estaba nerviosa, en el buen sentido de la palabra.
—Vale, Jorge, me voy poniendo la parte de arriba... —anunció con su voz, que se agitaba casualmente mientras se despojaba del camisón. El aire fresco de la habitación golpeó su piel desnuda, haciendo que sus pechos, pequeñas y firmes copas que desafiaban la gravedad, se estremecieran. Sus pezones, ya semiendurecidos, buscaron el calor de la seda azul que comenzaba a deslizarse por sus hombros.
Se escuchó el sonido de la tela de algodón cayendo al suelo con un golpe sordo... y luego el suave, sibilante movimiento de sus manos trabajando en la penumbra.
—Ajustarla una misma tiene su dificultad, pero vale la pena... Enseguida lo verás —continuó como si retransmitiera sus movimientos. Helena juraría que pudo escuchar la respiración de Jorge al otro lado de la línea. Aunque era imposible, la interfaz de la web no permitía ver ni escuchar a los clientes.
—Ajustamos la parte de abajo... —susurró casi para sí, con un suspiro que delataba el esfuerzo de acomodar la seda sobre la redondez firme de su culo—. Un segundito, Jorge... Enseguida está... No te retires, por favor... —dijo con una dulzura casi embriagadora.
Unos instantes después, volvió a encender la luz de la cámara. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas.
—Aquí lo tienes, Jorge —dijo suspirando, mientras se ajustaba un tirante, para que la cámara captara el bonito conjunto bajo de seda azul, sintiéndose de repente expuesta a la mirada de aquel desconocido y, tal vez, acogida por ella—. La seda es... increíblemente suave al tacto. ¿Qué te parece el color?
Helena se obligó a mantener la mirada fija en la lente; no quería transmitir inseguridad, aunque sentía que el calor de sus mejillas podía derretir el cristal. Mientras tanto, Jorge se tomaba su tiempo en responder. ¿Qué estaría pensando?
—Me acerco un poco más, Jorge... —murmuró, dando un paso hacia la cámara para que el encuadre pasara de un plano medio a uno más cerrado—. Quiero que veas bien cómo la luz se refleja en el tejido.
Se puso de pie, estirando su columna con una elegancia serpentina. El conjunto de seda azul era una obra maestra de la lencería: un sujetador de corte lencero que apenas contenía la redondez de sus pechos, de los que, por qué no decirlo, se sentía orgullosa. Cada vez que respiraba, la tela subía y bajaba, acentuando el movimiento de sus tetas.
—Es bastante... ajustado... —comentó, y entonces su voz la traicionó con un ligero temblor de emoción—, casi como una segunda piel.
Se giró lentamente, un movimiento pausado y deliberado. Helena no podía evitar ser consciente de que, al dar la espalda, además de mostrar el conjunto, estaba exponiendo la redondez de su trasero. Por detrás se podía apreciar un culotte de talle alto que se hundía sutilmente en la curva de su cintura, pero que dejaba al descubierto la majestuosidad de sus glúteos. La seda azul cobalto se tensaba sobre estos, creando un contraste hipnótico entre el brillo del tejido y la suavidad de su piel. Helena creyó sentir por un momento el calor de la mirada de Jorge sobre su piel, y no pudo evitar pensar que estaba siendo desnudada con los ojos de su interlocutor, lo cual le provocó un escalofrío eléctrico que recorrió desde su columna hasta su centro de energía.
—Dime, ¿qué opinas? ¿Se aprecia la sensualidad del conjunto? Desde dentro se siente una extraña mezcla entre vulnerabilidad y... poder, no sé cómo explicarlo... —dijo, girando la cabeza por encima del hombro para mirarlo de soslayo, con una mezcla de timidez y desafío.
Volvió a ponerse de frente, pero esta vez no se quedó estática. Empezó a juguetear con los tirantes, deslizándolos ligeramente por sus hombros, permitiendo que la cámara captara la tensión de sus músculos y la suavidad de su piel mientras Jorge se mantenía inquietantemente silencioso, ¿qué estaría haciendo?
Helena observó el chat, esperando la reacción de Jorge, que ya llevaba un rato sin escribir nada. De repente el mensaje apareció, y aunque sus palabras eran correctas, Helena pudo leer entre líneas un esfuerzo por mantener la compostura. ¿O era su imaginación?
«Jorge: El poder se percibe perfectamente, vaya. Es... es un conjunto espectacular, Helena. La caída de la seda es impecable y el color te favorece muchísimo. Pero... si no es mucho pedir, ¿podrías acercarte un poco más a la cámara para poder apreciar la calidad del encaje? Por favor...»
Helena dejó escapar una pequeña risa, un sonido cristalino y cargado de una confianza que empezaba a florecer. Le encantaba jugar con la idea de que intentaba refugiarse en la “calidad del encaje” para justificar su deseo de verla más de cerca. ¿Tendría razón?
—Claro, Jorge... ¡Por la calidad del encaje, lo que sea! —respondió, con un tono de voz que pretendía ser servicial pero que escondía una pizca de malicia juguetona. Y satisfacción por el feedback de Jorge, por qué no decirlo.
Se acercó a la cámara, reduciendo la distancia hasta que el encuadre se convirtió en un primer plano íntimo. Ahora, la pantalla estaba dominada por su piel y la seda. Helena comenzó a trabajar con la prenda, convirtiendo la inspección técnica en un acto de exhibicionismo que iba recorriendo en primer plano las diferentes partes de la prenda y, a consecuencia de ello, de su cuerpo.
—Fíjate bien en el encaje del sujetador... —murmuró, inclinándose ligeramente hacia adelante—. ¿No te parece precioso?
Al hacerlo, la gravedad hizo su trabajo. Sus pechos se proyectaron hacia la lente y la seda azul se tensó al límite, revelando la redondez perfecta de sus firmes tetas, que sintió vibrar con el movimiento frente a la mirada de Jorge. Helena tomó uno de los tirantes finos con el dedo índice y empezó a tirar de él muy lentamente para mostrar la elasticidad del tejido. El movimiento hacía que su pecho oscilara sutilmente, y la cámara captó el relieve de sus pezones, que luchaban por escapar de la presión de la tela. Ella sentía cómo el corazón le latía con fuerza, no solo por la cercanía de la lente, sino por la conciencia de que Jorge estaba allí, a pocos centímetros de su desnudez parcial, tratando de concentrarse en el “encaje” mientras sus ojos, tal vez, acariciaban la forma y el movimiento de su pecho debajo de éste.
—Y ahora... la textura del cuerpo de la prenda... —continuó, bajando la mano hacia el borde del culotte.
Con una lentitud exasperante, Helena deslizó la punta de sus dedos por el borde de la seda donde esta se encontraba con su piel, justo en la curva de la ingle. El sonido del roce de sus dedos contra la seda era casi hipnótico. Se concentró en mostrar la suavidad del tejido, pasando la yema de los dedos por el contorno de su cadera, dejando que la cámara registrara la transición entre la seda brillante y la piel mate y suave de sus tonificados muslos.
—Se siente tan... delicada... —susurró, acercando su rostro a la cámara para que él pudiera ver el brillo de su mirada y el ligero rubor de sus mejillas—. ¿Puedes ver bien la trama de la seda, Jorge?
Helena mantenía la mirada fija en la lente, su pecho subiendo y bajando con una cadencia que delataba su propia agitación. Estaba esperando la sentencia de Jorge, pero no esperaba que fuera tan inmediata.
El sonido de una notificación digital, un «cling» metálico y cristalino, rompió el silencio cargado de la habitación. En la esquina de su pantalla, el aviso de la plataforma brilló con una luz dorada:
«Transferencia completada: Jorge ha adquirido el conjunto de seda azul cobalto».
Un escalofrío de pura adrenalina recorrió la columna de Helena. No era solo la cifra; era la sensación de que su cuerpo, su piel expuesta y el sutil juego de sus dedos sobre la seda habían tenido un valor tangible y absoluto para él. Ese “chute” de alegría le encendió el vientre, mezclando la satisfacción de la profesional con un morbo oscuro y delicioso: la recompensa por su propia seducción, por el privilegio de dejarse contemplar.
Se enderezó, tratando de recuperar una compostura que ya empezaba a ser pura apariencia, mientras una sonrisa de triunfo, casi felina, se dibujaba en sus labios.
«Jorge: Me quedo con el conjunto. Es demasiado perfecto para dejarlo pasar. Muchísimas gracias, Helena, me has ayudado muchísimo».
—Genial, Jorge, te prepararé encantada el envío —dijo Helena con una voz ahora más serena—. Es un placer echarte una mano para decidirte.
Se permitió un segundo para saborear la victoria, sintiendo cómo se llenaba de confianza. Además de estar segura de haber hecho un buen trabajo y haber ganado un buen dinero, se sentía también premiada de otra manera que no estaba preparada para admitir.








