PRÓLOGO – El Pacto del Hierro
Escuderos de Hierro: Los Olvidados del Valle de Vyrn
Autor: GARU
PRÓLOGO – El Pacto del Hierro
Korvath nunca dormía.
Las chimeneas de las fundiciones escupían un humo negro que teñía el cielo incluso de noche. Elias Varen, con quince años y las manos ya llenas de callos, golpeaba el hierro al rojo sobre el yunque. Cada martillazo resonaba como un latido cansado.
—Más fuerte, muchacho —gruñó su padre desde el otro lado—. El Imperio necesita balas, no juguetes.
Elias apretó los dientes y golpeó con más rabia. El sudor le corría por la espalda. Su padre, un hombre encorvado por años de trabajo, tosió violentamente, como siempre. La tos negra. Todos en el barrio la tenían.
Esa misma noche, su padre murió.
Una viga defectuosa cayó sobre él mientras revisaba una máquina en la fábrica de municiones. Elias lo encontró aplastado, con los ojos aún abiertos. No hubo funeral digno. Solo un saco de tela y un entierro rápido en la fosa común del distrito industrial.
Dos días después, un oficial del Culto del Hierro Eterno apareció en la puerta de su casa. Vestía el uniforme gris oscuro con las insignias de acero.
—Elias Varen —dijo sin emoción—. Por la muerte de tu padre, el Imperio te ofrece el Pacto del Hierro. Firmas como escudero y tu hermana menor recibe una pensión mensual hasta los dieciocho. Rechazas… y os quedáis en la calle.
Elias miró hacia el interior. Su hermana de nueve años dormía en un colchón raído.
Firmó.
El entrenamiento en Fuerte Grisespina fue el primer infierno real.
Les raparon la cabeza. Les dieron uniformes grises demasiado grandes. Les gritaban que eran carne de cañón, que su única gloria sería morir por Valrenor. Marchas de veinte kilómetros bajo lluvia helada. Simulacros donde los instructores disparaban por encima de sus cabezas. Peleas obligatorias entre ellos para “endurecerlos”.
Allí conoció a Tomas, un chico flaco de dieciséis años con ojos hundidos, y a un muchacho callado de mirada afilada que luego descubriría que era Maera.
Al final del entrenamiento, les entregaron su fusil Lanza de Hierro, una bayoneta y una pala de trinchera.
—Recordad —les dijo el instructor—: aquí no hay héroes. Solo escuderos. Y los escuderos mueren primero.
Cuando subieron al tren hacia el frente, Elias miró por última vez las chimeneas de Korvath. Ya no sentía miedo. Solo un vacío frío.
Sabía que nunca volvería a casa.








