Capítulo 1
Aunque usted no lo crea, no es de conocimiento público y oficial la fecha exacta en la que sucedió el Apagón. Es sabido que acaeció en el 2030, en el otoño. Y hasta cierto punto, unos pocos lúcidos o maníacos han especulado que puede haber sido entre Mayo y Abril. Además, han sugerido que no fue simultáneo en todos lados, sino que se dio como una serie de oscuridades encadenadas. Mas, otros han sugerido exactamente lo contrario. El tópico, poco a poco, fue tragado por las arenas del tiempo; y si es mencionado, es solo entre susurros, cuando el sol brilla al mediodía, y nadie quiere acompañar al tema. Si usted me cree al leerme, le diré que hay una ley tácita hoy en Argentina: quien se empeñe en rememorar los días oscuros de 2030 lo hará con pena de muerte. Bueno… No de una muerte física, está claro -sin hacerme cargo de los casos más vehementes-; me refiero a una muerte social, un ostracismo forzado, la condena de andar sobre la vereda contraria a la vida habitual. Y si usted me lo pregunta -sé que no lo ha hecho, pero permítame insistir-, no está tan mal.
Verá, siempre me sentí inclinado por los caminos desconocidos; por las evidencias furtivas, y las sombras inteligentes. Está de más aclarar que tenían otra connotación previo al Apagón que hundió a Buenos Aires -y al mundo- en sombras. La energía regresó, como todos saben, pero… Nunca fue igual. La mayoría no lo admitirá. Le cambiará el tema. Tocerán, y se rascarán la piel empalidecida, y algunos hasta le interrumpirán con sandeces o imaginativos interludios. Pero si usted insiste, si vehemente fuerza el tema en la mesa, entonces es cuando verá la oscuridad en sus ojos. Notará cómo los labios se afinan y las pupilas se dilatan. Como un frío aliento recorre la escena, incluso si se trata del más insufrible verano, y los humores parecen sumergidos en un vaho parco, helado, azulado. Por ende, me he rendido: no traeré más el tema. Admitiré, en público, que no hay nada de qué hablar, y que nada en absoluto ha pasado. Y tal vez, debido a esta falsedad, con el tiempo me lo terminaré creyendo yo también… Y quedaré ahuecado, otro maniquí, asolado en mis sueños, desvelado en el conticinio, pero inmutable bajo la resolana. Es por eso que escribo esto ahora: en parte, para que mi relato por fin cobre carne, para que exista, incluso si nadie quiere oír. Y, por el otro, como una salvaguarda; pues si llegara el día donde mi mente se ofusque y mi imaginación se encharque, podré regresar a él y recordar, o al menos elegir creer, que estas cosas pasaron y fueron así realmente. Que vivo en un mundo fantástico… Y tenebroso. Que el silencio reinante en mi tierra se erige enhiesto en un gran sentido: que algunas cosas son demasiado terribles para recordar. Insoportables de digerir. Algunos recuerdos… Están vivos. Son sombras inteligentes. Y no son tal cosa como resquicios del pasado, no; pues no pertenecen a la lógica de nuestro tiempo y, por ende, habitan todos los espacios oscuros: ayer, mañana y ahora. Tal vez, entonces, a usted al contarle le hago un mal. Procure que, desde ahora, continúe solo bajo su propia discreción. Tal vez en su tiempo esto ya no sea un tabú… O tal vez no aún. Pero recuerde: todo saber debe ser castigado.
Fue en aquel entonces, creo que en Abril, que sucedió para mi. Era de noche, una velada particularmente fresca, eso puedo rememorar. Escapa a mi memoria qué estaba haciendo exactamente; tal vez yacía en el sofá, apenas mirando algo en la televisión, mientras usaba mi celular. No recuerdo particularmente el momento donde todo se apagó… Pero quedó grabado en mi memoria un chillido. Creo que provino de mi celular. Fue algo análogo a un cerdo en un matadero. Me puso la piel de gallina, y lo dejé caer con asco; nunca lo volví a encontrar. Pero estaba solo, certeramente, y residía en Adrogué, en el partido de Almirante Brown, en lo que nosotros llamamos el conurbano bonaerense. Creo que tuve suerte, por lo que oí mencionar en los círculos bajos; pues el Apagón golpeó mucho más fuerte en la ciudad. Pero estábamos cerca, y tal vez fue por eso que una buena parte del primer impacto la pasé tumbado, en unas desagradables náuseas, que se me arremolinaron en una especie de sueño ciego y febril.
Sé que algo vi, aunque tal vez está mejor dicho percibí, pues en las tinieblas yo estaba inmerso y perdido. La noche era cerrada, y mi mundo moderno no estaba preparado para que le soplaran juntas todas las velas. De lo que estoy seguro es que de pronto abandoné mi hogar, cuya división en otro tiempo se había sentido como un santuario, y ahora lo percibía más profano, corriente digo, que una estación de colectivo. Fue como si los muros hubiesen sido derribados; pero la puerta, las ventanas, las paredes y los muebles seguían allí, indiferentes a la travesía lóbrega a la cual me descubrí inusitadamente arrastrado. Me abalancé así hacia la calle, precipitado en un atropello de pies que pateaban en la oscuridad, de pronto el aire viciado de interior, todo negro, abriéndose a través del frescor de mi tacto y el aroma del exterior, hacia ese afuera.
Oscuro. Todo oscuro. Un mundo bruno. Se oían, ahí y allá, pasos y movimientos. Pero era como si cada uno de nosotros, fuéramos humanos o animales, hubiéramos optado por estar… Curiosamente atentos. Los grillos no cantaban. Los perros no ladraban. Ni siquiera pude oír a un bebé llorar. Aunque he alcanzado a preguntarme, intentando rememorar sin adulteraciones esa noche febril, si no habré en cambio perdido la capacidad del oír. Pero recuerdo, o al menos eso creo, el arrullo de la brisa, y la esquelética acústica de las ramas de los árboles, peladas de hojas verdes, las cuales ahora crujían tostadas bajo mis pies.
Debí haberme extraviado, aunque luego corroboré que en mi increíble traslación no recorrí más que la distancia necesaria para arribar a la esquina de mi cuadra, sobre la calle Nother. Se sintió como una eternidad, pero aún era de noche. El tiempo se esfumaba del linde de mi percepción, pero de a poco reparé en que las tinieblas se tornaban en penumbras; y si bien el lóbrego dominio de la calle me tenía aprehendido entre su puño dentado, habré sido capaz de dilucidar ciertas formas y líneas direccionales que me advirtieron el hecho de que aún estaba transitando el mundo humano. Mis sentidos se agudizaban, provocando en mi interior movimientos semejantes a lo que debe haber sido, en otro tiempo, el habitual del hombre: aquellos del mundo oscuro, desprovisto de la electricidad, de la luz del fuego o de la luna, plagados de augurios elusivos y sombras… Inteligentes.
Le vi, allí, en lontananza. Lo noté por cómo se cortaba el bruno del asfalto contra el devorador vantablack de los árboles, los cuales a su vez cedían a una palidez más etérea del cielo nocturno. De algún modo, tal vez de refilón -aunque hasta el día de hoy ignoro qué fuente de luz podría haberle destacado de modo semejante-, le vi. Advertí su silueta noctívaga a lo que estimé sería el final de la manzana, pero, ¿quién podría decirlo, en medio de tal vampírica oscuridad? Podía asegurar que mi mitad del camino, al menos por los primeros metros, no eran sino una versión crepuscular de mi Adrogué habitual. Mermado en sombras, ahogado en su arrullo negro, pero mío. Sin embargo, donde el cielo era negado por la franja hosca de la cuadra lejana, la negrura era tal que hacía que dentro suyo destacara aquel otro, vigilante. Me dirías que lo normal habría sido saludarle, llamarle; después de todo, era la primera persona que veía desde que las luces se apagaran. Empero, aún me hallaba viciado o hendido por ese instinto pedregoso: “callate, callate”, susurraba raquítica mi mente. Era una súplica, un aliento silente. Las manos que otrora podría haber elevado para hacerle un ademán entre sombras se hallaba helada, rendida a mis costados como si estuvieran atoradas entre el cemento.
¿Qué lejano instinto, qué insospechado temor era el que me forzaba a permanecer inmaculadamente sólido? Tal vez el mismo que aprehendió a mi misterioso vecino, a aquel que se encontraba del otro lado. Enlazados a través de la calle negra, perdidos en la marisma bruna de aquel venenoso conticinio, podría determinar una cierta elusiva sombra, una forma de hombre, pero se me desdibujaba entre los tonos de la penumbra. No sé qué fue lo que noté, porque contemplarle de frente me plagó, de hecho, con una crepitante incertidumbre. Algo que trepaba por mi espalda, húmedo y helado, atenazando con brío mi aliento frío, visión ponzoñosa, arrebatadora del deseo de permanecer parado. “Hora de volver a casa”, habré pensado. Y ahí fue cuando me apresó el horror: mis piernas… Se rehusaron. Quise girar sobre mis pies sin éxito. Me sentí colgando como un fiambre muerto de un gancho, sangriento y oxidado, del frigorífico. No fui capaz de comandar mi cuerpo, y mucho menos de silenciar ese goteo enfermizo que se derramaba desde el fondo de mi mente. Juré que se movía, pero las formas no mentían, al menos no a mis ojos: y mientras más le contemplaba, como un venado atónito en el medio de la autopista, más me adormecía los sentidos al tiempo que me plagaba de un terror hostil. Creo que gimotee, y quizás hasta hice cosas más indecentes bajo el dominio del miedo. Mientras más le observaba peor se movía; y aunque no puedo jurar que le distinguiese ademán alguno, yo le juro que algo cambió en su disposición. Me enferma rememorar esa empatía: porque la conexión era enfermiza, y me removía en mis pies una confusión tenebrosa, la advertencia de un sinsentido escandaloso, el reencuentro primordial con un viejo terror. Un muy. Viejo. Terror. Podría haber sido un lobo, un oso u otra bestia agazapada. Pero no era el caso; era ambiguamente humana, o eso creí; y me pareció así creer, en las profundidades de esa laguna lóbrega, que en efecto no había sido una luminiscencia furtiva la que le destacaba: se trataba, en cambio, de una profundidad inusitada. De una cualidad sombría.
El asfalto bajo mis pies bien podría haber sido lodo. Me arrastraba y me hundía, y cualquier tipo de movimiento habría determinado mi situación hacia la peor de las posibilidades, unas que desconozco pero sospecho entre temblores. La fosa que era el extremo allende de la calle negra, un abismo distante; en su umbral, una lengua con forma, unos dientes agazapados entre las cercas, los buzones y semáforos. Las fauces mórbidas de lo que yo juro ser un visitante. No… Un huésped. Un huésped permanente. Desde el Apagón. No recuerdo bien el incidente, en particular lo que cercenó el enlace indómito. Entre la oscuridad creo que se encendió una luz, un farol incinerante; alguno de mis vecinos había logrado, a través del terror mermante, darle aliento a una antorcha flameante. Y sus flamas intransigentes surcaron el vacío del espacio circundante para echar entre chirridos sibilantes a esas sombras, las que cualquiera habría creído estáticas, pero que se echaron a los rincones como un mar de cucarachas. Y el portador de este fuego se echó sobre mí con un brazo sobre los ojos, pues creo que lloraban, y me suplicó que regresara, que despertara.
Sobre esta última parte no estoy seguro de su veracidad. No recuerdo su rostro, ni el tono de su voz, y mucho menos su nombre. Y me pareció muy curioso, aunque en ese momento aterrorizante, porque sabía que no estaba dormido, pero sin duda me hallaba en una especie de deslizamiento umbrío ¿Por qué me encontraba en la calle? ¿Acaso no me había llamado especialmente la atención la escandalosa pregunta de qué pasaría si surcara el espacio vacío hacia el otro lado? Como un pensamiento intrusivo, tosco y vehemente. Si… La imaginación se me habría apasionado. Pero sólo después, cuando ya estaba separado de ella por la antorcha, cuando me di cuenta de que estaba profundamente embelesado por ese arrullo menguante, por esa sirena, por la sugerencia parca de la apertura más atroz… Justo al final de mi cuadra… En el fondo más recóndito de esa calle negra.








