Capítulo 1
El aire dentro del bar era espeso, una mezcla de alcohol rancio y derrota. Ciriaco golpeó la mesa con los dedos, un temblor involuntario que recorría sus manos mientras su mirada se perdía entre las botellas alineadas en la barra. Cada una era un fracaso en serie, una promesa vacía.
—Otro —murmuró. La voz, áspera y arrastrada, le salió del estómago, cargada de un hastío que le pesaba más que el propio cuerpo.
El cantinero lo miró con desdén, limpiando un vaso con un trapo sucio.
—Ni siquiera has pagado el anterior. No te daré nada hasta que saldes la cuenta.
—Te pago cuando me vaya —respondió Ciriaco, con un encogimiento de hombros que fue pura mecánica, un gesto tan gastado como el cuero de sus botas.
El cantinero suspiró, irritado, y apartó el vaso justo cuando los dedos trémulos de Ciriaco iban a cerrarse alrededor de él.
—Si no vas a pagar ya, lárgate. No vuelvas hasta que traigas dinero.
Ciriaco asintió, vencido antes de cualquier discusión. Se inclinó para levantarse, la espalda encorvada como si cargara décadas de fracaso sobre los hombros. Empujó la puerta y el frío de la noche lo abofeteó, limpiándole por un segundo la niebla del alcohol. Respiró hondo, y el aire cortante le quemó los pulmones.
Cada paso por la acera mojada fue un tambaleo calculado, un pequeño recordatorio de que el alcohol dominaba más de lo que él podía controlar. La ciudad brillaba a lo lejos, sus luces titilantes burlándose de su oscuridad. Una acidez familiar le subió por la garganta, un ardor ácido que no sabía si era del whisky barato o de la rabia vieja.
La acidez del whisky le quemó la garganta, y por un momento, el sabor amargo se transformó en el de la tiza de aquella pizarra donde sus dedos infantiles trazaban letras torcidas. Tenía cuatro años, la luz del aula era cálida y polvorienta. Sus pequeños dedos seguían las letras del libro, torpes, frustrados. Frente a él, Liliana —dos años, el vestido blanco impecable— señalaba el libro y leía. No balbuceaba. Leía. Como si hubiera nacido sabiendo.
—Siempre fue mejor que yo —susurró para sí mismo ahora, y el viento helado que se colaba por su chaqueta delgada pareció confirmarlo.
Se detuvo, apoyando una mano temblorosa en la pared fría de un edificio. La textura áspera bajo sus palmas lo ancló por un momento al presente, pero la mente ya había cruzado el umbral.
Recordó el cuadro de Liliana colgado en la sala, el orgullo en los ojos de sus padres, Zulema y Harold. “Tú siempre eres el destructor, Ciriaco”, le había dicho su padre una vez, con esa voz calmada que cortaba más que un grito. La frase le resonó dentro, y por un instante, la náusea fue tan real que tuvo que tragar saliva.
Reanudó la marcha, encogiéndose aún más dentro de su chaqueta, buscando un calor que no existía. Sus pasos lo llevaban sin rumbo, pero su memoria tenía una dirección fija.
Recordó la ceremonia de graduación de secundaria. Él, ausente por decisión propia, se coló al final para verla a ella, radiante, subir al escenario. Se fue antes de que terminara, sintiendo el vacío de los aplausos que nunca serían para él. Esa misma noche, los gritos de la policía persiguiéndolo mientras corría con el bote de pintura en la mano, la adrenalina mezclada con el miedo palpitándole en las sienes. Era su idioma, el único que sabía hablar cuando las palabras no bastaban: un grito desesperado de “¡Mírenme!“.
Un coche pasó a su lado, iluminándolo por un segundo con sus faros despiadados. Ciriaco desvió la mirada, evitando la luz, como siempre había evitado las miradas de aprobación. El contraste era brutal: el puente, frío, hostil y vacío frente a la calidez cruel de aquellos recuerdos.
El viento helado le azotó la cara, arrancándole una lágrima que se congeló al instante en su mejilla. La acidez del alcohol subió de nuevo por su garganta, un recordatorio ácido de su presente. Para escapar de esa sensación, se aferró al recuerdo de Gisela. Su refugio.
Cabello negro corto, mirada desafiante. Con ella había conocido una dulzura que le daba sentido a su caos. La amaba con una intensidad que le dolía en el pecho. Por eso, después del baile de graduación, se sentó en una banca del parque, con el corazón latiendo a mil, decidido a pedirle matrimonio.
—Cásate conmigo —había dicho, las palabras saliéndole atropelladas, infantiles.
La banca del parque estaba fría bajo sus muslos. Las luces de las farolas apenas iluminaban sus manos sudorosas, temblando mientras sostenía el anillo barato que había comprado con semanas de propinas mal ganadas.
—Ciriaco... eres un chico muy tierno pero no —dijo Gisela con suavidad, bajando la mirada.
—¿Eh? ¿Por qué no? —preguntó él, con la voz quebrada entre nervios y desesperación.
Ella respiró hondo antes de clavarle la puñalada:
—Ciriaco, ni siquiera pudiste conseguir las flores que te pedí para mi fiesta de cumpleaños. Dijiste que el negocio de flores estaba cerrado, pero yo pasé y vi que estaba abierto. Tienes sueños, sí, pero todos se quedan en eso: sueños. No quiero casarme con un soñador. Quiero casarme con un hombre.
Las palabras de ella resonaron en el presente con la fuerza de un golpe. Ciriaco apretó la baranda del puente con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, a pesar del temblor. El metal helado le mordió la piel. ¿Cómo no lo supo entonces? ¿Cómo no vio que era el principio del mismo final?
No insistió. Solo la observó alejarse, con el corazón hecho trizas. Pero la vida, perversa, le tendría una trampa. Meses después, Gisela regresó. No con una sonrisa, sino con la noticia que lo cambiaría todo: estaba embarazada.
Un escalofrío más profundo que el del viento recorrió su espina dorsal. Se casaron a la fuerza, sin amor suficiente, aunque él siguió creyendo, con terquedad de borracho, que ella era su razón de vivir. A los 24 años ya era esposo y padre, roles para los que nunca estuvo preparado.
Intentaron salvar la relación trayendo otro hijo al mundo, como si los niños fueran pegamento para un jarrón roto. No lo fueron. Solo sumaron gritos, deudas y la mirada cada vez más fría de Gisela, que dejó de verlo como un compañero para verlo como un obstáculo.
Ciriaco sintió cómo el vacío en su estómago se hacía físico, una náusea que subía desde lo más hondo. Él lo intentó. Lo intentó de verdad. Pero nunca supo cómo ser el hombre que ella necesitaba. Eventualmente se divorciaron. Los hijos se quedaron con ella. Y él volvió, derrotado, al techo de sus padres.
Una noche, Harold lo encontró frente a la televisión, la mirada vacía fija en un videojuego que ni siquiera disfrutaba.
—¿Piensas seguir así? —preguntó su padre, cruzado de brazos en el marco de la puerta, su silueta bloqueando la luz del pasillo.
Ciriaco ni siquiera apartó la vista de la pantalla.
—¿Qué más sugieres?
Harold suspiró, cargando años de decepción en un solo gesto.
—¿Sabes lo que duele más, Ciriaco? No es que hayas fracasado. Es que ni siquiera te esfuerzas en fracasar con dignidad. Te caes y te quedas ahí, esperando que alguien te levante. Ya no voy a levantarte, hijo. Estoy demasiado viejo para cargar a un hombre de 29 años.
La voz de su padre le traspasó el cráneo, tan clara y cortante como si estuviera allí, en el puente, susurrándole al oído. Ciriaco apretó los párpados, tratando de expulsar el sonido. ¿Fracasado? La palabra le resonó en los huesos, un eco de cada caída, cada error, cada puerta que se cerró.
—¿Me vas a correr? —preguntó, sin dejar el control de lado, escondiendo el temblor de sus manos.
—Sí. —Harold lo miró con una seriedad que no dejaba lugar a dudas. —Hijo, sé que tienes talento para algo. El problema es que no tienes motivación. Piensa... ¿alguna vez hubo algo que quisieras ser?
El silencio se llenó con el ruido estridente del videojuego. Entonces, una chispa lejana, casi apagada, se encendió en su memoria.
—Hm... ¿policía? Sí... será eso.
¡Policía! La ironía le provocó una arcada seca. Se inclinó sobre el vacío, tosiendo, mientras el recuerdo de su visita infantil a la estación lo asaltaba: sirenas, uniformes impecables, autoridad. Él, con ese mismo anhelo de orden, de ser alguien. ¿En qué se había convertido? En un borracho tembloroso mirando un río negro.
—Bien —dijo Harold, con un respiro de alivio que sonaba a despedida. —Entonces te apoyamos.
El “te apoyamos” sonó ahora como el último clavo en su ataúd. Asintió entonces sin convicción, con la leve y estúpida sensación de que quizá, solo quizá, podía cambiar. Mentira. Todas las promesas que se hizo a sí mismo acabaron aquí, en este puente, con el sabor del whisky barato y el frío metálico de la derrota calándole hasta el alma.
El viento aullaba alrededor de Ciriaco, un sonido agudo que se mezclaba con el zumbido en sus propios oídos. Para ahogarlo, se aferró a otro recuerdo, uno que en su momento le había dado un atisbo de esperanza: la academia de policía.
El entrenamiento había sido duro. Las pruebas físicas lo dejaban con los pulmones ardiendo, pero por primera vez, ese dolor tenía un propósito. Aprendió a usar un arma, a formarse en fila, a obedecer. Lo de pelear no era nuevo; desde la secundaria conocía la sensación de un golpe en la cara. Pero ahora lo hacían pelear con técnica. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que servía para algo. Era de los más destacados.
Un espasmo en su brazo, el mismo que tantas veces había entrenado para golpear con precisión, lo devolvió al presente. Lo miró con desprecio, viendo cómo ahora solo temblaba, incapaz de sostener ni siquiera una botella sin derramarla. ¿Destacado? La palabra le sonó a burla cruel.
Pero estaba el obstáculo: el examen escrito. Su maldición. Nunca fue bueno para memorizar. Las palabras se mezclaban, las fechas se borraban. El día del examen, se presentó con las manos sudorosas y el estómago revuelto.
La misma acidez que sintió ese día le quemó ahora la garganta, un sabor agrio a miedo y fracaso. Apoyó la frente en la baranda helada, sintiendo cómo el metal le robaba el poco calor que le quedaba.
Lo llamaron a la oficina del instructor. El aire olía a café recalentado.
—Te robaste las respuestas —dijo el hombre, frío.
—¡No! ¡Ni siquiera sabía dónde estaban! —su voz sonó quebrada, débil, como la de un niño acorralado.
El instructor sacó una hoja doblada.
—¿Y esto?
—No lo hice —murmuró Ciriaco en el vacío, su voz actual un eco ronco de aquella súplica. Nadie lo había escuchado entonces. Nadie lo escuchaba ahora. El recuerdo lo golpeó con toda su fuerza.
Era la plantilla de respuestas. Él se quedó helado.
—Alguien me la puso ahí. ¡Se lo juro!
—Pues qué raro, porque tus respuestas son perfectas.
Por un instante, una chispa de alegría.
—¿En serio?
El instructor se inclinó sobre el escritorio, sus ojos perforando los de Ciriaco.
—Bien. Entonces, contéstame: ¿Qué harías si tu compañero cometiera un error que podría costarle la vida a un civil? ¿Lo delatas o lo cubres?
Ciriaco sabía la respuesta correcta en el manual, pero en su cabeza solo resonó la voz de su padre: “Tú siempre eres el destructor”. Pensó en su hermanastra, en Gisela, en todos a quienes había defraudado.
—Lo cubro —dijo, con la voz rota.
El instructor suspiró.
—Has fallado.
La derrota de ese día era tan palpable como el frío que lo rodeaba. Quedaba fuera de la academia. Nunca sería policía. Lo que más dolió no fue la acusación, sino la certeza de que, por una vez, realmente lo había intentado.
¿Por qué?La pregunta retumbó dentro de su cráneo, un mantra de desesperación. ¿Por qué cada vez que lo intentaba, el mundo se empeñaba en patearlo?
De vuelta en casa, sus padres lo esperaban.
—Ya estamos hartos, Ciriaco —dijo Zulema, con la voz quebrada—. No tienes remedio.
—Ni siquiera me dejaron defenderme... —él, con un hilo de voz.
—No es la primera vez que haces trampa y te atrapan.— su padre lo miró y apartó la vista. —Tienes que irte.
“Tienes que irte.” La orden final. El destierro. Un temblor incontrolable recorrió su cuerpo. Se iría. De una manera u otra, se iría para siempre.
Terminó en un departamento pequeño, con paredes húmedas. Allí se perdió los primeros años de sus hijos, ahogándose en alcohol y excusas.
Sí, el alcohol. Su único consuelo, su único amigo fiel. El que ahora le nublaba la vista y le entumía los dedos. Miró hacia el río negro, abajo. La pintura descascarada de aquel techo deprimente era lo único que veía ahora en la oscuridad.
¿Dios? ¿Dónde estaba Dios?¿De verdad Dios lo odiaba? ¿Por qué lo castigaba así?
La voz en su cabeza estalló en fragmentos cortantes, caóticos:Soy una mierda. Nadie me quiso. Ni mis hijos. Ni mis padres. Ni Dios. ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué?¿POR QUÉ?
El último “por qué” fue un grito mudo que se llevó el viento. No había respuesta. Solo el frío, el vacío y el temblor de unas manos que ya no podían agarrarse a nada.
—Soy una mierda... —La voz de Ciriaco fue un susurro ronco que el viento se llevó al instante. Las lágrimas que le humedecieron los ojos se congelaron en sus pestañas, una fina capa de hielo que nublaba aún más su visión ya empañada por el alcohol.
Tambaleó, arrastrando los pies sobre el asfalto frío. Cada paso era un esfuerzo titánico, los hombros tan caídos que parecían llevar el peso de cada error, cada fracaso, cada persona a la que había defraudado. Una pregunta le ardía en la mente, un bucle obsesivo y punzante:
¿Por qué lo que más nos duele es lo que recordamos mejor?
Sin darse cuenta, los pies lo llevaron hasta el puente. Viejo, oxidado. El sonido del tráfico lejano era un zumbido sordo, pero abajo, el río oscuro susurraba una canción hipnótica y fría. Se apoyó en la baranda, y el metal helado le mordió las palmas de las manos a través de la tela fina de su chaqueta. La humedad de la noche le calaba los huesos, un frío que venía desde adentro.
Miró hacia abajo. El agua negra devoraba la luz de los faroles, transformándola en destellos distorsionados y enfermizos. Sus manos, apoyadas en la baranda, temblaban de una manera incontrolable, un baile espasmódico de nervios y miedo.
—Dios... ¿de verdad? ¿De verdad me olvidaste? —La pregunta se le quebró en la garganta, convertida en un jadeo.
Cerró los ojos. El mundo se redujo al sonido del viento silbando en sus oídos y al latido furioso de su propia sangre.
Soy una mierda. Nadie. Mis hijos. Gisela. Policía. Nada. Nada. NADA.
La voz en su cabeza era un torrente caótico, un coro de fantasmas que coreaban su sentencia.
Inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aire cortante de la noche. Se inclinó hacia adelante, sintiendo cómo la gravedad empezaba a reclamarlo. Sintió el vacío abrirse bajo él, una promesa de silencio eterno. Se entregó.
Y entonces, un golpe seco. Una presión feroz alrededor de su brazo. Una mano. Fuerte. Demasiado fuerte, arrancándolo brutalmente del borde.Sus ojos se abrieron de golpe, desorbitados.
La adrenalina le disparó el corazón contra las costillas, borrando de un latido la neblina del alcohol. El contacto era áspero, real, tan shockeante que le cortó la respiración.
—Estoy cansado... —alcanzó a murmurar, con un hilo de voz que apenas sostenía la sombra de lo que alguna vez fue un hombre.
Fueron sus últimas palabras antes de que la oscuridad, no la del río, sino la de su propia mente agotada, lo envolviera por completo.
“Clamé a ti, oh Jehová; de mañana mi oración se presenta delante de ti. ¿Por qué, oh Jehová, desechas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?”— Salmo 88:13-14
Y en la oscuridad, no hubo respuesta.






![Lycan Soulmates #3: The Lycan of Wisteria Falls [18+]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_4912e8ef60c90f32f2a1447e6b3e0cff.jpg)

