Esa mañana

VOLUMEN 1
PARTE: 1
El pesado portón de la preparatoria se abrió delante de mí, y el ruido de cientos de voces y pasos me golpeó de golpe. Me quedé parada un segundo, mirando cómo todos caminaban en grupos, se abrazaban, se contaban anécdotas de las vacaciones… y yo sentí cómo se me encogía el pecho. Era mi primer día aquí, y aunque me había repetido mil veces que no importaba, que estar sola era mejor que decepcionar a nadie, la soledad se sentía fría, como si me envolviera en una manta vieja y pesada.
Caminé despacio por los pasillos, con la mochila apretada contra mí, sin levantar la vista del suelo. Sabía lo que pasaba siempre: si me cruzaba con alguien, desviaban la mirada. Si intentaba sonreír, miraban hacia otro lado. Nadie se acercaba, nadie me hablaba. Ya estaba acostumbrada, pero eso no quitaba que doliera un poquito cada vez.
Cuando encontré el salón que me correspondía, entré casi sin hacer ruido y me senté en el pupitre más alejado de la puerta, al lado de la ventana. Saqué mi libreta y me puse a mirar las hojas en blanco, sin ganas de nada. Todo se sentía gris, igual que siempre.
Hasta que escuché que la silla de al lado se movió.
Levanté la vista despacio, y se me quedó el aire en la garganta.
El chico que se sentaba a mi lado tenía el pelo del color de la niebla al amanecer: gris suave, con mechones que le caían sobre la frente. Cuando giró la cabeza hacia mí, vi que sus ojos eran del mismo tono, pero brillaban con una calma que no había visto nunca. No se veía impaciente, ni molesto, ni indiferente. Solo me miró, y luego, con una voz suave como el viento entre las hojas, habló:

—Te ves como si estuvieras esperando que todo termine antes de empezar.
Parpadeé varias veces, segura de que me había equivocado. Nadie me decía cosas así. Nadie me hablaba si no era obligatorio.
—¿A… mí? —alcancé a decir, casi en un susurro.
Él asintió despacio, acomodando su mochila bajo el pupitre.
—¿A quién más va a ser? Eres la única aquí que mira el suelo como si fuera lo único que no le va a fallar. Soy Mizuki, por cierto.
—Yo… soy Tsukiko —respondí, y sentí cómo se me ponían calientes las orejas—. No pensé que me hablarías. Normalmente… la gente prefiere no acercarse.
Mizuki sonrió un poquito, una sonrisa pequeña y sincera que no llegó a sus ojos del todo, pero que se sintió real.
—¿Por qué iban a alejarse? No muerdes, ¿verdad? —dijo, y luego señaló el paisaje por la ventana—. A veces la gente no sabe qué decir, así que finge que no ve nada. Es más fácil así. Pero yo prefiero ver. Me gusta saber qué pasa en las cabezas de los demás, aunque ellos no lo cuenten.
—¿Y qué ves tú en la mía? —me atreví a preguntar, sin saber de dónde salía esa valentía.
Él se quedó callado un instante, mirándome fijamente, como si estuviera leyendo algo escrito en mi frente.
—Ves el mundo como si fuera un libro que no te dejan abrir —dijo al final—. Sabes que hay historias increíbles adentro, pero tienes miedo de que si lo tocas, se te rompa en las manos. Y te aburres, porque todos pasan de largo sin detenerse a leer ni una sola línea.
Me quedé helada. Nadie nunca había dicho algo tan exacto sobre mí. Ni siquiera yo misma me había atrevido a ponerlo en palabras.
—¿Cómo… cómo sabes eso? —pregunté con la voz temblorosa.
—Porque yo también estuve así mucho tiempo —respondió él, bajando la mirada hacia sus manos un instante—. Cuando todos gritan muy fuerte, lo único que puedes hacer es callarte para escuchar lo que de verdad importa. Pero luego te das cuenta de que si no hablas, nadie sabe que estás ahí. Y te quedas solo, aunque haya cien personas alrededor.
—Yo creo que es más seguro así —murmuré—. Si nadie se acerca, nadie te puede hacer daño. Y si no esperas nada, no te decepcionan.
Mizuki movió la cabeza despacio, mirando por la ventana hacia los árboles que se mecían con el viento.
—Es seguro, sí. Pero es como guardar una semilla en una caja cerrada para que no se seque: nunca va a florecer, nunca va a saber qué es el sol. El dolor es parte de vivir, Tsukiko. No es lo único, pero está ahí. Y a veces, lo más bonito nace justo después de eso.
—¿Y tú qué buscas aquí? —le pregunté, animándome a mirarlo a los ojos grises—. No pareces alguien que venga solo a sentarse y esperar que suene el timbre.
Él se volvió hacia mí, y esa pequeña sonrisa volvió a aparecer.
—Busco historias —dijo sin dudarlo—. Cada persona, cada día, cada pequeño detalle tiene una historia que contar. Muchos se les olvida escribirla, o tienen miedo de mostrarla. Yo solo quiero escucharla. Y la tuya… empieza justo ahora, ¿no crees?
—¿Y por qué yo? —insistí—. Hay muchos más interesantes, más divertidos, más… todo lo que yo no soy.
—Porque tú no finges —respondió con total naturalidad—. No intentas parecer alegre cuando no lo estás, no te ríes de cosas que no te hacen gracia, no te acercas a nadie por interés. Eres tal cual eres, aunque te dé miedo. Y eso es lo más difícil de encontrar.
Seguimos hablando así durante mucho tiempo, mientras llegaban los demás compañeros y el maestro empezaba la presentación del curso. No hablamos de cosas simples ni tontas: hablamos de cómo cambian las nubes y qué significan sus formas, de por qué nos gustan más los días lluviosos que los soleados, de las canciones que escuchamos sin que nadie más sepa, de las veces que nos sentimos como si fuéramos de otro mundo. Me contó que le gusta coleccionar piedras raras que encuentra en el río, y que su abuela le enseñó a leer las estrellas. Yo le confesé que escribía frases en los bordes de mis cuadernos, pero nunca se las mostraba a nadie. Por primera vez en mi vida, sentí que alguien me escuchaba de verdad, como si mis palabras tuvieran el mismo valor que las de cualquier otra persona.
Cuando el timbre del recreo sonó, me dio mucha pena terminar la conversación.
—Hablamos luego —dijo Mizuki, levantándose y acomodándose la mochila—. No te vayas muy lejos, ¿sí?
Asentí, sin saber qué responder, y lo vi salir del salón. Me quedé sentada unos segundos, tocando mis labios como si todavía pudiera sentir la charla ahí, con el corazón latiéndome fuerte y una sensación extraña, como si acabara de cruzar una puerta que no sabía que existía.
Salí al pasillo caminando despacio, todavía perdida en mis pensamientos, cuando vi que venía hacia mí una chica de mi clase. Tenía el pelo castaño recogido en dos coletas, los ojos brillantes y sonreía a todo el mundo; se notaba que conocía a casi todos. Se llamaba Akeno, me acordé de haberlo escuchado cuando el maestro tomó lista. Era de esas personas que llenan el lugar solo con estar ahí, que saludan a todos y hacen que todo parezca fácil.
Al verla acercarse, mi corazón dio un vuelco. Podría hablarle, pensé. Podría decirle hola, preguntarle si quiere caminar juntas. Tal vez también sea mi amiga. Pero entonces recordé cómo siempre me pasaba: las personas tan brillantes se apagan al estar cerca de alguien como yo, o se aburren rápido, o simplemente se van. Me quedé parada un segundo, con la boca entreabierta, dudando… y al final bajé la mirada, apreté las manos contra las correas de mi mochila y seguí caminando de largo, como si no la hubiera visto.
Escuché que ella decía algo como “¡Hola!” a lo lejos, pero no me detuve. Me fui al rincón más alejado del patio, me senté en un escalón y me quedé mirando el suelo, preguntándome si había hecho bien, si había perdido otra oportunidad… pero al mismo tiempo, no me arrepentí del todo. Todavía no estaba lista. Mizuki había sido diferente, pero el resto… no sabía.
Las clases terminaron por fin, y caminé a casa con paso lento, mirando las casas y los árboles por el camino. Al entrar, mi madre estaba en la cocina preparando la cena, y al verme, se limpió las manos en el delantal y se acercó a abrazarme fuerte.
—Ya estás en casa, mi vida —dijo, sentándonos las dos a la mesa—. Cuéntame, no me digas solo “bien” o “nada”. Quiero saber de verdad. ¿Te sentiste cómoda? ¿Hay alguien que te llamara la atención?
—Fue raro —empecé a decir, mientras servía la comida—. Pensé que sería igual que siempre, que nadie me hablaría y estaría todo el día callada. Pero se sentó un chico al lado mío, y hablamos mucho. No fue como las otras veces, mamá. Él… parecía entender muchas cosas sin que yo se las explicara.
Mi madre sonrió, con los ojos brillantes.
—¿Y eso te asusta? —preguntó suavemente.
—Un poco —admití—. Porque es muy fácil acostumbrarse a que te traten bien, y luego que todo vuelva a ser como antes. Me da miedo ilusionarme. También vi a una chica muy simpática, pero no me atreví a hablarle. Siento que si me acerco, les voy a estorbar.
—Nadie estorba por existir, Tsukiko —dijo ella, tomándome la mano sobre la mesa—. Las personas no son espacios que se llenan o se quedan vacíos. Cada uno trae algo nuevo, y a lo mejor esa chica también quería conocerte, pero tenía la misma duda que tú. Y sobre ese chico… no tienes que decidir nada todavía. Solo vive lo que pase, sin miedo a equivocarte. Si te hace bien, quédate. Si no, sigues tu camino. Pero no cierres la puerta antes de ver qué hay del otro lado.
Seguimos comiendo y hablando de muchas cosas: de cómo le había ido a ella en el trabajo, de la receta nueva que quería probar el fin de semana, de si el perro de la vecina había vuelto a escaparse. Fue una charla ligera, divertida, sin preguntas incómodas ni respuestas cortas, y me hizo sentir mucho más tranquila.
Después de ayudarle a lavar los platos, me fui a mi cuarto, me di una ducha caliente que me quitó todo el cansancio y la tensión del día, y me puse mi pijama suave. Me acosté en la cama, y tomé el celular para ver las redes sociales, aunque no tenía muchas notificaciones: unos pocos mensajes de páginas que seguía, fotos de paisajes, dibujos que me gustaban. Pero no lograba concentrarme en nada.
Dejé el celular alado mío, mirando el techo oscuro de mi habitación. Todo lo que había pasado en el salón volvía a mi mente una y otra vez: su pelo gris, esos ojos del mismo color, sus palabras tan certeras, la forma en que me escuchaba sin interrumpirme. Él me había dicho su nombre, lo sabía… ¿verdad?
Cerré los ojos, y su voz resonó en mi cabeza una vez más.
Soy Mizuki, por cierto.
¿Mizuki? ¿Era ese su nombre? ¿Lo había recordado bien?

Me quedé ahí, en la oscuridad, con una sonrisa pequeña en los labios y el corazón latiéndome despacio, pensando en él, preguntándome qué historias más guardaba, y si de verdad volveríamos a hablar al día siguiente.








