Capítulo Único
Nunca me había detenido a pensar en cómo iba a morir, pero definitivamente ninguna de mis suposiciones se habría acercado siquiera a lo que el destino tenía preparado.
¿La realidad supera a la ficción? Pues sí, te aseguro que sí.
Lo descubrí aquel viernes al atardecer, cuando estaba sentado en aquella estación casi solitaria, esperando el único transporte disponible: un pequeño tren "retro" con capacidad para apenas 50 pasajeros. Era un servicio turístico, pero resultaba mi mejor opción; mi apartamento estaba ubicado en una provincia minúscula que contaba con la estación de tren más pequeña del país. Un sitio remoto entre montañas, eso sí, con unas vistas increíbles que mi cámara adoraba capturar. Tenía mi estudio de fotografía en una zona más habitada, pero despertar con aquel paisaje cada mañana hacía que valiera la pena el sacrificio de viajar en el viejo y ruidoso tren durante una hora, todos los días, con un pase de turista.
Era como la oreja de Van Gogh: estaba sangrando por amor al arte.
Sin embargo, ese día llovía a cántaros. Me había retrasado casi cuatro horas y, según mis cálculos, el tren realizaría su último recorrido nocturno. O al menos eso esperaba. Me frotaba los brazos desnudos, abrazándome a mí mismo en un intento desesperado por generar un poco de calor, pero el hambre y el frío se habían aliado para hacerme sentir sumamente incómodo.
Por fortuna (o desgracia), el estruendo del tren se escuchó a lo lejos. Suspiré aliviado al saber que no pasaría la noche en aquel lugar, mientras recordaba lo jodidamente felices que lucían los novios en la sesión de fotos que me había costado mi único transporte.
Cuando el tren se detuvo, subí rápidamente para refugiarme del frío. Como de costumbre, no vi rostros conocidos entre las, más o menos, veinte personas a bordo. Decidí buscar un asiento con más atención, pues la atmósfera a mi alrededor no me daba buena espina. Entonces lo vi. Sentado en uno de los asientos dobles, justo después de una de las barras de metal. Tenía los auriculares puestos y observaba por la ventana, quizás contemplando la borrosa luna que apenas se dejaba ver.
Avanzé en silencio y me senté a su lado. No le pedí permiso ni le di explicaciones; supuse que él me entendería. Destilaba miedo por los poros y, de algún modo, era el único rostro familiar en ese vagón. Me sorprendió cuando, al notar mi presencia, me dedicó una sonrisa.
¿Se le habría hecho tarde a él también? ¿De dónde venía? Me sentí estúpido por no conocer esos detalles de alguien que vivía en el mismo sitio que yo. Había menos de 200 habitantes; era imposible no conocernos, sobre todo porque llevábamos dos meses viajando en el mismo horario. Sin embargo, no sabía ni su nombre hasta ese momento, en el que lo pronunció mientras me ofrecía su mano.
—Gael... —dijo.
Le sonreí y respondí en un susurro:
—Ian.
No hubo más charla. Él volvió a dirigir la vista a la ventana mientras el tren se ponía en marcha. Mi celular estaba descargado, así que no tenía más distracción que observar las montañas difusas. La lluvia golpeaba el viejo y único vagón con un susurro constante, un sonido que, sumado al cansancio, empezó a adormecerme. Jamás fui de los que duermen en el trayecto, pero ese día todos los factores se pusieron en mi contra. Me froté los ojos y bostecé, notando la dulce mirada de aquel chico sobre mí. Decidí ignorarlo; si lo miraba más tiempo, terminaría rojo como un tomate. Recosté la cabeza en el asiento y cerré los ojos.
Pero cuando creí que mi mayor preocupación era evitar la mirada del chico musculoso que me gustaba, la vida me demostró lo equivocado que estaba.
Un grito desgarrador rompió el silencio. No pude distinguir quién era. Las luces del tren comenzaron a parpadear y, segundos después, un estruendo de frenos metálicos nos sacudió. Una luz cegadora enfocó el tren desde arriba: un helicóptero que llegaba demasiado tarde. El tren empezó a tambalearse violentamente mientras todos luchábamos por no caer. Las vías estaban rotas.
Miré a mi lado con terror y noté que Gael estaba igual de asustado, pero me sostenía con fuerza. Su mano sobre la mía me daba una esperanza que, en el fondo, sabía que no existía. Gritos y estruendos de metal retorcido llenaron la noche cuando el tren descarriló por el deslave de la montaña.
Quería gritarle lo típico de las películas: "me encanta tu sonrisa" o "qué gusto morir tomando tu mano". Pero en la vida real no hay diálogos de guion; solo hay un nudo en la garganta y un miedo paralizante. De repente, sentí mi cuerpo salir despedido mientras el vagón giraba sobre sí mismo. Cristales estallaron y escuché mis propios alaridos, pero su mano cálida nunca me soltó.
Y, de repente, hubo silencio.
Me moví con dificultad entre la chatarra retorcida. Sentía mi pierna rota, el hombro fuera de lugar y el sabor metálico de la sangre que escurría por mi frente. El frío de la noche y la lluvia tampoco ayudaban.
Pero después de la agobiante situación, una luz de esperanza iluminó mi rostro: rescatistas.
Busqué a Gael con desesperación; su mano seguía aferrada a la mía. Le pedí a gritos que nos sacaran. Un rescatista entró por la abertura de una ventana rota y me pidió que me arrastrara hacia él.
—Gael... han venido por nosotros —le susurré entre sollozos—. ¿Estás bien?
—Tienes que salir primero... —respondió él.
Comprendí sus palabras. Soltamos nuestras manos y me arrastré hasta los brazos del socorrista. Me sacaron de allí, vivo, pero al mirar a mi alrededor, noté que era el único que estaba afuera. La náusea me invadió.
Los rescatistas estaban llevándome hacia otro sitio que ni pude distinguir debido a la oscuridad de la noche, pero al echar un vistazo hacia atrás, noté qué no estaban haciendo nada por las personas que estaban dentro. Exigí que sacaran a Gael, pero uno de los rescatistas negó con la cabeza mientras salía.
—¡Saquen a Gael de ahí, joder! —grité, pero mis súplicas fueron ignoradas.
Me solté del socorrista y me arrastré de vuelta a la abertura. No iba a irme sin él. Pero antes de poder ingresar, otro rescatista me sujetó impidiéndome avanzar.
—Señor, debe tranquilizarse. No hay nada que se pueda hacer...
No quise creerle. Me solté y, por un instante, pude ver hacia adentro. Mi corazón se rompió en mil pedazos. Sus ojos rasgados me miraban con una sonrisa débil, manchada por un hilo de sangre. Una barra de metal le atravesaba el abdomen. Estaba agonizando, mirándome, mientras su mano yacía inmóvil en el lugar donde la dejé.
—No... Por favor, no.
Rompí en llanto al ver tan desgarradora imagen frente a mí, y sin saber que hacer, sólo quería volver a tomar su mano.
Me sacaron a la fuerza mientras la lluvia torrencial caía sobre nosotros. Grité su nombre hasta que mi garganta no dio más. Grité hasta que sentí que alguien me sacudía.
Abrí los ojos, sollozando con fuerza.
Allí estaba él, mirándome con preocupación, con sus brazos rodeándome y su abrigo cubriéndome. Me limpió las lágrimas con los dedos. Yo no podía parar de temblar, así que él me sonrió con ternura y me susurró al oído:
—¿Una pesadilla conmigo?
Una pesadilla... Era sólo eso.
Di gracias al cielo porque era solo eso, y rompí en llanto nuevamente.
Asentí, riendo y llorando al mismo tiempo, mientras el ruidoso tren llegaba a la pequeña estación. Me abrazó con fuerza mientras mis latidos se calmaban. Era tan extraño, tan hermoso... él nunca sabría la paz que me daba verlo ahí, sonriente.
Al llegar a nuestro destino, nos bajamos del tren. Caminamos en silencio, uno al lado del otro, ya que él me cubría con su paraguas.
Él seguía viéndome dulcemente y en silencio, como intentando descifrar mi mente. Fue en ese momento que decidí que ya no quería ser un extraño para él, quería saber quien era, conocer a su familia, saber de su trabajo, invitarlo a un café, tomarle fotografías a escondidas, abrazarlo y sentir su olor tan calmante, volver a sentir su calidez y los latidos de su corazón.
Quería ser suyo.
Abrí la boca para decir algo, pero él se adelantó y dijo:
—A mí también me gustas, Ian.
Entonces, sonreí.








