El ojo que parpadea
Nunca debí observarlo.
Desde entonces, la observación es constante.
El observatorio estaba tan solitario y silencioso como siempre. Era medianoche, mi horario preferido para las sesiones de observación. Ajusté el telescopio según el protocolo y verifiqué la calibración del espectrógrafo para observar aquello que siempre llamó mi atención: la nebulosa de la Hélice, también conocida como el “Ojo de Dios”.
A medida que la noche avanzaba, la observación se prolongó más de lo previsto, sin interrupciones técnicas registrables, aunque con la persistente impresión de que algo me llamaba, casi como un susurro. Cuando consideré retirarme a descansar e ignorar dicha impresión, una curiosidad inesperada se impuso. Decidí revisar por última vez los datos obtenidos, convencido de que se trataba de un fenómeno menor.
Fue entonces cuando descubri una discrepancia: los registros no coincidían con la imagen del telescopio. Al comprobar nuevamente el campo de observación, tuve la inquietante impresión de que la estructura central se desplazaba levemente… cerrándose y abriéndose, casi como si parpadeara.
Incrédulo ante lo que acababa de ver, volví a observar el campo. La nebulosa se encontraba nuevamente en su estado habitual, sin variaciones visibles. Pensé entonces que se había tratado de un error mío o de una mala interpretación causada por el cansancio. Había pasado demasiadas horas observando sin descanso, así que decidí dar por concluida la sesión, regresar a casa y revisar los datos con mayor detenimiento al día siguiente. Sin embargo, esa noche fue imposible descansar. Al dormir, tuve un sueño extraño y persistente, como si algo intentara llamarme desde el mismo lugar que había dejado atrás. Soñé con una sucesión de círculos que se cerraban lentamente. No había imágenes definidas, solo una sensación de presión constante y la inquietante certeza de que el sueño me observaba de regreso.
A la mañana siguiente desperté babeando, algo que no era habitual en mi vida diaria. Aun así, regresé al observatorio durante el día, convencido de que la anomalía no volvería a repetirse. Sin embargo, al entrar, tuve la inquietante sensación de que la observación ya había comenzado.
Incrédulo ante todo lo ocurrido, revisé los datos obtenidos la noche anterior. Allí estaba nuevamente el movimiento imposible de la nebulosa, registrado con claridad. Decidí mostrar los resultados a mis colegas astrónomos, pero todos coincidieron en que se trataba solo de cansancio acumulado o de un fallo del sistema informático. Argumentaron que un movimiento de esa magnitud sería imposible para un astro de su tamaño y que, de haber ocurrido realmente, no existiría un marco teórico capaz de describirlo. Esas explicaciones no me convencían. Sabía lo que había visto y, sobre todo, lo que había sentido; resultaba imposible aceptar que todo hubiese sido producto de mi mente cuando los datos estaban allí, intactos. Aun así, decidí no discutir más, regresar a casa y pensar con calma. Durante el resto del día la sensación no desapareció: me sentía observado de forma constante, como si algo invisible rozara mi piel y la quemara lentamente. Al caer la noche, ya no pude ignorarlo. Volví al observatorio a la misma hora que la noche anterior. Cada paso me erizaba el cuerpo, una tensión creciente que se apoderaba de mí hasta llegar al telescopio. Entonces lo vi otra vez: el núcleo de la nebulosa se contraía y se expandía lentamente, repitiendo aquel parpadeo imposible, como si supiera que yo estaba allí mirándolo. Mientras más lo observaba, más comenzaban a arderme los ojos, una sensación inexplicable que, lejos de obligarme a apartar la mirada, me anclaba aún más al telescopio. Sentía el impulso claro de parpadear, pero no podía hacerlo. Fue entonces cuando el núcleo cambió sutilmente: aquello que había llamado “iris” se desplazó, ajustándose, hasta quedar alineado con mi posición exacta. La idea era absurda, imposible desde cualquier punto de vista científico, y aun así no lo pude negar. El terror me recorrió el cuerpo, pero junto a él surgió algo distinto, una atracción profunda, casi reverente, como si esa cosa no solo me estuviera observando, sino invitándome a continuar.
Hasta que un ruido abrupto me arrancó de aquel acto hipnótico. Provenía de la puerta de entrada del observatorio: era Alice, que acababa de llegar. Dijo que me había llamado varias veces sin obtener respuesta. No iba a entender lo que estaba viviendo, la mayor obra jamás contemplada por un ser humano, y mucho menos que aquello era mi descubrimiento. Le respondí que el tiempo se me había pasado analizando un cometa y que luego hablaremos del tema, intentando que me dejara solo. Sin embargo, insistió en que descansará; dijo que tenía los ojos enrojecidos y un aspecto que no le gustaba en absoluto. Fue entonces cuando, al notar que no lograba apartarme del telescopio, Alice se acercó a mi lado y comenzó a revisar mis notas. Ya no eran registros detallados sobre el universo ni mediciones precisas: eran garabatos, repeticiones, símbolos trazados con una urgencia casi infantil. Para cualquiera, carecían de sentido. Yo mismo lo sabía. Sin embargo, también entendía algo más inquietante: no estaban destinados a ser comprendidos por un ojo que no hubiera tenido contacto con el Ojo de Dios. No estaba escribiendo lo que pensaba, Estaba escribiendo lo que me era transmitido.
No sabría decir cuánto tiempo permanecimos allí. El concepto de las horas había perdido todo sentido frente a aquel parpadeo constante. Alice me observaba en silencio mientras retrocedía un paso, como si necesitara alejarse no del telescopio, sino de mí. Reaccionó de pronto, tirando de mi brazo para apartarme de allí, diciendo que debíamos irnos, que me llevaría con alguien que pudiera entender lo que me estaba pasando. No respondió cuando le dije que nadie podría hacerlo. Me quedé callado al ver que no me escuchaba, sintiendo un vacío creciente al perder de vista aquel ojo, como si algo esencial me hubiera sido arrancado.
Viajé en silencio mientras Alice conducía. Mantuve la mirada fija en el cielo, en el punto exacto donde sabía que se encontraba la nebulosa, aunque ya no fuera visible sin un telescopio. Aun así, sentía su presencia con claridad, ocupando el vacío que había quedado en mí. Seguía llamándome, insistente, exigiendo que regresara y continuara registrando aquello que intentaba transmitirme. Luego de un viaje que se me volvió inconmensurable y de perder el conocimiento por el cansancio, desperté en la sala de un psiquiatra. Estaba llena de colores vivos, ninguno siquiera cercano al de mi nebulosa. Aquella ausencia me resultaba ofensiva.
Mientras pensaba en volver a verla, entró un médico. Movía los labios, pero algo me impedía escucharlo. No era sordera: era desinterés. Solo podía oír aquello que me llamaba desde lejos, exigiendo mi atención con una urgencia silenciosa. Fue entonces cuando lo sentí: la llamada se intensificó, quemándome por dentro sin explicación médica ni psicológica posible. Era imposible resistirla. Me costaba respirar y mi cuerpo respondía con movimientos bruscos que no lograba controlar. Alice, con una mirada cargada de preocupación —y quizá de comprensión—, me sacó del lugar mientras alguien pedía una ambulancia. Pero ya no podía oír nada. La llamada no hacía más que crecer. La voz de Alice se perdió entre el ruido, y su rostro fue lo único humano que alcancé a reconocer antes de que todo lo demás dejara de importar. Entre tanto ruido, Alice dijo algo que logró atravesarlo todo y apaciguar por un instante el murmullo constante: mi nombre. Isaac. Hacía tiempo que no recordaba algo tan simple. Por un breve momento sentí calma, casi alivio. Pero no duró. La llamada seguía allí, insistente, creciendo otra vez, impidiéndome escuchar el resto de lo que Alice decía, reclamando toda mi atención.
No sé cómo ni cuánto tiempo estuve caminando hacia la nada, ni cómo logré salir de allí. Solo sé que esperé a que cayera la noche para volver, guiado por la llamada, hacia mi tan ansiada nebulosa, al lugar al que sentía que pertenecía.
El observatorio me recibió como si nunca me hubiera ido. Volví a ajustar el telescopio con una precisión que no recordaba haber conservado. Cuando reenfoqué la nebulosa, sentí alivio. Allí estaba. Abierta. Atenta. Pero entonces algo no encajó. Al desplazar levemente el campo de observación, descubrí otra estructura similar, apenas perceptible al principio, replicando la forma que ya conocía demasiado bien. No figuraba en ningún catálogo. No estaba registrada en ninguna base de datos.
Dos ojos. Comprendí entonces que nunca había sido observado por accidente. El primero me había visto. El segundo había aprendido a mirarme. La sensación que me recorría el cuerpo, ese alivio constante, se intensificó hasta convertirse en un éxtasis imposible de describir, como si finalmente estuviera presenciando la obra completa. Sin embargo, aquel éxtasis se vio abruptamente interrumpido por una voz conocida. Alice. Había estado siguiéndome; sabía a dónde iría. Intentó hablarme, convencerme de que me fuera, de que aún estaba a tiempo. Pero yo ya lo sabía: no me iría de allí. Nunca más. Cuando volví para mirarla, las dos nebulosas me hablaron directamente. No entendí sus palabras, solo la certeza absoluta de lo que exigían. Luego todo se volvió confuso. Cuando reaccioné, Alice yacía entre mis brazos, inmóvil, cubierta de sangre. El horror debería haberme atravesado, pero no fue así. En su lugar sentí un alivio inmenso, casi sereno. Ya no habría interrupciones. Nada volvería a interponerse entre ellos y yo.
Ya no sé cuánto tiempo llevo aquí. El observatorio dejó de parecerme un lugar; es solo un punto de encuentro. Las palabras empiezan a fallar, pero ya no las necesito. Tampoco le veo importancia a comer ni a preocuparme por mí mismo. No sé siquiera mi nombre, ni si fui yo quien los descubrió o si fueron ellos quienes me eligieron.
Solo sé que ellos observan. Yo observo.
No hay diferencia.








