Todos tenemos una historia que contar
Era una noche en 1730, un barco navegaba entre peligrosas olas de mar, que eran iluminadas de un azul intenso que hacían compañía a la luna; donde valientes marineros viajaban a nuevas aventuras en busca de tesoros y nuevas tierras por conquistar. Esa noche navegaban los Devoradores de Mundos, una tripulación que destacaba por su destreza para tomar lo que no era suyo, pero entre más avanzaban, el viento rugía con fuerza y las olas golpeaban sin piedad el barco. La tormenta se acercaba, eso era inevitable igual que el destino que tendrían sino se acercaban a tierra firme.
Al desembarcar el ambiente era tenso con una calma y un silencio que indicaba que algo no estaba bien, pero aun con miedo buscaron algún refugio, hasta que... Boca Sucia se detuvo en seco y eso llamó la atención de toda la tripulación.
—¿Qué pasa? — Preguntó Tormenta con voz baja.
—Allá — murmuró Boca Sucia señalando a lo lejos.
Entre la oscuridad brillaban unas luces que no tenían porque estar ahí.
El resto de la tripulación guardó silencio, nadie quería decirlo en voz alta, pero ese lugar no era normal.
Aun así, avanzaron.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior. La imaginación jugaba en su contra, llenando el aire de amenazas invisibles. Dudaban, pero la curiosidad —y quizá la necesidad— los empujó a seguir. Y cuando la oscuridad llegó a su fin todas sus paranoias quedaron atrás y vieron de lo que se trataba; las carcajadas no tardaron en estallar... pero se fueron apagando poco a poco.
Algo en ese lugar seguía sin encajar.
—No puedo creer que le teníamos miedo a esto – dijo Pata de Palo.
—¿Miedo, a una fonda? –Respondió Morgan con una sonrisa. –Yo no le tengo miedo a nada. Es más... mañana entraré y no me importa si nadie quiere ir conmigo.
— Si hubieras demostrado la misma valentía que ahora tu hermano seguiría con vida —dijo Drake.
El ambiente se congeló por un momento.
— Cierra la boca Drake. –Gritó Morgan.
—Ya basta —interrumpió Peste—. No ganamos nada con pelear por el pasado.
Morgan apretó la mandíbula.
— ¿Qué más da?, voy solo no los necesito.
— Espera, yo voy contigo —dijo una voz.
Era Espectro.
Las miradas se cruzaron. Nadie esperaba eso de él.
A la mañana siguiente, ambos se dirigieron a la fonda.
El lugar tenía un aire extraño: lúgubre y algo fuera de este mundo.
Dentro, algo llamó la atención de Morgan.
Un menú.
Una sección destacaba sobre las demás:
Platillos imposibles.
Entre ellos, uno sobresalía:
El Pelícano de la Muerte.
Sin pensarlo demasiado, lo pidió.
—Morgan, mejor pide otra cosa... —intentó Espectro.
—¿Tienes miedo? —respondió con una sonrisa desafiante. Porque yo no.
Y comenzó a comer, pese a los comentarios de su amigo.
Al principio, todo parecía normal.
Pero entonces... comenzó.
Los colores se distorsionaron. El mundo perdió forma, Morgan ya no sabía que era real y que no.
Bajó la mirada.
El plato estaba lleno de gusanos.
El asco lo golpeó de inmediato. Se levantó bruscamente y salió lo antes posible, hasta que el vómito lo obligó a detenerse.
Cuando terminó, se limpió la boca, respirando con dificultad.
Y entonces... la escuchó.
Una voz demasiado familiar, pero eso era imposible.
Su corazón se detuvo por un instante.
No podía ser, pero lo era.
Su hermano.
La figura apareció a lo lejos.
Morgan sonrió mientras sus lágrimas caían y el solo podía pronunciar la palabra hermano una y otra vez.
No dudó en seguirlo, pero cada paso parecía alejarlo.
—Sin dudarlo con todas sus fuerzas gritó —Espera, no me dejes, no otra vez por favor.
La desesperación creció.
No iba a perderlo de nuevo.
Corrió.
Sin pensar.
Sin ver.
Sin entender.
Hasta que el suelo desapareció bajo sus pies.
El cuerpo fue encontrado horas después.
Nadie dijo mucho.
Pero todos lo pensaron.
Morgan no pudo más.
Había estado roto desde el principio y eso lo fue consumiendo hasta que decidió irse.
Y aun así... decidieron recordarlo de otra manera.
Como el pirata que nunca retrocedió.
Porque a veces... se necesita valor para vivir, como para morir.
- Rymxz.








