Eishet by E. Silverfrost at Inkitt
Customize readability
Aa

EISHET

All Rights Reserved ©

Summary

Emily despierta sin nombre, sin recuerdos, con el cuerpo aún tibio del líquido que la creó. No tarda en descubrir dos cosas: que algo en ella no es del todo humano, y que nadie a su alrededor piensa tratarla como si lo fuera. Para el científico que la despertó, es un logro que proteger. Para la mujer que dirige el Proyecto E.I.S.H.E.T., es mercancía que debe rendir cuentas. Para el hombre de mirada roja que la observa en silencio, es apenas un experimento más por evaluar - hasta que, en el peor momento posible, es apenas otro experimento por evaluar... o eso parece. Arrojada a una prueba de supervivencia sin más explicación que "sobrevive", Emily aprenderá que su cuerpo se regenera de heridas que deberían matarla... porque, para quienes la crearon, sobrevivir nunca fue suficiente.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: EISHET

El frío fue lo primero que la golpeó: un frío metálico que le calaba los huesos. Abrió los ojos y la luz blanca del techo la cegó por un instante. Estaba tumbada sobre una mesa rígida, con el pitido rítmico de un monitor de signos vitales martillándole los oídos.

Desorientada, intentó mover la mano. El acero de la mesa quirúrgica le arrancó un leve sobresalto y la retiró de inmediato. Rozó unas tablas de madera cubiertas por carpetas repletas de informes amarillentos y hojas llenas de anotaciones. A su lado, un enorme cilindro de cristal, parecido a un tubo de ensayo gigante, permanecía abierto y goteando un fluido viscoso.

Tras recuperar un poco el aliento, intentó incorporarse, pero sus músculos se sentían como gelatina. Sus manos resbalaron sobre la superficie metálica de la mesa; cerrando los ojos y respirando profundamente, intentó hacerlo una vez más, esta vez logrando apoyarse con firmeza. Se sentó lentamente, sintiendo el goteo del fluido viscoso; el olor de este era como el formol que resbalaba por su espalda. Cuando la puerta se abrió, el chirrido metálico de la puerta la hizo sobresaltarse.

Sus ojos, aún llorosos por el fuerte olor, buscaban el origen del ruido; el de las bombillas que colgaban del techo alto oscilaba levemente, proyectando sombras alargadas que bailaban en las paredes. El lugar se sentía como una mezcla entre quirófano y una bodega abandonada, donde lo único constante era el pitido de las máquinas con sus signos vitales que monitoreaban su despertar.

—¡Vaya! Parece que has despertado antes de lo previsto —exclamó el hombre mientras ajustaba sus gafas frenéticamente, como si hubiera estado esperando este momento desde hace mucho tiempo. Se interrumpió de golpe, como si acabara de recordar que estaba hablando de más—. No importa. ¿Cómo te sientes? Perdida, ¿verdad?

El científico continuó revisando sus documentos sin prestarle demasiada atención.

Ignorada por el hombre, la chica deslizó sus piernas fuera de la mesa, se quitó los cables de monitoreo; el contacto de sus pies descalzos con el suelo fue como un latigazo: el metal estaba helado y cubierto con una capa de aquel fluido que seguía goteando del tanque.

Sus rodillas flaquearon al cargar con su propio peso. Tuvo que aferrarse al borde de una estantería metálica, haciendo que los frascos de vidrio tintinearan, para no desplomarse. Con pasos erráticos y la respiración entrecortada, se arrastró hacia la penumbra del fondo, donde otro cilindro gemelo al suyo emitía un tenue brillo azulado. Cada paso le costaba una eternidad; sus músculos despertaban de un sueño de años.

—¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? Mi cabeza da vueltas y… —Se cubrió con sus manos inmediatamente al notar que su cuerpo solo vestía una bata que apenas ocultaba ciertas zonas.

Solo entonces se fijó realmente en el hombre, Solo entonces se fijó realmente en el hombre. Su barba desaliñada y su cabello revuelto le daban un aspecto descuidado. Tras unas gafas algo grandes, el hombre escribía de manera impulsiva mientras la observaba, ignorando sus preguntas.

Al notar que él la ignoraba, examinó el lugar moviendo la cabeza de lado a lado. Se encontró con un par de cámaras; al prestar atención, pudo ver cómo las lentes se ajustaban para seguir su movimiento, enfocándola con precisión. Al desviar la mirada, dio con el cilindro del que había salido. Alcanzó a leer unas palabras: E.I.S.H.E.T. PROJECT.

Continuando con la exploración de la habitación, sus ojos se centraron en el resplandor de otro cilindro. Se alejó del suyo para dirigirse hacia él y, al llegar, lo observó con curiosidad. El líquido en su interior, de un tono verdoso y denso, aún burbujeaba rítmicamente, como si lo que estaba allí dentro todavía respirara.

Al acercarse más, se percató de que contenía a otro sujeto de prueba. Posó su mano en el cristal frío; La silueta del cuerpo, apenas visible entre el líquido verdoso, dejaba claro que era una mujer.

Ella se quedó fija, centrando su mirada en el rostro de la figura, hasta que esta abrió los ojos de golpe.

El impacto fue tal que la hizo retroceder. Sus débiles piernas fallaron y sus pies resbalaron en el suelo pegajoso, haciéndola tambalearse hasta golpear con fuerza una mesa cercana.

El estruendo de varias ampolletas de vidrio rompiéndose bajo su peso llenó la sala, y los fragmentos afilados se hundieron en su piel.

—¡Auch! Eso dolió —se quejó, apretando los dientes mientras intentaba asimilar el ardor de los cortes.

—Niña, ¿qué haces? —niña, ¿qué haces? —dijo mientras la tomaba del brazo con brusquedad.

Él vio cómo su herida soltaba un vapor extraño junto a un siseo casi imperceptible que restauraba su piel. La chica, entumecida, no notó el fenómeno.

El hombre en cambio no paraba de anotar. Acto seguido, le tomó el rostro y la examinó de manera brusca antes de seguir escribiendo. Le hizo una señal para que lo siguiera.

Al llegar a la puerta, tecleó una secuencia en un tablero de números desgastados. Se escuchó el golpe seco del seguro al liberarse y, al empujarla, un rechinido metálico acabó momentáneamente con el silencio del lugar.

Sin comprender por qué, siguió a aquella persona. Antes de cruzar el umbral, inhaló profundo, como si su cuerpo intentara prepararse por ella.

Del otro lado la recibió un pasillo semioscuro, sin ventanas. La humedad manchaba las paredes y la pintura se desprendía en pequeñas escamas; el lugar tenía el aire de un hospital abandonado.

Entonces llegó el olor: antiséptico mezclado con el inconfundible aroma metálico de la sangre, persistente.

Había otras dos puertas. En una se alcanzaba a leer: «Cuarto de muestras».

Al pasar frente a ella, algo cambió. No supo qué era, pero lo sintió: una neblina oscura pareció filtrarse por la rendija inferior. Un frío extraño le recorrió la espalda y soltó un pequeño chillido.

El científico no se detuvo. La empujó con impaciencia para que siguiera avanzando.

Él entró por la segunda puerta.

Dentro había casilleros, de los cuales sacó varios trozos de tela.

Mientras esperaba, ella examinó el pasillo. Cerca del tramo final, pasando el baño, notó que una parte de la pared estaba cubierta con tablas, como si hubieran intentado sellar una ventana.

—Niña, ponte esto. No sé si sea cómodo, pero es mejor… —La observó de arriba abajo, deteniéndose en su bata de hospital—. Es mejor que andar así.

Ella asintió, tomó la ropa y se dirigió al baño. Al entrar, se topó con el espejo; por un segundo creyó que había otra persona allí, hasta que comprendió que era su propio reflejo.

Posó la mano en el vidrio frío y se observó con detenimiento. A juzgar por su reflejo, no parecía tener más de dieciséis años. Su piel era clara, de un tono suave que absorbía la luz sin verse enfermiza. Contrastaba con el intenso color de su cabello, vivo, casi violento.

Sus ojos, del mismo color, no brillaban con dulzura, sino con una curiosidad inquieta, casi animal. Sus rasgos eran finos, pero su expresión estaba marcada por una timidez tensa, como si el mundo le resultara demasiado grande.

Al abrir la boca, descubrió el detalle que rompía cualquier ilusión de normalidad: sus colmillos eran más pronunciados de lo que deberían ser.

Se vistió con una playera de manga larga, pantalones de mezclilla y zapatos negros, probablemente de hombre. La tela le daba comezón, pero lo ignoró y salió minutos después.

—Tenías razón, es algo incómodo —dijo con voz tímida, evitando el contacto visual.

Sin decir nada más, continuaron el camino hasta llegar a una puerta que el doctor abrió usando su huella dactilar. Entraron a una oficina que estaba impecable y bien arreglada; tenía un toque elegante, contrastando con el aspecto maníaco del hombre que no paraba de escribir.

El científico le hizo una seña para que se sentara en un sofá; el lugar tenía una estantería de libros y, sobre ella, un ventilador que giraba lentamente, esparciendo un aire frío que le erizó la piel.

El científico no se sentó de inmediato; se quedó de pie frente al escritorio hasta que puso el último punto en sus notas. Solo entonces tomó asiento y la miró fijamente.

—Estoy consciente de que tienes preguntas, pero empecemos por lo básico —dijo él, observándola con una curiosidad científica desbordante—. ¿Recuerdas tu nombre?

—No… no lo recuerdo —sentía la mente en blanco—. ¿Por qué estoy aquí? Este lugar, este silencio… no lo soporto.

Sintió que el aire de la habitación pesaba cada vez más.

El pecho se le apretaba y una soledad abrumadora, que parecía emanar de las paredes de la oficina, empezó a invadirla.

—Lo imaginaba. Verás, te llamas Emily. Eres parte de un estudio importante, aunque ya presentas una falla: tu falta de memoria. Se supone que evité esas zonas cuando intervine tu cerebro —dijo revisando sus notas—. Pero no importa; que puedas hablar y moverte quiere decir que el experimento fue exitoso en gran parte. Verás, tú eres solo…

Sus palabras fueron interrumpidas por la puerta, que se abrió para dar paso a dos nuevas presencias. Una mujer adulta y refinada, de cabello negro impecable, entró con un aire de soberbia que llenó la habitación; sus pasos eran firmes, pero extrañamente silenciosos sobre el suelo impecable. La acompañaba un hombre de gabardina oscura que parecía moverse como una sombra líquida, ocultando su rostro debajo de un sombrero de ala ancha. Por un momento, el ojo derecho del hombre se posó en Emily.

Ella sintió una incomodidad profunda al notar que compartían un color de ojos similar. El extraño se limitó a pararse junto a la mujer con los brazos cruzados; su gabardina se balanceaba levemente como si ignorara incluso la corriente del ventilador, sino a un impulso propio.

El científico, al verlos, se encogió en su silla como si tuviera un respeto nacido del miedo.

—Eres parte de un proyecto militar —continuó la mujer, ignorando el drama del doctor y arrebatándole las notas de las manos—. Pero para mí solo eres una mercancía que vale su precio en oro.

Al revisar los papeles, la mujer levantó una ceja y clavó la mirada en el científico. Su rostro permanecía gélido, sin que un solo músculo se moviera fuera de lugar.

—¿Por qué ha despertado antes? Si esto falla, estaremos perdiendo dinero. Y sabes qué significa eso, ¿no?

La mujer quedó en silencio; durante esos segundos, nadie se atrevió a hablar. Solo se escuchaba el golpeteo rítmico de su dedo índice sobre el escritorio de madera, esperando la respuesta del científico.

Solo se escuchaba el golpeteo rítmico de su dedo índice sobre el escritorio. En la mente de Emily aquel sonido se convirtió en el tic-tac interminable de un reloj, aumentando la ansiedad hasta dejarla casi en blanco.

La presencia de ambos imponía mucho más que la del científico. Emily no dejaba de mover la cabeza, buscando desesperadamente cualquier cosa en la que fijar la atención para escapar de aquel sonido.

Por un momento vio al hombre del sombrero, pero seguía sin lograr ver su rostro. Sin embargo, la sensación era clara: ese hombre no era una persona normal.

El silencio fue abruptamente cortado:

—Puedo asegurar… que todo está en orden. Ya estuve observándola un rato y está respondiendo con normalidad. Sus signos vitales están en orden; incluso si despertó antes de lo previsto, no hubo complicación alguna —dijo el doctor con los nervios de punta, tartamudeando y sudando frío debido a la ansiedad que le provocaba estar cerca de la mujer.

—Basta de informes. Lo que está escrito aquí, quiero verlo de inmediato —sentenció Alice, golpeando el papel con la punta de su uña. Esbozó una sonrisa gélida—. Es momento de ver si vale su peso en oro.

Aquella expresión perturbó a Emily y obligó al científico a encogerse aún más en su sitio.

—Señorita Alice… ¿Está segura de que esto es apropiado? —preguntó el científico con voz temblorosa, midiendo cada palabra—. Aún no conocemos el alcance total de sus habilidades.

Alice se limitó a sonreír, ignorando por completo la sugerencia. Su lenguaje corporal, gélido y perfecto, dejaba claro que la opinión del hombre no tenía valor alguno.

—Vamos al campo de pruebas ahora —expresó con una calma absoluta.

Sin perder su porte ejecutivo, se levantó y salió de la habitación. Tras ella caminó el hombre del sombrero; sus pasos eran lentos y pesados, cada pisada resonaba con una autoridad sorda que parecía reclamar el suelo que pisaba.

Antes de cruzar el umbral, volvió a posar su mirada en Emily. Esta vez, sin embargo, esbozó una pequeña sonrisa hacia la chica.

Emily, presa de su timidez, desvió la mirada de inmediato. Sentía una punzada en el estómago, ese cosquilleo que aparece cuando alguien presiente que todo está a punto de salir terriblemente mal.

Al salir, Emily sintió una opresión extraña. Volvieron al pasillo oscuro del inicio, pero el silencio ya no existía. el eco afilado de los tacones de Alice marcaba un ritmo firme sobre el suelo, mientras los pasos pesados del hombre del sombrero resonaban como golpes de martillo contra el metal.

La sensación de ahogo era tan fuerte que Emily no podía levantar la cabeza, manteniendo la vista clavada en el suelo y solo alzándola de vez en cuando para analizar su entorno.

—Señorita Alice… siento que es muy pronto —insistió el científico. Su tono, a medida que avanzaban, mutaba del nerviosismo a una fijeza maníaca—. Emily lleva apenas unos minutos fuera del tanque. Si la sometemos a esa prueba ahora, podría perder a Emily, y es algo que no estoy dispuesto a aceptar. Piénselo: si muere, todo mi trabajo se perderá, y el éxito del segundo proyecto podría depender de los datos que ella genere hoy.

Alice lanzó una sonrisa burlona ante la desesperación del hombre.

—Si usted y su informe dicen que no ha tenido percance alguno, entonces podrá sobrevivir. Y si la perdemos… —Alice hizo una pausa cargada de desprecio—, querrá decir que siempre fue un producto defectuoso.

Emily sintió una punzada de dolor ante aquellas palabras, pero fue incapaz de articular sonido alguno; el estrés la estaba consumiendo.

Su concentración se disolvió en el rítmico clac-clac de los tacones de Alice, un sonido perturbador que la sumergió en un trance hasta que se dio cuenta de que estaban en una nueva estancia: el comedor. Parecía la antigua recepción de planta de un hospital, donde antes las enfermeras anotaban registros, ahora reconvertida.

Cinco mesas llamaron la atención de Emily, quien observó todo con una curiosidad teñida de tristeza. Las mesas estaban vacías y cubiertas de polvo, aunque alguna vez debieron albergar hasta seis personas. En la zona de la recepción habían quitado el vidrio; ahora la barra mostraba una olla y una parrilla sobre paredes grasientas y descuidadas.

Emily no dejaba de mirar el letrero de «EXIT» que colgaba sobre la puerta de las escaleras de emergencia. Estaba tan cerca... pero el eco de los pasos de Alice y el retumbar sordo de las pisadas del hombre la devolvieron a la realidad. Sabía que, al primer movimiento en falso, dejarían de ignorarla para prestarle una atención que no deseaba.

El sonido del elevador al abrirse atrajo su atención. Alice subió primero, seguida del científico. El hombre del sombrero se detuvo junto a la puerta; su presencia física parecía ocupar todo el espacio disponible.

Dejó un hueco para Emily y, aunque no pronunció palabra, su lenguaje corporal le ordenó con claridad: «Sube». Ella obedeció tímidamente, hundiéndose de nuevo en sus pensamientos. El silencio en la cabina era tan denso que Emily empezó a sentirse expuesta. «Incluso mi respiración se escucha», pensó, aterrada.

El ascensor se detuvo en el antepenúltimo piso. Alice y el científico bajaron allí. Emily permaneció inmóvil, pero sus sentidos se agudizaron: desde el pasillo exterior llegaba un eco de murmullos, cadenas arrastrándose y pasos tan pesados que hicieron vibrar la cabina, desprendiendo una fina capa de polvo del techo sobre ellos. Emily sintió un deseo desesperado de bajar y seguirlos, pero las puertas se cerraron.

Con un golpe seco del motor, el elevador subió un instante antes de descender bruscamente hacia el fondo del edificio, provocándole un hormigueo punzante en el estómago.

Buscando algo en lo que fijar la vista, se topó con la mirada del hombre; sus ojos rojos penetrantes le recordaron a los suyos frente al espejo del baño. Presa del miedo y el estrés, Emily bajó la cabeza.

Cuando las puertas se abrieron finalmente en el último nivel, ella seguía paralizada.

El hombre, con un movimiento rápido y cargado de una fuerza bruta que contrastaba con su calma previa, le propinó una patada en la espalda; la presión de la enorme bota la empujó hacia afuera, obligándola a reaccionar.

Por primera vez, Emily estaba al aire libre. Se encontraba en un patio circular, un antiguo punto de reunión del hospital que ahora parecía una arena de combate.

El edificio la rodeaba por completo, alzándose como una muralla de concreto bajo la luz amarillenta de las farolas.

Frente a ella, las bodegas mostraban sus pesadas puertas de persiana metálica, custodiadas por postes con altavoces. A lo lejos, el sonido de los grillos y la fauna nocturna era lo único que recordaba al mundo real, hasta que el estrépito de cadenas azotándose dentro de la bodega la hizo saltar hacia atrás.

Chocó contra el pecho del hombre del sombrero; fue como golpear un muro de piedra. Él, sin inmutarse y sin usar las manos, la empujó de nuevo hacia el centro del claro con un paso firme. Emily apenas recuperó el equilibrio cuando una voz metálica y distorsionada cayó desde los altavoces.

—Inicio de la prueba para el proyecto E.I.S.H.E.T.: Espécimen de Infiltración con Sustitución Híbrida y Ejecución Táctica —anunció Alice a través del sistema de sonido—. El sujeto tiene dos objetivos. Opcional: intentar matar. Principal: sobrevivir.

Un pitido ensordecedor marcó el aviso de apertura. Las persianas metálicas comenzaron a elevarse con un estruendo insoportable para Emily. Desesperada, no fue capaz de apartar la vista de la oscuridad que empezaba a brotar de las bodegas.

Al terminar de abrirse la persiana, Emily notó dos cosas: la primera, que el interior de la bodega estaba sumido en una oscuridad que las farolas no lograban penetrar; la segunda, el olor. Un hedor horrible y pútrido inundó el patio de inmediato. Entonces llegaron los pasos y el arrastrar de una cadena.

De las sombras emergió algo que la hizo dudar de sus propios ojos. «¿Es una persona?», se preguntó. Era un hombre, pero su mitad izquierda era una masa roja de músculos enormes y deformados. Su rostro, aunque normal a la derecha, se transformaba en el lado izquierdo en una pesadilla de rasgos de ogro con colmillos sobresalientes.

Emily permaneció inmóvil, presa de una confusión dolorosa: sentía una familiaridad inexplicable en la mirada cargada de tristeza de aquel ser. El hombre deforme gruñó, observándola con fijeza.

Detrás de ella, el sujeto que la había escoltado ajustó su sombrero y esbozó una sonrisa que parecía cargada de recuerdos.

—Enana, no te fijes en los detalles. Solo ve con todo —dijo él. Su voz, escuchada por Emily por primera vez, tenía un tono burlón, casi juguetón. Acto seguido, retrocedió con pasos lentos y encendió un cigarro.

Emily volteó a verlo justo cuando el altavoz volvió a rugir con interferencia estática.

—¡A partir de ahora, el sujeto de pruebas perfeccionado tendrá una batalla contra el fallido! ¡Emily, demuestra que tu despertar prematuro no interfiere con tus funciones! —exclamó la voz del científico, extasiada por la oportunidad de demostrarle a Alice el éxito de su creación.

El terror absoluto invadió a Emily mientras la bestia rugía. Ella se encogió, uniendo sus manos frente al pecho; sus dedos estaban gélidos y las mangas largas le cubrían hasta las palmas. El aire se volvió tan frío que la hacía temblar.

Giró lentamente la cabeza hacia el hombre del sombrero; sus miradas se cruzaron mientras él exhalaba el humo del tabaco, impasible como una estatua.

—Ayúdame —susurró ella con una lágrima resbalando por su mejilla.

Él no se movió. Bajó el ala del sombrero, ocultando sus ojos rojos bajo la sombra.

Lo siguiente que Emily sintió fue un frío glacial y un líquido caliente brotando de su estómago; su playera comenzó a pesar, empapada por su propia sangre.

—La prueba durará diez minutos —sentenció la voz de Alice.

Un grito de agonía escapó de Emily justo antes de ser lanzada por los aires con una fuerza bruta inhumana. Lo siguiente que recordó fue el impacto seco contra el concreto. Intentó gritar de nuevo, pero la criatura la alcanzó y comenzó a golpearla contra el suelo como si fuera una muñeca de trapo. Emily notó que el monstruo sonreía.

Aturdida y rota, buscó al hombre del sombrero con la mirada. «¡Ayuda!», intentó gritar, pero sus labios no respondieron; no se había dado cuenta de que su mandíbula estaba destrozada. La bestia saltó y cayó sobre su pecho, fracturando sus costillas.

Emily levantó una mano hacia el hombre en un último rastro de voluntad, pero él la ignoró. Entonces, su brazo se partió en dos.

Emily perdió la noción del tiempo. Su visión se tiñó de rojo y sufrió en un silencio absoluto, preguntándose por qué su cuerpo se negaba a morir.

De pronto, la alarma de fin de prueba rasgó el aire. El hombre del sombrero entró en acción con una velocidad que desafiaba la vista. Sujetó al «fallido» por el cuello con una sola mano y, con un movimiento seco y brutal, le destrozó la garganta, ahogando cualquier rugido en una mezcla de cartílago roto y sangre.

Lo lanzó hacia atrás, mientras la criatura aún trastabillaba intentando llevarse las manos a la herida, él simplemente apuntó con sus dedos. Como si preparara un golpe ligero en la frente, disparó una ráfaga de aire comprimido que hizo explotar al monstruo en mil pedazos.

Recogió los restos destrozados de Emily entre sus brazos. Ella, aun consciente por el milagro de su regeneración, lo miró segundos antes de desmayarse.

Notó algo que dolió más que sus heridas: su mirada era de absoluta decepción. Lo que al inicio había sido una sonrisa, ahora era un gesto de desengaño frío. Con esa imagen grabada en la retina, Emily cerró lentamente sus ojos ensangrentados, hasta desvanecerse de sus propios pensamientos.

—Si tuviera que decir algo, al menos su regeneración es potente —comentó el hombre, con su voz resonando en el patio vacío.

—Que se regenere no significa que sirva —replicó Alice desde los altavoces—. No fue capaz de hacerle ni un rasguño.

—Alice, te dije que necesitaba más tiempo —intervino el científico, desesperado mientras conectaba cables al cuerpo de Emily en la sala de recuperación—. Ahora debo monitorear si podrá salir de esto. Aunque sus heridas cierren, existe el riesgo de que su mente se rompa. Podríamos quedarnos con un cascarón vacío... y eso es lo mismo que estar muerto.

Let E. Silverfrost know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Charly's Weihnachten

T.M: Ich kann es gar nicht anders sagen also ich liebe diese Geschichte einfach. Sie hat für mich einfach alles was es braucht. Sie hat mich einfach mitgenommen auf eine echt schöne Reise. Danke❤️

Read Now
Destino Secreto

Karin Rogowski: Gut geschrieben und beschrieben. Die Charaktere und Situationen sind stimmig und nehmen einen gefangen. Mich hat das Buch ab der ersten Zeile fasziniert, genau wie die anderen Bücher davor. Sehr guter Schreibstil und eine sehr gute Übersetzung, nebenbei bemerkt. Dankeschön, dass Du Deine Bücher ...

Read Now
My Blacksmith Savior

Martina partsch: Eine liebenswerte,nette Liebesgeschichte mit einem emotionalen Happy End,fast wie im Märchen.Danke für die schöne Geschichte .

Read Now
Broken Halos MC

cbell558: Writer is very good at balancing just enough descriptive information with moving the story along. Some writers go too far with describing motivations of the characters and their mindset. Their stories move agonizing along at a snails pace. This writer gets you hooked at the beginning and keeps you ...

Read Now
Fashion victime du PDG

Shannon 17: Super histoire , dommage d'arriver a la fin, j'aurais voulu continuer.J'espère qu'il y aura bientôt une suite.

Read Now
An Irish Match

Joyce: This one will warm your heart and soul with a lot more than just Guinness being served to an American woman by an Irish pub owner.

Read Now
What We Never Healed

Austriangirl: Another hot afternoon spent in a haze of romance reading this lovely story. What more could I want, except a man just like Harvey!

Read Now
Buried Alive

Minha: Sooo good sad and sweet lovely ending the only thing I’m disappointed about is that there’s no more chapters haha looking forward to reading ur other books

Read Now