1: La Fortiza
Antes de que amaneciera, Gastón se despertó y se dirigió a su taberna. Hoy se suponía que llegaría el bote cargando el ron; llevaba días esperándolo. Desde que el río se llevó el puente, el desembarco de la mercancía, en lugar de hacerse cada día, se hacía solo los miércoles. Usualmente, a esta hora, nadie más venía, excepto Rubén, que manejaba el bote.
Acercándose a la taberna, Gastón vio que Maite ya había sacado las botellas vacías; ella estaba dentro de la taberna y se las pasaba a Cristóbal, un vecino que siempre se ofrecía a ayudar.
—¡Buenos ojos que te ven, Gastón! —gritó Cristóbal desde el umbral de la taberna.
Enseguida se dio cuenta de que Gastón no había escuchado nada de lo que le dijo. En los últimos años, sus oídos se habían vuelto vagos. Y es verdad que no escuchó nada. Se acercó un poco más a Cristóbal y su cara daba la impresión de que necesitaba que se repitiera lo dicho.
—¡Buenos días! —gritó Cristóbal de nuevo.
—Ah, sí, buenos días —respondió Gastón—. ¿No has visto a Rubén?
—Aún es muy temprano para que llegue —gritó Maite desde la taberna. Se escuchó cómo un par de botellas se rompieron—. ¡Al demonio con este vidrio! Ahora no tendremos las suficientes botellas... —Por suerte, Gastón no escuchó ni cuando las botellas se rompieron ni lo que Maite dijo.
—Ay, mira, ya se asoma el bote de Rubén —añadió Cristóbal señalando al río.
Gastón se volteó para ver y, aunque sus oídos le fallaban, sus ojos aún permanecían como en aquella época antes de la revolución, cuando era joven y ágil.
—No viene solo —dijo Gastón.
—Es verdad —afirmó Cristóbal—. Alguien más está en el bote.
No se movieron de ese lugar hasta que el fondo del bote tocó la orilla. En ese momento, Cristóbal acudió a Rubén para ayudarle con las cajas de ron. No prestaba mucha atención al pasajero que iba con él, aunque esa persona, por su pinta, llamaba la atención. Alto, robusto, enorme, con una barba tupida y con pelo largo y castaño que le caía sobre los hombros. Joven y silencioso. Daba la impresión de ser un leñador vestido de pordiosero.
Rubén salió del bote cargando la última caja hacia la taberna, y Cristóbal lo seguía. De verdad parecía como si a nadie le inquietara la presencia de este individuo. Pero Gastón no paraba de mirarlo. Cuando Rubén se le acercó, este lo detuvo poniendo la mano sobre la caja de madera que llevaba.
—¿Y este quién es? —le preguntó Gastón.
—Qué sé yo, un vagabundo, ¿no ves cómo anda vestido?
—Esta ciudad se llena de mendigos. Este por lo menos se ve robusto; podría trabajar en la segadora en cuanto empiece la temporada de la cosecha —comentó Cristóbal.
—¿Por qué están murmurando? —se escuchó la voz de Maite desde dentro.
—Sal, que tenemos visitas —le ordenó Cristóbal.
—¡Voy! —dijo Maite, pero no obedeció...
Y él, ese desconocido... estaba parado ahí, ni siquiera se había volteado para verlos. Miraba hacia el río que susurraba. El agua era gris y turbia, y manifestaba un ambiente espeluznante. Pensó que tal vez ahogarse ahí no sería tan trágico. ¡Le daba miedo! Le daba miedo, pero no el agua, sino lo que había detrás de él. Le daba miedo voltearse, enfrentarse con lo que estaba a su espalda. Pero vino por eso, y ciertos pasos había que hacerlos, aunque fueran insufribles.
Y cuando por fin se volteó, la vio a ella: la Fortiza, abandonada y arruinada, tal y como la recordaba. Tantos años y, para su desgracia, nada había cambiado. Y él necesitaba que todo cambiara; así no quedaría nada que le recordara a ese trauma que llevaba por dentro. Pero todo seguía igual: la Fortiza y su agonía. La presión le bajó, la vista se le nubló y sintió que la niebla de su mente lo agobiaba; no soportaba el dolor imaginario que ese escenario le causaba. Así, sin una sola palabra, se desmayó delante de la Fortiza y frente a sus espectadores.
Ni Cristóbal ni Rubén, y mucho menos Gastón, se movieron para ayudarle, para sacudirle o hacer algo para que ese individuo volviera en sí. Se quedaron parados, inmóviles y sin hacer ningún comentario sobre lo que acababan de ver.
—¿Quién llegó? —preguntó Maite saliendo de la taberna, frotándose las manos con un trapo.
—Algún borracho —le respondió Cristóbal.
Maite se quedó asombrada viendo al hombre tirado a la orilla del río.
—¡Dios mío! —exclamó corriendo hacia el cuerpo del joven desmayado—. ¿Qué le pasó? ¿Por qué nadie de ustedes le ayuda?
—Déjalo, ¿no ves que está tomado? ¿Dónde demonios lo encontraste, Rubén? —preguntó Cristóbal al barquero.
—Qué sé yo, andaba por el otro lado del río, preguntando por el puente. Cuando le conté que el año pasado hubo una enorme lluvia, que durante la tormenta el río creció y logró derrumbar el puente, este se decidió a venir conmigo hasta aquí, puesto que la barcaza se encuentra a kilómetros de aquí...
Mientras Rubén contaba su historia, Cristóbal lo escuchaba; Gastón no tanto. Maite fue la única que acudió en ayuda del joven. Lo puso boca arriba y se quedó congelada al ver su rostro. Le retiró un mechón de pelo de la cara. Asustada y sorprendida, se volteó a ver a esos tres inútiles que seguían parados en la puerta de la taberna.
—¡Es el conde de Bicondova!
—¿Qué dices, mujer? —preguntó Cristóbal con cara de incrédulo.
—¡Es Tomás Iriarte de Bicondova! —gritó ella aún más fuerte, tanto que incluso Gastón escuchó esto.
Cristóbal y Rubén cambiaron la expresión de sus caras y, siendo totalmente tomados por sorpresa, se lanzaron a ayudar.
El viejo Gastón se quedó ahí, paralizado y mudo. Clavando sus ojos en el inconsciente cuerpo de Tomás Iriarte de Ballester, el conde de Bicondova, en un susurro murmuró:
—El diablo vino por lo suyo.








