Capítulo 1
La luna no crea monstruos. Solo los ilumina.
Cinco años antes.
-¡Por fin llegó el día en el que podremos empezar a estudiar la magia de verdad!
La voz de Valeria resonó con entusiasmo mientras arrastraba a su prima por el sendero de piedra que conducía a la plaza central del pueblo. Valeria desbordaba alegría, de sus ojos oscuros brillando más que nunca. Aria, a su lado, intentaba seguirle el ritmo mientras se acomodaba la túnica de aprendiz.
En el centro, junto al líder del pueblo Arthur, estaba Caleb. A sus veinte años ya tenía el peso de mano derecha bien asentado en los hombros - alto, de complexión fuerte, con el pelo castaño ligeramente despeinado. Extendió una mano y murmuró algo en voz baja - los pergaminos se ordenaron solos, las mesas se colocaron en su sitio. Al ver llegar a las primas, levantó la mirada y les dedicó una sonrisa cómplice.
El bullicio de la plaza se apagó de golpe cuando las campanas de la torre sonaron tres veces. Arthur dio un paso al frente y cuando habló, su voz imponente llegó a cada rincón sin necesidad de alzarla.
-Ha llegado el momento. El destino elegirá hoy a los mentores que moldearán el poder de los nuevos jóvenes.
Un murmullo de emoción recorrió a la multitud.
-Aria -llamó Arthur.
Los ojos del pueblo se posaron sobre ella. Era la hija del líder, y todos sabían lo que eso significaba.
De entre las sombras del estrado dio un paso al frente Gael, el mago más temido de la región. Una figura imponente, de hombros anchos y mirada densa, envuelto en un aura que parecía congelar el aire. El único capaz de dominar las tres magias - Éterea, Khaos y Ábatos.
Al escuchar que Aria sería su alumna, Valeria ahogó un grito. Caleb dio un paso instintivo hacia delante, con la mandíbula apretada. Toda la plaza miraba a Aria como si su destino estuviera maldito.
-Valeria -continuó Arthur.
Un nuevo murmulllo. Valeria era la hija del hermano del líder - sangre de la misma familia. Las miradas se posaron sobre ella con curiosidad, una presión silenciosa que ella, en su alegría, ni siquiera notó.
Para Valeria avanzó Elias. Vestía túnicas de colores suaves, con una sonrisa cálida de abuelo bonachón.
Pero antes de que su mirada se posara en el resto de la plaza, sus ojos encontraron a Valeria con una fracción de segundo de más, cargados de una admiración que no encajaba con la dulzura de su rostro. Fue tan breve que nadie lo notó.
Valeria le devolvió una sonrisa radiante, sintiéndose la chica más afortunada del mundo.
Sin embargo, a unos metros de distancia, Aria y Caleb no compartían su alegría. Aria se abrazó a sí misma, temblando con un extraño mal presentimiento que no lograba explicar, mientras Caleb clavaba una mirada cargada de desconfianza en el amable profesor. Valeria no entendía por qué sus caras eran tan largas; para ella, el día no podía haber empezado mejor.




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