Capítulo 1: El Sueño en el Goshiwon
El silencio en Seúl tiene un zumbido extraño. No es como el de la Ciudad de México, donde incluso en la madrugada se escucha el motor de un camión a lo lejos o el ladrar de un perro. Aquí, en el piso cuatro de un edificio gris en el barrio de Mapo-gu, el único sonido era el de un extractor de aire viejo y los latidos en la sien de Carlos.
Carlos abrió los ojos y lo primero que vio fue el techo, a escasos centímetros de su nariz. Estaba acostado en un goshiwon, una habitación de apenas dos metros cuadrados que en las fotos de internet parecía "eficiente" y "acogedora", pero que en la realidad se sentía como vivir dentro de un clóset. Si estiraba el brazo izquierdo, tocaba la pared de tablaroca; si estiraba el derecho, rozaba el mini escritorio donde descansaba su maleta medio abierta. Su cama no era más que un colchón delgado donde sus piernas, acostumbradas a las largas jornadas de pie, apenas cabían.
El jet lag lo tenía completamente volteado. Eran las tres de la mañana en su cuerpo, la hora en la que normalmente estaría recogiendo las últimas mesas en el restaurante de Polanco, contando las propinas del día y pensando en qué cenar. Pero el reloj digital en su celular coreano —un chip prepagado que le costó una fortuna entender cómo activar— decía que eran las seis de la tarde en Seúl. El sol se estaba ocultando y él no había probado bocado en todo el día.
Carlos se incorporó con cuidado de no golpearse la cabeza, se puso los tenis y salió al pasillo. El olor a arroz al vapor y a humedad impregnaba el ambiente compartido del goshiwon. Bajó las escaleras hacia la calle y el aire helado de la tarde lo recibió de golpe, obligándolo a subirse el cierre de la chamarra.
Caminar por Seúl era como estar dentro de una de las series que solía ver en su teléfono durante sus descansos en el callejón de servicio del restaurante. Los letreros luminosos en vertical, el ir y venir de la gente impecablemente vestida y el destello de las pantallas gigantes en las avenidas eran exactamente lo que había soñado. Pero las pantallas de los doramas no transmitían el frío, ni la profunda sensación de aislamiento.
En Polanco, Carlos se sentía el rey del mundo cuando lograba recomendarle un corte de carne o un vino a un extranjero. Había aprendido un inglés de batalla: "Welcome", "Medium rare", "Check, please". Se sabía el menú de memoria y las frases exactas para que el servicio fluyera. Incluso cuando llegaban mesas de coreanos, ejecutivos de marcas tecnológicas que trabajaban por la zona, él dominaba la situación con una sonrisa y un "Thank you". Pero aquí, en una calle secundaria de Mapo-gu, su inglés de restaurante no servía para nada.
Entró a una pequeña tienda de conveniencia GS25 con el estómago rugiendo. El dependiente, un joven con la mirada fija en su teléfono, ni siquiera levantó los ojos cuando sonó la campana de la entrada. Carlos caminó por los pasillos buscando algo reconocible. Los empaques estaban llenos de caracteres coreanos que le parecían dibujos imposibles de descifrar. Intentó preguntarle al cajero señalando una fila de triángulos de arroz envueltos en alga.
—Excuse me... chicken? Pork? —preguntó Carlos, modulando con cuidado.
El joven lo miró con apatía, soltó una frase rápida en coreano que sonó a molestia y apuntó al lector de tarjetas. Carlos, sintiendo el calor de la vergüenza en las mejillas, solo asintió, pagó a ciegas con su tarjeta mexicana rezando para que no rebotara, y salió con un bote de fideos instantáneos y el triángulo de arroz misterioso.
Se sentó en la pequeña barra de plástico que daba a la ventana de la tienda, viendo pasar a la gente a través del vidrio. Metió los fideos en agua caliente y le dio un mordisco al arroz. Le supo a pescado dulce, una combinación extraña que lo hizo extrañar inmediatamente unos tacos al pastor con harta salsa. Sacó su teléfono y revisó su aplicación bancaria: la conversión de pesos a wones daba miedo. Sus ahorros de dos años de doble turno y propinas guardadas bajo el colchón se estaban drenando mucho más rápido de lo que había calculado. No estaba preparado para la economía de este país; no era un turista rico, era un mesero de la CDMX persiguiendo una fantasía.
Frente a la tienda, una pareja de jóvenes coreanos caminaba de la mano. Él le acomodaba la bufanda a ella mientras compartían un vaso de tteokbokki humeante, riendo por algo que se habían dicho. Parecían salidos de un póster.
Carlos suspiró, sintiendo el peso de la soledad en el pecho. Había cruzado el mundo entero con la ilusión romántica de descubrir esa Corea de los videos, con la secreta esperanza de que, tal vez, entre la multitud de una de las ciudades más grandes del mundo, encontraría a esa mujer ideal que viera más allá de su español nativo y su inglés masticado. Alguien que lo hiciera sentir que el viaje había valido cada peso.
Dejó el bote de fideos vacío en el basurero y sacó su celular para revisar el mapa de regreso al goshiwon. La pantalla parpadeó, mostrando una notificación de la tienda de aplicaciones con un anuncio parpadeante en español: "¿Te sientes solo en el extranjero? Descarga tu asistente personal ideal".
Carlos bloqueó la pantalla, guardó el teléfono en el bolsillo y comenzó a caminar de regreso bajo las luces de neón, sin sospechar que esa pequeña pantalla en su bolsillo estaba a punto de cambiar el rumbo de su viaje para siempre.








