El Trono Del Devorador by Isabel Medel at Inkitt
Customize readability
Aa

El trono del Devorador

All Rights Reserved ©

Summary

Los dioses abandonaron el mundo. Ahora, algo está devorando las almas. Cuando las balanzas sagradas de Ma’at se rompen, Neska —una escriba caída en desgracia— descubre que los muertos no están llegando al más allá. Están desapareciendo. La muerte no es el problema. Es el hambre. Con espíritus invadiendo el mundo de los vivos y el equilibrio al borde del colapso, Neska se ve obligada a aliarse con Setekh, un dios del caos olvidado atrapado en un cuerpo mortal. En el Duat corrompido, descubrirán la verdad que los dioses enterraron: no perdieron el control… lo abandonaron. Y ahora Ammit ha despertado. Para salvar lo que queda, Neska deberá elegir: convertirse en la jueza que imponga el orden… o en el monstruo que lo destruya todo.

Status
Complete
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
18+

El corazón que rompió la balanza

La quietud en la Sala del Juicio había sido construida.

No pertenecía a la naturaleza, sino a la repetición obstinada de siglos, a voces que habían pulido cada palabra hasta volverla incuestionable, a respiraciones contenidas que aprendieron a no interrumpir el orden. Incluso el aire parecía someterse a esa disciplina, desplazándose con cautela, como si cualquier alteración pudiera quebrar algo que no debía romperse.

Las columnas de piedra blanca, atravesadas por vetas de oro antiguo, sostenían un techo cubierto de constelaciones inmóviles. Nada allí cambiaba. Nada se desviaba.

La balanza de Ma’at no conocía el error.

El cuerpo de Lord Khemun reposaba en el centro de la sala, sobre la plataforma de alabastro, dispuesto con una precisión que convertía la muerte en una extensión del orden. Las vendas conservaban el aroma espeso de las resinas funerarias, mezclado con un rastro metálico apenas perceptible, mientras la máscara dorada devolvía la luz en destellos suaves, borrando cualquier rastro de imperfección.

Había sido un hombre imposible de ignorar en vida: tres décadas de campañas sin derrota, templos erigidos en honor al equilibrio, decisiones que habían inclinado el destino de otros con una firmeza que ahora sería puesta a prueba.

Ese mismo peso —el que había definido su vida— aguardaba ahora sobre el plato del juicio.

A su alrededor, su familia mantenía la postura exigida por el rito, rígida, contenida, como si cualquier emoción anticipada pudiera interpretarse como una duda.

El Sumo Sacerdote alzó las manos con lentitud medida, y el leve sonido de sus anillos bastó para ordenar la atención de todos los presentes. Entre sus dedos sostenía un pequeño amuleto en forma de pluma, que apretaba con una firmeza creciente, aunque su rostro permanecía imperturbable.

—Que el corazón sea ligero —entonó—. Que la verdad pese más que la carne. Que el juicio sea justo.

Las palabras descendieron con precisión.

Los acólitos avanzaron.

Uno portaba la caja sellada. El otro sostenía la pluma, intacta, ajena al desgaste del tiempo.

Cuando el órgano fue depositado sobre el plato de la balanza, el ambiente se tensó ligeramente, como si todo lo presente se inclinara hacia ese único instante.

El mecanismo descendió apenas y luego se estabilizó.

El Sumo Sacerdote continuó el cántico, aunque sus dedos se cerraron un poco más sobre el amuleto.

La balanza no respondía.

No corregía.

No decidía.

El tiempo comenzó a estirarse, volviéndose espeso, difícil de atravesar.

El peso sobre el plato latió.

El sonido fue húmedo, fuera de lugar en un espacio donde nada debía persistir tras la muerte.

Algunos de los presentes intercambiaron miradas breves.

El cántico vaciló apenas, una vibración mínima en la voz del sacerdote que se disipó de inmediato.

Nada ocurrió.

Entonces volvió a latir, esta vez con una fuerza imposible de ignorar.

La carne se contrajo visiblemente.

Un crujido atravesó la sala.

No provenía del cuerpo.

Provenía de la balanza.

Una línea oscura apareció sobre el oro y comenzó a extenderse con una lentitud inquietante, como si algo desde dentro presionara contra su propia contención.

El Sumo Sacerdote dio un paso atrás casi imperceptible, y su mano se cerró con mayor fuerza sobre el amuleto.

—Detened el rito.

Había tensión en su voz.

Los sacerdotes intentaron responder, pero las palabras se deshacían antes de completarse, incapaces de sostener su forma.

La línea se abrió más.

La pluma tembló.

Su extremo comenzó a oscurecerse.

El siguiente crujido fue más profundo, y el que lo siguió terminó de quebrar la estructura.

La balanza se partió.

El sonido no fue solo material; atravesó la sala con una cualidad difícil de nombrar, como si algo más esencial hubiera cedido al mismo tiempo.

El plato se inclinó bruscamente.

Pero el objeto del juicio no cayó.

Se contrajo.

Se tensó.

Y volvió a latir con violencia.

El Sumo Sacerdote guardó silencio.

Por primera vez, no tenía palabras.

El órgano se detuvo.

El instante que siguió se alargó más de lo que debía.

Luego, comenzó a abrirse.

No lo hizo de forma brusca, sino lenta, deliberada, como si fuerzas invisibles separaran la carne desde dentro.

No hubo sangre.

Solo oscuridad.

De ella emergieron fragmentos de hueso que se ensamblaban con dificultad, formando una estructura inestable, incapaz de fijarse en una forma definitiva. La criatura que tomó cuerpo parecía no pertenecer por completo al mundo físico; sus contornos fluctuaban, y sus movimientos se desfasaban apenas, como si el tiempo no terminara de aceptarla.

Cuando inhaló, las llamas de las antorchas se inclinaron hacia atrás.

Y cuando avanzó, lo hizo con una rapidez que desarmó cualquier intento de reacción.

El hombre al que alcanzó no tuvo tiempo de apartarse. No hubo herida visible, ni resistencia: solo un contacto fugaz tras el cual su cuerpo se desplomó, desprovisto de todo lo que lo hacía ser.

Un murmullo contenido recorrió la sala.

—¡Contención! —ordenó el Sumo Sacerdote, obligando a su voz a recuperar firmeza—. ¡Recitad las palabras de cierre!

Los sacerdotes comenzaron el cántico.

Las sílabas se fragmentaron.

No lograron sostenerse.

Era como si el lenguaje hubiera perdido aquello que lo anclaba a lo divino.

La criatura se detuvo entonces.

Giró lentamente.

Miró la balanza rota.

En ese gesto hubo algo inquietante, una forma de reconocimiento que no encajaba con la naturaleza de un alma perdida.

El Sumo Sacerdote observó la escena, la mandíbula tensa, la mano cerrada sobre el amuleto hasta marcar la piel.

Entonces comprendió lo que ninguno quería admitir: el rito había dejado de ser válido, y ya no había nada dentro de su fe capaz de explicar lo ocurrido.

Necesitaban a alguien que interpretara lo que estaba fuera del orden.

—Traed a la escriba —dijo.

Neska no se sorprendió cuando fue llamada.

Al escuchar la palabra “balanza”, dejó de escribir y levantó la mirada con una atención inmediata, como si esa posibilidad hubiera estado siempre presente en su pensamiento.

La encontraron rodeada de papiros prohibidos, con tinta en los dedos y fragmentos de conocimiento que nadie más debía consultar.

No hizo preguntas.

Al cruzar el umbral, percibió la ruptura antes de analizarla.

El aire no se comportaba como debía.

Sus ojos recorrieron la escena con rapidez: el cuerpo vacío, la criatura inestable, la estructura fracturada.

Avanzó sin vacilar.

—No os acerquéis —advirtió el Sumo Sacerdote.

Neska continuó.

Se arrodilló junto a la balanza y pasó los dedos por la superficie dañada. El frío que encontró no pertenecía ni a la piedra ni al metal, sino a algo más profundo, algo que no debía estar expuesto.

—No ha fallado —dijo.

El Sumo Sacerdote la observó con rigidez.

—La balanza no puede fallar.

—Exacto.

Neska alzó la mirada.

—Entonces no es un fallo.

Sus dedos siguieron la línea de la fractura.

—Es una interrupción.

Un murmullo recorrió la sala.

—El juicio no se completó —continuó—. Algo detuvo el proceso antes de que el alma llegara a su destino.

La criatura emitió un sonido bajo.

Neska la observó con atención.

—Eso no es un espíritu.

—¿Entonces qué es? —preguntó el Sumo Sacerdote.

Había tensión en su voz, pero también una necesidad urgente de sentido.

Neska no respondió de inmediato.

Su mirada descendió hacia la fractura.

Apartó ligeramente el metal quebrado.

Y lo vio.

Un símbolo antiguo, irregular, profundamente fuera de lugar.

Su respiración se volvió más lenta.

—Esto no debería estar aquí.

—Habla.

Neska dudó un instante.

—Ammit.

El nombre se asentó en el aire sin resistencia.

El Sumo Sacerdote negó, aunque sin la firmeza de antes.

—La Devoradora espera el juicio.

—Esperaba —corrigió Neska—. Siempre después.

Levantó la vista.

—Esto ocurrió antes.

La criatura comenzó a deshacerse, su forma fragmentándose en sombras que no caían, sino que eran atraídas hacia la fractura.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó alguien.

Neska no apartó la mirada.

—No se queda.

La atracción aumentó.

—Se la llevan—

Neska negó suavemente.

—No. La llaman.

La forma terminó de desintegrarse, absorbida por la abertura como si esta no fuera una rotura, sino un umbral.

Luego, nada.

La sala quedó inmóvil.

Vacía de algo esencial.

El Sumo Sacerdote habló con voz más baja, cuidadosamente controlada.

—¿Qué significa esto?

Neska observó la balanza, el símbolo oculto, la carne abierta.

—Que la Devoradora ya no espera.

El silencio que siguió no fue solemne.

Fue incierto.

—Caza.

Nadie respondió.

Porque no había señal de los dioses.

Ni respuesta.

Ni corrección.

Nada.

Neska cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, su voz fue apenas un susurro:

—Y los dioses…

Miró la pluma ennegrecida, la fractura, el vacío que había dejado la criatura.

—Han decidido no intervenir.

Let Isabel Medel know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Full Volume

YukkeTee: I've seen Harper step out of the shadows she’s hidden in, just to find she’s still learning how to exist in the light. Ethan’s quiet care isn’t about pulling her into his world—it’s about meeting her halfway, letting her know she doesn’t have to shrink to fit. It’s a tender, honest story of love not...

Read Now
Die Wölfe von Welby

maryketteler: Ich bin von diesem Roman sehr angetan. Es handelt sich um eine wunderschöne Geschichte, die durch ein tolles Happy End abgeschlossen wird.

Read Now
Chroniken der Werwölfe Band 1 Der Gefährte

Stefanie : Manchmal irritieren die Schreibfehler aber die Geschichte ist sehr spannend und ich freue mich das ich weiter lesen kann und es sogar noch weitere Bücher gibt... Bin gespannt wie es weiter geht..

Read Now
Luna auf der Flucht

Grazia: Wirklich tolle Geschichte mit Klasse Charakter 👍🏻

Read Now
Ich habe mich aus Versehen in den Alpha-Gruppenchat gehackt und jetzt will er mich als seine Gefährtin

Stephanie: Ich mag die Handlung um Elena und den Humor.Auch habe ich das Buch einem Freund empfohlen, der selber schreibt.

Read Now
Stadt der Alphas

Susanne: Es fängt schon spannend an Aber von Yara Collins ist das fast normal. 4 alt, älter und am ältestens Alphas plus 21jähriges Mädchen... joo da kommt Spannung auf 🤣🤣🤣. Freue mich auf Fortsetzung

Read Now
Burn for Me

Jessica: I am shocked at how well written this is. The intensity is captured so well and it has moments that will definitely inspire other writers in this genre to do the same. Fantastic job!

Read Now
THE RIDGE

Flowers0627: This was a really good read that kept to be interested the entire time. I read it all in one sitting, and it was definitely worth it.

Read Now
Mystic Wolf

Leelavathy: This is my third werewolf story. But, the plot is so gripping. I completed this as soon as possible.

Read Now