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ENEMIGOS POR NATURALEZA P.2

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Summary

Después de un año Nikolai y Antonella se vuelven a ver en una situación no deseada para los dos. ¿Conseguirán cerrar el pasado y empezar de cero o seguirán siendo enemigos por naturaleza el resto de sus vidas?

Genre
Action
Author
Cyalrok
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

NIKOLAI

Aparqué el coche frente a la torre de cristal de la corporación Volkov. Ver mi apellido en la fachada de un holding financiero legítimo y no en los informes de busca y captura de la Interpol me daba una extraña sensación de orgullo. Antonella me había dado esa oportunidad al destruir el maletín el año pasado y limpiar mi nombre, y la estaba aprovechando. Hoteles de lujo en Sochi, bufetes en Moscú, inversiones bancarias... El dinero limpio entraba a espuertas y el negocio iba en auge.

Pero blanquear el apellido Volkov tenía un precio de sangre. Los Petrov, una de las mafias más fuertes de Rusia, se la tenían jurada a mi familia. Durante años habíamos sido socios perfectos: los Volkov controlábamos de forma exclusiva las grandes rutas de tráfico de armas y drogas, y ellos se encargaban de la distribución en las principales ciudades. Ganábamos todos. Pero cuando decidí cortar el grifo y retirarme para limpiar nuestro dinero, los dejé completamente secos y sin su mayor proveedor. Y esa gente no perdona.

Subí en el ascensor privado hasta el ático. Al salir a mi despacho, me extrañó no ver a mi secretaria en la recepción. El silencio en la planta era denso, casi sólido. Mi instinto, ese que me había mantenido vivo en los peores años de la mafia, se activó de golpe.

Llevé la mano lentamente hacia la culata de la pistola que llevaba oculta en la chaqueta, pero no me dio tiempo ni a rozarla.

Las ventanas de cristal templado estallaron hacia dentro en una lluvia de esquirlas. Cuatro hombres armados con trajes tácticos negros y subfusiles entraron colgados de cuerdas de rappel. Al mismo tiempo, la puerta de mi despacho fue derribada con una carga explosiva. Un dolor agudo me perforó el costado cuando un dardo tranquilizante de alto impacto me dio de lleno en el cuello.

Caí de rodillas, con la vista nublándose a una velocidad endiablada. Lo último que vi antes de perder el conocimiento por completo fue a un tipo con el tatuaje de la facción Petrov en el cuello, sonriendo mientras me apuntaba a la cabeza.

(De vuelta al presente, en el búnker helado)

Logré salir de la celda tras romperle el cuello al guardia y arrebatarle su arma, pero el muy hijo de puta había logrado darme una buena paliza antes de que pudiera acabar con él. Sentía un dolor punzante en el tórax que me cortaba la respiración —seguramente me había partido alguna costilla—, y la sangre me bajaba caliente por el rostro desde la ceja y el labio partido.

Aun así, apreté los dientes e iba caminando a paso rápido por los pasillos subterráneos del búnker, completamente a ciegas y sin ningún rumbo fijo. El frío se me metía en los huesos, pero la adrenalina me mantenía alerta. Sostenía la pistola con ambas manos, apuntando a cada esquina antes de dar un paso.

Al doblar un pasillo estrecho iluminado solo por el parpadeo de las luces rojas de emergencia, el eco de unos pasos pesados me obligó a encarar la esquina y poner el dedo en el disparador, a punto de apretarlo para volar la cabeza de quien apareciera.

Pero no disparé. Me congelé en el sitio.

Frente a mí no había un mercenario de los Petrov. Era una chica. O lo que quedaba de ella. Apenas podía sostenerse en pie, cubierta de su propia sangre, con el labio partido y la barbilla manchada. Llevaba el hombro visiblemente dislocado, colgando en un ángulo antinatural, y aun así se arrastraba contra la pared de hormigón. Y lo peor de todo: a pesar del estado lamentable en el que estaba, su mano temblaba pero me apuntaba directamente al pecho con una pistola.

—¿Pero qué cojones...? ¿Antonella? —solté en un susurro incrédulo, manteniendo la pistola en alto, sin bajar el arma ni un solo centrimetro mientras intentaba procesar la locura de tenerla delante en este infierno.

ANTONELLA

72 horas antes

Después de un año del incidente de la isla, por fin parecía que las aguas se estaban calmando. Estuve hablando con mis padres sobre un chico que había conocido en la sede central; se llamaba Mario, un analista de campo del CIEM, y llevábamos ya varios días conociéndonos y hablando fuera del trabajo. Hoy era la primera vez que me invitaba a cenar fuera de la agencia y, no lo voy a negar, me hacía bastante ilusión.

—Estás preciosa, hija —dijo mamá, asomándose por el umbral con una sonrisa suave cuando entró en mi cuarto.

—¿Sí? Estoy un poco nerviosa, la verdad —dije, alisándome las arrugas del vestido negro ajustado frente al espejo.

—¿Por qué? Es un buen agente. Este año ha sido... bueno, complicado. Te irá bien salir un poco de la oficina y divertirte.

—Sí... tienes razón.

Me despedí de ella con un beso y bajé a la calle. El coche de Mario ya estaba aparcado en la acera. Subí al asiento del copiloto con una sonrisa y le saludé.

—¡Hola, Mario!

No contestó. Solo me miró fijamente durante un par de segundos, con una expresión gélida y vacía que nunca antes le había visto en la sede.

—¿Estás bien? —le pregunté, extrañada por su actitud.

Ni siquiera me respondió. En ese mismo instante, Mario arrancó el vehículo con un volantazo brusco. No me dio tiempo ni a abrocharme el cinturón cuando, de repente, un segundo hombre que estaba oculto en la parte trasera se abalanzó sobre mí.

Unos brazos como tenazas me inmovilizaron la cabeza contra el respaldo y un pañuelo empapado en cloroformo se me estampó de golpe contra la nariz y la boca. El hedor químico me abrasó la garganta.

—¡¿Pero qué coño...?! —intenté gritar, pero la tela me ahogaba.

Intenté luchar con todas mis fuerzas: me retorcí en el asiento, le clavé las uñas en las muñecas al tipo de atrás y pataleé desesperadamente contra el salpicadero buscando liberarme. Pero fue inútil. La sustancia hizo efecto a una velocidad endiablada; las fuerzas se me evaporaron de golpe, los brazos me pesaron como el plomo y el mundo se tiñó por completo de negro.

(De vuelta al presente)

Desde que me desperté del coche de Mario en este puto búnker de hormigón, lo único que había recibido por parte de unos tíos eran puñetazos. Me habían colgado boca abajo en una estructura metálica y me habían golpeado sistemáticamente en el estómago y las costillas hasta hacerme perder el conocimiento varias veces. Querían que les desbloqueara el cortafuegos perimetral del Proyecto Centinela para acceder al escudo digital del CIEM. Y, como comprenderéis, me negué rotundamente en cada maldito asalto.

En un despiste del único guardia que me custodia en la sala de interrogatorios, aproveché que me soltó una mano para dislocarme el hombro a propósito, zafarme de la cadena y romperle el cuello contra la mesa. Le arrebaté la pistola y eché a correr por los pasillos a ciegas, ahogándome con mi propia sangre.

Al doblar la esquina del pasillo, me topé de frente con la sombra de un hombre armado. La adrenalina me hizo levantar el arma con el brazo sano para volarle la cabeza antes de que me disparara.

Pero me congelé al ver quién estaba al otro lado del cañón.

Un tipo magullado, con la ceja abierta, el labio partido y su propia pistola apuntándome directamente al pecho.

—¿Pero qué cojones...? ¿Antonella? —soltó él en un susurro incrédulo.

—¿Nikolai...? —balbuceé, manteniendo la pistola firme a pesar del dolor infernal en mi hombro—. ¿Pero qué coño haces tú aquí?

NIKOLAI

Bajé la pistola despacio, sintiendo el peso de la gravedad en los brazos, pero sin aflojar el agarre.

—Estás hecha mierda —le dije, examinando con la mirada el desastre de sangre, moratones y ese hombro colgando de mala manera.

—Como si tú estuvieras muy bien... —replicó ella con un hilo de voz, fijándose en mi ceja abierta y la mano que llevaba apretada contra mis costillas rotas.

—¿Sabes dónde estamos? —pregunté, escudriñando el pasillo en sombras.

En ese momento, Antonella apoyó la cabeza exhausta contra el frío hormigón de la pared, cerrando los ojos y respirando hondo unas cuantas veces como si el aire le quemara los pulmones.

—¿Estás bien? —dije dando un paso hacia ella, preocupado por la palidez de su cara.

Levantó la mano de golpe, deteniéndome en el acto y manteniendo las distancias.

—Sí, estoy bien... Dame un segundo, que tengo que colocarme el hombro.

—¿Pero qué...?

No me dio tiempo ni a reaccionar. Apoyó el cuerpo con firmeza y, de un golpe seco, certero y brutal contra la pared de hormigón, encajó la articulación.

¡CLACK!

Un gemido ahogado se le escapó entre los dientes apretados mientras se encogía de dolor.

—Joder... Cómo duele, coño... —maldijo en un susurro, apretando la mandíbula mientras las lágrimas de pura reacción física le empapaban las pestañas.

Me quedé mirándola un segundo, impresionado por la frialdad de su resistencia.

—¿Puedes caminar? —le dije, reacomodando la pistola en mi mano.

—Sí —asintió, irguiéndose a duras penas y agarrando su arma con más firmeza.

Echamos a andar a paso ligero por la penumbra del búnker, buscando cualquier indicio de escaleras, montacargas o conductos de ventilación mientras manteníamos las armas en alto. Necesitaba respuestas.

—¿Qué hacías tú aquí, Antonella? —le pregunté de reojo sin bajar la guardia—. ¿Cómo cojones te han pillado a ti?

Me contó lo de Mario: la invitación a cenar, el cloroformo en el coche y las sesiones de tortura para sacarle el acceso al Proyecto Centinela del CIEM. Al oírla hablar de ese tipo, de cómo la había invitado a salir y cómo ella había confiado en él, sentí un pinchazo extraño y molesto en el estómago. Un chispazo de celos absurdo e inoportuno que ni yo mismo sabía de dónde coño venía, pero que apreté en la mandíbula mientras seguía mirando al frente.

Luego Antonella guardó silencio un momento, calculando mentalmente en medio del dolor.

—Por mis cálculos... y el tiempo que me han estado interrogando entre desmayo y desmayo... creo que han pasado unas setenta y dos horas más o menos desde que me trajeron —explicó con la voz ronca.

Tres días. Estábamos enterrados en vete a saber qué rincón del mapa, sin refuerzos y con la mitad de las mafias rusas cazándonos las espaldas.

—Tres días... —mascullé, ajustándome al ángulo de la siguiente esquina—. Entonces los Petrov ya deben de tener montado el circo fuera. Tenemos que salir de aquí ya.

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