Acto 1 – Los Olvidados
Las estrellas parpadeaban frías sobre el desierto negro, su luz devorada por un cielo de neblina violeta y en el horizonte se alzaban dos lunas gemelas: una resquebrajada y la otra oculta bajo una tormenta perpetua.
Esto era Veyra, una tierra donde los recuerdos valían más que el oro y el alma misma podía ser intercambiada, robada o reescrita.
Aquí, la pena era mercancía. La alegría, un lote de subasta.
Los ricos compraban décadas de juventud y vidas enteras robadas, caminando por el mundo vestidos con las experiencias de otros, mientras que los pobres vendían sus momentos más felices solo para poder comer.
Y luego estaban los Olvidados.
Los Olvidados eran aquellos a quienes les habían arrancado todo, sus memorias vaciadas y vendidas al mejor postor—o peor aún, dispersas y rotas. No tenían nombre ni pasado, solo cicatrices donde alguna vez se anclaba su identidad.
En Veyra los llamaban vanos: sombras con forma humana, recipientes de dolor y preguntas sin respuesta.
Entre ellos había una figura solitaria que cruzaba las dunas con una capa raída. Tenía una delgada cicatriz que descendía desde la sien a la mandíbula, marcando el lugar donde alguna vez estuvo su memoria. Aunque para cualquiera parecería un vagabundo sin rumbo, arrastrado por los fuertes vientos.
Elo más profundo de ese cascarón vacío, quedaba un sentimiento, como el eco de algo precioso perdido hacía mucho.
No sabía quién era.
No sabía por qué un nombre—desconocido pero cálido—acechaba sus sueños.
Pero sí sabía esto: en algún rincón de su mente rota, una voz infantil lo llamaba pidiendo ayuda.
El Vano siguió caminando, guiado por el instinto hacia las Ruinas de Kelthar, donde los susurros hablaban de una mujer llamada Seyna, una tejedora de memorias, una de las pocas capaces de tocar un alma sin destruirla. Si alguien podía decirle quién había sido, era ella.
El Vano avanzó hasta el corazón de la plaza en ruinas. La piedra quebrada brillaba tenuemente bajo la luz de la luna, y en su centro se erguía una figura envuelta en un manto de hilos plateados que relucía como la luz de la luna.
—¿Seyna? —la voz del vano salió áspera, extraña incluso para él mismo.
La figura se giró, con los ojos brillando débilmente, su mirada descendió de inmediato hacia la cicatriz del forastero. Se abstuvo de preguntar por su nombre; el corte era evidencia suficiente de que él mismo lo ignoraba.
El Vano titubio
—Necesito ayuda… hay una niña. No sé quién es y tampoco sé por qué estoy aquí, pero—su voz tembló— siento que ella me está esperando.
Ella lo observó en silencio siguiéndolo con la mirada
Seyna acortó la distancia. Las venas azules de sus manos comenzaron a brillar con un pulso leve al acercarlas al rostro del hombre.
—Llevas fragmentos —murmuró—. Lo suficiente para doler, pero no para recordar. —
La tejedora mantuvo la mano extendida, dejando que la luz azul iluminara el rostro del Vano
—. La verdad puede doler tan profundo como la ignorancia. ¿Aún quieres saber quién fuiste?
El Vano miró su palma durante un largo instante y luego asintió una sola vez.
Seyna bajó la mano.
—Entonces ven conmigo —dijo, dándose la vuelta hacia las ruinas—. Pero entiende esto: las respuestas nunca son gratificantes.
El Vano siguió a Seyna por los corredores rotos de Kelthar, donde arcos quebrados se alzaban como costillas desde la tierra y lianas de cristal se enroscaban en la piedra. El aire titilaba levemente, como si las ruinas respiraran, sus ecos susurrando fragmentos de vidas extintas hace ya tiempo.
Seyna, que lo observaba de reojo avanzaba con gracia, su capa de hilos fluía al son de sus pasos. Debajo de esta, su figura era alta y esbelta, con una piel pálida marcada por sutiles líneas azuladas—venas que latían suavemente en sus muñecas y clavícula. Cada paso que daba dejaba impresiones de luz en el suelo, desvaneciéndose al cabo de un latido.
Sus ojos brillaban débilmente y una de sus pupilas estaba resquebrajada como vidrio, como si algo hubiera fracturado algo en su interior. Su cabello negro, con mechones blancos, danzaba con el viento, atado con pequeños huesos de pájaros.
El Vano redujo el paso, dudoso.
— Tú… eres distinta a los demás —murmuró.
Seyna giró ligeramente el rostro, y la comisura de su boca esbozó algo parecido a una sonrisa.
— Cualquiera lo es, cuando ha visto demasiado —respondió, conduciéndolo hasta una cámara donde un Motor roto zumbaba débilmente.
El Vano se detuvo junto al umbral.
—¿Tú… sabes quién soy?
—Desconozco tu nombre —dijo Seyna con incertidumbre, volviéndose hacia él—. Pero sé qué eres.
—¿Y qué soy?
—Un vano, vacío pero no hueco. —Su mirada era afilada, leyéndolo como un libro abierto—. Llevas algo dentro. Fragmentos de un lazo lo bastante fuerte para sobrevivir. Una risa. Un nombre que no recuerdas. Un roce. —Se acercó, bajando el tono de su voz a un susurro—. Anhelas a alguien que no conoces porque tu alma aún lo recuerda, aunque tu mente no.
El Vano bajó la mirada, entrelazando las manos con fuerza.
—Hay una niña. No sé quién es… pero sigo viendo su mano escapar de la mía. Siento que… que le fallé.
Seyna lo observó en silencio durante un largo instante.
—Puedo ayudarte a encontrar lo que te falta —dijo suavemente—, pero será riesgoso.
El Vano levantó la vista.
—¿Qué clase de riesgo?
La pupila fracturada de Seyna capturó la luz, centelleando.
—Para obtener tu memoria debes entrar en un lugar que intentará deshacerte. Te entregará lo que buscas, pero si no eres lo bastante fuerte borrará lo poco que queda de ti. Debes ir al Cruce
La garganta del Vano se tensó, pero asintió.
—Si es la única forma… lo haré.
Seyna inclinó la cabeza, girándose hacia una escalera profunda que descendía en espiral hacia la oscuridad.
—Entonces, nos preparamos. Al amanecer cruzamos, sígueme.
La cámara bajo Kelthar estaba iluminada por el resplandor pálido de linternas hechas de cristal, cada una latía suavemente, como una llama viva. Se escuchaban voces susurrando nombres a medio formar y emociones dispersas en el aire viciado.
Seyna estaba frente a una mesa de piedra cubierta de amuletos y talismanes tallados en piezas de metal. Tomó uno—una esquirla irregular unida con hilo de plata—y lo colocó en una cadena.
—Póntelo —dijo, entregándoselo a El Vano—. Es un ancla. Sin ella, podrías perderte incluso antes de llegar al otro lado. Al final de este descenso reclamaré mi precio por ayudarte. Por ahora, tu única tarea es no desaparecer.
El Vano lo recibió con cuidado, sintiendo la ligera vibración en su palma.
—¿Qué es exactamente el Cruce?
Seyna miró hacia una puerta sellada al fondo de la cámara, su expresión endureciéndose.
—Una cicatriz —respondió—. Una herida en el mundo. Se podría decir que es un lugar donde el tiempo, el alma y el espacio quedaron enredados… y nunca sanaron.
El Vano frunció el ceño.
—¿Y vamos a entrar ahí?
—Sí, aunque será más complicado salir— Dijo mientras comenzaba a reunir más amuletos, guardándolos en una pequeña bolsa de cuero—. El Cruce es peligroso porque está vivo. Retuerce la percepción, rompe los recuerdos en pedazos. Si te alejas del camino, podrías quedar atrapado en el pasado de alguien más… o ser borrado por completo.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Además, está vigilado.
—¿Vigilado? ¿Por quién?
Los Saqueadores. Sellaron el Cruce hace décadas, dejaron cosas atrás para mantener a la gente afuera. No quieren que nadie recuerde lo que está enterrado allí, incluso ellos mismos.
El Vano tocó el amuleto en su cuello.
—¿Y aun así crees que ahí encontraré respuestas?
—Si tienes alguna, estarán ahí. —Seyna se acercó a una pequeña pila de agua, colocando ambas manos sobre la superficie. Una tenue onda de luz se expandió, mostrando imágenes de una luna agrietada derramando una aurora morada y negra a través del cielo.
—La Luna Resquebrajada altera las mareas —murmuró, casi para sí misma—. Cada ciertas noches, fragmentos se filtran desde el velo: recuerdos de personas a kilómetros de distancia, a veces de siglos pasados. Por eso la Ciudad Silente está embrujada, por eso después de tantos años, esto no parece que vaya a resolverse. Veyra sangra. Y el Cruce es donde la herida es más profunda.
El Vano la observó, sin estar seguro de entender siquiera la mitad de lo que decía.
—¿Y los Saqueadores? ¿Ellos tomaron la mía?
Seyna negó lentamente con la cabeza, retirando las manos del agua. La imagen de la luna se desvaneció.
—No sé si fueron ellos. Pero los Saqueadores venden recuerdos a los autodenominados Dorados. Estos viven como dioses porque visten las vidas de otros como ropa. Los Saqueadores son… eficientes. Precisos. Si se llevaron la tuya, es porque alguien pagó por ella.
Las manos de El Vano se cerraron con fuerza.
—¿Quién haría algo así?
Seyna lo miró con serenidad.
—Eso es lo que estamos a punto de descubrir.
Ajustó su capa y se colgó la bolsa al hombro.
—Mantente cerca de mí en el Cruce. Pisa donde yo pise. No confíes en lo que veas o escuches. Y pase lo que pase —lo miró con una expresión severa, casi de advertencia— no sueltes mi mano.
El Vano asintió.
Seyna apoyó la palma sobre la puerta sellada; sus venas de brillaron tenuemente mientras los intrincados cerrojos se abrían como canales. La piedra se desplazó con un profundo ruido, revelando un túnel más allá—sus paredes palpitando levemente, como si el Cruce mismo respirara.
Seyna lo miró una última vez.
—¿Listo?
El Vano ajustó el amuleto en su cuello, intentando calmar su respiración.
—Sí.
—Bien —dijo Seyna, adentrándose en la oscuridad—.
Y juntos cruzaron el umbral, dejando atrás la frágil seguridad del mundo conocido.








