-Prologo-
En una fría noche de invierno en Albedría.
En un lugar tan cerca para notarlo.
Pero muy lejos para que te importe.
La sangre se oía gotear desde el degollado cuerpo de su padre, cuya cabeza colgaba solo de la mitad de su ya abierta garganta. La madera del suelo, fría y húmeda, aceptaba y bebía la sangre a través de sus desgastados poros. Mientras, en el piso yacía su madre, cuyas piernas habían sido quebradas a golpes, y a solo unos metros de ella se encontraba un niño, atado y golpeado, quien en su impotencia y frustración deja caer sus silenciosas lágrimas mientras su moribunda madre extendía su brazo hacia su hijo, y con su último aliento, suspira su nombre justo antes de que su cabeza fuera aplastada por la bota de un hombre cuyo rostro era imposible de ver.
El niño gritó, o al menos lo intentó; el desgarrador grito de aquel niño es ahogado por la soga que fue obligado a masticar. El hombre lo miró con lástima, el sonido del cráneo de su madre rompiéndose bajo las botas de aquel hombre es un recuerdo que lo atormentará por el resto de lo que le quede de vida.
El hombre entonces lo tomó del pelo, su voz fría habló y dijo: -Que frágil eres-, seguido de esto, lo llevó al río a un lado de la casa, ató la bufanda roja de su madre a su cuello y le dijo:
-Yo te condeno. Tu nombre será Dante, tu culpa será eterna y tu vida miserable.
El hombre levantó a Dante y le dijo:
-Si tu cuerpo sobrevive, vivirás en carne lo que las almas sufren. Tu piel será ensuciada y tu corazón manchado. Afronta tu culpa.
Dante cayó al río, y antes de que el hombre partiera, se pudo apreciar una pieza desgastada de tela roja cosida al dorso de su mano, mientras se volteaba y murmuraba: -Que Dios se apiade de tu pecaminoso ser-.








