Chapter 1
Las cosas que nunca nos enseñaron
¿Quién soy?
Pasamos años intentando responderla. Buscamos la respuesta en un espejo, en los ojos de quienes amamos, en las palabras de quienes admiramos y hasta en lugares donde nunca estuvimos. Como si alguna parte del mundo escondiera la versión definitiva de nosotros mismos.
Pero esa versión nunca llega.
Porque no existe.
Durante mucho tiempo pensé que encontrarme era el objetivo de vivir. Hoy sospecho que estaba equivocado. Quizá vivir nunca consistió en descubrir quiénes somos, sino en aprender a aceptar que nunca dejaremos de cambiar.
Nos parecemos al agua.
No porque siempre encuentre el camino, sino porque jamás conserva la misma forma. Nosotros tampoco. Cada experiencia nos moldea. Cada despedida nos transforma. Cada alegría y cada fracaso dejan una marca que modifica, aunque sea un poco, la persona que creíamos ser.
Por eso duele tanto crecer.
No por los cambios del cuerpo ni por el miedo al futuro.
Duele porque un día entendemos que la persona que fuimos ya no puede seguir acompañándonos.
Existe un duelo silencioso en hacerse grande.
No hay flores.
No hay abrazos de despedida.
No hay tumbas.
Solo un espejo que, de vez en cuando, devuelve la imagen de alguien que todavía estamos aprendiendo a conocer.
Y, aun así, seguimos buscándonos.
En ciudades nuevas.
En conversaciones que duran hasta la madrugada.
En canciones que parecen haber sido escritas para nosotros.
En personas que, por un instante, nos hacen sentir que estamos un poco más cerca de entendernos.
Pero quizá la respuesta nunca estuvo afuera.
Tal vez siempre estuvo escondida debajo de todas las máscaras que fuimos construyendo para encajar, para gustar o simplemente para sobrevivir.
Hay personas que pasan toda la vida intentando encontrarse.
Otras descubren que nunca estuvieron perdidas.
Solo estaban cambiando.
Y hay una diferencia inmensa entre ambas cosas.
Desde hace un tiempo miro mis cicatrices de otra manera.
Antes las veía como el recuerdo de todo aquello que logró romperme.
Hoy las veo como la prueba de que ninguna versión de mí fue capaz de durar para siempre.
Porque el tiempo no vino a quitarnos quienes éramos.
Vino a mostrarnos que siempre fuimos mucho más grandes que una sola versión de nosotros mismos.
Quizá esa sea la belleza de existir.
Comprender que la identidad no es un destino.
Es un camino que cambia mientras lo caminamos.
Y tal vez el verdadero milagro no sea descubrir quiénes somos.
Tal vez el verdadero milagro sea seguir teniendo el valor de preguntárnoslo, incluso cuando sabemos que la respuesta volverá a cambiar mañana.








